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Las máscaras del corazón

Lázaro Zamora Jo, 12 de julio de 2019

En la entrevista que le hiciera la periodista Branka le Comteen el año 2000, Umberto Eco afirma que nunca se debe poner al desnudo el propio corazón, que nuestro corazón no le interesa a nadie.  “Son las palabras las que hablan de un corazón, y las que interesan al lector son posiblemente las del corazón de todos”, dice y aconseja al escritor ocultarse tras una máscara.

Según Eco, Baudelaire hace trampa en tal sentido, pues no desnuda su corazón como declara cuando habla de su amor por una giganta, no narra una experiencia que realmente le ocurrió, sino que “objetiviza su pasión, su sensualidad, en una imagen que no es ni personal ni autobiográfica”, sino una imagen estética. Y opina que, aunque siempre se parte de emociones y experiencias personales, hay que trascenderlas, hay que ir más allá de lo personal.

Siguiendo esa idea, convendremos en que también Félix hace trampa en su libro El corazón desnudo (Editorial Letras Cubanas, 2018), galardonado con el Premio Alejo Carpentier de cuento. Tras la declaración rotunda del título, que nos prepara para una lectura llena de confesiones y escenas sentimentales, el autor nos introduce en un universo que en buena medida es mostrado desde una mirada irónica, reticente, que solo revela la superficie de las cosas para dejarle al lector la tarea de descubrir lo que se mueve debajo. De modo que no es el narrador quien desnuda su corazón, mucho menos el autor, sino el propio lector al sumergirse en las profundidades de estas historias y hallar allí sentimientos y pasiones que muy bien pudiéramos identificar con ese “corazón de todos” al que se refería Eco.

Los cuentos “El tiempo detenido” y “Las noches de papá” pudieran parecer la excepción. En ambos relatos, los sentimientos afloran desde las primeras líneas y dan la impresión de haber sido extraídos de la propia experiencia del autor, de su relación afectiva con su familia. En el primero de ellos, nos encontramos ante el dolor de un abuelo tras la partida al extranjero de su nieta; en el segundo, ante el dolor que causa la muerte de un padre. Sin embargo, la vivencia personal —si existe— ha servido únicamente como inspiración para fabular en torno a sentimientos universales, a experiencias muy comunes del ser humano. Por otro lado, no todo emerge aquí a la superficie: algunos conflictos y emociones parecen prolongarse más allá de la zona visible. Uno lo intuye en la reticencia que trasmiten ciertas palabras y actitudes de los personajes, como un dolor oculto, que no es solo el de la lejanía de la nietecita querida o el de la muerte de un familiar cercano.

Este es uno de los rasgos que se le agradece a El corazón desnudo —y, en general, a la narrativa de Félix Sánchez—, el de ofrecernos mucho más que la anécdota contada, llevarnos de una manera sutil a descubrir otras inquietudes que laten en la historia. Entre tales ellas observaremos obsesiones que siempre han estado presentes en la obra de Félix: conflictos del individuo con su tiempo, con la realidad en la que vive. Ese entorno hostil, agobiante, a veces irrumpe con fuerza devastadora en el ámbito íntimo de los personajes; en otras, aparece en lontananza, como si solo fuera parte del paisaje, pero ejerciendo una influencia perturbadora. A menudo con ironía, con sarcasmo a ratos, máscaras que el autor sabe emplear atinadamente, la mirada del narrador va registrando las sombras de la realidad —las dificultades económicas, la pobreza, la corrupción, la doble moral, la violencia— para mostrarnos la vulnerabilidad del individuo ante ellas, su tragedia cotidiana.

A propósito, me ha fascinado el tratamiento de la realidad desde el absurdo que emplea Félix en los dos primeros relatos: “Caballeros en la noche” y “Mujeres pensantes”. Los asaltantes con su comportamiento caballeroso tan insólito, en el primero de ellos, así como los perros parlantes y la princesa japonesa viviendo igual que una cubana más en un poblado de provincia, en el segundo, irrumpen en un contexto reconocible, el de la cotidianidad insular de estos tiempos, imprimiéndoles a las historias una dosis de absurdo inusual en la obra del autor. No menos interesante es el relato “Ave de paso” por su trasfondo simbólico, por su atmósfera enigmática, por las preguntas que siguen asediando al lector después del punto final.

Los tres relatos muestran una vez más la búsqueda de nuevas posibilidades que ha caracterizado toda la labor creativa de Félix Sánchez, que le ha permitido renovarse una y otra vez y responder con cada libro a las exigencias de los tiempos que corren. Quien la haya seguido de cerca, habrá verificado las huellas de ese desplazamiento continuo, de esa urgencia por ir al paso de la vida y de la propia literatura, como lo manifiestan su tránsito por zonas temáticas que han marcado la tendencia fundamental en diferentes etapas de nuestra narrativa —el universo fabril, los pequeños conflictos de la vida cotidiana, el éxodo y las ruinas de los años 90— y determinados cambios en el plano del lenguaje y en otros ámbitos. Ahora se suman las incursiones mencionadas en el nivel de realidad —para usar la definición de Vargas Llosa— que ciertamente vienen a enriquecer las propuestas de este autor.

En resumen, El corazón desnudo es un libro interesante, con mucho que decir a ese lector que sabe hallar tras las máscaras del narrador, en los entresijos de la historia contada, lo más sustancioso de cada relato; un libro que invita no solo al placer estético sino también a la reflexión. Con él, Félix Sánchez aporta otro título significativo a su obra, cuyos méritos han sido avalados justamente por la crítica y por numerosos lauros de prestigio como los premios Luis Felipe Rodríguez de la UNEAC, Julio Cortázar y Guillermo Vidal —por citar los más importantes—, a los que acaba de añadirse el Premio Alejo Carpentier.

Notas.

1. Le Comte, Branka: “El escritor y el filósofo (II)”, La Jornada Semanal, 9 ene., 2000.

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