Apariencias |
  en  
Hoy es sábado, 18 de agosto de 2018; 5:38 PM | Actualizado: 17 de agosto de 2018
Búsqueda de artículos
título
autor
Artículos en esta sección: 498 | ver otros artículos en esta sección »
Página

Rodolfo Alpízar y la construcción histórica en su nueva novela

Gertrudis Ortiz (Tula), 17 de agosto de 2018

Los primeros cincuenta años del siglo XIX fueron realmente convulsos para los estados esclavistas del Caribe. La revolución haitiana había dejado una secuela en que el miedo al negro era categoría principal para la vida de los criollos de Las Antillas y en 1844 la separación de Haití “como país libre” en el área había acentuado aun más las tendencias de ese terror, porque se hablaba y se había luchado además en otras partes de la España colonial y había países con  independencia y estados soberanos.

Unos años antes el abolicionista inglés David Tumbull visitaba a Cuba para hacer cumplir los tratados de la prohibición de la trata, como estaba en acuerdos entre España e Inglaterra, pero aunque el mantenimiento de las plantaciones esclavistas representaba un obstáculo para la inserción de los colonos caribeños en el mercado industrial de producción capitalista, el comercio de esclavos y la posesión de enormes cantidades de ellos en esas plantaciones, aun continuaba siendo una garantía para la obtención de ganancias que servían para enriquecer todavía más a quienes se dedicaban a este ejercicio económico.

La esclavitud, por tanto, continuaría durante muchos años más y con ella el aparato represivo que convertía a una enorme masa de hombres y mujeres en seres sin destino, sin rostros y a otros hombres en verdugos, de actuaciones execrables.

El núcleo temático de la novela Robaron mi cuerpo negro, del escritor cubano Rodolfo Alpízar, publicada por la Editorial Letras Cubanas, se sitúa precisamente dentro de esa realidad concreta, en una construcción de ficción, pero con un sustento histórico que nos es legítimo y nos pertenece.

A esta altura, llama la atención lo que puedo considerar casi como un sistema de estudios en la contemporaneidad sobre el tema, varios textos literarios y ensayísticos se refieren actualmente a sucesos que evalúan el papel del negro en la formación de la identidad cubana y que ya tienen seguramente, un lugar en los eventos que perpetúan desde el proyecto de la UNESCO “La ruta del esclavo”, un pasado que nos compromete y que mucho ha determinado en los procesos de reivindicación de lo social en Cuba.

En su estrategia discursiva, el autor, muestra sus acuerdos con el canón de la novela histórica, pero marca diferentes puntos de vista como narrador para permitirnos la diferenciación entre lo omnisciente, con las entradas de los puntos de vista del historiador y los personajes en diálogos bien intencionados, con los que propone una evaluación de los sucesos por el lector, con el que sostiene una comunicación que moviliza las estructuras de la novela.

Es original, en mi opinión, el percutir en lo narrado de un evidente choteo en torno a lo que supone conocido, el choteo aquí es escritura y crítica, una argucia inteligente porque habla de lo histórico, un distanciamiento entre los hechos que ya son tradición cultural, y su manera de enunciarlos.

El choteo como lo definió Mañach es un hecho psicológico que apunta repugnancia hacia la autoridad, para Alpízar la acumulación de ese conocimiento es necesario, pero debe expresarlo de otra forma de manera que su información sea, en este caso como un catalizador de la barbarie, como un fiel en la balanza que  pone en cierta forma una medida sobre lo ya planteado antes, y su choteo, no devalúa el peso de la tragedia, es por tanto válido como hecho de resistencia y denuncia, para que el lector perciba el hecho también con maneras llena de razones y en el marco de la lucidez.

Lo vigoroso del lenguaje, define el eje de una violencia contextual, que es una de las características principales de la fábula, violencia que se manifiesta en la caracterización física e ideológica de sus personajes, en su transcurrir hacia un clímax detonante, violencia que se incluye incluso en los momentos de mayor lirismo que tiene el relato, y que en lo que a mi respecta encuentro magistralmente engarzados en las tramas La balada del inocente, en Cosas de comer o no comer y en el episodio del gallo, episodios, donde Alpízar se revela como un seguidor del realismo mágico, que es consecuente con la narrativa latinoamericana  de la modernidad.

Llamo la atención hacia el pensamiento y la memoria que expresan los esclavos, pensamientos que tienen la familiaridad, y no puede ser de otra manera, con pensamientos del dominio de lo abstracto que ya vimos en el Makandal de Alejo Carpentier en El reino de este mundo, en Robaron mi cuerpo negro el recurso de la transformación en ave, o en otros animales como parte de las fantasías mágicas permite que las atmósfera se transformen en metáforas, en un recurso de elevado sentido estético.

Es cierto que la novela insiste en escenas de sexo real o imaginado, y no lo considero en modo alguno como limitación, sino todo lo contrario; es una expresión en contra del maniqueísmo, de la manera en que en otros ocasiones se dibuja este hecho, siempre desde el gusto, la recreación, la violencia, la marginación hacia otros seres, el sexo sirve entonces para demostrar la superioridad de unos sobre otros, no es el caso aquí, Alpízar se aleja de  esa  manera en que en cierta forma al estilo occidentalista  se dan esos hechos, de manera tradicional, para hacer crecer el alma , para el goce, para el sufrimiento, el autor se compromete con una sinceridad notable en lo neurótico de las actos sexuales y sensuales, no corre el riesgo de quedarse en los atajos, va directo al punto, desnuda las expresiones y marca el hecho como violencia también , más apegado a la noción freudiana en la esencia de sexo  como conformador de la naturaleza, en el historial de los seres humanos, en la formación de sus personalidades, en el crecimiento de individuos, de  su conciencia como seres vivos, en la que el resultado final es esencial. Blanco Gordo es un abusador, pero es también un hombre infeliz. Así lo ha definido la práctica del sexo.

El papel que les otorga a los personajes femeninos negros los enaltece, están las criadoras que llenan el espíritu de los niños negros esclavos con la ternura y la sabiduría del Africa lejana y ancestral, un Africa que va y viene reafirmándose por tanto en cada nueva generación.

Se agradecen las figuras de Jacinta y Fermina, en su adelantarse, en ser distintas, en ir con otra mirada, un paso más, un hecho que he estado pidiendo a las novelas cubanas y sus mujeres negras, que tiene antecedentes en lo universal en Melantha de Gertrude Stein, en la Lucía de Santa Lujuria, de Marta Rojas, también publicada por Letras Cubanas en las mujeres de En la prisión de los sueños, de Eliseo Altunaga y en la Úrsula Lambert del filme Roble de olor, de Rigoberto López.

Finalmente quiero decir que la novela define: hombre es más que blanco, más que negro. Estoy parafraseando algo muy conocido para concluir que Alpízar nos da además de un hecho histórico, de la singularidad de la heroína que describe, amén que existiera en la realidad, un mosaico de la vida en las colonias donde aunque sabemos de la existencia de opresores y de oprimidos, finalmente y de cualquier manera eran también hombres y mujeres de carne y de espíritu formados en una vida que les dio un resultado lleno de matices y que tuvieron que decidir.

Juan C. García Guridi, 2018-08-03
Madeleine Sautié, 2018-07-31
Fernando Rodríguez Sosa, 2018-07-06