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Lo que los muertos nos cuentan

Elaine Vilar Madruga  , 04 de diciembre de 2019

Cierto infierno dantesco nos espera a las puertas de este relato que se cimienta en el principio de la impresión y la insinuación, en el develado parcial de una realidad que se otorga a cuentagotas. Cierta carencia de iluminación —y no hago referencia al contenido obviamente sombrío de la arquitectura narrativa— hace que este cuento sea más niebla que confirmación, más proyección que organicidad. Y es que, aunque las imágenes de este espacio claustrofóbico son, es evidente, el tuétano y la linfa del relato, en cierto punto de la trama los acontecimientos se oscurecen, crean doblez escritural y de sentido.

No obstante, este cuento no ha de pensarse como más que un juego oscuro, una lúdica fabulación de lo distópico, de los terrores nocturnos que amalgaban el espacio de la claustrofobia con el apocalipsis personal, la muerte con el miedo a la separación definitiva de lo que significa ser humano. Aunque no hay nada nuevo bajo el sol narrativo que la realidad de este cuento propone, esto no significa que la historia no sea disfrutable y hasta cierto punto poseedora de herramientas escriturales que pueden erigirse como divertimento.

Existo un aliento cinematográfico que el autor bien sabe aprovechar, al menos durante buena parte del relato. Una presentación sobria —e incompleta— de un personaje que solo se expone y se exhibe, nos permite acceder al fragmento de una realidad que es un puzzle, un mundo de escoriaciones que se advierte desde las primeras líneas. Lamentablemente, el personaje central de esta historia resulta típico, clásica asunción de referencias que ya han aparecido hasta el cansancio en otras narrativas, tanto visuales como escriturales. Sin embargo, asistimos a su purga, a su páthos, con cierto regusto fugaz y melancólico, sabiendo de antemano que lo insinuado en las primeras líneas del relato —la verdadera esencia de Coronado— será el leitmotiv sobre el que girará la historia, su conclusión y, como punto cimero, también el personaje. Dicho de otra forma, como lectores no hacemos otra cosa que asistir al final «lógico», al final previsible que el propio autor anuncia por boca de sus personajes desde la introducción del relato. Pienso siempre que, aunque en materia narrativa es difícil llegar al giro, a la deseable vuelta de tuerca que lograría metamorfosear lo obvio en ejercicio de maestría textual, siempre podría intentarse un poco más. Intentarse como objetivo, más que como tour de force.

El hálito cinematográfico es, ya se ha dicho, realmente una ganancia del autor: este consigue que buena parte de las imágenes narrativas se fijen en la mente del lector con más o menos fuerza. Es solo que estas imágenes no presentan nada nuevo per se, sino que resultan pastiches de otras realidades que ya han sido visualisadas en el cine fantástico de manera harto evidente. De ahí que el final del cuento resulte particularmente desilusionante: un bloque de afirmación sobre otro bloque de afirmación que, ya se sabía, sería movido en este «Lego» textual.

Quizás una mayor vinculación con el personaje protagónico, con la realidad a la que se enfrenta y en la que intenta sobrevivir —ya que en esta narrativa, todos los actantes parecen ser sobrevivientes— hubiera conseguido la simpatía y el acercamiento del lector. Tal vez, de igual forma, si este texto fuera parte de una novela, de un particular work in progress que permitiera una mayor expansión del universo —expansión que por necesidad debería buscar lo singular y no lo obvio—, entonces hablaríamos de un edificio narrativo que aún podría permitirse ciertas brechas, ciertas grietas, ciertas asunciones de referentes ya explotados.

Se sabe: los muertos bajan en Coronado. Son esos muertos simbólicos, más que físicos, los habitantes de un universo decadente, de una situación donde la claustrofobia y la marginación forman parte del día a día. No se hace preciso la reiteración, sino encontrar la aguja en el pajar del pensamiento del texto, para así conseguir que Coronado —este particular infierno, este basurero donde se desecha al hombre— se convierta por derecho propio en un viaje que hable de la misericordia, el temor y la condición desvirtuada de la palabra humanidad.


Raúl Piad Ríos. Licenciado en Estudios Socioculturales. Egresado del XVIII Curso de Técnicas Narrativas del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso en 2016. Segundo lugar en el concurso organizado por la revista Juventud Técnica del año 2014, premio Oscar Hurtado 2015 en la categoría de Ciencia Ficción, premio Mabuya 2015 en la categoría de cuento, mención en el Premio Calendario de Ciencia Ficción 2017 y premio David 2017 de Ciencia Ficción. Su libro La marca de Kahim fue publicado por la Editorial Guantanamera, de España, y próximamente también por Ediciones Aldabón. El libro de historietas Albahoa y la maldición de las tataguas verá la luz próximamente por Reina del Mar Editores. Su libro Lo mejor es soñar fue publicado en el 2019 por Ediciones Unión.

A los muertos los bajan en Coronado

La locura es relativa.
Depende de quién tenga a quién encerrado en cuál jaula
.
Duglas Adamas

Dentro del tercer vagón olía raro, casi como si algún animal hubiera muerto en su interior. Por eso no le gustaba, no iba con su carácter. Pero claro, de un modelo tan antiguo como ese podía esperarse cualquier cosa. Solía sentirse mucho más a gusto en un Especial o un Saeta, aunque fueran los más caros, porque lo exoneraban de respirar la atmósfera viciada de las clases medias. Pero allí estaba y allí se quedaría, al menos durante los próximos cinco minutos.

Hasta la bendita hora del transbordo.

—Ya no los hacen como antes, ¿verdad? —las palabras de la mujer, de tan comunes, eran a la vez duda y afirmación—. Digo, los sistemas de filtrado.
—No, no los hacen — respondió él con un aplomo que solo podía significar que no estaba tomándose las cosas en serio.
—Por no hablar del servicio de limpieza, ya es algo normal que uno tenga que vivir en medio de cochinadas como estas. Hasta se muere un perro aquí dentro y a nadie se le ocurre bajarlo…
Otra cosa que no soportaba del trayecto: la gente y su condenada manía de recalcar lo obvio.
 —Es que no se puede —resopló un calvo a través de su mascarilla de respiración—. No hasta que pasemos por Coronado.
—¿Coronado? —repitió la mujer—. ¿Y qué tiene que ver esta asquerosidad con ese rincón perdido? Nadie vive allí.
—Con esto nada, pero a los muertos los bajan en Coronado, incluyendo a los animales. Eso lo sabe todo el mundo.
—Mentira —lo contradijo un muchacho lleno de tatuajes, mirándolo a través de sus hololens—. Yo hago ese trayecto a diario y nunca he visto que bajen algo allí. Mucho menos cosas muertas.
—¡A un amigo de mis novias le pasó una vez! —la voz del calvo lo irritaba—. Se le cocinó el cerebro de meterse tantos cables e implantes: cayó redondito y ahí mismo lo sacaron de la ruta —alzó la mano, señalando que aún no había terminado. Los demás esperaron con fingida paciencia—. Lo bajaron al pasar por Coronado. Y lo peor no es eso, ¡qué va!, también me dijo que ellos…

Atención por favor. Anunciamos que la ruta 34A procederá a nivelarse con su homóloga de la Agencia Brovskaya en cuarenta segundos. Pasajeros que deseen abordarla, favor de proceder hacia el conducto de transferencia.

Salvado por la campana. Compuso una sonrisa educada y, tras echar un último vistazo a sus interlocutores, les dio la espalda y se dirigió a la salida más cercana. El suave silbido del aire desplazado entre los conductos lo tranquilizó. Ya formaba parte de su rutina diaria.

Mientras se equiparaban las presiones del interior, repasó el plan a seguir a lo largo del día: quince minutos en el trayecto Bancal-Meseta, cambio en el kilómetro 135, media hora para una entrevista con los ejecutivos de Tsun Yang en su propio coche, trasferencia digital silenciosa, tres minutos para almorzar algo y cinco más para traslado vía Ciudad Vieja, luego ducha, comida rápida, siesta, para terminar, transbordo y holoconferencia en el expreso 42.

El chorro de aire fresco del nuevo vagón lo golpeó en la cara, alejando el estrés y los malos olores. Por desgracia, la voz ahogada del calvo lo siguió, pues este también abordó la nueva ruta, mientras juraba y perjuraba que a los muertos los bajaban en Coronado. Resopló con desprecio y se alejó de él todo lo que pudo. Un segundo más y habría enloquecido sin remedio.

Los impulsores de efecto de masa envolvieron el chasis y el rapidtrans arrancó sin ruido. El compartimento de la ruta de Brovskaya estaba casi vacío, y eso lo llenó de orgullo. No cualquiera podía costearse un boleto de primera clase como ese. De todas formas, notó que tampoco se trataba de gente muy despierta. La mayoría aprovechaba ese «tiempo muerto» para devorar cuanta holoserie lacrimógena o épica se estuviera transmitiendo en ese momento.

Pudo percatarse de que una de las persianas se encontraba medio abierta y pudo vislumbrar, por un segundo, un retazo del Afuera. El rapidtrans debía de haber reducido la velocidad durante el transbordo. Creyó ver algunas figuras que se movían con parsimonia funesta, pero no habría podido asegurarlo.

Decían que allá afuera las cosas eran diferentes, que después de la guerra, la plaga, todo había cambiado. Pero qué importaba eso ahora, él no tenía tiempo, era alguien serio, atareado en cosas serias.

Ocupó el asiento reservado con casi dos horas de antelación, encendió la pantalla que tenía incorporado y se sumergió en el carnaval de números y variables que fluctuaron ante sus ojos. Pronto se enzarzó en una lucha con alguien que también sondeaba los bonos privados e invertía en el mercado de bienes móviles.

Aquel tipo jugaba rudo, era agresivo y sabía lo que hacía. Pero se había topado con el contrincante equivocado. No cualquiera era capaz de aguantar seis meses de diaria convivencia con apostadores virtuales. Al final, su forma no mecánica de conducir el beneficio fijo le daría la victoria.

La pugna duró bastante, tal vez unos diez minutos. Estaba tan absorto en ella que solo sintió el dolor de su mandíbula cuando comenzó a irradiarse hacia el hombro izquierdo.

Lo comprendió un instante después. Era el implante regulador del pulso, que debía haberlo cambiado desde el día anterior. ¿O era desde la otra semana? Los latigazos de dolor se hicieron más fuertes. Ahogó una blasfemia y trató de levantarse, pero tropezó contra el asiento de enfrente.

A duras penas localizó el diagrama de los diferentes compartimentos de ese modelo. El sector médico se encontraba a solo dos vehículos de su posición actual. Tenía tiempo de sobra. O al menos eso pensó en un principio. Luego, cuando hubo caminado una docena de pasos, cayó sobre una butaca.

Pero aquello no iba a poder con él. Haciendo un esfuerzo sobrehumano, se levantó y, aguantándose de los reclinatorios, continuó avanzando. Distinguió un par de rostros que lo miraban, indiferentes, pero los ignoró. No los necesitaba. No necesitaba a nadie.

Además, solo faltaban pocos minutos para la entrevista con los de Tsun Yang. No podía faltar al encuentro, sería un gran impulso para su carrera y no iba a arruinarlo por un dolorcito.

Finalmente, distinguió los contornos de la unidad clínica y entró a tropezones. Una mujer de vientre abultado gemía ante la mirada de varios médicos. Intentó acercarse a ellos, pero no pudo. Un relámpago punzante le traspasó el pecho y sintió la sensación de que su propio cuerpo volaba por los aires. Le pareció que sucedía con mucha lentitud. Tuvo tiempo para sentir que el mundo se volvía más frío, y observar como el suelo subía presuroso para golpearlo en la cara.

El llanto del recién nacido fue lo último que escuchó antes de que todo se volviera negro y silencioso.

Un enfermero que se encontraba atendiendo el parto se percató de su caída y se acercó hasta el cuerpo, arrastrando los pies con desánimo. Con un gesto de cansancio se inclinó y comprobó su seguro médico y después su pulso cardíaco. Miró a uno de sus compañeros con expectación.

—Anjá, sí, estamos de suerte. Hace siete segundos que abonó la tarifa para el recambio de implante.
—Menos mal, porque estoy que no doy más. ¿Entonces?
—Aplícale una dosis de medigel y disuélvelo con ultrasonidos, frecuencia de absorción máxima. Yo reinicio los sistemas del regulador desde aquí.
—Bueno, si tú lo dices. Entonces también encárgate de avisar a la cabina que hoy no botamos nada.

El aludido asintió, aunque su lenguaje corporal indicaba que hubiera preferido otro tipo de desenlace. El enfermero roció una dosis del bioplasma sobre el pecho del caído y oprimió su guantelete clínico sobre la cavidad torácica.

Se escuchó un agudo gemido y poco después el mundo del paciente sufrió espasmos que le hicieron arquear la espalda, hasta que el estímulo se cortó de golpe y cayó relajado. Todos los nervios del cuerpo seguían ardiéndole; notaba como si perdiera la piel y le quedaran al descubierto los músculos y tendones. Demandaría a aquellos imbéciles.

—Pobres infelices —escuchó que decía el enfermero mientras se alejaba—. Creo que hace tiempo que no les sueltan un poco de carne fresca.
—Todavía no entiendo por qué no cogemos otra ruta, nos ahorraríamos bastantes problemas.
—Por lo mismo que a veces la comida sabe peor: es más barato. Un desvío le costaría millones a la compañía. Es más fácil deshacerse de la carne muerta.

Se preguntó de qué podría estar hablando, pero al final resolvió que no le importaba. A pesar del dolor pudo moverse un poco; consultó cuánto tiempo llevaba inconsciente. Notaba los miembros pesados. Dos segundos de descanso no le harían mal. Al sentarse, un dolor agudo le recorrió desde el pecho hasta los dientes.

No podía seguir así, en la próxima oportunidad que tuviera compraría un paquete de modificación genética y acabaría con el problema de una vez por todas. Al final siempre lo posponía por falta de tiempo, pero los ataques lo hacían perder más tiempo.

El tiempo era lo único valioso que todavía podía controlar o, al menos, administrar.

Seguro que los de Tsun Yang lo estaban esperando. Definitivamente aquel era un mal día; respiró hondo e intentó convencerse de que lo bueno era que no podía volverse peor.

O eso pensó.

Hasta sus oídos llegó el siniestro siseo que traspasó las paredes. El eco del estampido se fusionó con la infernal resonancia acústica del túnel. El aire silbó en sus oídos y el mundo se desdibujó a su alrededor como un papel arrugado.

Un violento estremecimiento le recorrió el cuerpo. Sintió que sus órganos internos se le querían botar por la boca. Por primera vez en su vida conoció las bondades de la inercia. Entonces, notó lo imposible: el rapidtrans se había detenido, ya no sentía bajo sus pies la conocida vibración que lo había acompañado.

El conducto de transbordo se encontraba abierto, aunque no hubiese ninguna ruta que abordar. Una agradable voz de contralto pedía a los pasajeros que permaneciesen en sus lugares y ofrecía sus disculpas, pues la avería pronto sería reparada. Dentro del compartimento reinaba la quietud.

Más allá de la abertura podían apreciarse siluetas ruinosas, que se inclinaban sobre el transporte como gigantes ávidos por aplastar su carcasa, o lo que contenía en su interior. Como el dolor había remitido, se puso de pie y salió al exterior.

Aquel sitio hacía que el vagón del perro muerto pareciese el lugar más limpio y organizado del mundo. Una niebla envolvía todo lo que lo rodeaba, como una capa sucia y hecha jirones. En su mayoría, los edificios estaban en un estado de semirruina o derrumbados, y entre las piedras se levantaban tiendas y cabañas. La mezcla de estilos arquitectónicos —algunos conocidos y otros muy extraños— era tal que le resultó difícil encontrar dos que se pareciesen.

Había chabolas, viviendas de mampostería, cabañas de madera recargadas de ornamentación. Otras parecían simples montones de piedras, con una abertura dentada en un extremo por puerta. Sin embargo, ninguno de los edificios tenía buen aspecto; ni podía tenerlo en aquel paisaje, en aquel ambiente continuamente en penumbra.

Se percató de que unas enormes rocas obstruían los monorraíles, unos metros más allá del vagón cabina. Tragó saliva y trató de no pensar en lo que hubiera sucedido de haber chocado contra los escombros.

Aquí y allá se divisaban hogueras que producían un humo rancio; al aproximarse un poco más percibió un hedor que parecía el resumen de todos los olores nauseabundos del mundo. Fue gracias al resplandor de una de estas hogueras que distinguió el cartel y las letras medio borrosas.

Bienvenidos a Coronado.

—¡Lo sabía, lo sabía! —la voz conocida del calvo restalló a sus espaldas—. ¡Muertos, todos muertos!

Trató de ignorarlo, pero fue inútil. Los muertos estaban por doquier. Montañas y montañas de muertos. Uno de ellos le llamó la atención. Estaba lleno de hematomas y arañazos del cuello a los tobillos, increíblemente sucio y maloliente. El rostro demacrado parecía reflejar un desaliento difícil de encontrar. Algo que iba más allá del mero deseo de sobrevivir. Era como si hubiera sabido algo distinto, algo que le hubiera hecho perder toda la esperanza.

Una mano invisible le atenazó el estómago, y sintió cómo el sabor amargo de la bilis ascendía a través de su garganta. No tenía por qué contemplar aquello, era malo para su organismo y el seguro de la ruta no cubría incidentes de ese tipo. Entonces algo se movió y creyó percibir por el rabillo del ojo un borrón fugaz.

—¡Ellos nos detuvieron, ellos lo hicieron! —la voz del calvo resonaba como un mantra interminable—. ¡Y ahora también nosotros estaremos muertos! ¡Solo los muertos se bajan en Coronado!

Entonces los vio. La piel de sus cuerpos cubiertos por harapos era oscura y curtida como la de un cadáver enterrado hacía mucho tiempo, y se veía retorcida y deforme. En lugar de ojos vivos, dos agujeros adornaban sus rostros consumidos, insinuando un odio irracional.

Aquellas cosas soltaron especies de ladridos, los escuchó arañar la piedra y respirar entre jadeos ansiosos. En la pared danzaron sombras de figuras encorvadas, que caminaban con movimientos claramente inhumanos

—¡Ella lo sabía, me lo dijo y no le quise creer! —siguió el calvo—. ¡Son amantes de la carroña, pero no le hacen ascos a un poco de carne fresca…! ¡Carne de vivos! ¡Siempre existe una primera vez!

Tuvo que admitirlo, siempre existía una primera vez. Sin embargo, no lo hizo por darle la razón al calvo ni mucho menos. Simplemente no pudo evitar pensar, mientras corría hacia el rapidtrans y tropezaba con el cuerpo podrido de un perro, que los de Tsun Yang deberían haberse cansado de esperarlo.

Esa era la primera vez, en los catorce años que llevaba en el negocio, que faltaría a una reunión.

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