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La mesa está servida

Jesús Dueñas Becerra, 13 de abril de 2017

La mesa está servida, basada en el original de Slawomir Mrozek, es el título de la obra que la agrupación Pequeño Teatro de La Habana, dirigida por el maestro José Milián, llevara a las tablas del capitalino Café Teatro Bertolt Brecht.

El escritor, periodista, dramaturgo y dibujante polaco, Slawomir Mrozek (1930-2013), estudió arquitectura, historia del arte y cultura oriental en la Universidad de Varsovia. Escribió prosa y obras teatrales, en las cuales exploraba el comportamiento humano, la alienación mental y el abuso de poder que identifica a los regímenes totalitarios.

De acuerdo con las concepciones filosófico-antropogénicas y estético-artísticas sustentadas por el intelectual europeo, la manera de concebir el mundo que rodea al homo sapiens —según su evolución espiritual— implica, inexorablemente, la necesidad del cambio a corto, mediano o largo plazo. Por sus valiosos aportes al desarrollo de la cultura polaca y universal recibió el Premio Koscielski (1962), así como disímiles distinciones nacionales y foráneas.

La trama central de La mesa… gira alrededor de un refrán popular: «el pez grande se come al chico», lo que acontece desde que el hombre apareció hace millones de años en la faz de la tierra. Con otras palabras, es la lucha entre comportamientos sociales que —en ocasiones— llegan a ser contradictorios, o para utilizar el lenguaje filosófico con orientación materialista: son contrarios que se excluyen.

Los factores éticos y estéticos que influyen —de manera decisiva— en la concepción de la obra son objeto de análisis en un contexto macro-social y dramatúrgico por excelencia.

Es una verdad que no requiere ser demostrada, que el comportamiento del hombre está mediatizado por el componente ético, el cual permea tanto la conducta individual, como la social, e involucra —de forma explícita o implícita— principios morales que regulan la existencia del sujeto en su medio social, y se expresan a través de las especificidades propias del contexto donde la persona vive, ama, crea y sueña.

Para el individuo desempeña una función esencial, la libertad y el respeto a la individualidad, que se enriquece con los intereses del colectivo donde interactúa con el otro o no yo. Esos dos elementos facilitan la participación del sujeto en la vida cotidiana de una nación. Hablar de desarrollo histórico de la civilización, significa interiorizar e incorporar al estilo de afrontamiento el valioso aporte realizado por las personas al desarrollo de la evolución material y espiritual de las disímiles formaciones socioeconómicas, independientemente del apellido que lleven.

La confluencia de las más disímiles cosmovisiones incide notablemente en el cambio de nuestras formas de satisfacer las acuciosas necesidades físicas, psíquicas y socio-culturales que los seres humanos experimentamos en cualquier latitud geográfico-cultural. La satisfacción de esas necesidades vitales requiere el concurso del arte, la cultura y la sociedad, así como de ineludibles valores éticos y presupuestos estéticos.

En esa puesta en escena, los actores —con la profesionalidad que los distingue— le prestan especial atención a todo lo enunciado hasta ahora, ya que en ese contexto dramatúrgico se utiliza con precisión el valor estético relacionado con lo grotesco, por lo cual el valor de los objetos y de los fenómenos socio-culturales se trastoca, y por ende, se desintegra su sentido. Aunque ello no implica —en modo alguno— renunciar a la belleza como valor estético-artístico; belleza que Milián concibe como todo aquello que propende a la exaltación de la condition humanae, y que, por supuesto, está bien representada en la obra.

Por otra parte, podríamos hacer mención a lo grotesco, porque —al evocarlo— se adopta como punto de partida un patrón de belleza preestablecido.

Con respecto a las estelares actuaciones de los artistas, debemos destacar que se complementan coherentemente con los restantes elementos del montaje teatral. El respeto a la cadencia narrativa, las pausas y las transiciones, así como la adecuada utilización en el proscenio del lenguaje verbal y gestual, constituyen un leitmotiv para ese elenco de lujo, que ha sabido descubrir —en un director de la talla excepcional de José Milián— las diferentes virtudes en que se estructura la personalidad de un actor integral.

La escenografía facilita el desplazamiento escénico de los actores, lo que, unido al contraste de luces y sombras, refuerza —sin duda alguna— la acción dramática.

Por último, percibir el arte de las tablas como expresión estético-artística de la cultura es aceptar que lo expuesto en La mesa… es aplicable al contexto teatral, ya que la agrupación Pequeño Teatro de la Habana, con esa nueva entrega, aporta su grano de arena al progreso intelectual y espiritual para transformar positivamente situaciones que pueden presentarse como adversas u hostiles, tanto en el aquí y el ahora, como en ulteriores períodos socio-históricos.

Foto: Raúl Olivera Hernández

Editado por Heidy Bolaños