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Mirar el mundo desde muchas ópticas

Juventud Rebelde, 13 de noviembre de 2019

No recuerdo cuándo conocí a Leydi González Amador (Vueltas, Villa Clara, 1988), pero es una de las autoras jóvenes cubanas que sigo. Ficho uno y otro de sus libros; los guardo en mi biblioteca personal. Cada vez que recibe un premio literario lo celebro y apunto el título para buscarlo en cuanto esté en librerías. Cuando trabajo para los niños, Leydi está en la nómina de quienes sugiero sin miedo a los padres. Sus poemas y cuentos vienen cargados de belleza e ingenio.

Le pregunto si estudió alguna carrera de Humanidades y me responde que por suerte eligió Licenciatura en Ciencias Farmacéuticas. «Se me daban bien las letras, me gustaba leer, escribir, pero la Química y la Biología me fascinaban, y si no profundizaba en ellas por medio de una carrera que las aunara de alguna forma, iba a perder ese chance. Por eso les dediqué cinco años sin ningún arrepentimiento», me cuenta.

Leydi tiene la teoría de que «si no hubiese estudiado una carrera de ciencias, sus libros fueran menos precisos, menos ágiles. La mirada del que lo ha hecho con respecto a un fenómeno es quirúrgica, va directo a la matriz del asunto... y yo defiendo las historias que no se pierden en detalles innecesarios, en descripciones sin un aporte real a la trama, abogo por la precisión de los diálogos. Claro, ya cuando uno se decide a escribir hay que estudiar, hay que reinventarse, tomar lo mejor de tus experiencias anteriores e incorporar lo útil que está por venir».

¿Y cuál es el primer libro infantil que recuerdas?


No sé su nombre. Era un libro ruso, grande y cuadrado. Forrado con tela azul y hebras doradas, que invitaba a abrirlo. Y dentro, hojas blancas, gruesas, brillosas, capitulares exquisitamente diseñadas y ni hablar de las imágenes... los osos, príncipes, brujas, princesas de trenzas larguísimas. Luego venían las historias de reinos, bosques, estepas, todas tan distantes de mi realidad que se volvían aún más fascinantes. A partir de ese libro recuerdo otros, vagamente: Toc-Toc (una compilación de cuentos rusos), La flauta de chocolate, Oros Viejos y, por supuesto, un libro que guardaba más de diez cuentos de Onelio Jorge Cardoso, que fue un tesoro.

¿Alguno de esos libros te llevó a ser escritora?

Ninguno. Y, mucho menos, a interesarme por escribir literatura para niños. Solo los disfruté en su momento, los releí también (ya sin el mismo encanto), y si te debo mencionar alguno como el que más dejó su huella en mí fue, sin lugar a dudas, el de Onelio.

¿Entonces qué influencias cubanas y extranjeras destacarías?

Cuando cito a escritores en este tipo de preguntas no lo hago pensando en los que me «influenciaron», sino en los que más me gustaron o gustan, esos que dan ánimo para seguir escribiendo. Virginia Woolf, Michael Ende, Deborah Ellis, J.K Rowling, Alki Zei, Onelio Jorge Cardoso. Y aquí hago una pausa porque te voy a mencionar a personas cercanas, queridas, pero que son escritores que marcan: Enrique Pérez Díaz, Mildre Hernández, Maylén Domínguez y Noel Castillo.

Eres amante de los animales y lo encontramos en tus libros...

¡Y en mi casa!... Tengo cuatro perros y tres gatos, y tuve más en algún momento. En mis primeros libros utilizaba los animales desde un punto de vista más didáctico, para acercar el tema de forma fluida a lectores pequeños. Así lo hice con El perro que le tenía miedo a la noche y funcionó. Pero, con el paso del tiempo, el punto de vista es otro, el interés es otro. Porque a medida que uno envejece va viendo aquello que antes le era invisible como, por ejemplo, el maltrato animal. Por eso surgió ¿A quién le importa un perro pinto?, para demostrar que un perro es familia, y que, si un niño se arriesga a atravesar Cuba de una punta a la otra para rencontrarse con su perro, es porque las relaciones entre humanos y animales son entrañables. Y habrá más libros sobre animales, como mismo espero que haya leyes en mi país para protegerlos de verdad.

Eres muy exigente con el lenguaje. ¿Cuánto escribes y rescribes?

Escribo bastante y rescribo más. Lo primero que me hace seguir leyendo un libro es su escritura, si no me convence no sigo con él (aunque sea considerado un clásico). Y no me refiero a que se utilice un lenguaje elevadísimo... No. Me refiero a limpieza escritural, a buena caracterización de los personajes, a historias fluidas, a que el autor o autora te deje saber que lo tiene claro. Y que yo sea exigente no quiere decir que esté satisfecha con todos mis libros, por eso a medida que voy escribiendo, aunque la prioridad la tiene la historia y sus personajes, trato de cuidar la limpieza y un buen uso del lenguaje.

Hasta hace poco Leydi trabajó en la Droguería de Santa Clara. Pero tuvo que optar por escribir, porque ya el agotamiento se lo impedía. Actualmente trabaja con niños, atiende dos talleres de apreciación de la lectura y también de creación en dos escuelas primarias. «Confío en que será una buena experiencia. Pero mi verdadero trabajo, eso te lo puedo asegurar, es leer, aprender, mirar el mundo desde muchas ópticas, para seguir escribiendo», me asegura por email.

Leydi tiene publicados los libros Con la cabeza en las nubes, Hoy es martes, El perro que le tenía miedo a la noche, Brizna, El acuario de Onfard, Apuntes de un genio, ¿A quién le importa un perro pinto?, El Zar olvidado y Todas las ovejas van al cielo.

Además, ha obtenido los premios nacionales: Hermanos Loynaz en dos ocasiones; Fundación de la ciudad de Santa Clara, Eliseo Diego, Fundación de la ciudad Fernandina de Jagua, Regino E. Boti y el Calendario de la Asociación Hermanos Saíz (AHS), organización de la cual es miembro.

Tomado de Juventud Rebelde

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