Apariencias |
  en  
Hoy es lunes, 20 de mayo de 2019; 5:12 PM | Actualizado: 17 de mayo de 2019
Búsqueda de artículos
título
autor
Artículos en esta sección: 318 | ver otros artículos en esta sección »
Página
Historias detectivescas para niños (I)
Enrique Pérez Díaz , 08 de mayo de 2008

También ellos (los niños) –sobre todo ellos– aman el suspenso, la acción vertiginosa, los misterios impenetrables que se vuelven luminosos hacia el final de la historia.
Marc Soriano

La vida tiene también su cara maligna y esa no debe ser disimulada nunca porque una verdad a medias nos es verdad. Y no debe ser disimulada ni escondida, menos que a nadie a aquellos que un día u otro tendrán que encontrarse con ella y que incluso están llamados a buscarla, donde quiera que se embosque, para presentarle batalla y ayudar a destruirla…
Mirta Aguirre

La historia de la literatura policial como género, de alguna manera está asociada a la necesidad de los hombres por experimentar el temor ante lo desconocido, espeluznante y prohibido; por aquello que a la vez les avergüenza y seduce, les aterra y atrae.

Si para algunos el padre del género fue el inglés Wilkie Collins –autor entre otras, de las magistrales novelas gótico-policiales La piedra lunar y La dama de blanco– y para otros el tormentoso y siempre alucinado norteamericano Edgar Allan Poe, a quien se le aclama como el mejor de todos los tiempos por sus cuentos o Los crímenes de la calle Morgue, La carta robada o El misterio de Marie Roger, el teórico francés Marc Soriano se va a mucho más allá al situar los orígenes del género en los llamados canards, aquella literatura de cordel que, a partir del siglo XVI se vendía a niveles populares, como luego ocurriría con los diarios más sensacionalistas, para detallar pública y masivamente los sucesos más terroríficos y escalofriantes.

Esta especie literaria, sin embargo, en verdad solo se puede tomar como un antecedente porque lo cierto es que solo la novela de Poe, la de Collins o luego la obra íntegra de Conan Doyle serán las que impriman al género un estilo diferente, característico, estilo que le ha permitido –con sus altas y sus bajas- trascender hasta nuestros días.

Como en toda la historia de la literatura universal en este –género para unos o subgénero para otros– los niños se han adueñado de aquello que mejor les pareció y así, desde sus comienzos mismos, hicieron suyas las historias donde aparecían detectives tan atractivos como Dupin, Holmes y su inseparable Watson, Miss Marple o el atildado y maniático Hércules Poirot.

¿Cuál es la esencia del policial, sin embargo?

Podría decirse que mantener al lector en vilo todo el tiempo, como en una especie de cuerda floja eterna sobre la cual no se puede tambalear por el peligro de caer en el vacío. Una caída podría desviar la atención del hilo de la trama y perderse luego la esencia de aquello que se cuenta. Esa cuerda floja que da naturaleza al conflicto es la siguiente: siempre se produce un choque de fuerzas, entre el represor y el reprimido, aquel que ha cometido un delito impulsado por los más altos o bajos fines y ese otro que habrá de capturarlo, castigarle y evitar la futura comisión de otro delito. En tal lance, puestas las cartas sobre la mesa, el lector deberá alternar sus simpatías entre uno y otro y a veces (o en muchas oportunidades en realidad) la balanza se inclinará a favor del criminal, pues ¿no es este –al fin y al cabo– un producto de la sociedad y quien precisamente rompe sus reglas?

En general, los detectives devienen –salvo excepciones– seres llenos de manías, esquemáticos y hostiles pues en su esencia represiva solo buscan imponer el orden, la (su) razón, mientras a los criminales les mueven fines más, digamos que “literaturizables” –para sintetizarlo mejor– como pueden ser la venganza, el amor, el deseo de sobrevivir en un mundo de ricos y pobres o quizás esa siempre enigmática sed de asesinar que a algunos caracteriza.

La literatura universal está llena de obras donde el leit motiv policial está presente de alguna manera más o menos evidente según el caso. No podemos olvidar la creación de Dostoievski, Balzac, de las propias hermanas Emily y Charlotte Bronte y hasta de alguien como Víctor Hugo quien, en Los Miserables, propone la lucha de contrarios delincuente-represor, que se puede identificar en las figuras de Jean Valjean y Javert.

La otra característica común a todo policial es su gran dosis de suspenso y acción. Si desde el primer momento conociéramos al asesino ¿qué más podrían darnos después para distraer nuestra atención? En oportunidades, hay novelas tan excepcionalmente bien escritas que desde el inicio encontramos al victimario, pero entonces será la víctima, el lugar del crimen o el motivo que llevó a… el asunto a despejar por el lector.

Siempre incógnitas. Siempre caminos enrevesados. Siempre pistas falsas, por doquier; miradas sobre el hombro ajeno, voces disimuladas por un pañuelo ante el teléfono, nombres que se parecen y producen el equívoco, gabardinas y sombreros alones que ocultan un rostro y una identidad y, hasta identidades cambiadas equivocadamente.

Por eso, no hay nada más parecido al género de aventuras que la novela policial. Esta es, por esencia propia, aventurera, indócil y sorpresiva. Nuevamente estamos llegando al por qué los niños y adolescentes la hacen suya, con esa ancestral pasión hacia lo prohibido y secreto que inútilmente sus padres tratan de reprimir.

Julio Verne, un autor que devino “para niños”, comprendió la importancia del subgénero para sus novelas y a varias de ellas –La Jangada, Norte contra sur, Los hermanos Kip, Matías Sandorff– las dotó de elementos de indagación policial, si descontamos que en general su obra contiene suficientes dosis de suspenso para mantener al auditorio (infantil o adulto) sentado durante horas, los ojos fijos en el libro, cortada la respiración.

Dejando de lado a Verne, no será hasta la publicación de Tom Sawyer detective (1878) que el genial Mark Twain regale a los niños una novela policial expresamente escrita para ellos. El inquieto amigo de Huckleberry Finn ya se había visto envuelto en un problema policial en su primera aventura, sobre todo cuando debió alternar en parajes misteriosos con aquel temible Indio Joe, tan rápido con el cuchillo a la hora de ajustar cuentas.

Incluso, mirando atrás, en la huida de Huck con el negro Jim a lo largo del río Mississippi ¿no hay toda una historia policial? No olvidemos que Jim escapa de la justicia y ha decidido quitarse él mismo las cadenas de la esclavitud y, hablando en plata, aunque Huck es un menor todavía, será el cómplice perfecto.

Robert Louis Stevenson, inmortalizado más por La isla del tesoro que por cualquier otra obra suya, si descontamos esa trepidante aventura de piratas y bandidos fue, sin embargo, un autor muy adicto a los cuentos de horror y misterio, como en general casi todos los ingleses que se precien de serlo, verdaderamente amantes y creyentes en fantasmas, páramos misteriosos y aparecidos. ¿Pero no es acaso la travesía de Jim Hapkins una especie de relato policial donde hay unos hombres justos que intentan reprimir a los piratas para quedarse ellos el tesoro? ¿No cede el pequeño ante los innobles fines de los “malos”, animado a veces por la simpatía que le transmite el carismático John Silver, apertrechado de un papagayo parlanchín?

Si nos detuviéramos en Dumas, ese autor emblemático del género folletinesco, advertiríamos de inmediato elementos policiales dentro de sus obras: ¿Qué es Edmundo Dantés, el famoso Conde de Montecristo, sino un asesino en ciernes sediento de venganza? ¿Entre cuántas intrigas no se debaten Los tres mosqueteros, aún Veinte años después? ¿Y Milady, esa especie de cortesana a lo Lucrecia Borgia en la era de los Luises, no es una calculadora asesina como aquellos cardenales Richeliú y Mazarino que no vacilaban en cualquier hecho de sangre con tal de mantener su poderío?

Ya en el siglo XX será Erich Kaestner (Premio Andersen 1960) quien regale a los menores su inigualable Emilio y los detectives (1928), que ni él mismo, con su magistral oficio, fue capaz de superar en la segunda parte Emilio y los tres mellizos. En Emilio…, un niño es robado en un tren por un pillo ratero, el protagonista se torna luego en ente colectivo, cuando los chicos de la capital juran capturar al delincuente y devolver su dinero a ese pobre muchacho recién llegado del campo. Es admirable el modo en que Kaestner hilvana una trama ágil, llena de suspenso y aventura, para dar, no obstante, serias lecciones de ética y humanismo, como en toda su obra.

En libros posteriores como El hombre pequeñito o El hombre pequeñito y la pequeña Miss se reitera el elemento policial, cuando el protagonista es raptado por unos inescrupulosos comerciantes que desean exhibirlo en un circo, como si se tratara de un fenómeno.

Después de Kaestner –o simultáneamente, es algo muy difícil de afirmar dada la profusión de obras surgidas en esa misma época– se produce una especie de diluvio: ingleses, franceses, norteamericanos y hasta los suecos van a la carga creando largas series de policiales para niños y adolescentes.

Tal vez la más famosa internacionalmente (y la más favorecida con el producto de sus ventas) sea la británica Enid Blyton, autora de centenares de libros para niños y adolescentes. Blyton, que parece haber escrito algo diferente cada día de su vida –o que redactaba a velocidades supersónicas para su época, si se mira su infinidad de títulos– creó varias series de personajes episódicos que durante generaciones divirtieron y todavía divierten a los adolescentes: la serie de Los Cinco, Los Siete Secretos, dos colecciones de Misterios como de quince títulos cada una, otras que tenían por escenario los internados escolares, infinidad de obras aisladas y tal vez, la mejor de todas, la serie Aventuras (en la isla, en el castillo, en el mar, en el valle, en la montaña, en el barco, en el río y en el circo) que se valían de esquemas muy reiterados –pero a la postres efectivos– para deleitar a los pequeños lectores y crear en ellos una especie de sed inagotable que, de libro en libro, les hiciera desear más y más.

Una biblioteca entera podrían llenar los volúmenes de la Blyton, quien además hizo versiones de la Biblia, cuentos para las primeras edades, volúmenes de rimas y de cuanto humano o divino exista para entretener. Justamente se le consideraba, antes de aparecer J. K. Rowling con su archifamoso Harry Potter, la inglesa más vendida en el mundo, luego de sus compatriotas Ágatha Christie –otro producto policial muy demandado por los adolescentes– y el impar William Shakespeare.

¿Y acaso un producto finisecular como Harry Potter no acusa en cada una de sus siete aventuras que su autora, por echar mano de fórmulas efectivas y muy bien probadas durante años en el mercado, también acude al policial, el suspenso y lo enrevesado de una trama misteriosa para captarse desde las primeras páginas la atención de sus miles de lectores? ¿De qué modo explicarse tal aceptación sin precedentes por una historia de magos, en los contextos más variopintos de un mundo tan permeado por la realidad cotidiana menos edificante? ¿Un misterio sin solución?
 

Enrique Pérez Díaz, 2019-05-13
Alina Iglesias Regueyra, 2019-04-25
Enrique Pérez Díaz, 2019-04-11