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Puntos de luz en el origen del mundo

Elaine Vilar Madruga, 20 de enero de 2017

Aquí hablamos del arte de la memoria: se enfrenta al olvido y elige la costura de la historia para tocarnos. Yonnier Torres —una de las voces jóvenes más conocidas tanto en el campo de la poesía como de la narrativa— nos sorprende con el relato  "Puntos de luz" para dialogar con el lector desde la cercanía temporal del pasado. Este es uno de los pocos casos que conozco de la escritura novísima que se gesta en la Isla donde el juego con una cierta poética de la historia sirve como eje de conexión y entretenimiento.

En "Punto de luz" apreciamos una galería de personajes que aparecen unidos por un mismo cordón umbilical: la necesidad de la grandeza y la victoria. Este elemento asume un rango abundante que camina en el amplio margen que transcurre entre los deseos más pequeños y la grandeza de los sueños. Nos obliga, también, a mirarnos en un espejo cercano y nefasto, que casi nos grita pues múltiples han sido —y son aún— las ansias del ser humano por chocar más de una vez con la misma piedra.

Es fácil recurrir a una reseña que podría —o no— clarificar las ansias del lector por conocer un breve resumen de "Puntos de luz". Para no ser víctima de la jugarreta del impulso, solo les invito a conocer un relato ambientado en los estertores de la II Guerra Mundial. El eje de la historia es pretexto, si bien orquestado con evidente coherencia por el autor, para hablarnos del inicio del mal —quizás ese, sí, el verdadero pecado original del hombre desde su expulsión del idílico Edén de unos abuelos simiescos. En "Puntos de luz", los personajes continúan siendo los simios de la tradición, obsesionados por la mordida siniestra de una fruta del pecado, si bien ahora se disfrazan, si bien ahora visten galas militares, títulos nobiliarios, o simplemente se obcecan con la idea de unirse a los vencedores en las Juventudes Hitlerianas. Son estos personajes una necesidad que existe en el tiempo y el espacio, limitados por el contexto que los une y los separa: el ámbito de la historia es para ellos ese corset en el que se encuentran los motivos.

El mundo de la imaginería y los símbolos que el ser humano asocia con la II Guerra Mundial tiene leit motivs limitados y parcialmente inspirados en el universo del séptimo arte. Eso, tal vez, sea un obstáculo para comprender que no todos los relatos deben conducir a un apocalipsis semiótico o visual, a la liquidación absoluta de los personajes que pueblan su espacio. Existen también las catástrofes mínimas, que se perciben bajo la forma de sutiles imágenes que Yonnier Torres deja como a la saga —esos puntos de luz— para no hacernos converger en un sitio abotargado de tragedia.

Este cuento no habla de lo macro, sino del evento mínimo, comulgatorio en su pequeñez, con repercusiones de avalancha: la voluntad de una joven sirvienta, el instante de calma que poseen unos jóvenes oficiales de las Waffen-SS, la ausencia del esposo mientras la nieve cae, la toma de decisiones, el momento terrible en que se sabe que ha transcurrido el punto de no retorno. Y mientras, también, llegan las noticias de la radio —a modo de música de fondo—, campanadas de una realidad que ha sido distorsionada por sus propios hacedores.

Bajo la nieve ha quedado la galería de este museo. Sus puntos de luz brillan como algas en el centro de un océano sembrado de muertos. Definitivamente, no son estas las puertas que conducen al infierno bíblico (aunque la nieve, la tormenta, la imposibilidad de escapar sean un fuerte vehículo hacia un tipo de violencia externa, natural, fosilizada en los elementos). Estoy segura de que si pudiéramos observar a través de una celosía el jardín del Edén, descubriremos que también el Mal —en su esencia primera— tenía puntos de luz.




                Puntos de luz
           
               Yonnier Torres

Con la llegada de la noche comenzó a nevar. Los caminos que conducían a Hagen se fueron cubriendo poco a poco de un manto blanco. Por la radio, el locutor de la estación local, les recomendó a los vecinos que permanecieran en casa, encendieran la chimenea, prepararan una taza de chocolate y mantuvieran la sintonía. Anunció una suite para piano y orquesta interpretada por la banda municipal de Rostock y dijo que al regreso hablaría con el capitán Werner, una de las principales figuras políticas del lugar, alguien que hablaría de modo claro sobre los objetivos de la guerra y los pronósticos económicos, políticos y sociales, una vez que la nación triunfe tras la toma de Moscú.

La baronesa apagó la radio, dijo en voz baja que lo más probable era que Moscú no se rindiera, que la nevada durara toda la noche y que la cena que había preparado para los tres oficiales de las Waffen-SS que estaban de paso en la ciudad, se enfriara de modo irremediable. Caminó hasta el salón, encendió la lámpara y se mantuvo junto a la ventana, viendo caer la nieve a través de las luces amarillas que custodiaban la carretera principal.

Tomó uno de los libros en la mesita de centro. Era el primer tomo de cuatro volúmenes de botánica que detallaban la vida de las algas, el modo de reproducirse y los beneficios que entraña su existencia para el equilibrio del entorno marino. En las primeras cuartillas se hablaba del autor, un tal Bernabé Santelices, un biólogo de Antofagasta que era especialista en el campo de la ficología, un hombre que había dedicado toda su vida al estudio de las algas.

Leyó un par de páginas y lo echó a un lado. Tuvo la idea de caminar hasta el despacho, buscar en el librero algún título alemán, alguna de esas novelas que recién habían sido publicadas, una de esas novelas que estaban de moda; pero se mantuvo sobre el butacón mirando hacia afuera, intentando hallar una causa lógica por la cual su marido estuviera interesado en la botánica.

Al rato sonó el teléfono. Del otro lado del aparato el barón le decía que en Berlín no había nevado aún, pero que según la prensa el tiempo podría empeorar de un momento a otro, que los trámites eran más difíciles de lo que él había imaginado y que tardaría otro día más en tenerlo todo listo. No podía regresar a Hagen hasta dejar los documentos en orden.

El hombre colgó el teléfono, le dio las gracias al camarero y le preguntó a qué hora servirían la cena. El camarero dijo que lo esperara un momento y fue hasta la cocina. El hotel estaba prácticamente vacío. En tiempos de guerra la gente no viaja, solo los oficiales y los soldados se mueven de un lado a otro y no acostumbran a hospedarse en hoteles. A veces se llegaban al bar, tomaban un par de cervezas o una botella de vino, pero nunca pedían habitación, de allí se iban al cuartel o a la casa de putas.
No hay nada como tener sexo la noche antes de regresar al frente.
El camarero dijo que la cena estaría dentro de una hora, que se quedara en la barra, que para ello no tendría que pedir algo más de beber. El hombre le dio nuevamente las gracias y prefirió subir a su habitación para darse un baño. El tiempo prometía ponerse peor, y si comenzaba a nevar, no habría dios que lo obligara a entrar en la bañera.

La chica de la cocina interrumpió los pensamientos de la baronesa para decirle que ya la cena estaba lista.
-Es probable que bajo esta nevada no vengan mis invitados- dijo la baronesa.
-Si lo desea puedo servirle. El asado quedó muy bueno.
-Voy a esperar otro rato, los oficiales alemanes son gente muy seria, a quienes les incomoda no cumplir con lo que prometen. Quizás lleguen dentro de un rato.

-Quizás- dijo la chica de la cocina, cruzó los brazos tras la espalda, miró por unos segundos a las baldosas del suelo y dijo:- Hay algo que debo hablar con usted.
- ¿Es otra vez el asunto del sueldo? Mi esposo regresa mañana, a más tardar en la noche, de seguro viene en el tren rápido. Te pagaremos los tres meses de atraso, incluso un poco más a modo de retribución.
-No es eso- dijo la chica. –Hoy será mi último día de trabajo. Quiero unirme a las juventudes hitlerianas.
- ¿Estás segura?
-Sí, señora, muy segura.
La baronesa sintió un poco de pena, no supo de momento si por tener que prescindir de los servicios de la muchacha, o por la decisión que la chica había tomado.

Se mantuvo un rato en silencio, luego le dijo:
-Si yo tuviera tu edad, hiciera lo mismo.
La chica sonrió y regresó a la cocina.
El barón sacó de su maleta de viaje una camisa limpia, unos calcetines negros y un pañuelo de cuadros azules. Se vistió despacio frente al espejo. Miró la hora en su reloj de pulsera, tomó el abrigo, la bufanda, y bajó al restaurant. El cocinero le entregó la carta, un trozo de papel donde con mala caligrafía estaba escrito: puré de papas, espinacas y huevos duros. El barón pensó que nunca en su vida habría de comer algo tan insulso como aquello. El cocinero esperaba el pedido a una distancia prudencial de la mesa. El barón lo miró.
-No tenemos otra cosa- dijo el cocinero- es la guerra. Hace tiempo que solo entran al almacén papas y huevos. Las espinacas son una cortesía de mi mujer. Anoche cocinó demasiadas y a mis hijos no les gustan, a mí tampoco, en realidad ni siquiera a ella.
- ¿Y para qué las cocinaron? - preguntó el barón.
-No había otra cosa.

El hombre se levantó de la mesa, dijo que no haría el pedido, fue hasta la barra y le preguntó al camarero si podía usar el teléfono.
La baronesa oyó el sonido de un auto que se detuvo frente a su puerta. Se asomó a la ventana y vio a tres hombres que con paso apurado caminaban hacia el portal. Miró a la chica y le dijo que abriera de inmediato.
Los oficiales pidieron disculpas por el retraso. La baronesa les dijo que no debían preocuparse, el tiempo allá afuera estaba muy feo, el gesto de haber venido ya era un halago suficiente.

La chica tomó las chaquetas y las colgó de un perchero junto a la puerta.
-Siéntense acá, cerca de la chimenea. ¿Quieren algo de beber? Tengo whisky, vino, brandy...
-Es difícil conseguir Whisky en estos tiempos- la interrumpió un oficial de amplio bigote y cejas tupidas.
-Mi marido lo trae de Berlín. Tiene buenos amigos, amigos con recursos.
-Pues eso, pónganos una copa de Whisky, si nos permite el atrevimiento- dijo el más joven de los oficiales.
-No faltaba más, yo misma se los sirvo.

Los oficiales se quitaron los guantes y se los extendieron a la chica, que solícita, esperaba en una esquina de la sala. Todos vestían el uniforme de gala, y sus medallas, al calor de la chimenea, parecían puntos de luz.
La baronesa trajo las copas y quiso saber de las impresiones que tenían los oficiales sobre Hagen, del tiempo que permanecerían allí, de sus anécdotas sobre la guerra, de cómo se habían ganado aquellas medallas y que opinión les causaba el Führer, si lo habían visto alguna vez en persona.
El oficial de pelo engominado respondió a cada una de las preguntas de la baronesa. Contó anécdotas personales y ajenas. Le confesó sus propias impresiones del camino que tomaba la guerra y le dijo que sin dudas la victoria sería para Alemania.
La velada prometía ser encantadora. La baronesa asentía a cada comentario, servía el whisky con verdadera elegancia y esperaba el momento justo para decirles que ya podrían pasar al comedor.

La chica de la cocina aprovechó unos segundos de silencio, para con prudencia, hacer una pregunta.
- ¿Es cierto que llegará a la ciudad un cargamento de judíos?
El oficial del amplio bigote dijo que en los campos de concentración no cabía ni uno más. El gobernador de Hagen se había comprometido a sostenerlos un par de días, el tiempo suficiente para hacer espacio en los campos y poder trasladarlos hacia allá.
-Es algo que nos preocupa- dijo el oficial del pelo engominado- acá no hay donde ponerlos y en el tren no se pueden quedar. Las vías deben estar libres para los soldados que tomarán Moscú.
-Seguro que encontrarán una solución- dijo la chica.
-Eso dalo por cierto- dijo el oficial joven y la miró con morbidez.
El barón anotó la dirección en un papel y salió a la calle para tomar un taxi. Después de mirar durante quince minutos la calle desierta, decidió ir a pie. A fin de cuentas, la casa de su amigo no quedaba tan lejos y a esa hora, la carne de cordero que por teléfono le había ofrecido, era un aliciente justo para caminar un montón de cuadras, a pesar de la inminente nevada.
Repasó varias veces la dirección, encontró la calle, el edificio, la puerta, y su amigo lo recibió con una amplia sonrisa y un abrazo efusivo.
-No te perdono que hayas decidido hospedarte en un hotel- le dijo Heinrich-. Acá tengo una habitación disponible. Esos lugares, desde que comenzó la guerra, han empeorado de modo fatal
-Pensé que este viaje sería cuestión de una noche, pero las cosas siempre se complican.
Después de las preguntas y respuestas de cortesía, pasaron a la mesa, a la botella de vino y el asado de cordero.
-Los negocios no andan bien- dijo el barón después de limpiarse los labios con una servilleta.
-Acá nada está bien. Hay que esperar que termine la guerra. Si Alemania sale victoriosa, nadaremos en oro.
-A ti nunca te ha ido mal.
-Hermann me envía lo suficiente- dijo el amigo del barón y fue hasta la cocina por un pastel de arándanos que le habían traído desde Kassel.
El barón suspiró por lo bajo y pensó en su mala suerte. De su padre solo había heredado el título y una editorial endeudada hasta los huesos.
En un principio la editorial gozaba de cierto prestigio, sobre todo porque en el año 1919 había publicado el primer libro de Hermann Hesse, “Demian”, del cual se habían vendido en los primeros dos meses solo treinta y nueve ejemplares, pero los treinta y nueve ejemplares suficientes para que aparecieran en las revistas literarias de moda tres reseñas laudatorias y se produjera la eclosión editorial.

En menos de un año se vendieron dos mil ejemplares solo en la capital de Alemania. Tres años después Hermann Hesse le confió a la editorial la publicación de su segundo libro, “Siddartha” y tras el éxito firmó un contrato en el año 1927 para la salida al mercado de su novela “El lobo estepario”.
La editorial rebosaba de salud, de abundancia. El padre del barón tomó riesgos con autores emergentes, con novelas sindicalistas y relatos de horror que no se vendían, pero que de cierta forma ampliaban el catálogo del sello editorial y no causaban grandes estragos económicos.
En el año 1930 Hermann Hesse decidió mudarse a Suiza y publicar con una trasnacional su libro “Narciso y Goldmundo”, que a pesar de no haber tenido el mismo éxito de los anteriores, le dio paso a la que sería su principal obra: “El juego de abalorios”.
Esta última novela tuvo un record de ventas por toda Europa, algo más que meritorio en un año como el de 1943, cuando a los europeos, lo que menos les interesaba, era leer.


La editorial no aguantó la pérdida de su principal autor, no aguantó el golpe. El poco dinero que el barón había ahorrado lo gastó poco a poco en los caprichos de la baronesa y ese viaje a Berlín, podría ser de todos, el más importante.
Su visita estaba precedida por la buena impresión que le había causado a uno de los intendentes del Tercer Reich el último libro publicado por la editorial del barón. El título era “La biología contra la democracia”, un ensayo del cubano Roberto Agramonte que ya había tenido su primera edición en la Habana, en el año 1925.
El intendente le envió una carta al barón felicitándolo por el buen tino de llevar a la lengua alemana ese libro caribeño, le dijo incluso que era un volumen muy importante para las artes de la guerra, para las artimañas de la política y que si el Führer tuviera la oportunidad de leerlo, de seguro orientaría hacer una edición millonaria para distribuirlo entre los alemanes.
El barón le contestó la carta, agradeció la correspondencia, le pidió que de ser posible le enviara un ejemplar al Führer, aunque imaginó que el líder debería estar muy ocupado planeando la toma de Moscú como para invertir el tiempo en leerse un ensayo, y le reveló varias ideas que le habían surgido a partir de las lecturas de algunos libros de botánica, varias ideas que de ponerse en práctica serían significativas para la guerra en la que el país estaba inmerso.
-Esto es algo de lo mejor que se hace en Kassel- dijo Heinrich mientras cortaba una cuña grande de pastel de arándanos.
El barón lo probó y le dijo que estaba en lo cierto, el pastel era magnífico.
Comieron despacio, saboreando cada cucharada. Afuera había comenzado a nevar. El tiempo empeoró de modo repentino y para cuando se sentaron en la sala a desempanzarse con un trago de brandy, ya resultaba prácticamente imposible salir a la calle.
-Es mejor que te quedes aquí - dijo Heinrich- mañana puedes ir al hotel por tus cosas. Antes de marcharte te voy a regalar una botella de whisky.
El barón miró hacia afuera a través de la ventana. Dijo que debía levantarse temprano para asistir a una entrevista. Tenía que pasar antes por su habitación para recoger varios apuntes y un libro de botánica.
Heinrich le habló un poco de la situación en Berlín. De lo difícil que resultaba obtener algunos productos desde que había comenzado la guerra y sobre su última novia, aquella chica rubia que tenía tatuados dos delfines en la nuca, que lo abandonó para inscribirse en las juventudes hitlerianas.
El barón le preguntó por su padre. Heinrich le dijo que estaba pasando unos meses en los Estados Unidos, que “El juego de abalorios” había sido traducido al inglés.
-¿Nunca has querido irte con él a Suiza?
-No- le dijo Heinrich- mi vida está aquí. Además, es como te digo, cuando Alemania gane la guerra, nadaremos en oro.
Al rato se fueron a dormir. La nevada aún persistía.
La chica de la cocina sacó del horno la última pierna de cordero, que hasta esa tarde, quedaba como reserva en el refrigerador. La colocó sobre una bandeja al centro de la mesa y dispuso un cuchillo para que alguno de los oficiales hiciera el honor de cortarla. El del pelo engominado se ofreció. Dijo que de niño había pasado largas temporadas en Rumanía, en una casa de campo que tenían sus tíos paternos, estaba entrenado en matar cabras, colgar reses y cortar todo tipo de carnes, ya sea en estado crudo o asada al horno.
El oficial joven comentó lo mucho que le gustaba la carne de cordero y lo poco que la ponían en las cenas del cuartel.
-No hacen más que servir puré de papas y huevos duros-dijo-. Así no hay quien tenga fuerzas para matar rusos.
La baronesa los convidó a que se sirvieran más y aprovecharan la oportunidad. No debía quedar nada sobre la bandeja. Luego dijo que uno de los sueños de su marido era combatir en la guerra, ganarse grados y medallas tan brillantes como aquellas que ostentaban los invitados; pero la diabetes, unido a la hipertensión, a los cólicos y a las crisis de hemorroides, lo habían inhabilitado. Después del dictamen médico se deprimió mucho y ha hecho de todo para combatir desde otro frente.
-Solo existe un frente, señora, aquel donde están ubicados nuestros cañones.
-Eso no es lo que me dice el barón cuando se encierra en el despacho y pasa toda la noche prendido de un libro, de un manuscrito, o de un cuaderno de apuntes.
La chica de la cocina llevó los platos sucios hasta el fregadero. La baronesa advirtió que aún quedaba Whisky en la botella. Les sirvió un último trago a los oficiales y caminaron hacia la sala. Afuera persistía la nieve. Los caminos a esa hora de la noche ya debían estar cerrados.
-Es mejor que se queden aquí- dijo la baronesa- Tengo dos habitaciones libres. Con un tiempo tan feo no podrán regresar.
-No se nos está permitido ausentarnos del cuartel durante toda la noche- dijo el oficial del bigote amplio y las cejas tupidas. -Debemos estar presentes por si llega el cargamento de judíos.
-Mira hacia afuera- dijo el oficial joven -bajo esta nevada el auto no vendrá a buscarnos. Que Werner se las arregle como pueda. Es probable que los judíos no lleguen hasta mañana.
-El joven tiene razón- dijo la baronesa y le hizo una seña a la chica de la cocina para que buscara sábanas limpias y preparaba las dos habitaciones.
-En cada habitación hay una cama amplia. ¿Podrán arreglarse?
-Si usted supiera de los lugares horrendos donde hemos dormido...- dijo el oficial del pelo engominado.
-Entonces no hay más que hablar- dijo la baronesa- acepten mi modesta hospitalidad- y levantó la copa para hacer un brindis por un magnífico cierre de la velada y por la victoria de Alemania, por supuesto.
Al rato la baronesa dijo que estaba cansada y se iría a dormir. El oficial del amplio bigote y el del pelo engominado hicieron lo mismo. Le desearon buenas noches y una vez en el cuarto, pusieron sobre la mesita junto a la cama, bajo la escasa claridad de la lámpara del techo, sus puntos de luz.
El oficial joven se quedó un rato más en la sala para oír la radio. En la emisora local el capitán Werner había terminado su amplio discurso y el locutor presentaba una pieza para guitarras interpretada por la orquesta de Hamburgo. La chica de la cocina terminaba de fregar los platos y los cubiertos. Sacudió la mesa, alineó las sillas, se lavó las manos y le preguntó al oficial si podía tomar junto a él una copa de Whisky.
-Claro, ya la baronesa se fue a dormir. Por mi parte no se va a enterar – dijo el hombre.
-Por la mía tampoco. Además, qué importa. Mañana me uno a las juventudes hitlerianas.
-Entonces celebremos- dijo el oficial y levantó su copa.
Hablaron un rato sobre la toma de Moscú, el fin de la guerra, las experiencias que adquirían los chicos cuando se unían a las juventudes.
El oficial dijo que lo peor de la guerra era la soledad, que se imaginara por un instante a un montón de soldados sobre las trincheras, con la vista en el horizonte y la mente puesta sobre la fija imagen de una mujer.
-Es muy triste- dijo luego-, desde que comenzó la guerra no he estado con una mujer.
La chica se sonrojó un poco y dijo que no le creía. Cuando los soldados llegaban a los sitios recién ocupados o tenían unas horas de descanso y unos dólares en el bolsillo, lo primero que hacían era irse a una casa de putas.
El oficial dijo que a él no le gustaban las putas, que prefería las mujeres comprometidas con el futuro de Alemania.
-Acaso las putas no lo están- dijo la chica de la cocina-. Ellas cumplen su parte: apagan la fogosidad de los soldados, les brindan nuevos bríos, calman la desesperación.
-Quizás estés en lo cierto- dijo el oficial.
La chica levantó su copa y creyó que no habría nada mejor que tener sexo con un oficial de las Waffen-SS, la noche antes de unirse a las juventudes hitlerianas.
El barón les mostró una carta a los soldados que custodiaban la puerta del cuartel. Dijo que tenía una cita importante con el intendente. Estos buscaron su nombre en la lista y le pidieron que esperara sentado sobre un banco de madera al interior de la sala.
El barón aprovechó el tiempo de espera para repasar sus notas y leer algunos fragmentos del libro de Bernabé Santelices. Hojeó los capítulos donde se describen las algas de Europa, China y Japón. Concentró todo su interés en un acápite dedicado a la tipología de las algas que habitan en el mar Caribe. El autor había descubierto en las costas de República Dominicana una nueva especie a la que le puso su nombre: Gelidiumbernabel. Este tipo de alga tenía facultades asombrosas, como la de encenderse por las noches, en una determinada época del año, con una fluorescencia entre blanca y amarilla. Las costas de Dominicana, sobre los meses de noviembre y diciembre, se colmaban de diminutos puntos de luz.
En un viaje posterior descubrió en las costas de Cuba otro tipo de algas nunca antes visto. La llamó Petrohuabernabei. Después de los estudios en laboratorio y algún que otro accidente, descubrió que con la unión de ambas se obtenía un producto altamente nocivo, incluso mortal, siempre y cuando fueran justas las proporciones. Dos años después Bernabé Santelices montó un estudio en el puerto de Gibara, cerca de la provincia de Holguín, en la zona oriental de Cuba. Se dedicó al cultivo de algas y a la búsqueda de algún efecto favorable. Su experiencia de biólogo le indicaba que en lo nocivo siempre está encerrada la solución a una enfermedad, a un mal o a un castigo de Dios.
Un secretario se acercó al barón y le dijo que lo acompañara. Después de un pasillo y algunas puertas llegaron a la oficina del intendente. El barón quiso saludarlo con un gesto militar pero el hombre se le adelantó, le estrechó la mano y le pidió que tomara asiento.
-Es un gusto recibirlo. He leído sus cartas y cada una de sus notas- el hombre puso sobre la mesa los apuntes que el propio barón había escrito-. He enviado para Cuba a dos oficiales de las Allgemeinen-SS, a un botánico de la Universidad de Heidelberg y a dos soldados, más bien para que les carguen las maletas. He recibido llamadas diarias y los planes marchan a la perfección.
- ¿Encontraron a Bernabé? - preguntó el barón.
-No. El hombre se fue de Gibara. Al parecer se dio por vencido. Esas algas lo único que producen es la muerte. Algunos pobladores del puerto dicen que se fue para la Habana, que se unió al Partido Comunista y que un día apareció su foto en el periódico tras un accidente automovilístico entre la carretera de La Habana y San Antonio de los Baños, el auto se cayó por una pendiente a la que llaman “la novia del mediodía”. Otros dicen que regresó a Antofagasta y que nunca más han sabido de él. Pero eso son solo datos curiosos, lo importante está aquí.
El hombre le extendió al barón algunas hojas.
-Según los cálculos que usted mismo hizo, la transportación y el procesamiento de las algas resulta mucho más económico que esos gastos enormes en gas. Ya no tenemos donde meter a tanta gente. La solución que usted nos ha dado es perfecta.
El barón sacó de su cuaderno de apuntes algunas notas sobre el correcto procesamiento y las proporciones. Luego le entregó, envuelto en papel de regalo, el primer ejemplar de un libro titulado “Las algas como aliciente de la nación”.
-Si todo sale según lo previsto- dijo- este ejemplar podría convertirse en un documento histórico.
-Por supuesto- dijo el intendente y lo guardó en una de las gavetas de su despacho. Luego extrajo un sobre.
-Aquí tiene algunos documentos que acreditan su servicio y un poco de dinero, que en estos tiempos de guerra siempre hace falta- le hizo una seña al secretario. Este salió por una puerta secundaria del despacho y regresó al instante con una pequeña caja en las manos.
-Póngase de pie.
El intendente abrió la caja, sacó una pequeña medalla plateada y la colgó del abrigo del barón.
-No olvide su boleto- le dijo luego-, le hemos hecho una reservación en primera clase, el tren rápido sale dentro de dos horas.
El barón se despidió, esta vez con un saludo militar, y salió a la calle. En su pecho brillaba la medalla como un punto de luz.
El teléfono de la baronesa sonó justo a las seis y treinta de la mañana. Del otro lado del aparato el capitán Werner pedía hablar de inmediato con el oficial del pelo engominado. Este tomó el auricular, asintió un par de veces y dijo que saldrían de inmediato.
A la baronesa no le dio tiempo de prepararles el desayuno. La chica de la cocina ya se había marchado.
El oficial joven preguntó que había dicho Werner sobre el cargamento de judíos. El oficial del pelo engominado le respondió que debían salir de inmediato para uno de los puertos en el mar Báltico. Cuatro días antes había llegado a Santiago de Cuba un barco lleno de refugiados. El gobierno no le permitió la entrada. Al contrario, colocó al mando a dos oficiales de las Allgemeinen-SS, a un botánico de la Universidad de Heidelberg y a dos soldados alemanes. Lo enviaron para acá con un cargamento de algas.
- ¿De algas?
-Eso dijo, de algas.
- ¿Y vienen más judíos en ese barco?
-Creo que los judíos han muerto por el camino.
-Y la toma de Moscú- preguntó la baronesa.
-Esa nos la vamos a perder.
Los oficiales se despidieron agradeciendo la hospitalidad y aseguraron que cuando regresaran a Haven pasarían otra velada allí.
La baronesa los acompañó hasta la puerta, los vio subir al auto y se quedó sola, en medio de tanta nieve, mientras su marido viajaba a ciento veinte kilómetros por hora y el vapor Virginia, rumbo a las costas del Mar Báltico y después de haber servido para la cena un puré de papas verdoso y brillante, iba dejando una estela de cadáveres fluorescentes como señales lumínicas sobre el océano.

Yonnier Torres Rodríguez (Placetas, 1981). Sociólogo, poeta y narrador. Egresado del Centro Nacional de Formación Literaria “Onelio Jorge Cardoso”. Ha recibido numerosos premios. Entre sus últimos títulos publicados se encuentran los libros de cuentos: El juego perfecto (Editorial Sed de Belleza, 2013), Puntos de luz (Editorial Áncoras 2015) y las novelas Clavar los ojos al cielo (Editorial Mecenas, 2012) y Cerrar los puños (Editorial Gente Nueva, 2015). Es miembro de la AHS y de la UNEAC. Cuentos y poemas suyos aparecen publicados en revistas, antologías y selecciones de España, Argentina, Bolivia, Colombia y Cuba.