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El vampiro vegetariano de Carlo Frabetti

Alina Iglesias Regueyra, 04 de noviembre de 2019

Hace ya una década, la editorial Gente Nueva publicó en su Colección Ámbar Juvenil, un delgado libro de curioso título. Con edición de Josefa Quintana Montiel y diseño de Nydia Fernández Pérez, contaba con ilustraciones expresionistas de la mano de Nelson Ponce, quien a través de agresivas manchas lograba siluetas y figuras que aludían a los protagonistas de la narración. A partir de ellas, el diseño de cubierta de Armando Quintana Gutiérrez presentaba grandes contrastes verdirrojos que llamaban la atención de los más chicos.

Dedicado admirable y jocosamente a su progenitora, «que conservó la juventud sin necesidad de morder a nadie», Carlo Frabetti nos entregaba El vampiro vegetariano, que había visto la luz previamente por Ediciones SM, del 2001 al 2005, en su colección Barco de Vapor Naranja, para infantes de 8 a 12 años que cursaban los últimos grados de enseñanza primaria, una segmentación etaria muy útil para los públicos meta y para quienes están a su cargo.

Recordemos que este matemático, escritor y guionista audiovisual nació en Bolonia en 1945, si bien reside en España desde los ocho años, por lo cual escribe en nuestra lengua. Así, expresándose en ella, ganó el Premio Jaén de Narrativa Juvenil con el libro titulado El gran juego, y fue finalista del mismo con El ángel terrible (ambos títulos publicados en Cuba). También es ganador del Premio El Barco de Vapor del año 2007 por el libro Calvina, a la luz por Gente Nueva en su Colección Veintiuno, al igual que los protagonizados por el enano Ulrico, personaje muy querido por los lectores de todas las edades, entre otros volúmenes que suman alrededor de cuarenta.

El argumento de El vampiro vegetariano presenta a Lucía y Tomás, dos amigos de 12 y 10 años respectivamente, quienes reciben con desagrado la noticia de la mudada a su vecindario de un extraño con pinta de ser un asesino de niños. En el edificio vive también Rosaura la portera y la hermosa Camila, joven llena de secretos, por la cual todos parecen sentir una predilección desmesurada a raíz de su belleza física y su buen carácter. Con el desarrollo de la narración, se logrará develar todos los misterios alrededor de cada personaje.

Las palabras promocionales de la edición cubana: «¿Confiarías tu vida a un vampiro? ¿Le darías tu sangre para que duerma con su sabor en la boca? ¿Y si descubres que hay vampiros que se alimentan solo con jugo de tomate, ¡que hay vampiros vegetarianos!? Te parecería un poco raro, ¿verdad?», invitan a los más chicos a la lectura de un texto que juega con dualidades como esencia-apariencia, mito-realidad, bondad-maldad, juicio-prejuicio, libertad-responsabilidad, siempre a través del cristal con que mira el autor, muy dado a proponer temas para el razonamiento y la valoración moral, además del disfrute estético y literario que entraña su obra toda.

La dramaturgia es ágil y no permite abandonar la aventura en ningún momento; el lenguaje directo y claro, sin descripciones cargantes, permite imaginar el aspecto de cada personaje con bastante libertad a partir de la sugerencia de unos pocos rasgos. La acción se ubica a cualquier hora del día, madrugada incluida, así como en lugares poco comunes para la infancia, como las criptas del cementerio. La fantasía presente en las leyendas medievales que utiliza el autor se entremezcla con las peripecias que se suceden sin demora, hacia un clímax bien logrado y un final que quizás muchos hubieran deseado prolongar más, pero que deja opción a la imaginación de cada lector para seguir suponiendo lo que vendrá y que el creador deja en vilo a través de misiones encomendadas, compromisos contraídos y secretos bien guardados.   

Es esta una pieza que reconforta y ofrece la posibilidad a la niñez de confiar en el ser humano a partir de caracteres no humanos, que muestra la voluntad y el deseo de hacer el bien a lo demás como los motores principales de la paz y el entendimiento entre entes totalmente opuestos por tradición e historia,  cuyos devenires se pueden transpolar a las vivencias más inmediatas desde puntos de vista personales, familiares, sociales, nacionales e internacionales. Podría decirse entonces que es un libro didáctico en el sentido más metafórico, sutil, artístico y solapado, con todos los ingredientes que un buen escritor para la infancia puede añadir a sus letras.

Sugerimos a padres y maestros buscar en bibliotecas y librerías este ejemplar literario para alimento espiritual de quienes deben lidiar diariamente con la comprensión y aceptación de un mundo adulto lleno de imperfecciones y problemas, pero susceptible de mejoras en todo sentido, en el cual, tarde o temprano, deberán esas personitas dejar su huella.
 

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