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165 años atrás nació...

Leonardo Depestre Catony, 26 de junio de 2014

De la poesía de Esteban Borrero escribió el ensayista y crítico José María Chacón en su antología Las cien mejores poesías cubanas que “nunca desapareció la inquietud espiritual de los primeros versos. En sus grandes dolores, en los momentos de las evocaciones supremas, surge con fuerte necesidad y es el predominante en la composición. Y la inquietud, nota curiosa en un espíritu como el de Borrero, es más sentimental que intelectiva”.

Como filtra a través de la roca
         la gota de agua,
penetrar de mi pecho en lo íntimo
         siento aquellas lágrimas;
las más tiernas, quizás, que mis ojos
         nunca derramaran,
las que yo me bebí con premura, 
         sin poder llorarlas.
Como filtro ardoroso que queman
         y en silencio labran
hondo surco, tortuoso sin término
         que duele y que sangra.

(Fragmento de “De lo más íntimo”)

Los perfiles del quehacer de este intelectual son diversos y en cada uno revela su sensibilidad, su compromiso de servir. Principeño de nacimiento, lo que es decir, natural de la hoy ciudad de Camagüey, aun en la adolescencia se revela una de sus preocupaciones, la del educador, cuando funda una escuela nocturna a la que por igual asisten blancos y negros, algo que anuncia ya su temprano respeto por la dignidad humana.

Así, con el rompimiento de las hostilidades entre España y Cuba en 1868, a la Revolución por la independencia la sirve desde su condición de maestro —crea escuelas para fomentar la instrucción entre los mambises—  y de combatiente, hasta alcanzar el grado de comandante. Enfermo lo toman prisionero y no puede regresar a Camagüey hasta después del Pacto del Zanjón, en 1878.

En La Habana se hace licenciado médico y cirujano, y ejerce la carrera. Suma ya los destellos del poeta, que también lo fue su padre y lo serán sus hijas: Juana (1877), Dulce María (1883) y Ana María (1895). Desde el exilio, porque su salud no le permite estar en la manigua, es un contribuyente ardoroso a la nueva guerra del 95, la liderada por Martí, Gómez y Maceo.

Regresa a Cuba en 1902 y es entonces catedrático de la Facultad de Medicina de la Universidad de La Habana. Ello, amén de fundador y director de El Oriente, redactor de El Colibrí y colaborador de unas cuantas publicaciones más: Revista Cubana, El Fígaro, La Habana Elegante y algunas de carácter científico.

Escribió relatos, hizo traducciones, dejó un libro inédito de versos, una novela inconclusa (Aventuras de las hormigas) y varios textos sobre pedagogía y medicina en preparación. Su autobiografía se publicó en la Revista de la Facultad de Letras y Ciencias, de la Universidad de La Habana, en 1906.

La pérdida de su hija Juana en 1896 y también la de la esposa, abrumaron a don Esteban, quien se suicidó el 29 de marzo de 1906, a los 68 años, en San Diego de los Baños, Pinar del Río.

Asociado invariablemente a la notoriedad de sus hijas, en particular Juana y Dulce María, suele pasarse por alto la cuerda lírica de don Esteban, quien como vemos fue también educador, médico y patriota.

En ocasión del 165 aniversario de su natalicio el 26 de junio de 1849, retomamos este otro fragmento de su poema “De lo más íntimo”, escrito con motivo de la muerte simultánea de sus dos hermanos Elena y Manuel:

Y hasta el fin seguiré; no se vuelve
          al deber la espalda;
cuando ya se ha empeñado la lucha
         hasta el fin se aguarda;
¡hasta el fin!... ¡Cuánta pena recóndita
         y nunca llorada,
cuánto amargo dolor sin consuelo
         el término ansían!
¡Hasta el fin!... ¡Cuando llegue, el sudario
         es paño de lágrimas,
y la tabla del féretro, duro,
         mullida almohada!

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