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Te sigo esperando

Jesús Dueñas Becerra, 07 de septiembre de 2017

Es mejor estar solo que mal acompañado.
Refrán popular cubano

Te sigo esperando, de Héctor Quintero, Premio Nacional de Teatro 2004, es el título de la obra que, con versión y puesta en escena de Hugo Vargas, la agrupación A Teatro Limpio llevará a la capitalina sala El Sótano, para beneplácito de los amantes del arte de las tablas.

Héctor Quintero (1942-2011) cursó estudios de actuación escénica en la Escuela Municipal de Artes Dramáticas, y posteriormente, obtuvo el título de Licenciado en Lengua y Literatura Hispánicas por la Universidad de La Habana. Como actor integró los colectivos teatrales Milanés, Conjunto Dramático Nacional y Teatro Estudio. En los años sesenta de la pasada centuria, se desempeñó como libretista de espacios radiales y televisivos, adaptador o versionista de novelas, cuentos y obras teatrales de la literatura universal. Es el autor de Contigo, pan y cebolla (llevada al celuloide); El premio flaco; Los 7 pecados capitales; Decamerón (6 cuentos); Mambrú se fue a la guerra; Si llueve te mojas como los demás; Paisaje blanco (versiones teatrales de los cuentos rusos La dama de piqué, El abrigo y La obra de arte); Algo muy serio (espectáculo satírico musical); La última carta de la baraja; El caballero de Pogollotti; Aquello está buenísimo; Sábado corto y El lugar ideal. Por la indiscutible calidad estético-artística de su producción intelectual y espiritual recibió en vida disímiles reconocimientos nacionales y foráneos.

La trama de Te sigo esperando gira alrededor de Teté, una funcionaria gubernamental que, al parecer, manifiesta marcadas inclinaciones homoeróticas hacia la joven Sara, quien se desempeña como secretaria en el organismo donde las dos mujeres laboran. El personaje de la secretaria, aunque no aparece en el proscenio, deviene un leitmotiv en el discurrir de la acción dramática.

Teté vive con Alcides, su anciano progenitor, y recibe la ayuda de la vecina Caridad, pero el precario estado de salud  el en que se encuentra el padre la fuerzan a contratar los servicios de Úrsula, quien tiene un hijo, Alain, un inveterado delincuente que cumple sanción por intento de homicidio.

En el desarrollo de esa puesta en escena, el autor pone en boca de los actores críticas mordaces a la situación socioeconómica que atraviesa el país, sobre todo a partir de los años 90 del fenecido siglo XX. Por otra parte, se advierte al auditorio acerca de los peligros reales y potenciales que implica abrir las puertas de nuestra vivienda a personas extrañas, así como los problemas generados por un individuo, que no solo posee antecedentes penales, sino también formas reprobables de comportarse en el medio donde se desenvuelve.

Así las cosas, al primogénito de Úrsula le conceden libertad condicional, y sin el consentimiento de Teté, invade el inmueble. A partir de ese momento, comienzan los conflictos en el seno de ese núcleo ¿familiar? construido por medio de la fuerza que ejercen sobre la dueña de la casa la madre consentidora y el hijo marginal.

Después del fallecimiento de Alcides, la situación se torna insoportable e insostenible para Teté, quien les exige a Úrsula y Alain que abandonen de inmediato su hogar y se trasladen al lugar de origen: La Habana Vieja. 

Alain se niega rotundamente a aceptar la orden de Teté y la chantajea emocionalmente: divulgar en el edificio, así como en el Ministerio, la supuesta inclinación homoerótica que Teté siente hacia Sara; en apariencia, consigue convencerla de que los deje seguir viviendo en la casa, pero la víctima del chantaje planea muy bien su venganza hasta lograr el objetivo final: echar a los intrusos a la calle.

Entre otros aspectos positivos, habría que destacar la excelencia artístico-profesional que identifica, sobre todo a los carismáticos actores Yamira Díaz, Yanell Gómez y Carlos Solar, ya que utilizan la «dosis exacta» de histroniosmo aportada a las situaciones de elevada tensión emocional generada por ellos durante los enfrentamientos verbales que tienen lugar en ese contexto dramatúrgico; y el perfecto dominio de los recursos técnico-expresivos adquiridos en la academia, y consolidados en la praxis teatral, así como el lenguaje verbal y gestual empleado en las encendidas polémicas que establecen, pero sin extralimitarse en el uso de las palabras «mal sonantes», como las califica el doctor Sergio Valdés Bernal, investigador titular del Instituto de Literatura y Lingüística Dr. José Antonio Portuondo. Expresiones soeces de las que se abusa —con demasiada frecuencia— en las tablas, la radio, la televisión y el cine.

He decidido finalizar con una cita del desaparecido escritor, actor y dramaturgo Héctor Quintero, quien reseñara —con pocas palabras— cuáles fueron los factores motivacionales que le aguijonearon la mente y el alma, para llevar al escenario Te sigo esperando: después « […] que me mantuviera diez años sin escribir un texto escénico, [esa obra] estimuló mis impulsos dramatúrgicos, mi retorno y el deseo de recuperar sitio en las carteleras que por demasiado tiempo abandoné».  

Foto: Raúl Olivera Hernández

Ediatdo por Heidy Bolaños
 

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