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El héroe no tiene rostro

 

Elaine Vilar Madruga, 25 de marzo de 2017

¿A quién o a qué tememos cuando ya se ha desafiado a la parca en batalla?: al anonimato, a la muerte simbólica —que no física, herida sobre la herida—, a la conversión que sufre un héroe cuando descubre que en tiempos de paz no hay manera de huir a lo común. Son estas algunas de las grandes interrogantes con las que Duchy Man Valderá pretende golpearnos en la cara cuando esgrime el arma metafórica del cuento "La paz". Un título sutil, efímero, que en apariencia nada cuenta más allá del peso de una palabra tan usual como esa —tan mal usada. Pero no se escude el lector en el facilismo de creer que todo ha sido dicho o escrito desde la presentación de un cuento. Hay ecuaciones mucho más complejas y esta es una.

Duchy Man Valderá ha sido reconocida en los predios de la Isla y en otras fronteras como ilustradora, dibujante, pintora e historietista. Algunos conocen de su voluntad —nada incipiente— por el verbo, asunto que le ha hecho acumular páginas y páginas que tarda años en enseñar a su público. Su idioma, su lenguaje original son aquellas letras que se dibujan con pinceles. Esa es su casa. Su lugar para el reposo y la batalla. Pero en la literatura, Duchy Man se reinventa. Quizás porque articula su discurso en un proceso inverso: un proceso donde cada palabra cuenta, precisamente, porque rinde un secreto homenaje a la pintura. En "La paz", como en toda su literatura, Duchy extiende un tapiz de personajes orquestados con un lenguaje poético, muchas veces críptico, muchas veces onírico, que otorga materia para la especulación y el reconocimiento.

Reconocimiento, sobre todo, pues permite a los lectores la construcción conjunta de una historia que ella solo traza sobre las páginas, como al descuido, para que así el ojo avizor la atrape, la teja, la haga trama. No por esto ofrece la autora una arquitectura incompleta de los acontecimientos y los personajes, sino que ha de percibirse este texto en su condición de estructura laberinto, y ha de recorrerse pista a pista, en busca de uno de los tantos rostros de la verdad que Duchy dibuja en sus breves páginas de historia.

A largos trazos, a largos tramos, percibimos el retorno de la guerra de cierto hombre —un desconocido de sí mismo— que añora aquellos tiempos pasados de batalla, los detalles ínfimos de los botones lustrosos, de la bandera tricolor, del llamado al combate, de la camaradería y el sudor compartido. Ni esposa, ni hijo, ni siega le acompañan. Son los tiempos difíciles de aquel que vuelve a casa sin tener motivos; de aquel que ha encontrado su verdadero hogar en los campos de la guerra. En un crescendo brutal, se avista en la narración el enrarecimiento de la conciencia de este personaje que ya advertimos delirante, casi loco, a un paso de lo onírico, en el borde virtual entre la vida y la muerte. El tiempo —¿un año, dos años, una década tal vez?— pasa sobre él sin un sentido y, por un momento, quizás el lector se pregunte si debe creer o no en aquel sujeto consumido por un páthos que se desconoce (y que tal vez no exista). Pero fe. Que nos conduzca a todos el sonido de las palabras.

La culpa —del que ha sobrevivido, de quien ha retornado— es uno de los principales motivos de esta obra, si bien nunca se menciona como tal. Gravita, eso sí, por encima de los escenarios físicos y simbólicos del cuento. Es una culpa no sólida. Una culpa que se extiende como niebla entre las colinas. Culpa que se esconde entre las cadencias de la palabra paz. Y es en esa palabra que advertimos la ironía final de este cuento. Para algunos, la guerra es el reposo. Para algunos, la paz es la verdadera guerra.

Ellos —los marchitos culpables del día a día— son aquellos que arrastran la culpa de todos sobre los hombros, son los verdaderos mártires, son los héroes que es mejor olvidar.

 

                        LA PAZ

               Duchy Man Valderá

 

Llegamos por un sendero de polvo rojizo que nacía en la misma cima de la colina, bajando a darle una vuelta en forma de espiral a la casa. El sol daba de lleno sobre los muros. La  entrada principal era por el costado derecho aunque había bastante ajetreo frente a la puerta de servicio. Estábamos al amparo del cielo más azul que he visto, con el pelo pegado encima de los ojos, casi cerrados a causa de la luz. Un velo de blanquísima brisa cubría cada protuberancia y depresión del terreno, perfecto para el emplazamiento de varias baterías completas. El aire me supo a pólvora.
A medida que nos acercábamos, un murmullo de animales felices se adueñó del entorno. Me detuve un instante a sacudir la casaca. A mi izquierda la hierba se volvía trigo buscando el horizonte; del otro lado subía una pendiente ligera, áspera, lo suficientemente alta como para no ver más lejos. Tuve un atisbo de la tricolor, desplegando su sombra en el lecho dorado, podía sentir el pesado rumor de la tela ondeando en el viento. Mis compañeros se irguieron, la espalda bien recta y el semblante adusto mientras la turba de gallinas y cerdos huía de nosotros. Ahora que estábamos más cerca vi que lo que supuse manchas eran en realidad tupidas hojas de parra subiendo hasta el techo, colgadas de cuanto borde o saliente hubiera. Tres o cuatro mozos salieron a nuestro encuentro dirigiéndose a las columnas de la entrada. Para su asombro torcimos en dirección contraria deteniéndonos justo en la puerta donde de lejos se veía el tumulto. Desmontamos, mis botas se resintieron sobre el fango distinto.
Una mujer obesa, su hija, los jóvenes y un viejo. El resto viene en el tiempo de siega o cuando los olivos se doblan sobre sí mismos. Su pago es parte de la cosecha y lo que el dueño quiera dar. El anterior fue un sujeto bastante generoso que murió sin familia, sus criados conservan un orden muy estricto que no voy a alterar.

Luego de cepillar a los caballos y darles de comer nos fuimos a dormir. Caí sobre el encaje con todo el uniforme. No me descalcé.
Por la tarde cenamos con hambre de mendigos, sin usar los cubiertos. Después hicimos un fuego y fumamos cerca de los olivos. Sin hablar. Hasta el amanecer.
Mis compañeros partieron al mediodía siguiente a tomar posesión de sus respectivos sitios. Nos abrazamos en silencio. Cabalgaron a galope tendido sin volver la cabeza. Cuando al fin se perdieron en el polvo logré cerrar los ojos, dentro de mis párpados persistía el brocado de sus mangas. En mi pecho, debajo de la camisa abierta,  el corazón comenzó a pesar.

Desperté con un destello hincando mi nariz. La ventana abierta a las nubes enormes, hojas de parra asomaban sus bordes por el marco, una oruga intentaba atraparlas encima del abismo. Al rato un pájaro oscuro posó el pico en su cuerpo blando, graznando tanto que me incorporé para espantarle. Un latigazo de luz me hizo llevar los dedos a la cara; a través del hilo de pestañas cientos de corazas bruñidas permanecían muy quietas, en una armonía de reflejos alternando con el corte impecable de los trajes. Mi rostro era devuelto por los yelmos, cruzados por la sombra de penachos batientes. Tenía la garganta seca. Cerré los ojos. Al abrirlos ya habían desaparecido. Durante el resto del día traté de no salir afuera.
Ejercitar al caballo. Lustrar las botas. Limpiar el uniforme.
Todas las mañanas desarmaba mis piezas, las pulía, engrasaba y volvía a guardar. Luego me tendía en el piso a escuchar la madera, crujía igual que las ruedas gastadas. Después del almuerzo hablaba con los criados ─no más de unos pocos minutos con cada uno─,  encendía mi pipa, esperando a que el sol se pusiera. Una tarde mi caballo escapó y no volvió en dos días. Lo había espantado un regimiento de infantería, apostado a ambos lados del camino con las bayonetas enhiestas. Durante una semana el viejo y los mozos trabajaron a su lado como si no les vieran. No hubo comentarios. Yo cerré las ventanas y seguí fumando.
Siempre parecía ser la misma hora, el eco omnipresente de los grillos era sustituido por perros lejanos en la madrugada. Podía dormir sin sobresaltos.

Finalmente llegó la época de siega, la casa se llenó de gente de piel ennegrecida y cara de montura vieja. Vinieron algunos niños a pedir municiones usadas, también mujeres jóvenes de pelo negro y uñas sucias. Me uní a los segadores, trabajando desde el amanecer hasta bien entrada la noche. Por un tiempo las tropas pudieron descansar.
Sin las mieses altas los cascos eran perfectamente audibles en el suelo pisoteado. El mar de espigas se había secado en todas las colinas, nubes de plomo cobijaron mi sueño. Al ver mi reflejo en  el agua de la tina comprendí que yo a nadie le importaba. Esa tarde fui al valle a buscar una esposa.
Un par de meses después ella entraba a la casa sin séquito. Tocó cada botón como si fuese el primero. Al cabo de una semana me hizo saber lo inútil que le parecía que yo les diera brillo tan reiteradamente. En ese momento dejó de existir.
No salir a los campos por el mediodía. Cobijados por la luz, detrás de la colina, ellos están listos, esperando.
Me acostumbré a tomar un baño largo en las noches. Al sereno el agua es muy fría y un poco más dulce, en aquellos momentos era casi imperceptible el clamor de las culatas golpeando el polvo. Regresaba a la cama cuando ella se dormía.
Su vientre ha comenzado a hincharse, no quiere verme a su lado.
A cada rato siento en los ojos un fulgor imprevisto mas no puedo llorar. El suelo se estremece al paso de la artillería. Las bestias resuellan. Ayer un belfo húmedo me tocó la frente.
Las mieses han vuelto a crecer demasiado. He visto algunas lanzas moverse en el ocaso. Comenté con los mozos la posibilidad de que algún batallón errante vagara por la comarca. Negaron con la cabeza. Mientras me alejaba los escuché reír con disimulo.
Hay tumulto de suelas en la planta baja. Vinieron del pueblo a verla, ninguno preguntó por mí.  En el patio cuelgan paños mojados. Quisiera estar muy lejos  cuando la criatura empiece a llorar.
Hoy salí a correr entre las espigas. Les llamé. Nadie contestó. Parece que se han ido.

La casa está tranquila, no hay luna. De fuera llegan ecos de un galope frenético. Me asomo para ver mi caballo, más oscuro que el cielo, perderse tras la colina. Un clamor de tambores se avecina despacio. No entiendo porqué sólo yo puedo oírlos. Jamás vi cañones tan resplandecientes. Ojalá no asusten a los perros. La bandera tricolor abierta al firmamento, ondeando sobre los uniformes. Ellos deben ser miles, avanzan por categorías, dispuestas hacia a mí sus bayonetas. Apuntan. A una señal mía ninguno fallará.
Tengo el sable en la mano.
Voy a levantarlo.

Duchy Man Valderá (La Habana, 1978). Artista de la plástica, diseñadora de vestuario y narradora. Luego de una fructífera carrera como ilustradora en las editoriales Gente Nueva y Letras Cubanas, decidió incursionar en el mundo de las historietas y las novelas gráficas. Actualmente reside en Bruselas, donde se desempeña como ilustradora e historietista (dibujante y guionista). Recientemente la editorial francesa Mosquito publicó su álbum Rosa de La Habana, primera historieta 100% cubana publicada en lengua francesa. Es también coordinadora de proyectos culturales entre las capitales de Bélgica y Cuba.