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Fermín Carlos Díaz: un andar hacia sí mismo

Reyna Esperanza Cruz, 11 de noviembre de 2019

El acto de escribir un poema es semejante a desnudarse en público. Todo cuanto pretendemos ocultar a los ojos de nuestros semejantes queda expuesto: aciertos y desaciertos, flaquezas e intransigencias, recuerdos que pretendemos borrar y se resisten al paso del tiempo. Porque es verdad conocida que la sinceridad es condición ineludible del poeta, sin que importen el tema escogido o su manera de abordarlo. En la poesía de Fermín Carlos Díaz hay una enorme sinceridad. Se juzga sin permitirse concesiones, memoriosamente pinta sus circunstancias y expone una realidad dolorosa, un tiempo que no por pasado le parece mejor, y las culpas que carga asoman a cada paso, en un acto de contrición ante el tribunal de sí mismo. La familia, los amigos, su relación áspera o amorosa con estos, la nostalgia del niño que fue, el paso del tiempo que todo lo transforma o aniquila, son sus temas recurrentes. Desde las estrofas clásicas —la décima, el soneto— o desde el verso libre, manejadas con idéntica destreza, con escasas metáforas, apoyado en un lenguaje sencillo, en ocasiones  cercano a lo coloquial, nos entrega un vívido testimonio personal, que precisamente por eso, logra relacionar con nuestras propias vivencias. Y es que todos compartimos un camino común: el camino vital, lleno de encrucijadas en las que debemos optar por uno u otro sendero. La voz del poeta mostrando sin máscaras verdades que suelen ocultarse bajo capas de justificaciones, provoca una sacudida dolorosa y a la vez sanadora. Leer estos versos puede ser la oportunidad para perdonar y perdonarnos. Una manera de soltar lastre. El lector de estas páginas saldrá de ellas más ligero de espíritu, gracias a la poesía y al poder infinito de la palabra.
 

DESDE UN SEPIA NOSTÁLGICO

A Walter Luna

El niño que hubo en mí sobre un remoto
rincón me mira inquisitivo, huraño;
él no comprende la erosión que un año
tras otro deja en este cuerpo roto.

Desde un sepia nostálgico, la foto
lo muestra detenido en un extraño
ademán que da paso al desengaño
de ver cómo voraz mi tiempo agoto.

¿Quién será, se pregunta el pobre viejo
que a mi niñez se asoma compungido?
¿Son acaso, sus ruinas, mi reflejo?

Y como a su inquietud nada responde
tras la inocencia de lo no vivido
el niño que hubo en mí frágil se esconde.

 

MADRE MÍA QUE ESCALAS EL PELDAÑO

 Madre mía que escalas el peldaño
al cielo… tú sabes cuántas veces
me falta voluntad: contra las heces
he vivido luchando año tras año.

Perdóname si soy un poco extraño
pero nunca perdones mis dobleces.
Yo, que no tuve Dios para las preces
con tanta soledad me siento huraño.

Perdóname este andar hacia mí mismo,
los días que falté y aquel abismo
que puse ante tus pies, ¡cuánta locura!

Mas nunca, madre mía, te me vayas;
sin ti ¿cómo librar estas batallas
en medio de una selva tan oscura?

 

DISTANCIA

Qué largos, padre, estos días
abocados a tu recuerdo.
No te alcanzó la vida
para sentarnos a conversar de tantas cosas
que ya nunca…
A las puertas de la muerte
(algo que todos ignorábamos)
confesaste a un amigo
cuán orgulloso vivías de mí.
Yo también admiré tus luchas
por sobrevivir a una época de miseria
y prohibiciones,
época que sufriste como tantos
y que, como a tantos, te sepultó.

Va para tres años que Dorita falta
y esta orfandad total apuntala tu memoria.
No hay noche que no sueñe con ella
sin que aparezcas tú:
los dos puestos de acuerdo al fin,
amorosos, cómplices de mis travesuras.
Ya no juzgo tus actos
o los juzgo desde mis propios errores y caídas.
A veinte años de tu muerte he aprendido
la humildad del perdón.

 

QUEVEDO/SABINA

A Ignacio Cabrera y
Jorge Ignacio Domínguez

A vos, Francisco de Sabina, plugo
darle el cielo, la musa y el talento,
mientras que tú, Joaquín, solo contento
dispensas a la esposa del tarugo.

Vistos juntos los dos, el mismo yugo
llevan uncido al cuello, y es tormento
verlos ciegos tirar coces al viento
bajo el ojo celoso del verdugo.

Y tú, Joaquín Quevedo, bendecido
por tantas putas que en el mundo han sido
sigue tu senda loco y tarambana.

Y vos, Francisco de Sabina, quiera
que siempre el ruiseñor en la mañana
le regale a su voz la primavera.

 

ERAS TANTO POETA

Al fin de la batalla
                         C.V

Era tanto poeta tu pellejo
que el poeta a la piel no se amoldaba
y salía a las calles con un viejo
dolor de mundo y de esperanza esclava.

Era tanta bravura tu Vallejo
y tan César tu rabia que brotaba
de las venas el verso, fiel reflejo
de una angustia feroz y pena brava.

Eras tanto poeta que la muerte
no pudo, César, en la lid vencerte
ni mutilar tu amor claro y profundo.

…Y la visión guerrera del profeta
levantó tu cadáver de poeta
¡y echose a andar, Vallejo, por el mundo!

 

VUELVO LA VISTA ATRÁS

Para Adrián Hernández y
Leonardo Lorenzo

Vuelvo la vista atrás: largo el camino
acortando el camino venidero.
Qué poca cosa fui (ya nada espero).
Qué poca soy: es desatino

soñar con otro tiempo, otro destino
si nada cambiará mi derrotero.
¿Habrá otro despertar, otro agorero
canto de cuervo eterno? ¿Mi cansino

paso por fin alcanzará la meta?
¿De qué valen los sueños de un poeta
en un mundo diabólico y extraño?

Vuelvo la vista atrás. Inútil todo.
Un año dice adiós y el nuevo año
a mi vivir le niega su acomodo.

 

PASADOS LOS CINCUENTA

¿Por qué estoy en donde estoy
con esta vida que tengo
sin saber de dónde vengo
ni saber a dónde voy?
                             Rafael Pombo

Si el secreto está en hallar
la magia de una palabra
que todas las puertas abra
y haga perenne el soñar.
Si a mi vivir un altar
erijo por cuanto soy,
si por tal empeño doy
el alma sin egoísmo:
¿Por qué a mis pies un abismo?
¿Por qué estoy en donde estoy?

                     II
Si pasados los cincuenta
años nada me sorprende
cuando herirme alguien pretende
me hago el sordo ante la afrenta.
Si con la mirada atenta
ante el paisaje detengo
mi andar, si a todos prevengo
del rencor —noble en mi casta—
¿por qué entonces no me basta
con esta vida que tengo?

                   III
Si desde el niño lejano
que fui una vez, la inocencia
se prolonga; su presencia
me hace sentir más humano.
Si detesto lo malsano,
si en alto el amor mantengo.
Si mis ideas sostengo
sin temor al que vigila…
¿Por qué mi interior vacila
sin saber de dónde vengo?

                    IV
He aquí el constante dilema
de este Hamlet redimido:
¿ser o no ser?—y el olvido
en la trampa de un poema.
He aquí la vida: ya quema
mis naves, colgado estoy
de lo efímero de un hoy
que en vano busca algún puerto
sin tener un rumbo cierto,
sin saber a dónde voy.

 

DANTESCO

A René Morales

¿Dónde está entonces esa felicidad
que me habían prometido?
                          Alberto Acosta Pérez

Heme aquí caminando hacia lo oscuro
distante de la senda apetecida,
siento que el verso se me torna impuro
y anda muy pobre de razón la vida.

¿Por qué he de levantar áspero muro
ante toda esperanza, y homicida
cortar alas a un tiempo que es futuro?

Heme aquí: me he tornado en espejismo,
apenas sombra de mi sombra, abismo,
quiebra del equilibrio y la cordura.

¿De qué me servirá vuestra confianza?
Tanto he cruzado por la selva oscura.
Si entráis en mí, dejad toda esperanza.

 

FERMÍN CARLOS DÍAZ HERNÁNDEZ (La Salud, Quivicán, 1954). Poeta e investigador. Ha publicado varios libros de poesía: Para que el amor no tarde (1990), Queda terminantemente prohibido (1990), Un bosque y un camino (1994), La última página de Hércules Poirot (1994), y Como andar entre panteras (2010). 
 

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