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Cuando segundas partes sí son buenas

Leonardo Depestre Catony, 11 de abril de 2018

Quizás porque no hay regla sin excepción o porque el refrán no es del todo acertado, algunas veces las segundas partes sí son buenas, mejor digamos excelentes, y hasta superiores a las primeras partes. Ello ocurre porque tales segundas partes son el resultado de una decantación de la sabiduría, de la experiencia y un tributo a la tenacidad. Varias obras de la literatura han tenido segundas partes, aunque nos centraremos en solo dos, devenidas ejemplos clásicos: El Quijote y Cecilia Valdés.

Diez años median entre la primera y la segunda parte de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, fechada una en 1605 (o más propiamente en diciembre de 1604), y la otra, en 1615. Una curiosidad: aquella edición príncipe contiene un gran número de erratas. Dicha edición se reimprimió en el mismo año y en el mismo taller, de forma que hay en realidad dos ediciones autorizadas de 1605. Hubo dos ediciones piratas más que se publicaron el mismo año en Lisboa.

En la segunda parte sucede algo curioso: tanto el hidalgo como su escudero, Sancho Panza, están conscientes del éxito editorial que ha representado la primera parte de sus aventuras y hasta algunos personajes que aparecerán han leído el libro. De manera que intuye el autor, Miguel de Cervantes, que la novela devendrá un clásico de la literatura, en tanto su protagonista sobrevivirá al paso de los siglos.

Confirman esta segunda parte las excelencias literarias de la primera, y aseguran a la obra completa su inserción protagónica en la literatura universal como una de las obras más leídas, comentadas y traducidas de cualquier lengua.

Cecilia Valdés no es solo la más importante de las obras de Cirilo Villaverde sino un clásico de nuestra literatura insular. Al autor le tomó la nada despreciable cifra de cuarenta años completar la historia: el primer tomo se publicó en 1839 y la obra completa solo apareció en 1879 en Nueva York, en tanto hasta 1882 no salió en su versión definitiva, en la misma ciudad.

“Ningún historiador ha podido igualar a Villaverde para dar a conocer aquella época -apunta el crítico literario Max Henríquez Ureña. Nadie ha descrito con mayor seguridad ni más honda emoción humana la vida del esclavo en el ingenio, ni las diferencias sociales entre la privilegiada clase de los amos y la de los desheredados libertos, relegados al más bajo peldaño de la sociedad porque fueron esclavos y eran descendientes de esclavos. La novela de Villaverde es un alegato antiesclavista”.

Historia apasionante la de los protagonistas Leonardo Gamboa y Cecilia Valdés. Se suman a ambos varios personajes más que enriquecen el argumento y lo llevan por senderos de tan atractiva lectura que la novela conserva su interés hasta nuestros días.

Amores incestuosos, celos, intrigas, las desigualdades sociales, lo cruel y lo hermoso, el trasfondo realista del sistema esclavista imperante en Cuba, y por supuesto, buena literatura, entrega Cirilo Villaverde en esta obra de profunda significación, cuyo argumento ha sido llevado a la zarzuela estrenada en el teatro Martí, el 26 de marzo de 1932, con música del maestro Gonzalo Roig, y a la cinematografía por el director Humberto Solás, en 1982, en filme protagonizado por Daisy Granados e Imanol Arias. Súmese también la obra de teatro de Abelardo Estorino Parece blanca, de 1995, con inspiración en el citado argumento.

El tema de las segundas partes en cualquiera de las manifestaciones de la vida y de las artes ofrece ejemplos suficientes para validar el refrán y también para cuestionarlo. ¿O acaso el filme El Padrino, de Francis Ford Coppola, basado en la obra homónima de Mario Puzo, con tres entregas a su haber, no nos ofrece un caso para estar debatiendo mucho más?

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