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Las difíciles chicas de Eldys Baratute

Enrique Pérez Díaz, 02 de febrero de 2018

Quizás nadie recuerde que Eldys Baratute comenzó a escribir a los 13 años allá en su Guantánamo natal y que ha confesado que era muy malo en Español. Como él mismo asegura y puedo dar fe de ello, siempre le ha gustado el baile, la música y cuanto huela a diversión y por eso, desde muy joven, empezó en él la competencia entre el ejercicio sistemático de la lectura que le sugerían, el tener que escribir y luego pasar horas revisando lo que hacía y esa cada vez más prohibida diversión. Y aunque en sus primeras edades siempre triunfaba la diversión, poco a poco, esas mismas lecturas le fueron demostrando que en la literatura existe un mundo tanto o más lleno de divertimentos de todo tipo que en el mundo real. La literatura pues, le ganó esta vez a la diversión…

Aunque considero que hace mucho tiempo Eldys llegó a su madurez escritural, esa inquietud creativa que hoy le preside y que le hace sentirse muy mal en esos períodos de esterilidad creativa que todos padecemos, le reporta luego sorprendentes obras que no me canso de admirar. Es notable cómo, de su personalidad alegre y algo burlesca, de ese afán todavía inmanente por “divertirse”, emerge en sus obras una seriedad profunda y llena de inquietudes que dejan indefenso al lector por la hondura y variabilidad de sus severos planteamientos. Libros tan diferentes como La comarca de la abuela Chicha o Los gnomos están tristes, Cuacarachas al borde un ataque de nervios, Marité y, más recientemente, A la sombra de un león y Otras tonadas del Violín de Ingres nos devuelven un narrador siempre diferente pero con una constante prioritaria: su interés por el ser humano y, en especial, su dedicación a asumir el punto de vista femenino, tan presente por demás en toda su escritura.

Deshojando margaritas, cuyo engañoso título nunca nos haría prever el siguiente epígrafe (historias de muchachas complicadas) deviene un libro inusual, no solo en la creación de este autor, sino en la narrativa cubana ¿para adolescentes? Volveré más tarde a esa pregunta.

Ocho cuentos. Ocho misterios. Ocho historias de jóvenes inadaptadas a su medio. Ocho modos de asumir sus realidades. Ocho ficciones y ocho realidades. Número mágico el ocho que para los antiguos caldeos significaba “Sabiduría, aprender de la experiencia, estabilidad, paciencia, responsabilidad. Seguridad financiera, cautela, restricción, autodisciplina, autocontrol”. De todo eso y más encontramos en la madurez técnica y escritural de estos cuentos de Eldys Baratute, pero sobre una inquietud siempre latente, un palpitar que a veces nos oprime cuando la protagonista somos nosotros mism@s y no podemos discernir cuándo termina el relato que nos convierte en personajes y cuándo volveremos a ser los pacientes lectores que nos dejamos arrastrar a la siguiente historia.

Abriendo con “Parasomnia” constatamos la maestría de Baratute en crear atmósferas cuando conocemos a Palmira, la adolescente que confunde la noche con el día y que, pese a los intentos de su inquieta y sobreprotectora madre por enclaustrarla en una falsa seguridad que desconoce sus más secretos anhelos, pretende privarla de que su cuerpo astral viaje tan lejos como le permitan sus deseos de libertad, descubrimos más de una alegoría inquietante en ese mundo otro que se le abre a la chica luego de sus escapadas nocturnas y que a la postre le resulta más edificante que el mundo diario de su realidad.
“Entre mares y arenas” es un relato cuasi poema, de una belleza inusual lograda en torno a la elipsis que omite lo accesorio y nos confía lo esencial de una trama de desencuentros, más hermosa cuanto más triste, y que nos deja un sabor inefable en el alma, a donde nos llega hondo el dilema de esa pareja de enamorados que “Cada vez que uno llegaba a un lugar, el otro se había ido. Entonces, angustiados, cada uno decidió eternizar a su amado. Así conservarían, al menos, el recuerdo de aquella tarde”. El aire de pesadumbre que inunda la trama amatoria jamás consigue privarnos del regusto que siente cada personaje amando lo imposible, por difícil que le resulte afanarse en este amor. La belleza del relato le hace clasificar a mi juicio entre los más hermosos que sobre el tema se hayan escrito jamás.
 
“Una para todas…” aborda otra compleja personalidad. Nos encontramos con la insólita Dayana y cada una de sus mudas, todas antagónicas entre sí, contradictorias, irresolutas, ominosas unas con las otras. La técnica del narrador se ve desafiada por este difícil cuento donde en un mismo cuerpo abundan tantas aristas disímiles, tantos puntos de vista de esa inconmensurable personalidad femenina que solo alguien muy sensible en verdad puede llegar a tratar con hondura.

“Alicia a través del espejo” es por su parte de los cuentos más inquietantes del libro. Ya en varios relatos anteriores Eldys ha abordado en su obra el tema de los cambios de roles en niños y adolescentes. Son niños reprimidos por sus adultos y que una doble moral obliga todo el tiempo a vivir sojuzgados y ocultos en una personalidad otra, la que trajeron al nacer, o les fue impuesta de pequeños y que, sin embargo, no entienden como suya. Precisamente por eso, la Alicia de este cuento, que tanto tiene que agradecerle a la otra, la célebre Alicia de Lewis Carroll y que no vive justamente en un país de maravillas, únicamente puede ser reivindicada cuando “a través del espejo” o “desde el otro lado del espejo” aparezca Alex, su alter ego por excelencia, ese chico que es ella misma en sus imaginaciones y que la conmina a ser como desea y no como la miran los demás, aunque para ello deba correr todos los riesgos posibles o imposibles. Este cuento, escrito en la más pura técnica y estilo del autor nos devuelve al Eldys que todos conocemos por libros anteriores y que hace de la intertextualidad y el abordaje de conflictos morales una de sus esencias.

No podía faltar en este conjunto, para nada, un cuento como “La casa de la otra Bernarda Alba”. El libro no sería lo que es sin este relato que apoyándose en la intertextualidad lorquiana —e incluso en anteriores ejercicios de Baratute— nos teje una espeluznante fábula moderna del abuso de poder en un contexto cerrado y ominosamente represivo hacia la naturaleza femenina. La Bernarda de este cuento, aunque se pregone liberal y diferente a la célebre matrona lorquiana, a la postre deviene una represora intolerante y abusiva contra sus hijas. Todas y cada una de ellas devienen llamas extintas en el fuego abrasador y destructivo de una desquiciada pasión maternal. Pavorosa alegoría a cualquier sociedad que, bajo los preceptos de una moral determinada, sea capaz de ahogar hasta la muerte o la locura a sus propios hijos.

No podía escaparse el autor al mundo cotidiano y sus aires de falsa modernidad. Justamente por eso entrega el divertimento “Amor de 160 caracteres” en el que se traza un sencillo fresco de esa juventud que se aniquila con las abreviaturas de un teléfono celular y se priva de este modo de expresar en palabras hermosas todo lo que puede ser su sentimiento. Aunque cabría preguntarse ¿hay sentimiento en los jóvenes de hoy?

En “Jaque mate Capablanca” el autor vuelve a uno de sus recursos habituales que es el de superponer planos narrativos mediante recursos tipográficos o de composición de la página escrita. Dos acciones simultáneas, que se desarrollan durante una partida de ajedrez, nos van adentrando en otro conflicto, el del amor que se enfrenta al diferendo de las razas, que tan nocivo puede resultar para dos amantes como factor excluyente en cualquier sociedad.

Cuando ya casi pensamos que acaba el libro, llega el relato que le da título: “Deshojando margaritas” y que deviene uno de los más interesantes, casi un argumento de novela. La protagonista, Aitana, se levanta un buen día atacada por la desmemoria cuando no reconoce nada a su alrededor y se siente perdida frente a su espejo, al verse en un retrato con dos personajes mayores que dicen ser sus padres y luego al descubrir en una libreta escolar la carta que le habla del amor de un condiscípulo. Desde ese mismo instante, su mayor deseo será descubrir quién sea tan misterioso interlocutor y el cuento se va desenredando en la medida que debe discernir entre José Manuel, Octavio y Roberto, los únicos varones de su aula, pero el gran enigma será descubrir quién de ellos sea el autor de la nota. El devenir cotidiano de Aitana está lleno de sorpresas, contratiempos, equívocos, hasta llegar a un final abierto y sorpresivo que nos deja muy llenos de inquietud a todos sus lectores.

Como en toda su literatura, en Deshojando margaritas (historias de muchachas complicadas), Eldys Baratute diagrama una estructura llena de vericuetos que todo el tiempo atrapan a su indefenso lector. A gusto nos pasea por su universo femenino muy personal y nos demuestra que su creación, valiente como la que más, apuesta por lo difícil y un ejercicio constante de formas y temas, ejercicio este cada vez más depurado y que nos hace preguntarnos, no con alarma sino alegría: ¿narrativa solo para adolescentes?

Jorge Luis Rodríguez Reyes, 2018-01-24
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