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Laidi Fernández, o la sonrisa terapéutica

Leonardo Depestre, 26 de abril de 2017

Dos grandes escritores, Sidney Porter (O’Henry) y Carlos Montenegro, descubrieron en la soledad y larga espera de la prisión, la necesidad de escribir. El lector dirá que eso nada tiene que ver con Laidi Fernández de Juan, pero cada persona es libre de realizar sus propias asociaciones y esta viene al caso porque la escritora cubana descubrió, o al menos comprendió, que escribir podía ser algo más que su violín de Ingres durante su misión internacionalista en Zambia, África, entre 1988 y 1990, como médica. La soledad y la larga espera, también en Laidi, devinieron detonantes, amén de la convicción interior de poseer vivencias que valía la pena compartir.

Perdona que no te escriba en inglés, y que tampoco te salude en bemba ni en tonga, pero ya desde donde vives seguramente me entenderás, y te imagino riendo a carcajadas recordando las malas palabras en español que te enseñaron los muchachos de la brigada, y que tú repetías con picardía, muchas veces sin venir al caso, como aquel día que nos visitó el embajador nuestro y casi tuve que esconderte, porque te empeñabas en decirle asere y puta como si fuera un saludo, ¿recuerdas?. (En “Dolly”).

Aunque la ciencia no acepta aún (¡quién sabe en un futuro sí!) que en la capacidad de escribir bien intervengan los factores hereditarios —lo cual echa por tierra el refrán “de casta le viene al galgo”—, las letras y los libros fueron para Laidi una compañía muy cercana, una amistad llegada tempranamente de la mano de sus padres, poeta él, entre muchas cosas, y ensayista ella, entre tantas otras.

La autora ha publicado Dolly y otros cuentos africanos, de 1994; Oh vida, premio Luis Felipe Rodríguez de la UNEAC en 1998, y La hija de Darío, premio Alejo Carpentier de cuento en 2005. De cualquier forma, la muestra es suficiente para reconocer en ella a una de las narradoras de mayor éxito en la literatura cubana actual.
 

Yo había aprendido algunas palabras en bemba y quise mostrárselas a mi paciente Chikola, pero vi con desilusión cómo luego de escuchar el discursito que le dije con orgullo, miró a su ayudante como siempre hacía, con cara de quien pregunta: ¿Qué está diciendo?” (“El chief Chikola”, en Dolly y otros cuentos africanos).

La literatura es un oficio cuyo destinatario suele ser exigente. El lector quiere encontrar en el libro muchas cosas a la vez y lo valora según la cantidad de ellas que encuentre: conocimientos, amenidad, magia, compañía, sorpresa, concisión... arte al alcance de su mano. Laidi Fernández de Juan escribe con una eficacia narrativa que la distingue y coloca en la preferencia del lector:

Hoy salí con mi madre. Uno de sus amigos escribió un libro y además de haberle dado muchos almuerzos, algunas cenas y de escucharlo (ella, yo no) durante varios días, hoy fuimos al lugar donde presentaban el libro. Allí estaban otros amigos de mi madre, del escritor amigo y otros escritores. Todos eran amigos escritores, para resumir. Había pocas mujeres y ningún niño además de mí. Las mujeres eran más o menos de la edad de mi madre, y se parecían. Entre ellas mismas y a mi madre, porque también mi madre se parece a ellas. Un grupo de mujeres parecidas, en conclusión. Todas (como mi madre) llevaban esos vestidos que son desde el cuello hasta los pies, sin que uno pueda adivinar cómo tienen las tetas o las nalgas (o ambas inclusive) estas mujeres, que se reúnen a cada rato. (Del relato “Piña colada”, en el libro La hija de Darío)

Cuando la sonrisa conlleva a la reflexión y el buen rato se integra al proceso de formación cultural y enriquecimiento de la apreciación artística, la lectura se convierte en el mejor ejercicio del intelecto. Un ejemplo hallará en el fragmento que viene a continuación, tomado del mismo libro La hija de Darío, en el que con dominio pleno del asunto, el narrador es un niño, con sus preocupaciones y travesuras, en lo que constituye una muy graciosa e inusual incursión en la psicología de los menores de la casa: "Escuchar conversaciones no es bueno, como tampoco el ron es bueno. Los hombres lo beben sin saber que después mi madre les dice ‘partida de borrachos’ cuando se van, cosa que tampoco es buena, pero se supone que yo no escucho nada”. 

Además de los libros ya citados, Fernández de Juan es autora de la novela Nadie es profeta, 2006, y del prólogo y selección de Estampas de Eladio Secades (1943-1958), de Ediciones Unión. Una gran deuda con la bibliografía cubana salda Laidi con este último volumen que recoge una selección de estampas de Eladio Secades, largamente esperadas por tratarse de un escritor que pese gozar de enorme popularidad décadas atrás, vivió hasta la aparición de este libro un pesado olvido.

Colaboradora habitual de este portal digital de CubaLiteraria, Laidi Fernández de Juan escribe la literatura de lo cotidiano, traduce las preocupaciones de una madre, de una mujer, de una cubana, con la llaneza y el buen humor como condimentos... aunque se trate del más serio de los asuntos.