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José Martí, el dramaturgo

Leonardo Depestre Catony, 26 de enero de 2017

En José Martí el teatro es una presencia múltiple: considerado ya sea como espectador asiduo, dramaturgo o crítico. En cualesquiera de estas vertientes incursionó tempranamente en los dominios de la musa Talía.

El espectador, el asiduo  de las salas de teatro, se manifiesta en Martí desde joven, tanto cuando vive en Cuba como cuando circunstancias muy distantes a su voluntad lo lanzan al destierro por Europa y América a ganarse la vida  pero, a la vez, a trabajar por la independencia de su patria.

En la segunda mitad del siglo XIX el teatro es una manifestación artística sin competencia aún (no existen entonces ni la radio, ni la televisión, ni el cine). Quien desee disfrutar del drama, la comedia o el ballet ha de asistir a los teatros. Y Martí gusta no solo del teatro, sino de la amistad de los artistas.

Fue en España donde trabó nexos con los actores Leopoldo Burón y Teodora Lamadrid; en México tuvo entre sus amigos al actor Enrique Guasp, español —exiliado, al igual que él—; a su paso fugaz por París, Martí se deslumbró ante el talento de Sarah Bernhardt, la diva gala que hizo época.

El poeta y el ensayista, el orador y el periodista, el crítico y el narrador, el pensador político, fue también dramaturgo. Su múltiple hacer no le dio tiempo para dedicarse de lleno al teatro, aunque sí quedan muestras de su desempeño y a ellas nos referiremos brevemente.

El primero de sus textos dramáticos, Abdala, aparece publicado en el único número de su pequeño periódico, La Patria Libre, en 1869. El autor tiene solo 16 años y es la obra de un adolescente rebelde ya imbuido de decidida pasión libertadora. Los nombres se cambian, aunque las referencias autobiográficas son patentes.

La Nubia sojuzgada no es otra que Cuba; Espirta, la madre del guerrero, que trata de retenerlo, es doña Leonor Pérez y, lógicamente, Abdala es Martí. Poema dramático para algunos, para otros poema trágico, el drama, de fuerte intención cívica, expresa la preocupación del autor por el destino político de su patria.

Más claro no puede ser el mensaje en estos versos: “¡Oh, qué dulce es morir cuando se muere / luchando audaz por defender la patria!”

Sigue en orden una segunda pieza martiana, Adúltera, escrita en España y concluida en 1874, cuando el autor tiene 21 años. Corresponde a la época en que Martí cursaba los estudios universitarios en Madrid y Zaragoza.

El tema corresponde ahora al de un drama filosófico y pasional, y sus cuatro protagonistas reciben nombres simbólicos en alemán, correspondiéndoles las siguientes traducciones: “hombre alto” (Grossermann), “hombre bueno” (Guttermann), “hombre vil” (Posssermann) y “carne” (Fleisch).

Los críticos han señalado en esta obra diversas influencias: la de Goethe y la de Shakespeare, aunque también la de Calderón de la Barca y la de José Echegaray, por quien Martí sintió admiración. Es un drama sobre la deslealtad y la amistad sincera entre dos personajes. Adúltera se representó en Cuba por vez primera en 1936.

La tercera pieza teatral de José Martí, Amor con amor se paga, fue escrita en México, en 1875, por petición de su amigo el actor Enrique Guasp. Especie de proverbio en un acto, le deparó un notable éxito teatral, tanto de público como de la crítica mexicana. Lo curioso es que Martí lo escribió en un día.

Aboga en ella por la sinceridad de los sentimientos, es obra que clasifica como drama de carácter ético y aporta, sobre todo, la visión martiana acerca de las relaciones entre las personas.

Patria y Libertad lleva por título la cuarta obra de teatro conocida de José Martí. La escribe estando en Guatemala, en 1877, y la concibe como un drama indio,  redactado en unos pocos días. Se afirma que fue representada por los alumnos de la Escuela Normal de Guatemala, donde Martí impartiera clases.

Se publicó por vez primera en la edición de las Obras Completas de 1965, y fue facilitada por el Dr. Emilio Roig de Leuchsenring, investigador y profundo estudioso de la obra de Martí, además de por muchos años historiador de la Ciudad de La Habana.

De su lectura emana la admiración y el respeto de Martí por el indio americano, su denuncia  acusadora ante la explotación a que lo sometió el colonialismo, lo cual le confiere un carácter épico, vibrante en el lenguaje, con carga política.

Otros proyectos de obras teatrales concibió, pero no llegó a desarrollarlos inmerso como estaba en el trabajo independentista.  Sus cuatro obras conocidas, cada una escrita en un escenario diferente: Cuba, España, México y Guatemala, dan la medida de las que fueron algunas de sus preocupaciones vitales como hombre.

De su hacer como crítico, bástenos con citar estas palabras suyas de 1892, con plena vigencia, que resumen su concepción estética: “El oficio de un pueblo es crear, y la fuerza del mundo está en los que producen. En teatro, como en todo, podemos crear en Cuba (...) Nuestro teatro se ha de escribir en una lengua digna, por la majestad y sencillez, del sacrificio que en él va a perpetuarse”.

En José Martí el teatro no es una motivación ocasional, sino el resultado de una vocación estética manifiesta desde temprana edad y cultivada a lo largo de su azarosa vida al servicio de Cuba.

Editado por: Nora Lelyen Fernández

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