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El arroz de la locura, de Legna Rodríguez

Alina Iglesias Regueyra, 05 de junio de 2017

Una cubana viaja a la República Dominicana por motivos de trabajo y se queda a vivir en ese país caribeño junto a un escritor que conoce. Un año y medio después manda a buscar a sus dos pequeñas que había dejado con la familia en Camagüey, ciudad del centro de Cuba, de donde es oriunda. Más tarde le nacerá un tercer hijo.

Al cumplir cinco años, la madre decide llevar al pequeño a conocer la tierra donde ella nació y de donde partió pensando regresar. Las contradicciones familiares que hallará a su regreso, el deterioro material y el contraste de sus recuerdos juveniles con el presente, serán fruto de angustias y reacomodos para ella; sin embargo, para su hijo será toda una aventura.

Este es, a grandes rasgos, el argumento del texto que hoy les propongo, publicado por la editorial Gente Nueva en el año 2015 bajo el título El arroz de la locura, de Legna Rodríguez Iglesias, en el apartado Juvenil de la Colección Veintiuno, al cuidado de su fundador, el escritor, poeta, editor, investigador y promotor literario Enrique Pérez Díaz.

Con excelentes edición y corrección de Aldo Gutiérrez Rivera, un acabado diseño y composición de Marla Albo Quintana e ilustraciones interiores y de cubierta pertenecientes a la pintora puertorriqueña Mónica Parada, el texto se divide en tres partes de 20 simpáticas viñetas cada una. Las partes se titulan “Tercera Persona. El nacimiento”, “Segunda Persona. El viaje”, y “Primera Persona. La locura”.

La primera es contada por un narrador omnisciente, podría decirse que desde el punto de vista de las hermanas Lahsa y Lahna hasta la viñeta número 11. Describe el ambiente hogareño de la casa de Camagüey, los preparativos para la emigración materna, la zozobra que sienten las hermanitas ante la partida de esa importante figura, luego la reunificación familiar y la llegada del hermano. A partir de la viñeta 12 y hasta la 20, el “escritor famoso” pasa a ser llamado “papá”, y el relato se centra en el recién nacido, tornándose difuso y, en menor medida, neutro, el punto de vista inicial.

La segunda y tercera partes están narradas desde la óptica exclusiva del pequeño, y se centran en el viaje a Cuba, aunque, tal como se titulan, una cuenta en segunda persona y otra en primera, cual si el protagonista se hablara a sí mismo de manera especular, y luego de manera directa, confesional e íntima. Ambas transcurren paralelas en el tiempo sin narrar o describir exactamente las mismas peripecias, siendo visiones distintas de una única realidad, lo que resulta muy atractivo y enriquecedor para el lector, ante un hecho que, por común en la actualidad, podría ser considerado intrascendente. Se reincorporan personajes abandonados tras el segmento inicial, como la abuela, nombrada ahora intencionalmente Mami Cuba, los tíos y primos que los reciben, los animales domésticos como la perra Habana Chiquita, y en estas relaciones constantes la ingenuidad infantil es empleada como punta de lanza literaria para fabricar un mundo más allá de lo aparencial, donde lo simbólico y metafórico llegan hasta fronteras esencialmente líricas.

La visión de Cuba contrasta en dos tiempos: antes y tras el regreso de la madre. En este último tiempo, la percepción del niño y su progenitora prácticamente coinciden ante el extrañamiento experimentado por ella, provocado por la ausencia y el retorno, donde ya nada será igual a sus remembranzas, pues la emigración le otorga una mirada nueva que evalúa desde la distancia: se le presenta un ambiente rural, casi feudal, dentro de la ciudad, descuidado y polvoriento, donde las personas se preocupan más por la diversión que por las formalidades ante la imposibilidad económica de mejorar materialmente el entorno, y conviven entre sí de manera desprejuiciada y a la vez, conformista. De ahí la definición de “locura” en el título del libro, que contrasta con el orden-cordura y la limpieza de la vida del otro lado del mar:

El castillo donde vive la familia te parece un lugar muy agradable, un poco despintado, algunas telarañas, algunas puertas zafadas y tres o cuatro ventanas flojas (…). (p.36)

El castillo se llama Cuba y está lleno de seres humanos que hablan como su tuvieran un micrófono en la boca. Primero inician discusión pero después se abrazan. (p.47)

Los niños pobres que viven cerquita de la casa vienen todos los días a jugar conmigo. Yo veo que son pobres pero mi tío dice que no, que aquí todos los niños son así. (p.66)

Definiciones escuetas y precisas, plasmadas de golpe a través de imágenes certeras, reflejan la actualidad cubana desde los ojos de este niño que asume su pertenencia al 50 % y no se quiere ir, al menos “no tan rápido” (p.39). Igual el tema del desarraigo está muy presente, plasmado en el llanto constante de la protagonista adulta que se debate entre emociones y valores tan disímiles como la culpa, el deber, el sentido de pertenencia familiar (y nacional), la reafirmación personal y la aceptación de los otros.

Un libro con distintos niveles de lectura que incitan a cada edad a interpretar según sus experiencias de vida y sus anhelos, frustraciones o logros, es este que nos presenta Legna Rodríguez, para continuar armando el rompecabezas que es Cuba, desde dentro y más allá del mar.

 

Editado por Yaremis Pérez Dueñas