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Una muchacha sentada en la cabeza del fin del mundo

Elaine Vilar Madruga, 16 de octubre de 2017

¿Se ha preguntado usted cómo incubaríamos en Cuba un fin del mundo hecho a nuestra imagen y semejanza? ¿La Peste, tal vez? ¿Quizás la enfermedad incurable? ¿Un modelo a gran escala de cohetes que explotan sobre la capital? ¿Patrón made in la Guerra Fría? ¿Quién nos abatirá? ¿El rayo del cielo? ¿La prostituta de Babilonia? ¿Los jinetes (cuatro) del apocalipsis o, quién sabe, el mal del aire?

Ella parece tener una respuesta. Ella se llama Anisley Miraz Lladosa y es en apariencia una muchacha común corriente, de esas personas que se te cruzan por las calles del mundo y despiertan una sonrisa, un saludo, algo más; de esas personas que pueden ser tus vecinos, tus amantes, tus nietas, tus hermanas. Pero Anisley lo sabe. Anisley tiene el secreto y lo comparte en voz baja, para que otros no escuchen. Ella sabe la fecha y la hora exactas en que tu mundo (mi mundo) comenzará a resquebrajarse.

Pero no pienses, lector, que es la eterna sapiente, escritora trasmutada en Dios que nada ignora, señalética para el fin de la historia que ha sido colocada en la Tierra por orden divina. Ella —persona, personaje, narradora y autora a una misma vez— desnuda la verdad en su cuento, pero apenas recoge el instante, lo describe con atroz verosimilitud, no escatima en lo escatológico, en las sombras con olor a moho y a podredumbre que se extienden por el texto, pero cargadas de tanta gentil poesía que incluso el asco desaparece. Advierte, lector, que Anisley está aquí, en este cuento, solo para describirte cómo será ese mundo enfermo, ese mundo asolado por la Peste Definitiva, ese mundo que parece haberse reducido a la habitación abarrotada de un hospital en zona de guerra (horror vacui).

Tienes que saber, lector, que no puede esperarse que Anisley se levante de la cama como el Mesías y te cuente de qué manera salvar huesos y pellejos del mal que se avecina para todos, porque este es un cuento sin final feliz, sin moralejas, un cuento sobre la destrucción humana que renuncia a los cánones de las películas que ganan premios de la Academia. Por lo contrario, se concentra en la exploración de un espacio único, cámara en mano, producción de cine independiente que enfoca las ojeras, los baños cargados de inmundicia, las lágrimas de una madre que caen sobre un mosquitero sucio, la mirada (y el oído, qué importante es la escucha, la cinestesia, para Anisley) de una moribunda-narradora, moribunda-testigo, moribunda-voyeur que se llama —con cierto cinismo previo a la muerte— zombie… a ella y a los otros. Zombies en camino a ser zombies. Zombies ya convertidos en zombies. A esa mirada, a ese escenario, se reduce el mundo.

Es, esencialmente, una mirada de la derrota de la realidad y de la sociedad (tecnocrática) moderna. La autora posee la suficiente destreza, lector, como para no anticipar final ni comienzo posible, pues todo es sucesión, todo es continuidad: zombie sobre zombie, muerte sobre muerte, suposición sobre suposición. Como verás, lector, un escenario perfecto para el fin del mundo es este que se muestra en un cuento breve, un cuento descripción, más que narración, un relato de sentidos. Si bien el cuerpo va apagándose con cada latido, estos sentidos anteriormente mencionados permanecen aletargados, de súbito despiertos y alertas, mientras todo fenece alrededor. Hablamos, sí, de distopía. Y de caos. Y de la destrucción de una sociedad que bien le debe a ciertos filmes de moda (hemos hablado de apocalipsis anteriormente), deuda mayúscula hacia el género fantástico. La autora lo nota, lo escucha, lo ve. Lo huele. Hemos dicho que Anisley no lo sabe todo pero sí reconoce que su mundo se apaga y que a su alrededor solo se perciben excusas, pánicos, doctores que no reconocen la enfermedad. Ella no es omnisciente, sino tan solo una narradora personaje que advierte la misma realidad que al lector revela: ni una gota más, ni un fragmento menos.

El concepto de la peste —dígase la Gran Epidemia— permanece como una cortina fantasmagórica, el sentido último que persigue a los personajes bajo la encarnación de un fatum con guadaña tecnológica, con guadaña microscópica, con guadaña invisible, pero aun así, guadaña que desciende segura sobre la cabeza de los inocentes y culpables por igual. Porque culpa hay, ¿quién lo duda?, en todo, y tal vez el cuestionamiento mayor de esta historia no se busca en el deseo de refrenar la enfermedad sino encontrar a alguien (o algo) a quien llamar testigo y cargar el peso de las responsabilidades.

Lector que escuchas y que todo ves, ¿no es acaso esta tu oportunidad de sumergirte en el miedo, en un miedo que no tiene forma, un miedo parasitario que no se ve a simple vista? Piensa que otros hubieran querido asomarse a las ventanas del ocaso del mundo y esta, sí, es tu oportunidad. Tal vez la única que te quede antes del fin.


ANISLEY MIRAZ LLADOSA (Cienfuegos, 29 de octubre de 1981). Narradora, poeta y artista de la plástica. Egresada del Centro Onelio, curso 2014. Miembro de la Asociación Hermanos Saíz. Graduada de Diseño Gráfico en la Academia de Artes Plásticas Oscar Fernández Morera, Trinidad. Entre sus premios se encuentran: Premio de la Ciudad Fundación Fernandina de Jagua en Poesía para niños. Cienfuegos / 2003; Premio Vitral, Poesía. Pinar del Río / 2003; Gran Premio Vitral. Poesía. Pinar del Río / 2003; Mención Especial, POESÍA. Premio Nosside. Italia / 2004; Mención en el Hermanos Loynaz. Pinar del Río / 2007; Mención en Narrativa, Premio Internacional Viajeros al Tren, Argentina 20014; Mención César Galeano, 2014; Finalista del Premio de Literatura Erótica Válgame Dios.

Entre sus publicaciones cuentan: Un ruido que nadie entiende ahora (poesía.) Ediciones Vitral, Pinar del Río / 2003; Proyectos para un día en la Isla (poesía). Ediciones Luminaria, Sancti-Spíritus / 2004; El libro de la salvación (poesía). Vitral / 2004; Hadas en la cornisa (poesía para niños) Mecenas, Cienfuegos 2005; El filo y el desierto (poesía) Luminaria / 2006; Todos los árboles llegan al cielo (narrativa infantojuvenil), Mecenas / 2007, entre otros muchos. Su más reciente libro es El almendro de las memorias (poesía infantojuvenil), La Luz / 2016.

 

               EL MAL DE AIRE

Madre revisa con celo mis horarios de medicación y reza. Aunque tengamos los ojos abiertos, es difícil ver a través de estos mosquiteros sostenidos por grotescos palos de marabú, hechos de una gasa tupida y gris que hace más densa nuestra respiración.
En el abrigo de mi propia covacha de tela, parezco un nimbo que flota sobre la cama, reduciéndose día a día. La misma bruma miserable emana desde cada mosquitero… Hacinados, los ojos cerrados por el dolor, solo nos quedan indemnes el sentido de la escucha y algunos pensamientos dispersos.
La Dirección Central ordenó improvisar salas de emergencia en escuelas, tiendas y gimnasios. Aquí ya somos tantos que de pronto no sabemos si estamos embutidos en nuestra gran gasa inmunda, o en la del otro que se queja un poco más allá, un poco más acá…
Al principio, solo éramos pacientes asustados culpando a los mosquitos. Pero ya pasa una semana y no nos dan el alta. Nos asemejamos a zombies, a nimbos apagándose sobre camas endebles, bajo horribles mosquiteros.
Todo comenzó con el abatimiento. Después, la calentura perdurable. Un diagnóstico preliminar de fiebre amarilla y trajeron brigadas de fumigación contra los aedes y comenzaron a cocinarnos sopa de gallo reforzadas con vitaminas. Pero el número de nuestros leucos siguió sin crecer. Más tarde, la fase de los músculos entumecidos; ¡ya éramos víctimas del chikunguña africano! Los dolores cada vez más fuertes, nuevos síntomas se sumaban y la piel se nos secó, parecía pellejo amarillo pegado a nuestros huesos. Luego, permanentes disenterías hicieron que algún especialista escribiera la palabra cólera en nuestros expedientes clínicos; el mismo que se retractó al día siguiente, cuando las pústulas estallaron. Otros predijeron tosferina hemorrágica, como si estas botaduras sangrantes en nuestros cuerpos, fuesen las pequeñas bolas de cristal de algún oráculo; los últimos mencionaron al ébola, y un poco más tarde, ya hablaban del zica. El miedo se quedó entre nosotros. Para siempre.
He ido dejando de percibir los objetos en su forma física. Ya ni siquiera distingo las siluetas, solo escucho el cloqueo de mis huesos que parecen embutidos en una caja de metal, listos para ser guardados en el osario. Cloquean también los huesos de los otros, aunque los otros ya no tienen formas. Sus huesos siguen crotando y resistiendo. Los médicos saben que ya no tenemos formas precisas y que en mil representaciones se transmuta este flavovirus degenerador de órganos y hacedor de nimbos con orejas. ¡Lamentable!, exclaman los médicos, y el vendedor de bombones del otro cubículo vuelve a vomitar sobre sí mismo.
Escucho el chirrido de los trajes impermeables, importados con premura desde Beijing. Me gustaría saber de qué material están hechos, pero procuro no pensar otra vez. A través de sus máscaras protectoras, los especialistas respiran como búfalos. Puedo oírlo todo: la mujer que reparte merienda tiene el traje al revés. Oigo el roce de las costuras exteriores contra sus rollizas carnes de pantrista, como una malla sintética que friccionara su piel, aunque tengo dudas sobre si es malla sintética. Oigo a sus ojos husmeando el mosquitero de cada uno; buscando nuestros rostros a través de los entresijos de la gasa. Sé que la pantrista tiene los ojos bizcos: los he escuchado. Mientras intentan escudriñar la sala, detecto que se entrecruzan sobre la punta de su nariz. No digo nada, nadie dice nada. Pero todos sentimos lo mismo. El vendedor de bombones -que mientras pudo hablar nos contó cientos de veces la historia de su vida- vomita otra vez, y la negra de mi izquierda, balbuceando, culpa al negro de su izquierda y después apenas murmura: Hermano, estamos fritos... Escuchamos a los médicos jugando con la culpa, tirándosela unos a otros como una patata ardiendo. También juegan con la verdad. Los escuchamos arrojársela como una patata ardiendo. Arrojan hacia arriba culpa y verdad y de pronto, ambas se quedan clavadas en el techo. Con las manos vacías, los médicos cavilan otra vez y discuten hasta que se cansan. Los oigo pensar, inventarse causas, dictámenes, pretextos… demasiados extranjeros en este país, demasiadas misiones en los desiertos de Angola, en la selva amazónica, en los míseros barrios de Timor del Este… Comentan que es la maldición de la bruja negra de Salem, que se acerca el fin del mundo. Me llegan presunciones, evasivas: las abejas que salen del vientre de los bueyes muertos, la mordida de una raposa, el naufragio del buque cargado de acordeones, las predicciones de la loca Kate, el veneno de la flor de la heliconia, las castañas hervidas en nébeda y anís, el mal de aire…
Escucho cuando mi vecino de enfrente intenta otra vez abrir los ojos; reconozco el breve sonido de sus pestañas superiores tratando de despegarse de las inferiores. Escucho el sudor, adherido al traje impermeable de la asistente que reparte termómetros. Con agudeza, percibo su leve movimiento -la cara en una mueca, los dedos enfundados en sus guantes de látex- mientras levanta mecánicamente una esquina del mosquitero; el frío contacto de las axilas con el delgado vidrio, el bisbiseo del mercurio acercándose al grado 39, un efluvio sin expectativa, la confirmación que la asistente calla al mirar con recelo el líquido plateado, sin informarle a alguno que tiene una fiebre de 40 y… Codeína, drogas, sales hidratantes... Oímos como desciende el medicamento por la manguerilla, despacio, gota a gota, así como nos apagamos nosotros, y llega a nuestras venas desaguadas la panacea temporal, provocando un ardor que es como fermentarnos. Nuevas píldoras pasan a duras penas por las gargantas, sin líquido que ayude a engullirlas. 
Los pacientes-fantasmas ya no podemos hablar: el flavovirus atacó nuestras cuerdas vocales y sigue haciendo estragos. Alguno de nosotros puede; es un zombie-nimbo que avanza dando traspiés por el pasillo y tropieza continuamente, se enreda en los mosquiteros y se extravía por esta angosta sala, como si caminara sobre una ciudad muerta, llena de cadáveres que oyen. Al fin logra llegar a la puerta del baño, entrar: hay otro zombie-nimbo tratando de ducharse. Los oigo tantear el sanitario, la palangana llena de vómito, las paredes sucias; el orine que salpica y la mierda que cae durante minutos, horas, días…Una mierda sobre otra, ya no cabe un solo grumo en el baño, en la sala, en el mundo. Siento el crujido de las camas, mis vecinos se remueven y mis oídos retumban. Se rajan algunos palos de marabú, los talones se limpian contra las sábanas y mis oídos retumban. Ya nadie puede más, muchos desean morirse, muchos necesitamos morir y mis oídos retumban. Mi madre está exhausta dentro de su traje protector y tiene miedo. Yo no quiero que ella se contagie, pero no puedo ahuyentarla; me tranquiliza el eco de sus lágrimas cayendo sobre mi mosquitero gris.
Inesperadamente percibo el chasquido de un beso en la sien de mi vecino de la derecha. No es beso humano; un ser incorpóreo, al que en otras circunstancias nunca hubiera notado aunque tuviese los ojos abiertos, se inclina sobre el enfermo. Puedo escuchar perfectamente su alucinación, junto a las voces de los médicos en el pequeño cubículo de estar, que siguen describiendo las misiones en los desiertos de Angola, en la selva amazónica, en los barrios más pobres de Timor del Este… y yo sigo confundiendo a las abejas que salen del vientre de los bueyes muertos, la mordida de una raposa, el naufragio del buque cargado de acordeones, las predicciones de la loca Kate, el veneno de la flor de la heliconia, las castañas hervidas en nébeda y anís, el mal de aire…
La sangre fluye cada vez más despacio… los estridentes recuerdos se alojan en el encéfalo como microorganismos. Los recuerdos se oyen, se oyen…Todos quieren morir… Ojalá yo estuviera sorda.