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Invisible a los ojos

Enrique Pérez Díaz, 13 de mayo de 2019

He aquí mi secreto, que no puede ser más simple:
solo con el corazón se puede ver bien; lo esencial es invisible
para los ojos
.
El Principito. Antoine de Saint Exupéry 

 


Uno de los rasgos más sobresalientes que caracterizan a la literatura para niños de las últimas décadas es la enorme mezcla de estilos que ostenta, en una amalgama de formas de narrar que, de una parte acuden a lo intertextual cinematográfico y de la otra retoman hábilmente lo mejor de la tradición de los cuentos feéricos y los folclóricos.

Yordán Rey Oliva (La Habana, 1982) es un singular poeta y narrador, que viene asombrando con sus creaciones para los niños. Es graduado del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso y entre sus publicaciones sobresalen Teresa Valdés del Pueblo de Quita y Pon, Editorial Unicornio, en el 2016; El caserón de la curva, Ediciones Áncoras, en el 2017, y Cantar del niño nunca robado, de GEEPP Ediciones, 2018. Su obra es acreedora de diversos premios y está incluida en varias antologías cubanas y extranjeras.

La editorial Unicornio me convoca a presentar el segundo libro de Yordan publicado por esta casa artemiseña: El asteroide B610, ingeniosa parábola inspirada en El Principito, de Antoine de Saint-Exupèry, mediante la cual Yordan, que es un verdadero narrador con todas las inquietudes del siglo XXI, entrega una obra sugerente, portentosa y llena de caminos misteriosos que todo el tiempo nos amarran al cómodo asiento de una placentera lectura.

Un día el Pequeño Príncipe ve flotar a un peculiar Niño Azul que, cual estrella fugaz, pasa por el firmamento pendiendo de hilos misteriosos como parte de un vuelo de aves migratorias. Desde ese momento, se hace más que evidente el desinterés del emblemático personaje universal por lo que hasta ahora ha constituido su universo, aquel que el autor francés imaginara para León Werth, su amigo preso del fascismo, y que le inmortalizara por siempre. Ya no le interesa esa rosa única en el mundo que antes adorara. Le da igual si la oveja come cuanto le plazca o que un Baobab llegue a crecer al punto de hacer explotar su asteroide. Algo (o más bien, mucho) ha cambiado en él, quizás para siempre.

Siguiendo la impronta de la obra que le nutre e inspira y que ha sido asidero espiritual de tantos humanos en el siglo XX, el autor nos lleva a un nuevo viaje por el firmamento estelar. Pero este será, a la vez, también un regreso a las cosmogonías más antiguas y una venturosa mirada hacia un futuro de paz, aun en tiempos en que se habla de una devastadora guerra cósmica.

El salto estilístico que da Yordan en este nuevo libro informa de su bien ganada madurez en el oficio literario y su soltura y libertad escritural, sobre todo por el modo atrevido en que su historia va hilvanando una propia mitología muy personal (aunque nutrida de la savia de la tradición) y los mitos más intensos (por así llamarles) de los cuentos clásicos para niños. Así, mientras viaja en pos del mítico Niño Azul, el Principito aprecia de nuevo virtudes y defectos en cuantos personajes se tropieza en el espacio —y que le recuerdan al banquero, el faroleo, el borracho y tantos otros que le acompañaran en su viaje anterior. A la vez, va madurando espiritualmente hasta el punto de negar su propia historia y centrarse en su desvelo por conocer la suerte de ese apenas intuido niño quien, como él, peregrina por un espacio de incertidumbres y sorpresas.

El relato se torna tropeloso al punto de que tradición y non sense se van aunando con tal de darnos una acerva crítica a las convenciones y poses excluyentes de las sociedades actuales, represivas en su esencia catalogadora de los humanos, cerradas hacia aquello que puedan considerar diferente, tendencia que las hace discriminatorias y hasta homofóbicas en grado superlativo.

Mientras el Principito busca su verdadera esencia en la vida, la historia se complica y en su viaje caerá en el mágico mundo de Lewis Carroll donde Alicia, la Liebre Marceña, el gato de Cheshire y la Reina de Corazones revelan sus caprichosas verdades, para capítulos posteriores dar paso a la inefable Mary Poppins, venida a menos como niñera frente al acelerado desarrollo de la tecnología que convierte a los niños en criaturas robóticas y a un Matías Pérez volandero, mitad real mitad fantástico, peregrino errante convertido en leyenda tras su desaparición en globo y que sirve de trampolín entre los mundos celestes.

La esencia vital de este Principito ya no es ser domesticado sino justamente todo lo contrario: amar sin ataduras a eso que considera su ideal de amor. Poco importan las costumbres, la forma, incluso el sexo de la criatura soñada o lo que piensen los demás o intenten inculcarle. El niño de cabellos de trigo rechaza cualquier arquetipo —incluso aquellos que le marcaron en el relato original tan trajinado por unos como sacralizado por otros— y nos da una original estirpe renovada del personaje.

Tamaña osadía la de un joven narrador, vapulear a su antojo y con tanto acierto a un clásico de la literatura universal. Pero Yordan es alguien sumamente sensible, inteligente y hábil. La historia, que luego transcurre entre ninfas acuáticas de apariencia fantasmal, la propia Bruja Baba Yagá con sus carnívoros apetitos jamás saciados y hasta un torpe y acomplejado carpincho que sueña ser estratega general, conduce a increíbles predios de crítica, sarcasmo y humor. Además de los hitos de la literatura infantil juvenil universal, Yordan hace gala de su imaginación personal para regalarnos otros personajes de su propia invención como las pintorescas hermanas: la frabullosa y doña Gioia o la rusalka Myre, o hasta un pájaro que da cuerda al mundo retomado de Haruki Murakami, o la capitana Teresa Valdés del Pueblo de Quita y Pon, protagonista de su primera noveleta para niños.

Sin embargo, en realidad veremos que el relato nos conduce a un solo lugar. El Niño Azul es el único asteroide donde desea vivir el Principito. Sin divorciarse de esa mítica que le precede en el libro de Exupèry, cuyas citas entretejen la novela junto a haikus, poemas y canciones que dibuja impecablemente el propio Yordan, solo existe un objetivo en este conocido personaje que ahora se revela en una dimensión menos infantil: viajar hacia el planeta del amor. Y el amor será justamente su alma gemela o Anam Cara. Quizás se llame Krishna como es el caso, o de cualquier otro modo, él llega para dotar al personaje, no solo de una filosofía ancestral venida desde el Oriente antiguo, sino de una libertad espiritual y de acción que le redime de cualquier domesticación posible que alguien intente contra su esencia vital.

El asteroide B 610 es la inteligente y atrevida propuesta de viaje y crecimiento humano que en este insólito libro —ilustrado por Jany Cabrera Solzona y que editara Berkis Aguilar Mazola—, nos propone Yordan Rey para que nos liberemos de toda atadura al iniciar un vuelo libre hacia su fantasía. Es un libro sin edad, que a muchos podría perturbar por la esencia que sus páginas transmiten, por el jocoso ingenio que en algunas situaciones emplea su autor, pero que viene para alertarnos que la esencia que más debe proteger un humano es sencillamente su propia autenticidad, su sino y razón de ser. No hay mejor manera, ni otra forma posible, de ser auténticamente libre.