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Antonina: un acto de fe

Noël Castillo, 13 de mayo de 2019

No ha de extrañarnos que el jurado del premio Hermanos Loynaz (2016) otorgase el galardón, en la categoría de Literatura para niños y jóvenes, a un libro como ¡Antonina, no te rajes! (Ediciones Loynaz, 2017), de Maylén Domínguez Mondeja. Su concreción llega como un soplo de aire a ventear el panorama escritural, un tanto viciado por modos y temas en extremo manipulados, del género en la Cuba de hoy.

Antonina, la protagonista, sintetiza en su encantador optimismo las intenciones canónicas de un así debió ser que nos involucra como habitantes de un mundo que anda a prisa y suspira poco. Cierto es que a la pitonisa y consejera sentimental, que ya conociéramos en el libro inicial de la saga (Los poderes de Antonina), las cosas generalmente le pueden salir mal, y que nosotros, en nuestra capacidad participativa de lectores, estamos casi seguros de que así será, porque en su sueño de vivir pesa mucho la ingenuidad, o una positividad que se dará de bruces contra el entorno y las miserias humanas. Mas Antonina no ceja… y ese empeño nos enternece.

Como si a la autora estos desvíos no parecieran importarle ha creado para su personaje una disposición de peripecias que la pondrán a prueba (y a nosotros con ella). Marcada por el estigma de una maldición familiar, la ahora feminista militante decide entregarse a nuevas pulsiones. Aquella Antonina que nos adivinaba un futuro nada adivinable, o nos compartía, como una especie de Miss Marple del pecho, las experiencias vitales que la llevaron a esa sapiencia chirriante, está inmersa en esta nueva entrega en el mundo de las redes sociales y los congresos. Cientos de seguidores, miles de likes, entretejen la telaraña de su día a día… Mas eso no le basta, por su condición de eterna inconforme. Mucho menos la arredran la complejidad de un proceso burocrático o lo pedestre de sus recursos.

El sustrato del libro, que puede ser leído con toda la picardía y el asentimiento por mayores de doce años, es referencial para bien. El eco del corrido mexicano que da rienda suelta a la conocedora de almas, desde el propio título, se fortalecerá mediante la aparición de La Malinche, todo un símbolo —por mujer, por ser hija de este Nuevo Mundo que, más que envejecer, se ha enquistado; por mediadora de lenguaje que fuera, y que ahora se torna en una especie de autoconsciencia para Nina—.

El sentido del humor que da cuerpo a las historias enmarcadas es delicioso. En el mejor estilo de un realismo mágico, la protagonista nos trama una genealogía del desespero para las mujeres de la familia. Aquí la nota del narrar oral —a partir de cierta ruralidad en el pedigrí de la protagonista— se enseñorea… pero también un lirismo de esencias, toda vez que quien escribe es una poetisa, y quien la representa a nivel de idiolecto se empeña en detectar belleza, a pesar de las situaciones más descacharrantes.

Es esa la dualidad que sopesa la presente novela: de un lado el narrar ancestral o fatalista, del otro la funcionalidad modernista (Facebook y su entramado); desde ambas posturas del reto escritural, la autora emerge airosa. Lo ha logrado con una ironía suave y con la disposición de los matices de la hipérbole —tan del gusto de la narrativa latinoamericana—, pero también con el reciclaje del kitsch, la nota efusiva y el pastiche de una postmodernidad que no se sonroja por intervenir.

Encontraremos en la urdimbre de los capítulos referentes, así mismo, a personajes de la saga que vuelven, una y otra vez, a complicar la simplicidad con que Antonina quiere ver el mundo; referentes también a la cultura de masas, el cine y la literatura que conforman su universo, porque la protagonista, a qué dudarlo, también pretende mostrársenos como un ser espiritual y culto.

Mas, en esa intención sardónica hay también mucho de auto-reflexividad y de auto-reconocimiento, razones por las que el personaje, salvándose, nos salva… Ahí, quizás, subyace la clave que determina su pertenencia a ese subgénero impreciso que llamamos “literatura juvenil”, porque los menos experimentados —vitalmente hablando— harán de estas derrotas y de estos deseos una lectura sesgada, pero no menos rica.

Queda agradecer a una Maylén, involucrada en el acto de fé, por mostrarnos esta otra arista de su creación; por haber dado cuerpo y rostro a un personaje sui géneris que continuará dando guerra —también consejos y previsiones, y también enlazándonos con un pasado glorioso, por rancio e identitario— en el terreno de la literatura infanto-juvenil.

La expectativa es alta porque se trata de un libro leíble y amable. Esperamos que, como en el famoso corrido del que se apropia la feminista de estas anécdotas, la otra feminista convencida que es Maylén Domínguez tampoco se nos raje.