Apariencias |
  en  
Hoy es lunes, 6 de septiembre de 2010; 12:17 AM | Actualizado: 06 de septiembre de 2010
Búsqueda de artículos
título
autor
Artículos en esta sección: 123 | ver otros artículos en esta sección »
Página

Poesía de José Lezama Lima

Tropos, 02 de septiembre de 2010

Muerte de Narciso es un poema único, suceso fabuloso de nuestra poesía, tan llena de episodios magníficos de la sensibilidad, del gusto, de la imaginación, del pensamiento, de la dignidad. Su hermoso torrente de imágenes emana una superioridad increíble de atmósfera, de índole apolínea, y es, simultáneamente, un desborde dionisíaco.

Desde las cornucopias clásicas nuestra poesía deseaba derramarse, acabar en plasma aéreo, arrastrar consigo los elementos sensoriales y coloridos del mundo en medio de una fábula locomotriz, internamente misteriosa, cuya maestría consistiera en dibujarnos un cosmos acabado con sólo escorzos lumínicos, fragmentos que van volando hacia lo imposible.

Muerte de Narciso evoca en su inicio esa pujanza interior del desiderato clásico, con su incipit increíble, luminoso y elegante: Dánae teje el tiempo dorado por el Nilo…; pero, urgido de recuperar su naturaleza plasmática, velozmente el canto siente el vacío de las orillas, suelta la podadera ilustrada, y entra en la sobreabundancia del plano, cabeceando sonoramente contra las márgenes.

Su movimiento es de ola que avanza y regresa, como una rueda simbólica, como un atleta de oxígeno que devora temporalidades y corre entre altos espejos, con el rostro egipcio volteado y la musculatura griega en tensión hacia el horizonte. Obra de un hombre sentado, jadeando, es, sin embargo, uno de los poemas más pulmonares de nuestra nación.

Su polígono de expresión es infinito, y una almendra recubre a otra, en capas que no conocen acabamiento. Su fábula, que utiliza como estribo el mito conocido, se dispara hacia lo desconocido, y entra en fábulas que saltan a los ojos, al pasar por los sintagmas sorprendentes, por las frases que coronan los verbos, por las distribuciones sintácticas ejemplares.

En este poema los cubanos abandonamos por un instante nuestro deficiente sentido del estar, tan lleno de coyunturas y límites, y penetramos en la casa del ser que todo lo unifica, en la sinrazón grandiosa de lo unitivo, donde nuestra desaforada necesidad de dominar la historia mengua su sentido, y adquiere el sentido de lo hermosamente perdurable.

Qué bueno que los cubanos tengamos este poema, pues al entrar en él nos equilibramos hacia lo alto y adquirimos una sensación de elocuencia total, de revelación saturada, de jocundidad expresiva, que tanto nos gusta, pero que pocas veces alcanza ala de tan magistral levantamiento. En este espacio de imaginación, ganamos realidades nuevas.

Invitamos al lector a su consumo atento, paladeando las glorias del decir, del sentir, del discurrir, del pensar. Al salir del poema, después del viaje demorado y fruitivo de la lectura, mire en torno suyo, recorra su circunstancia más inmediata, ausculte su mundo interior, y sentirá, como ganancia insustituible de la alta poesía, una ponderación más fina y poblada de su percepción y una fuerza tranquila y expectante de su espíritu, enriquecido por tan excepcional experiencia.

ROBERTO MANZANO

JOSÉ LEZAMA LIMA (Campamento de Columbia, Marianao, Habana, 19. 12. 1910-La Habana, 9. 8. 1976). Poeta, ensayista, novelista, cuentista. Uno de los más importantes del siglo XX en el ámbito iberoamericano. Cuba rinde homenaje a su figura y su obra en el centenario de su nacimiento.


MUERTE DE NARCISO

Dánae teje el tiempo dorado por el Nilo,
envolviendo los labios que pasaban
entre labios y vuelos desligados.
La mano o el labio o el pájaro nevaban.
Era el círculo en nieve que se abría.
Mano era sin sangre la seda que borraba
la perfección que muere de rodillas
y en su celo se esconde y se divierte.

Vertical desde el mármol no miraba
la frente que se abría en loto húmedo.
En chillido sin fin se abría la floresta
al airado redoble en flecha y muerte.
¿No se apresura tal vez su fría mirada
sobre la garza real y el frío tan débil
del poniente, grito que ayuda la fuga
del dormir, llama fría y lengua alfilereada?

Rostro absoluto, firmeza mentida del espejo.
El espejo se olvida del sonido y de la noche
y su puerta al cambiante pontífice entreabre.
Máscara y río, grifo de los sueños.
Frío muerto y cabellera desterrada del aire
que la crea, del aire que le miente son
de vida arrastrada a la nube y a la abierta
boca negada en sangre que se mueve.

Ascendiendo en el pecho solo blanda,
olvidada por un aliento que olvida y desentraña.
Olvidado papel, fresco agujero al corazón
saltante se apresura y la sonrisa al caracol.

La mano que por el aire líneas impulsaba,
seca, sonrisas caminando por la nieve.
Ahora llevaba el oído al caracol, el caracol
enterrando firme oído en la seda del estanque.

Granizados toronjiles y ríos de velamen congelados,
aguardan la señal de una mustia hoja de oro,
alzada en espiral, sobre el otoño de aguas tan hirvientes.
Dócil rubí queda suspirando en su fuga ya ascendiendo.
Ya el otoño recorre las islas no cuidadas, guarnecidas
islas y aislada paloma muda entre dos hojas enterradas.
El río en la suma de sus ojos anunciaba
lo que pesa la luna en sus espaldas y el aliento que en halo convertía.

Antorchas como peces, flaco garzón trabaja noche y cielo,
arco y cestillo y sierpes encendidos, carámbano y lebrel.
Pluma morada, no mojada, pez mirándome, sepulcro.
Ecuestres faisanes ya no advierten mano sin eco, pulso desdoblado
los dedos en inmóvil calendario y el hastío en su trono cejijunto.
Lenta se forma ola en la marmórea cavidad que mira
por espaldas que nunca me preguntan, en veneno
que nunca se pervierte y en su escudo ni potros ni faisanes.

Como se derrama la ausencia en la flecha que se aísla
y como la fresa respira hilando su cristal,
así el otoño en que su labio muere, así el granizo
en blando espejo destroza la mirada que le ciñe,
que le miente la pluma por los labios, laberinto y halago
le recorre junto a la fuente que humedece el sueño.
La ausencia, el espejo ya en el cabello que en la playa
extiende y al aislado cabello pregunta y se divierte.

Fronda leve vierte la ascensión que asume.
¿No es la curva corintia traición de confitados mirabeles,
que el espejo reúne o navega, ciego desterrado?
¿Ya se siente temblar el pájaro en mano terrenal?
Ya sólo cae el pájaro, la mano que la cárcel mueve,
los dioses hundidos entre la piedra, el carbunclo y la doncella.
Si la ausencia pregunta con la nieve desmayada,
forma en la pluma, no círculos que la pulpa abandona sumergida.

Triste recorre —curva ceñida en ceniciento airón—
el espacio que manos desalojan, timbre ausente
y avivado azafrán, tiernos redobles sus extremos.
Convocados se agitan los durmientes, fruncen las olas
batiendo en torno de ajedrez dormido, su insepulta tiara.
Su insepulta madera blanda el frío pico del hirviente cisne.
Reluce muelle: falsos diamantes; pluma cambiante: terso atlas.
Verdes chillidos: juegan las olas, blanda muerte el relámpago en sus venas.

Ahogadas cintas mudo el labio las ofrece.
Orientales cestillos cuelan agua de luna.
Los más dormidos son los que más se apresuran,
se entierran, pluma en el grito, silbo enmascarado, entre frentes y garfios.
Estirado mármol como un río que recurva o aprisiona
los labios destrozados, pero los ciegos no oscilan.
Espirales de heroicos tenores caen en el pecho de una paloma
y allí se agitan hasta relucir como flechas en su abrigo de noche.

Una flecha destaca, una espalda se ausenta.
Relámpago es violeta si alfiler en la nieve y terco rostro.
Tierra húmeda ascendiendo hasta el rostro, flecha cerrada.
Polvos de luna y húmeda tierra, el perfil desgajado en la nube que es espejo.
Frescas las valvas de la noche y límite airado de las conchas
en su cárcel sin sed se destacan los brazos
no preguntan corales en estrías de abejas y en secretos
confusos despiertan recordando curvos brazos y engaste de la frente.

Desde ayer las preguntas se divierten o se cierran
al impulso de frutos polvorosos o de islas donde acampan
los tesoros que la rabia esparce, adula o reconviene.
Los donceles trabajan en las nueces y el surtidor de frente a su sonido
en la llama fabrica sus raíces y su mansión de gritos soterrados.
Si se aleja, recta abeja, el espejo destroza el río mudo.
Si se hunde, media sirena al fuego, las hilachas que surcan el invierno
tejen blanco cuerpo en preguntas de estatus polvorienta.

Cuerpo del sonido el enjambre que mudos pinos claman,
despertando el oleaje en lisas llamaradas y vuelos sosegados,
guiados por la paloma que sin ojos chilla,
que sin clavel la frente espejo es de ondas, no recuerdos.
Van reuniendo en ojos, hilando en el clavel no siempre ardido
el abismo de nieve alquitarada o gimiendo en el cielo apuntalado.
Los corceles si nieve o si cobre guiados por miradas la súplica
destilan o más firmes recurvan a la mudez primera ya sin cielo.

La nieve que en los sistros no penetra, arguye
en hojas, recta destroza vidrio en el oído,
nidos blancos, en su centro ya encienden tibios los corales,
huidos los donceles en sus ciervos de hastío, en sus bosques rosados.
Convierten si coral y doncel rizo las voces, nieve los caminos,
donde el cuerpo sonoro se mece con los pinos, delgado cabecea.
Mas esforzado pino, ya columna de humo tan aguado
que canario en su aguja y surtidor en viento desrizado.

Narciso, Narciso. Las astas del ciervo asesinado
son peces, son llamas, son flautas, son dedos mordisqueados.
Narciso, Narciso. Los cabellos guiando florentinos reptan perfiles,
labios sus rutas, llamas tristes las olas mordiendo sus caderas.
Pez del frío verde el aire en el espejo sin estrías, racimo de palomas
ocultas en la garganta muerta: hija de la flecha y de los cisnes.
Garza divaga, concha en la ola, nube en el desgaire,
espuma colgaba de los ojos, gota marmórea y dulce plinto no ofreciendo.

Chillidos frutados en la nieve, el secreto en geranio convertido.
La blancura seda es ascendiendo en labio derramada,
abre un olvido en las islas, espadas y pestañas vienen
a entregar el sueño, a rendir espejo en litoral de tierra y roca impura.
Húmedos labios no en la concha que busca recto hilo,
esclavos del perfil y del velamen secos el aire muerden
al tornasol que cambia su sonido en rubio tornasol de cal salda,
busca en lo rubio espejo de la muerte, concha del sonido.

Si atraviesa el espejo hierven las aguas que agitan el oído.
Si se sienta en su borde o en su frente el centurión pulsa en su costado.
Si declama penetran en la mirada y se fruncen las letras en el sueño.
Ola de aire envuelve secreto albino, piel arponeada,
que coloreado espejo sombra es del recuerdo y minuto del silencio.
Ya traspasa blancura recto sinfín en llamas secas y hojas lloviznadas.
Chorro de abejas increadas muerden la estela, pídenle el costado.
Así el espejo averiguó callado, así Narciso en pleamar fugó sin alas.