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Un adolescente guerrillero

Fernando Carr Parúas  , 08 de diciembre de 2017

Un libro que desde el primer momento me entusiasmó acaba de ser publicado en septiembre de 2017 por la Casa Editorial Verde Olivo. Me refiero a Tan solo con 16, del general de División de la Reserva de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, Rogelio Acevedo González.

En el capítulo inicial, “Siempre fue una idea”, el autor expresa que, aunque subió a la Sierra Maestra junto a su hermano menor, Enrique, estuvieron juntos en diferentes momentos y fueron parecidas las dificultades y los éxitos, en otros instantes se encontraron separados por disímiles causas. Así, si su hermano Enrique publicó el libro Descamisados en 2008, él quiso narrar sus propias vivencias.

El libro aparece dedicado por Rogelio: “A cuatro heroicos combatientes hermanos míos, ya fallecidos, quienes me acompañaron como integrantes de las fuerzas que dirigí y poco se conoce de sus vidas y de sus destacadas acciones: Carlos Amengual García, Silverio Blanco Núñez, Emilio Morales Rodríguez y Carlos Coello”. Al finalizar el texto principal, en un aparte titulado “A la memoria de mis compañeros”, dedica otros textos a estos cuatro hermanos. También, le dedica espacios a otros compañeros y jefes: “El Che que yo conocí”, y en un anexo, a Ciro Redondo García.

Es conocida por todos la historia de la Guerra de liberación que se llevó a cabo bajo la dirección del Comandante en Jefe Fidel Castro y el Movimiento 26 de Julio. En este libro hay que significar que a sesenta años de aquella epopeya, el autor haya podido rememorar fielmente los pasajes tan interesantes que le tocó vivir, y haya escrito en un lenguaje tan fluido, tanto, que de una sentada se lee el libro, y convierte al lector en cómplice de toda la gesta, pero, en particular, en cómplice de estos dos niños-adolescentes no serranos (sino de ciudad), que nunca se rajaron y estuvieron luchando hasta el final, cuando para todos sonrió la victoria.

Es la historia de cómo dos hermanos en la primera adolescencia se enfrentaron en la ciudad de Remedios, donde vivían, en la antigua provincia de Las Villas, a las fuerzas de la dictadura batistiana, lo cual le costó cárcel a Enrique, y decidieron integrarse a las filas del Movimiento 26 de Julio que combatía frente a frente en la Sierra. Rogelio contaba con 16 años y Enrique solo con 14.

Un matrimonio que tuvo cuatro hijos y del cual ellos dos eran los mayores, estaba integrado por el asturiano Maximino y la cubana Luisa, Luchy. El padre había trabajado con tesón y logró ciertas comodidades, pero no se metía en política; la madre era una apasionada de las historias patrióticas cubanas y fue sembrando en sus hijos estos sentimientos. Continuadamente hablaba de Antonio Guiteras, que había sido asesinado por orden de Batista.

Esta situación acomodada permitió a los dos jóvenes pertenecer al Yacht Club local, practicar la natación en su piscina —Rogelio fue campeón— y codearse con aquellos de igual condición. Sin embargo, esto no impidió que tomaran una conciencia política contra los desmanes de la dictadura, y determinaran “alzarse”. Tal vez no imaginaron entonces, con esa edad, que tendrían que pasar por tantos contratiempos en el camino hasta la Sierra. Estudiaban el bachillerato en el Instituto de Segunda Enseñanza de Remedios, y allí coincidieron con algunos compañeros que también colaboraron en los sabotajes en que participaron.

Después de estar subiendo días por las elevadas lomas, al llegar donde dominaban las fuerzas del Movimiento 26 de Julio en la Sierra, fueron entrevistados por un trío de jefes, que ellos no conocían, pues solo sabían de Fidel; uno de ellos, el jefe, era un argentino al que llamaban Che, y los otros, Ramiro Valdés y Ciro Redondo. Después de la entrevista el Che los rechazó, pues dijo que el Ejército Rebelde “no era una creche”, pero insistieron valientemente y dijeron que no se iban, que seguirían a la tropa donde esta fuera. En definitiva, una media hora más tarde se les dijo que quedaban integrados. Rogelio piensa que dijeron eso último creyendo que, más tarde, ante tantas dificultades que pasarían, ellos “solitos” pedirían la baja. Fue el 3 de agosto de 1957.

Equivocados estaban, pues resistieron todo: el hambre, las largas caminatas subiendo montañas, vivir bajo duros aguaceros, cruzar ríos crecidos, internarse en pantanos malolientes, no poderse bañar en meses y pasar hasta 72 horas sin probar bocado. Y vencer el miedo. Es de admirar que el autor no tenga reparos en confesar que lo sintió; todo eso mientras participaban en combates —muchos de estos bajo el bombardeo de los aviones de la tiranía—, unas veces en las fuerzas de la retaguardia y otras frente a frente al enemigo, pero en cualquiera de ellos con riesgo para la vida. Quizás lo más difícil fue tener que enfrentarse a la muerte, pues en estos combates caían heridos sus compañeros y otros morían heroicamente, como el intrépido Ciro Redondo.

El primer año en la Sierra Maestra tuvieron un desempeño tal que los dos hermanos fueron escogidos para integrar la Columna Número 8 Ciro Redondo, que comandaba el Che, con la intención de invadir las tierras al occidente de la provincia de Oriente, la cual tuvo que enfrentar diversas dificultades y combates, que partió en esa misión el 31 de agosto de 1958. Para entonces, ya Rogelio era teniente. En uno de estos enfrentamientos, al sur de la provincia de Camagüey, por su arrojo, Enrique fue herido, y para allá fue enseguida Rogelio; lo llevó en un caballo a donde estaban los médicos. El Che dispuso que Enrique fuera llevado clandestinamente hasta la capital provincial para que pudiera restablecerse, y cuando estuviera listo volviera a donde se encontrara la invasión. Se dispuso que dirigentes provinciales del M-26-7 lo llevarían hasta allí. Hubo de cortársele la melena crecida durante un año y vestirlo de civil. En ese momento el Che le dijo: “Oiga joven, una última observación; ¡no se ponga por allá a hablar mierda ni a decir que es capitán, que usted solo es teniente!”. Y de esa forma tan pintoresca Enrique se enteró que había sido ascendido antes de partir para la ciudad de Camagüey.

Rogelio continuó en la invasión por el sur de Camagüey y por el sur llegó la Columna del Che a Las Villas, en la que participó en varios combates muy importantes para el Ejército Rebelde, como el de Güinía de Miranda, el de Placetas, pero antes fue el de Cabaiguán. En medio de ese combate el Che le dijo a Rogelio que se hiciera cargo del pelotón y, además, que Enrique estaba de vuelta, y a este se le asignaba como jefe de una de las escuadras al mando del hermano mayor. Al finalizar, rendidas todas las fuerzas militares de Cabaiguán, Rogelio fue ascendido a capitán.

Por último fue la Batalla de Santa Clara, donde las fuerzas rebeldes desplegaron una heroicidad increíble, luchando contra tanques que disparaban sus cañones y aviones bombardeándolos, ciudad que se rindió después de haber sido derrotadas todas las fuerzas de la dictadura por las tropas del Che, y junto con los triunfos que obtuvo Fidel en Oriente, y la rendición de los militares en Santiago de Cuba, dieron el triunfo al pueblo y al Ejército Rebelde.

Es de destacar que a lo largo del libro Acevedo resalta el valor y las virtudes de todos sus compañeros de lucha, la solidaridad imperante en la Sierra, así como la certeza —transmitida por el Comandante en Jefe y por el Che— de que triunfarían.

Al finalizar el libro está el Testimonio gráfico, con unas veinte fotos, desde una foto familiar cuando niños y fotos de la Sierra Maestra, hasta la victoria final.