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Elegía para un nuevo Telémaco

Elaine Vilar Madruga, 18 de agosto de 2018

Este es un relato sobre una ida y un retorno. Sobre un moderno Odiseo que, tras su paso por veinte años de ausencia, llegó a casa sobre un escudo humano: derrotado y victorioso, paradójicamente feliz e infeliz al mismo tiempo. Es también la historia de su contraparte, una moderna Penélope que tejió coronas en su espera y que ahora recibe al esposo después de tantos años de ausencia. El escenario es una Habana caótica, hecha de la materia desastre, una ciudad de edificios apuntalados, un escenario de cara al apocalipsis. Un apocalipsis que no es bíblico aunque lo acompañen los vientos huracanados y la miseria del cuerpo que este moderno y obeso Odiseo nos muestra.

Alberto Guerra marca su primer punto de inflexión en el retorno del héroe. La ironía del relato comienza en este momento cúspide (casi siempre final) de las historias. Con una inversión inteligente de la estructura del cuento clásico —por otro lado, ya superado a lo largo de la historia— Guerra planta su bandera en el deterioro físico de este personaje, en las escoriaciones corporales y espirituales de un matrimonio apuntalado como un edificio al borde del derrumbe, y en la relación del protagonista con un muchacho simple, un hijo simbólico de pocas luces que ha de convertirse en su sombra. Soterrada emulación, nuevamente, del cuento clásico, donde el acompañante juega un papel fundamental en el éxito o la derrota del héroe: aquí, Guerra hace de nuevo uso de las armas de la ironía, en una construcción sin excesos que desplaza el interés del lector hacia este nuevo personaje. Quizás, ante la podredumbre y el desahucio, este joven sencillo —a todas luces discapacitado mental— es el único capaz de conservar lucidez en el corazón.

Y es aquí donde se produce un segundo desplazamiento. El autor provoca que, si bien la figura central —el núcleo del conflicto— continúe siendo este hombre obeso mórbido, el antihéroe recién llegado a las puertas de su vieja casa y de la muerte; por simpatía, el rol protagónico comienza a ser también compartido por el muchacho cuidador y su simpleza.

La semilla de la ironía es una de las columnas centrales del texto. Bien dosificada, como Guerra muestra, es la argolla que se prende a un micromundo de horrores físicos, de decadencia, enfermedad y deterioro. Tal vez por esto, el autor elige a esta contraparte simple, al muchacho barrendero —válido el simbolismo en un texto cargado de significados— que no solo limpia la calle de las inmundicias, sino que también depura, hasta cierto punto, el alma del antihéroe recién llegado.

Esta es la historia también de un martirologio. Se esperaría que, ante una palabra semejante, el cuento exhibiera grandes banderas y desfiles. No. Pero sí hay sacrificio. Y existe ironía en ese sacrificio. Una ironía trágica, casi euripidiana. Casi griega. Pero, en el fondo, Guerra esquiva este deseo y si bien el caos, la situación límite asume las formas de la llegada del huracán —un escenario que bien a algunos pueda resultar excesivo decorado—, el desenlace se conduce como un animal pacífico. Ironía. Su cosido sobre la tela del texto.

Este texto, Segundo Premio del III Certamen Internacional de Relatos Cortos sobre discapacidad, es la historia, también, de una nueva Ítaca (isla al fin), de un Odiseo roto y de una Penélope hasta cierto punto doliente. Pero, sobre todo, es un cuento sobre un nuevo Telémaco, un hijo simbólico, un escudo humano que cargó al héroe hasta el borde del mundo.

Alberto Guerra Naranjo. La Habana, 1963. Licenciado en Historia y Ciencias Sociales. Escritor, guionista, profesor, promotor cultural. Algunos cuentos suyos aparecen en revistas y antologías junto a los de Jorge Luis Borges, Juan Rulfo, Nabokov y Tarkovsky, y varios han sido publicados al idioma inglés, francés, alemán, italiano, finés, portugués, checo, croata y chino mandarín. Con "Miserias del reloj", el autor obtuvo el segundo premio del III Certamen de relatos cortos sobre Discapacidad, convocado en Valladolid, España.


 

 

                                  MISERIAS DEL RELOJ
         

Malo cargarlo a usted, mi socio, malo cargarlo a usted. Así repetía, jadeante, Lorenzo Cuesta, con el doctor Cabrales en la espalda, a pesar del arrastre inoportuno de sus piernas y del maldito viento, pero sin soltarlo. Un saco de papas, una maceta grande, cualquier cosa, menos cargarlo a usted, mi socio, se repetía Lorenzo, encabronado, para darse ánimos en la oscuridad, con la lluvia encima como alfilerazo, pero sin soltarlo.
       
El doctor Mario Cabrales, pesaba un mundo, carajo, parecía como si en veinte años de ausencia se hubiera tragado media España él solo, así habían dicho, varios meses antes, agitadísimos, los dos enfermeros de ambulancia que lo depositaron, como un saco de papas sobre una silla de ruedas, frente a la puerta que él les indicó, y tenían una razón tremenda. Los pobres, en el aeropuerto, por roturas mecánicas en su equipo, se vieron obligados a cargarlo con enorme dificultad, desde la silla de ruedas hasta la cama de ambulancia, y estuvieron a punto de partirse las espaldas; luego, desanimados, con dolores, como si cumplieran la peor de las penitencias, tuvieron que cargarlo otra vez, y por mucha propina que donase, dijeron, ya tenían suficiente motivo para odiar a ese gordo con maletas.

Pero ante la mirada de espanto de una esposa en delantal, ni ellos ni el doctor Cabrales tuvieron tiempo de pronunciar palabras, y la mujer, atónita, sorprendida en la mismísima puerta, con una repentina palidez, como si no pudiera creer lo que veía, solo dijo, Ay, Mario Cabrales, aparecer después de veinte años, y los camilleros se apuraron en sostenerla cuando desmayaba.      

Malo cargarlo a usted, mi socio, malo cargarlo a usted. El doctor Mario Cabrales, empapado, asustadísimo, sin otro remedio que ir sobre Lorenzo Cuesta, permaneció en silencio ante esa frase, repetida como salmo para extraer fuerza interna, espantar la lluvia que los desorientaba, el viento que los detenía, el agua que los inundaba, y avanzar un paso más con él encima. El doctor Mario Cabrales, con los ojos cerrados ante la incertidumbre, se sintió el tipo más triste del mundo y, por primera vez en aquellos meses, se arrepintió de haber regresado a La Habana.     

Para su esposa, Danae Torres, aquel regreso constituyó uno de los acontecimientos más impactantes de su vida. Ya recuperada del desmayo, en el  comedor, con el rostro entre las manos, a punto de pellizcarse para despertar de semejante pesadilla, lo escudriñó en silencio por casi media hora, como si tratara de explicarse la presencia de aquel gordo en su casa. 

Vengo a repatriarme, le dijo, estos veinte años no han sido fáciles.
Ya veo, dijo ella.        

El doctor Cabrales comprendió el sentido completo de las dos palabras y sonrío, como diciéndose que a pesar de tanto tiempo sin saber de su esposa, el sarcasmo continuaba siendo el mejor de sus recursos para contrarrestarlo. ¿Esposa?, ¿acaso después de veinte años de ausencia contaba con suficiente valor para llamarla así?, ¿habría vivido ella con otros hombres como mismo había hecho él con tantas mujeres?, ¿se habría divorciado por rebeldía una de esas tardes en que se sintiera ganada por la depresión?, ¿esposo?, ¿esposa?, ¿sería posible que Danae aceptara aún semejante nomenclatura?, se dijo, y volvió a sonreír.       

Luego, un poco incómodo ante aquellas dos palabras, como si las mismas hubieran hecho el efecto deseado, no tuvo otro remedio que suspirar y auto controlarse, registró en una cartera que traía ajustada a un lado de la panza, extrajo un bulto de billetes enrollados con una liga y los puso sobre la mesa, ante la mirada expectante de quien fuera su esposa.          

          Ahí tienes veinte billetes de quinientos euros, dijo.
          ¿Y eso?, dijo ella.
           Es mi perdón por estos veinte años.
           Hace mucho que estás perdonado, Cabrales.
           ¿Desde cuándo?
           Desde que te olvidé por completo.
           Son diez mil euros contantes y sonantes.
           Anjá, como si acabaras de romper tu alcancía.
           Y traigo veintiocho veces más en las tarjetas.
           El dinero, por suerte, no lo arregla todo, Cabrales.
           Pero calma los nervios, dijo él.
           Tienes razón, ¿por qué no te compras algo en otra parte?
           Esta es mi casa también, herencia de mi padre, ¿o se te olvida?          

El recién aparecido doctor Cabrales, esa misma tarde, pasó algo de trabajo para convencer a Danae Torres, sobre la necesidad de auxiliarse con algunas personas del barrio, dispuestas a los trabajos domésticos, Aquí no puede faltarnos nada, dijo, les vamos a pagar muy bien, sobre todo a quien lo atendiera exclusivamente a él, lo más urgente posible, pues necesitaba bañarse, acostarse y dormir a pierna suelta, Estoy molido por el viaje, concluyó.   

Una hora después el doctor Mario Cabrales estuvo sobre la cama matrimonial del último cuarto, atendido por dos vecinas dispuestas a probar suerte, a cambio de diez dólares per cápita, en la misión de bañar con esponjas su descomunal cuerpo. Ellas lo habían conocido desde sus años de estudiante de medicina, y así se lo hicieron saber, lo recordaban cuando aparecía en la cuadra, delgadito, con su bata blanca, un libro bajo el brazo y el estetoscopio en el cuello, en papel de novio feliz de Danae, con ella de manos, dueño de la destreza que ofrecía la juventud. Pero ahora, y esto no se lo hicieron saber, por mucho que lo contemplaran, desnudo e inerte de las piernas hacia abajo, a causa de tanta gordura, con aquella panza de asco y esos muslos de buey, no se podían explicar tanto cambio en una misma persona.       

Trabajaron en silencio, sin comentarios ni quejas, mientras lo acomodaron de un lado a otro con demasiado esfuerzo para dos pobres mujeres. Sudaron, exprimieron, recogieron, como si fueran expertas de toda la vida en esos asuntos, siempre con el temor de que pudieran esfumarse aquellos diez dólares, medio mes de trabajo de un ingeniero o maestro, en caso de que el doctor advirtiera sus deseos de comentar, o de reír, por semejante espectáculo.      

Pero antes del baño, el doctor Cabrales sintió una imperiosa necesidad de dar del vientre y se lo hizo saber a las vecinas, quienes, bajo su orientación de urgencia, registraron como locas en una de las maletas. Apartaron camisas, pantalones, culeros desechables, un sin número de otras vituallas, y, por fin, dieron con un pato plateado comprado en España. El doctor les indicó con desespero que lo colocaran debajo de sus nalgas, De prisa, mujeres, que me cago, por favor, y ellas trataron de cumplir la encomienda, pero demasiado tarde;  el excremento de Cabrales (pastoso al principio, licuado después) salía a chorros por el orificio, como por tubería defectuosa, como en dique con salidero, imposible de contenerse.       

La sábana quedó convertida en un campo de batalla enfangado y el pato apenas pudo llenarse, pero el doctor ordenó que lo vaciaran rápido, que  necesitaba continuar dando del vientre, De prisa, mujeres, que me cago, y las pobres vecinas, a pesar de sus guantes de estreno y de la necesidad de diez dólares, sintieron un asco enorme, unos deseos tremendos de vomitar, de largarse de allí, pero hicieron de tripas corazón, respiraron profundo en la ventana, volvieron con el pato medio limpio, y lograron colocarlo bajo el culo de Cabrales, quien, satisfecho, extasiado, como si no hubiera nada mejor a esa hora, pudo llenarlo otras dos veces, sin que cayera una sola partícula en la cama, hasta que sintió la paz en sus tripas, recuperó su semblante de gordo feliz y pidió a esas dos heroicas mujeres, pasar al proceso del baño.        

Bajo la dirección de Cabrales las dos vecinas forraron la cama con un nylon impermeable, moviendo el cuerpo hacia el lado conveniente. Auxiliadas con un cubo de agua tibia y dos esponjas, humedecieron al doctor de arriba abajo y de lado a lado, añadieron gel al cubo y sustituyeron las esponjas por dos estropajos especiales, volvieron a la misma misión de restregarlo de arriba abajo y de lado a lado, cambiaron el agua con gel por otro cubo de agua tibia, cambiaron los estropajos por nuevas esponjas y, agotadísimas, volvieron a pasarlas de arriba abajo y de lado a lado.       

Al finalizar la tarea del baño, procedieron a secarle el cuerpo con cuatro grandes toallas descubiertas en una de las maletas del doctor, quitaron el  nylon de la cama corriendo a Cabrales hacia el lado conveniente, colocaron otro nylon impermeable como protección, tendieron un par de sabanas olorosas, enfundaron cuatro grandes almohadas, y, a una orden suya, se dispusieron a colocarle el enorme culero desechable, no sin que advirtieran, una vez más, las diferentes magulladuras, granos y moretones en la entrepierna, en las nalgas, bajo las axilas y en otras partes del cuerpo del doctor Cabrales, lo que las hizo comentar, después, que semejante espectáculo era algo difícil de creer si  no lo hubieran visto con sus propios ojos, y que ellas, a pesar de los diez dólares, constantes y sonantes, tan necesarios y difíciles de encontrar, por ese cuarto, jamás volverían.      

Danae Torres, desde afuera, pero sin atreverse a entrar, estuvo pendiente del ajetreo que duró un par de horas y cuando las mujeres salieron a punto del desmayo, esperó a que botaran los guantes, cuchichearan en el patio con afanoso misterio, acomodaran las sabanas sucias en el lavadero, exprimieran las frazadas de limpiar, se asearan con el agua de una llave bien abierta, y las indemnizó con diez dólares de más a cada una, gesto que las hizo repensar su negativa. Hasta mañana, vecina, dijeron con una extraña alegría en sus rostros y Danae las acompañó a la puerta, pero de repente las detuvo, recordó que apenas contaba con un pedazo de pan para el desayuno, Tomen estos cuarenta, por favor, y tráiganme de todo lo que encuentren, les dijo, a partir de mañana, supongo, aquí se va a comer demasiado.    

El doctor dormiría a pierna suelta durante toda la noche, eso evidenciaban los ronquidos que salían de su cuarto, mientras la mujer, después de cerrar bien la puerta, ya sola en una de las sillas del comedor, intentaba responderse un sinfín de interrogantes inútiles. Cabrales había regresado a esa casa, legítima herencia de sus padres, después de veinte años, sin preocuparse por nadie jamás, eso era todo, había partido delgado, repleto de ilusiones, y  regresaba inesperadamente gordo, en silla de ruedas, y dispuesto a abrirse paso, esa vez, a golpe de mucho dinero.       

Danae Torres, sacó el rollo de pesos enligados y lo colocó en la mesa, El dinero, por suerte, no lo arregla todo, Cabrales, se dijo en voz alta, delante de aquellos diez mil, constantes y sonantes, y no le quedó más remedio que morirse de risa. Luego, sin poder evitarlo, se le aguaron los ojos y sintió deseos de echarse a llorar, pero suspiró y se contuvo, No puedo darle ese gusto, se dijo y sin querer fijó la vista en una de las rajaduras del techo. Miró otra en la pared,  volvió al rollo de billetes y sonrió, muerta de cansancio, dueña de un sueño enorme, pero con una buena idea en la cabeza. Caminó a su cuarto, apagó las luces que encontró en el pasillo, con la convicción de que esa noche no iba a poder dormir bien, por causa de un gordo y de una silla de ruedas, pero, al menos, lo intentaría.    

Justo a las siete y media de la mañana, el doctor Cabrales, en silla de ruedas, fumaba en el portal. Por sus propios esfuerzos había logrado quitarse el culero desechable repleto de orina, ponerse una bata de casa de estreno, tomar su pipa con relieves moriscos, el nylon con picaduras de tabacos cubanos y, por primera vez, luego de veinte años de ausencia, salió a fumar como si celebrara en paz su regreso. Hubiera querido recorrer la costa a esa hora, permanecer un tiempo detenido frente al mar, respirarlo profundo como no podía hacerlo en Madrid, pero aún ese deseo no era posible. Necesitaba encontrar a alguien fuerte, diestro, desenvuelto, que se mantuviera junto a él a tiempo completo y no reaccionara como esas dos pobres mujeres, que se murieron de asco ante un poco de mierda blanda, sin poder disimularlo.     

La gente del barrio caminaba hacia el trabajo, algunos niños iban con sus padres  a la escuela, otros lo hacían solos, uniformados, con prisa, y contrario a otros sitios del mundo, Madrid, por ejemplo, pocos automóviles se veían a esa hora. El doctor, meditabundo, absorto en la contemplación y en el placer del tabaco, se sentía feliz, como si no existiera algo más que una pipa y un paisaje, pero por causa del ruido metálico de un carrito de barrer calles, de repente salió de su marasmo, maldijo aquel escándalo de mierda y, para su buena suerte, detuvo su vista en el dueño del desmadre, un muchacho que no llegaba a los cuarenta. 
     
Iba con los escobillones acostados en un lateral del carrito, parsimonioso,  más ensimismado que el doctor o que cualquier otro ser del planeta, con una paz tan auténtica encima, que llamó su atención de inmediato. Mario Cabrales, conocedor del alma humana como pocos, hombre que había vivido al por mayor, siempre en zona de riesgo, sintió envidia sana de aquel muchacho, alguien que portaba un aura limpia a distancia, ausente de oscuridades, sin nubarrones de odio, satisfecha por existir sin nada a cambio, parecía como si los terribles conflictos del mundo incidieran en cualquier otro humano, menos en él. Cabrales lo vio perderse a lo lejos en busca de la avenida y comprendió de inmediato que ese era el tipo que necesitaba.
    
¿Cómo se llama el muchacho que barre la calle?, preguntó a las mujeres cuando estuvo en el comedor, sentado frente a los platos, pero como si presintieran peligro, ambas se hicieron las desentendidas, encogieron los hombros, continuaron inmersas en sus labores y ninguna supo dar una respuesta. 
    
El doctor Mario Cabrales no quiso repetir la pregunta, tenía delante un poderoso ejército de frutas (lascas de mango, plátanos maduros, naranja picada en tapas, lascas de guayabas pintonas, grupo de mandarinas, lascas de piña, lascas de mamey, papaya en trozos, tajadas de melón, racimo de mamoncillos, jugo de toronjas, jugo de guayaba, jugo de naranja, jugo de mango) y un no menos poderoso ejército de vegetales (fuente con habichuelas, berro bien picado, berenjena hervida en trozos, col o repollo, lechuga fresca, tomates de ensalada, pepino en ruedas, aguacate en trozos, cebolla en rodajas, remolacha hervida, pimientos enteros) ambos ejércitos listos para ser devorados cuanto antes. Todo lo consumió con calma, protegido por un paño en función de servilleta, sin dejar un solo plato, a pesar de la avanzada hora de la mañana, para su disgusto. Los desayunos deben ser más temprano, dijo, no es bueno que se junten con los almuerzos. Era cierto que las dos mujeres, agitadísimas, pero contentas por su buena suerte, habían tenido que comprar en el agro mercado, cargar con varias jabas de frutas y vegetales, prepararlos al gusto del doctor en la cocina, bajo la orientación estricta de Danae, a quien Cabrales notó más calmada de nervios, incluso lo trató con cierta ternura, contrario a como estuvo el primer día, menos mal. 
         
          Lorenzo, se llama Lorenzo Cuesta, el muchacho, dijo Danae.
          Ah, sí, el retrasado ese, dijo una de las mujeres.
          Tiene un retraso mental tremendo, apoyó la otra.    
       
En la tarde, a la hora del baño, las dos mujeres vinieron a emplearse a fondo en la misma tarea del día anterior, pero por la propia Danae, como si no pudieran creerlo, se toparon con la nueva de que el doctor Cabrales les estaba muy agradecido, aunque por razones de fuerza mayor, teniendo en cuenta que ellas  eran frágiles, mayores de edad, mujeres al fin y al cabo, en lo adelante ya no necesitaría de sus servicios, pero en retribución a sus desempeños, impagables aunque no los ejercieran, el doctor las premiaba con veinte euros, constantes y sonantes, para cada una.
      
Lorenzo Cuesta y Mario Cabrales, frente a frente, con un estrechón de manos, sellaron el pacto de caballeros más singular en la historia del barrio. Después de veinte minutos de conversación, en el patio de la casa para evitar chismorreos, sobre todo los de las vecinas rechazadas, tomaron varios acuerdos sin perjudicar a ninguna de las partes. El doctor Cabrales, con todo su sentido del humor puesto a pruebas, pretendió colocarse a la altura mental del muchacho y en su laptop de último modelo, como si estuvieran en alguna notaría, redactó varios acuerdos de pacto sagrado, en la medida en que dialogaban. 
     
El primero consistía en que Lorenzo Cuesta iba a recibir al mes cuatrocientos euros, constantes y sonantes, más desayunos, almuerzos y cenas, a cambio de  convertirse en la sombra perpetua de Mario Cabrales. 
     
El segundo consistía en no afectar, bajo ningún concepto, el desempeño de Lorenzo Cuesta, en el servicio comunitario que con tanto gusto realizaba, lo que aseguraría al muchacho barrer la calle, temprano en las mañanas, e incorporarse después a su segundo oficio de sombra perpetua. Lorenzo se comprometía al barrido de su parte en la avenida, una hora antes de lo habitual, cambio que coordinaría con su jefe, el compañero Teodoro Meriño, responsable del mantenimiento de la segunda rotonda y de su fuente de agua.
   
El tercer acuerdo trataba acerca de la higiene y del aspecto personal, por ello se hacía necesaria la compra de dos mudas de ropas y de dos pares de zapatos que Lorenzo Cuesta vestiría sin objeciones, siempre que tocara en la puerta de Mario Cabrales, con la condición de haberse bañado, afeitado y perfumado, como si estuviera listo para salir con el doctor. Para ello recibiría un módulo de aseo con cepillo y pasta de dientes, jabones, desodorantes, perfumes, cremas y gel, sumados a un par de toallas y a algunos calzoncillos modernos. Ambos irían personalmente a la tienda, para que dicho vestuario quedara justo en el cuerpo de Lorenzo Cuesta.

Un cuarto acuerdo otorgaba cien euros de adelanto, en ese instante, si el empleado asumía el nuevo trabajo allí mismo, porque Cabrales requería de una prueba real antes de contratarlo. 

Un poco más tarde, ya Lorenzo Cuesta se encargaba del aseo del doctor Mario Cabrales, algo que concluyó en menos de una hora y con tanta destreza que, según el paciente, Jamás alguien me había manejado tan bien, así dijo a Danae Torres, y ella los vio alejarse, ya bañado y vestido el doctor, de camino hacia la costa.    

Cuando llegaron, Cabrales sacó la fosforera antigua de un bolsillo, la picadura de tabaco cubano, rellenó la pipa con algo de emoción  y, con un poco de maña para evadir el viento, logró prenderla. Luego, soltó el humo despacio, inclinó su enorme cuerpo hacia adelante, suspiró satisfecho y dijo, Mejor, imposible. Más temprano de lo que imaginó había vuelto a un sitio añorado de su juventud, fueron incontables las madrugadas en que sus amigos de la facultad y él intentaron arreglar el mundo, cada cual con un criterio distinto, pero todos alrededor de una botella de ron, una guitarra y canciones de la nueva trova, lo mismo de Silvio Rodríguez, Carlos Varela o del aún desconocido Frank Delgado, ahora famoso cantautor, quien para colmo vivía cerca, aún sin guitarra propia y loco por aprender los acordes que Pancho Verdecia, el mejor estudiante de la facultad y amigo del alma de Cabrales, por compasión, en algunas ocasiones le enseñaba. Tantos recuerdos albergados en esa playita artificial, tantas noches que pasó junto a Danae, ambos en solitario, dispuestos a imaginarse el futuro cuando se graduaran. Allí estuvieron un día antes de que él partiera, se juraron amor eterno y lloraron juntos por última vez.
       
El doctor Cabrales y Lorenzo Cuesta, uno junto a otro, estuvieron bastante tiempo frente al mar, en profundo silencio, ensimismados, escudriñándose a veces por el rabillo del ojo, y el muchacho, como si no pudiera creerlo, descubrió que el doctor se ahogaba en lágrimas.

           También vine a operarme, dijo, si lo hago, pronto podré caminar.
           ¿Operarte de qué?, preguntó Danae Torres.
           Reducción del estómago, primero.
           ¿Y después?
           Liposucción, dijo él.
           ¿Y después?
            Las rodillas.
          
Lorenzo Cuesta contaba con cinco años completos encargado de la limpieza de una parte de la avenida principal de la ciudad, por donde pululaban los autos de ministros, los de embajadas, los de turismo, hasta los de la caravana presidencial, pero nunca imaginó que alguna vez sería  él quien tuviera la dicha de montarse en uno de aquellos carros y contemplar la vida desde otro punto de vista. Donde más lejos había llegado a semejante contemplación, fue en la altura de algún asiento de guagua, noche por noche, lo mismo en recorrido hacia los carnavales, que al cine a ver cualquier película que proyectaran; a la Heladería Coppelia, dispuesto a una enorme cola para matar el tiempo; a caminar el largo malecón habanero hasta que se agotaran sus piernas, o a deleitarse en solitario, siempre en solitario, con la orquesta que tocara en algún baile público.  
    
Ese día, en cambio, como si fuera un ministro, un turista, o el propio presidente del país, recorría la ciudad junto al doctor Mario Cabrales en uno de aquellos carros modernos y se sintió el hombre más feliz de la tierra. Por primera vez en su vida había estado en un asiento tan cómodo, con cinturón de seguridad, brazo sobre la ventanilla y la mirada dispuesta a contemplarlo todo, comenzando por la calle que tanto barría.        

         Anoche no dormí bien, dijo Cabrales, tengo un mal presentimiento.
         ¿Y eso?
         Qué sé yo, debe ser que cené tarde.
         Ah, bueno.
        Tengo ganas de sonarme un trago, ¿tú tomas ron, Lorenzo?
         No.
        ¿Nunca?
         No.
        ¿Y eso por qué?
         Preferiría no hacerlo.       

Embajadas, garitas con custodios, embajadas, garitas con custodios, mansiones, mansiones, palmas, palmas, palmas, hilera de palmas en el separador, bancos de parque en la avenida, algunos destruidos, algunos desaparecidos, semáforos, semáforos, Ladas, Moscovich, Ladas, carros modernos, con chapas diplomáticas, con chapas de turismo, motos, policías de tránsito, gente deseosa de lograr botellas, aventón le decían en las películas, barrenderos con escobillones y carritos como el de él, gordos en monos deportivos en carrerita cómica por el separador, bellas mujeres con aires de burguesas, perritos peludos de las mismas mujeres, hombres trabajando con los martillos neumáticos, viejos con bastones, muchachas en licras, grupos de viejos en pleno ejercicio en los parques, hilera de estudiantes de primaria con la maestra detrás, chinos sonrientes tomando fotos, mansiones, mansiones, mansiones, embajadas, embajadas, embajadas, palmas, palmas, palmas, así era la avenida principal de la ciudad y Lorenzo Cuesta sonrió por haber tenido tanta suerte al contemplarla.  
       
        Tengo un mal presentimiento, dijo Cabrales.
       ¿Y eso?
       Qué sé yo.      

Tomaron el túnel, salieron a El Vedado, al Malecón y ambos miraron a su izquierda el Torreón de la Chorrera, la hermosura de un mar estable que se perdía en el horizonte, como obra maestra de pintor; una hilera de pescadores sobre el muro, un vendedor con ensartas de pargos que aprovechaba el semáforo para ofertar su mercancía, un crucero a lo lejos con destino a El Morro, gente que se ejercitaba en carreritas como si no les importara el tiempo; a la derecha vieron el legendario Hotel Riviera, el más reciente Hotel Cohíba, el complejo de tiendas con cristales opacos de Galerías Paseo, La Fuente de Paseo, un amplio descampado ahora repleto de nuevos restaurantes, cafeterías y cafés, edificios, edificios, residencias, residencias, El litoral (Dicen que es excelente, dijo Cabrales, ahí cenaremos cualquier noche de estas) la Oficina de Intereses, perdón, La Embajada de los Estados Unidos, perdón, la Oficina de Intereses; la famosa calle Línea, el legendario Hotel Nacional, La Rampa, el parque Maceo, y detuvieron el carro en el Hospital Hermanos Ameijeiras.
             
                ¿Verdad que no tomas ron?
                Preferiría no hacerlo.
      
Su amigo del alma, el doctor Pancho Verdecia, después de auscultarlo  sobre la camilla de su consulta, ayudó a Lorenzo Cuesta a colocar a Cabrales en la silla de ruedas. El aire acondicionado estaba alto y Lorenzo sintió frío, hizo ademán de salir cuando advirtió que Verdecia se mantenía callado, tal vez en busca de privacidad, pero Cabrales le pidió quedarse.

              Habla sin pena, Pancho, él es de confianza, dijo.       

Entonces, su amigo del alma, el doctor Pancho Verdecia, la persona que lo mantuvo al tanto todos esos años, primero a través de correos electrónicos, luego mediante el recurso de Facebook, acerca de las virtudes y de los pesares de La Habana, sus villas y castillas, sus calamidades y grandezas, las crisis y las alegrías, el destino de los otros amigos, el desatino de los enemigos, o los detalles de la vida de Danae, sobre todo en los últimos tiempos, se echó hacia atrás en su silla, cruzó los brazos y lo miró fijo un instante que pareció un siglo.

        Te queda muy poco, Cabrales, dijo.
        ¿Cuánto?
         Tres meses como máximo. 
         Miserias del reloj, dijo Cabrales, miserias del reloj.


Lea el cuento completo en:
http://guerranaranjo.com/miserias-del-reloj/

 

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