Apariencias |
  en  
Hoy es jueves, 15 de noviembre de 2018; 1:55 AM | Actualizado: 14 de noviembre de 2018
Búsqueda de artículos
título
autor
Artículos en esta sección: 220 | ver otros artículos en esta sección »
Página

Las variaciones de Alicia Fedorova
 

Elaine Vilar Madruga, 05 de noviembre de 2018

Para Alicia Fedorova, la danza es una obsesión y un sueño frustrado. Su vida pasa ante los ojos del lector como un símbolo de la desesperanza; dividida en actos y, hasta cierto punto, despojada de emoción. Por momentos, nos parece asistir a una de esas grandes galas de ballet donde cada detalle de la obra aparece destacado en el programa de mano. Hasta cierto punto, sea o no esta la intención del autor, la estructura externa de ese cuento facilita la conformación de criterio semejante: el personaje, a su vez, parece apoyarse sobre las puntas de esta estructuración para contar su vida.

La omnisciencia del narrador triunfa sobre las emociones. Es este un dios sin gritos, sin lágrimas, sin risas, es este un dios que se limita a redactar los hechos sobre papel blanco, como quien contabiliza números y no emociones, es este un dios que vive en los pasillos del teatro, que acomoda a los espectadores en sus butacas y les entrega un programa de mano donde todo, donde cada detalle, está explicado hasta en su mínima proporción.

La superposición de planos narrativos ayuda, quién lo duda, a que este relato dinamice su arquitectura textual. Si bien no es un triunfo, podría decirse que el autor ha tenido el buen tino de mostrar primero un plano carente de emociones, y luego otro que detalla, desde la segunda persona, el drama espiritual de esta bailarina. Pasado y presente dinamizan la acción, disponen una estera de posibilidades que quizás peque de ser demasiado explícita pero que, después de todo, otorga una cierta hondura a un cuento que, de otra manera, hubiera quedado atrapado en los valles de la mansedumbre.

Es en este segundo plano, en esta segunda instancia de la dramatización que escoge el presente como su tiempo, que ocurre todo lo que es reseñable en el relato. Señalo el uso de la memoria emotiva como un recurso expresivo que le permite a su joven autor abundar en los detalles del pasado, en esa memoria que se desprende del hallazgo de unas viejas zapatillas de ballet. Cierto que no va a lo profundo, cierto que es un nado en la superficie, pero al menos el narrador se ha adentrado en los mares de la escritura y ha lanzado la brazada en pos de un objetivo que aún se percibe lejano en su horizonte de posibilidades.

Se hace indispensable destacar que la historia, si bien no cae en los agujeros simbólicos del lugar común, sí se para en el borde de su precipicio. La lesión de una bailarina, sus sueños frustrados, su imposibilidad de volver a la escena, sus continuos rebordes de memoria hacia ese pasado que ya nunca volverá son temas que, una y otra vez, se han abordado de muchísimas maneras tanto en el cine como en la televisión y la literatura. No se trata —nuevamente hago la salvedad— de encontrar el tema que nunca haya sido tocado, sino de lograr dar el giro, la pirueta, el equilibrio sobre puntas que permita que personaje y autor hagan un pas de deux meritorio. Buscar el golpe de efecto por el efecto en sí no es el objetivo.

Hablamos de que, en la construcción simbólica de una realidad otra, es preciso desarrollar un punto de partida que, aunque pueda tributar temáticamente a otras realidades ya abordadas con anterioridad, sí sea capaz de encontrar aquella zona del escenario que le pertenezca por completo. Es ahí donde el mapeo, el ojo claro del autor y su capacidad de selección bailan su variación más perfecta.

El final abierto, la posibilidad, el cuestionamiento de aquello que podrá suceder una vez que las cortinas de este teatro literario se cierren son, quizás, elecciones sabias que el autor realiza para ofrecer una conclusión a su relato. Este cuento debería ser leído más como las indicaciones de un programa o el trabajo de mesa de un intérprete de la danza que busca una profundización psicológica de aquel nuevo rol que se le ha otorgado.

Es un viaje a través de las variaciones de un bailarín que dispone su cuerpo para el ascenso y la caída, para la victoria y la derrota, para el pasado y el presente. Es su trayecto a través de las piruetas y las lesiones. Es, quién lo duda, un ejercicio consciente sobre la memoria, sobre ese instante de la escena —siempre irrepetible— en que el bailarín y sus recuerdos se hallan.

 

 

 

ALEJANDRO HUERTA SÁNCHEZ (Viñales, Pinar del Río, 1998). Narrador y poeta. Ha publicado la novela para niños Fantasmas en el bolsillo (Ed. Guantanamera, 2017), Antologado en el quinto libro del taller Móntame una escena (Ed. Literautas, 2017). Textos suyos aparecen publicados en las revistas Muchacha (Cuba), y La página escrita (España).


 

 

 

 

 

 

GISELLE O EL ÚLTIMO BAILE
 
 

Primer Acto

 

Alicia Fedorova regresa por última vez al espejo del camerino para comprobar que todo esté en orden con su imagen. Lleva meses practicando la coreografía. Aunque recuerda cada movimiento, continúa sintiéndose tan insegura que le cuesta disimular los nervios. De su interpretación depende la presentación de la obra en el célebre teatro de la capital francesa. Tal vez por eso y por la presión de sus compañeras la responsabilidad recae sobre sus hombros como un peso demasiado grande para alguien como ella. Siempre le ha fascinado la historia de la inocente campesina engañada y convertida en Willi. Esa noche esperaba ser la Giselle que todos estaban deseando.


Torpes son ahora tus manos que no pudieron evitar que la caja se viniera abajo con los carretes, las bolas de estambre y el aro de bordar. ¿Te turbas o acaso te pinchaste con un alfiler descarriado? Como si acabases de ver un aparecido te desconciertas cuando ves asomadas entre el resto de los objetos, tus viejas zapatillas de ballet. Las mismas zapatillas de satén que tu papá te compró a los diecisiete. Las miras con detenimiento como si afloraran de repente todos los recuerdos. Quieres contener las lágrimas pero no puedes, son ahora los recuerdos quienes ocupan la habitación. Las zapatillas, los recuerdos, y tú.
Sacas las zapatillas con cuidado como si se te fuera la vida en ello. No llegaron ahí por casualidad, las escondiste en lo profundo del cajón para ocultar algo de ti misma. En el armario debe estar el tutú que acompañó en su momento a esas zapatillas. Te aproximas, lo abres despacio y comienzas a hurgar entre tanta ropa. No solo está el tutú, también las mallas y el leotardo.
Continúas en la habitación. Inmóvil, quejumbrosa. De repente te vuelves para mirar la foto en la pared. Tras el cristal pareciera que tu imagen también te observa a ti mientras posa junto a un grupo numeroso de bailarines.
 
 
Se abre el telón. El escenario ambientando en los bosques del oeste de Alemania, muestra una retrospectiva sobrecogedora. A la derecha del escenario una casa de cartón de colores vivos simula ser el hogar de Giselle. En la dirección opuesta un banco.
Comienza la banda sonora y los actores entran en escena. Llega Albrecht, duque se Silesia, haciéndose pasar por Loys, un apuesto aldeano que ha venido a la vendimia con la intención de cortejar a Giselle. Hilarión, el cazador que está enamorado de la campesina, conoce las artimañas del forastero. Al llamado a la puerta, sale Giselle. Con equilibrio dramático se deja llevar por la música; viste un corpiño rojo y una sayuela con estampado de flores. Las luces aumentan y disminuyen tonalidades. Alicia Fedorova se restriega los ojos en un aparente disimulo. Otro giro y vuelve sobre ellos, como si intentase limpiárselos de algún modo.
Al regreso de una cacería la hija del príncipe y prometida de Albrecht hace un alto en la casa de Giselle. Las dos mujeres comparten secretos sin sospechar ninguna que aman al mismo hombre. 
Giselle baila en presencia de la corte cuando el cazador desenmascara a Albrecht. Sorprendida por el engaño, termina muerta. Alicia Fedorova se deja caer al suelo como la margarita que sostenía minutos antes. La ovación del público estremece el teatro. Se cierra el telón marcando el fin del primer acto.
 


Por un instante eres capaz de sentir dolor, pero no un dolor físico, sino un sufrimiento interno que se convierte en dolor. Te lo niegas a ti misma, pero después de cincuenta años te sorprendes llorando. Ahora es un dolor diferente, aunque quizás, más profundo, más agónico, más perturbador. Pegas la foto a tu pecho, la aprietas fuerte como si quisieras meterte dentro de ella. Piensas en tu esposo, él fue el aliento que te inspiró a seguir viviendo, por eso su muerte fue también la tuya. Ahora estás más sola que la luna, tus hijos se marcharon buscando su propio camino y te dejaron a ti detrás. Lo sabes. Vuelves la vista al tutú y a las zapatillas sobre la cama. El armario echo un desastre, y tú aferrada aún a esa foto.
 

Alicia ha salido corriendo del escenario. Le preocupa el repentino hormigueo y el malestar en la el ojo que la importunó durante la interpretación. Pasa al baño para refrescarse la vista con agua. Piensa que puede ser una irritación a causa de estar demasiado tiempo expuesta a los focos o partículas de polvo que casi siempre sobreabundan en los teatros. Después del agua, parece mejorar. Pero ahora siente un latido, como si el ojo fuera al ritmo de las pulsaciones de su corazón. Prefiere no decir a nadie lo que le está ocurriendo o puede correr el riesgo de quedar renegada por María Facal, la bailarina sustituta. Eso implica echar por tierra la posibilidad de interpretar Giselle en la capital francesa. Se ajusta las zapatillas, alista el vestido y se dispone para el segundo acto. 
 

 

Segundo Acto
 
 

Giselle sería tu primer papel protagónico en un ballet, los coreógrafos y directores habían mostrado interés por ti. Eras, sin duda, una de las mejores; de las que alzaban vuelo con el mínimo de esfuerzo y se desplazaba por el escenario como tibia rama arrastrada por el viento. Sabías que algo iba mal contigo aquella noche, pero preferiste callar, apretar los puños y hacer tu mejor intento para que no se notara el más mínimo desbalance.
 

El cazador sorprendido por las Willi es víctima del ritual de la venganza cuando acude al bosque a visitar la tumba de Giselle. Arrepentido, aparece Albrecht por el lateral del escenario buscando la tumba de su amada. El espíritu de Giselle se hace visible y alerta a Albrecht para que se marche antes que el resto de las Willi aparezcan. Pero ya es demasiado tarde, las doncellas muertas comienzan a bailar a su alrededor.  La fuerza del amor de Giselle será la salvación…
Alicia Fedorova comienza a dar tumbos por el escenario, es perceptible que no se trata de los movimientos tantas veces ensayados. Termina en el suelo. Desconcertada, intenta levantarse como si no se tratase de un incidente. Para entonces, vuelve a caer al suelo con repentino lagrimeo. El jefe de escena y el atrezista la sacan por el lateral del escenario. El resto de los bailarines mantienen sus posiciones, indiferentes. María Facal se aproxima a salir, esta vez como Giselle.


Entra la sustituta y la obra sigue como si nada. Nada para el público, porque para ti lo es todo. Para el que sale: la lesión, la enfermedad, el fin. Para la que entra, la oportunidad tanto tiempo esperada, el momento de mostrar que está y que brilla sin otras luces que opaquen su luz. 
Poco después se aparecieron en tu casa la mayoría de tus compañeros y los profesores de la academia. Pretendían estimularte, te aseguraron que podías terminar tus estudios teóricos y después ocupar algún puesto como profesora. Pero tu vida era bailar, no enseñar a otros. Te consumiste poco a poco. Los médicos te dijeron que sería imposible continuar bailando. El extraño padecimiento que afectaba tu retina la hacía muy sensible a la luz, lo que a la vez afectaba tu control sobre el equilibrio. Terminarías siempre en el suelo, incapaz de sostenerte por ti misma. Y en esa condición nadie te quería.
Te pones el leotardo con el tutú y las mallas, los ajustas como puedes. Por último, las zapatillas que parecen no haber sido fabricadas para tus pies. Coges la foto, y caminas hacia la puerta para salir a la calle a salvar a tu amado Albrecht de la muerte eterna.
 

 

 

 

Elaine Vilar Madruga, 2018-10-22
Elaine Vilar Madruga, 2018-10-04
Elaine Vilar Madruga, 2018-09-19
Elaine Vilar Madruga, 2018-09-06
Elaine Vilar Madruga, 2018-08-18
Elaine Vilar Madruga, 2018-08-07