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El traductor por cuenta propia

Lourdes Beatriz Arencibia Rodriguez, 19 de enero de 2018

En el recién Simposio Internacional de Traducción Literaria, celebrado en la UNEAC el pasado noviembre 2017, se me acercaron tres chicos identificándose como traductores que querían dar a conocer sus capacidades con miras a obtener plazas en alguna editorial cubana. Les adelanté algunos criterios que me permito ampliar un poco en este sección que tiene una audiencia más abarcadora en términos de difusión, y consecuentemente, de aprovechamiento mayor de la información.

Los chicos se quejaban de una gran realidad: las editoriales suelen tener un cuerpo fijo de traductores, basado en su experiencia probada. Se sabe que hay que traducir mucho para hacerse de un nombre y de un prestigio, porque tampoco la oferta es ilimitada. No obstante, aquí van algunas consideraciones.

La legislación integral sobre el tema de la Propiedad Intelectual en la República de Cuba, así como sus resoluciones y reglamentos  complementarios que atañen al caso de la traducción en general “como obra derivada” y específicamente a la traducción literaria, están llamados a satisfacer una aspiración muy reiterada de aquellos que a partir de diferentes niveles de conocimiento desean dedicarse a dicha actividad y a ejercerla legalmente por cuenta propia. Ese respaldo legal a la tarea del traductor lleva ya algunos años en permanente elaboración y reiterado enjuiciamiento, y reclama conclusiones más precisas, si bien en sentido general, permite suponer que se encamina a garantizar a la figura del traductor y a su ejercicio, ya reconocido efectivamente como autor desde hace décadas, un papel cada vez más consecuente con su función socio-comunicativa en nuestro país y en nuestra cultura.

La capacidad de convertirse hoy, en sujeto agente del conocimiento demostrado y autogenerado de la cultura de la lengua extranjera desde la que se parte, es decir, con un sentido dinámico y actuante, hacia a la que se llega –en nuestro caso el español–, define el cambio del papel pasivo al papel activo del traductor literario como agente intercultural. Se refiere aquí específicamente  a la labor que desarrollan algunos traductores literarios cuando quieren introducir, y por tanto publicar, por cuenta propia, cierta obra de un autor extranjero en un país (en  Cuba) en el que se hable la lengua hacia la que traduce (en nuestro caso, al español), como puede ser el interés de muchos traductores egresados o no de la Facultad de Lenguas extranjeras de las universidades del patio que les faculta –diploma mediante– para ejercer la profesión para la que se han capacitado de conformidad con los espacios que legalmente otorgue el sistema laboral del país.

En este pequeño ensayo pretendo destacar algunos detalles que no son nuevos: el ejercicio por cuenta propia del traductor literario como descubridor, introductor y divulgador de autores, vale decir del traductor literario que quiere hacer valer sus competencias sin mediación de la instancia agente tradicional. Según el argumento de mis interlocutores,  si en muchos casos el escritor se ha puesto en contacto directo con el editor, ¿por qué no habría de hacerlo el traductor, si además es, por ley, también autor?

No son tampoco nuevas algunas de las claves imprescindibles para acercarse al mercado de la traducción en nuestro país, como son entre otras: el conocimiento de la oferta del mercado editorial y de la propia literatura.

Me gustaría empezar desechando algunos criterios ajenos a la práctica de la traducción de textos literarios. El primero de ellos se refiere a la traducción “especializada” y “no especializada”. No pocas veces se reserva el término de traducción especializada a la que maneja textos técnicos o científicos en razón a la inmediatez del vínculo que existe entre el término y el concepto contraponiéndole al que correspondería a la metáfora con su expresión lexical. Sin embargo, no se toma suficientemente en cuenta que el lenguaje de la ficción es totalmente artificial, creado, y por definición especializado. De suerte que la traducción literaria es sobre todo una rama especializada de la mediación lingüística-cultural.

Otro cliché muy discutible se refiere a la verdadera comprensión de lo que implica la confluencia de escritor y traductor en una misma persona que tiene muy diferente matiz comparada con aquella otra afirmación que asegura que el traductor de poesía debe ser poeta. Es bastante probable que a un traductor de poesía –si fuera a ejercitarse como poeta– se le resistan los endecasílabos y no dé pie con bola para componer de la “A” a la “Z”, por sí solo, un soneto ni un sencillo requiebro. Lo cual no quiere decir que si además de traductor es poeta, lo que abunde no dañe.

Por esos y otros caminos azarosos, la línea que separa el original de su reproducción –llamada traducción–  precipita el oficio a la suerte y destino de aquel que vierte al idioma “propio” los pensamientos “ajenos” y de ahí a la traición premonitoria y legendaria no habrá más que un paso por no decir, un resbalón.  Es cierto que a las dificultades de acceso al mercado editorial en tiempos de crisis se suman la escasa remuneración económica agravada por el hecho de que se han reducido o desaparecido  una parte de las subvenciones estatales, a las editoriales, que servían para «sufragar» las traducciones.

Sin embargo,  el abaratamiento de costes de producción ha hecho que surjan empresas pequeñas, muchas veces de carácter provincial o anexas a instituciones culturales; por ejemplo, la Casa de las Américas, que no por ello descuida la calidad y representa una nueva oportunidad para el traductor literario que no tiene acceso a las grandes editoriales del Instituto Cubano del Libro, pero que cuenta con proyectos de traducción que pueden resultarles interesantes a clientes más independientes.

Merece la pena probar suerte con todos los clientes posibles si conocemos una obra que nos parece «necesaria» entre la literatura publicada en español. Jamás deben perderse de vista ni las novedades editoriales ni los fondos de las editoriales a las que hayamos decidido conquistar.

¿Qué pueden hacer entonces los candidatos a entrar en los programas de traducción de nuestras editoriales o a los clientes particulares potenciales?

Como hemos dicho, el traductor por cuenta propia es un agente literario y, como tal, debe estar preparado, no solo ya para «descubrir» nuevas obras, sino para llevar a cabo una operación de marketing que consiga el acuerdo del editor sobre la necesidad de publicar la obra que aquel le está ofreciendo. Parecería que el espectro literario guarda ya pocas sorpresas para el editor. Nada más lejos de la realidad

Conviene presentarle un texto muestra de conformidad con estos criterios, esto es, un capítulo impecablemente traducido, un texto cuidado en todas sus dimensiones, y que haya recibido varias revisiones por parte de, al menos, dos personas. Puede manejar el listado de  los libros más vendidos durante todo el siglo XX, además de incluir una lista de obras que han recibido una importante atención por parte de la crítica de los países hablantes de la lengua de partida. Ignoro la existencia de este tipo de recursos de información literaria en otras lenguas en Cuba,  pero asimismo el conocimiento probado de la cultura traducida de la lengua desde la que se parte es la mejor vía para averiguar qué autores son fundamentales, y hacérselos valer al cliente potencial, aunque, y sobre todo, si han pasado desapercibidos en nuestro país, puede realzar las calidades del candidato.

En cambio, alerto a mis interlocutores y me baso en precauciones que algunos colegas con los que suelo intercambiar criterios sobre el tema me han transmitido. Se refiere al cuidado que debe observarse a la hora de autopromocionarnos frente a clientes potenciales y no basar jamás nuestra promoción en la crítica sistemática de erratas e incongruencias en traducciones concurrentes ya publicadas y conocidas, máxime si han sido publicadas precisamente por la entidad que nos escucha.

Sabemos que todo texto es siempre, si no perfectible, ampliamente transformable en otro que parecerá más adecuado al leerlo. Y por las razones que sean —desde la puntuación hasta el léxico pasando por las erratas—, puede considerarse  que un  texto “x” merece una segunda traducción.

Los que ejercemos esta profesión sabemos que las traducciones suelen tener una vida media de cuarenta o cincuenta años (no solo en su vigencia lingüística sino en el propio mercado). Pero, si bien es incuestionable que la reflexión sobre los éxitos y fracasos de un texto traducido nos ayuda a entender mejor los procedimientos que se emplean en un proceso tan complejo como la traducción, no debe olvidarse, por lo menos, que siempre es más fácil criticar un texto que escribirlo o que traducirlo. La ética en nuestra profesión es imprescindible.
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