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Apuntes sobre Francisco Javier Balmaseda
Leonardo Depestre Catony , 05 de febrero de 2008

No solo puede hablarse de celebridades o de escritores que perduran por su producción en el ámbito nacional. También debemos adentrarnos en las provincias y hurgar allí, donde las figuras locales son aún recordadas y conservan su espacio en el más reducido parnaso de los pueblos y ciudades del interior cubano.

Francisco Javier Balmaseda no es un desconocido. Murió en La Habana el 17 de febrero de 1907, hacen ahora 101 años, pero había nacido en San Juan de los Remedios, hoy provincia de Villa Clara, el 31 de marzo de 1823. Por entonces no abundaban los escritores de renombre en la Isla ni la cultura era patrimonio de muchos. De ahí que un escritor de versos y comedias resultara siempre un personaje y, mal que bien, alguien de quien sus compatriotas se mostraban orondos.

Se conoce que su primera obra en versos fue representada en el teatro de su natal Remedios hacia 1835 y que por la fecha comenzó a presentar sus colaboraciones en el Faro Industrial de la Habana. En 1857 se trasladó a la capital y trabajó en la Sociedad Económica de Amigos del País. También fue figura activa del Liceo de La Habana y sus textos aparecieron en publicaciones como La Idea, Cuba Literaria y El Liceo de la Habana.

Como nunca olvidó su terruño, regresó a San Juan de los Remedios para fundar allí una biblioteca pública en 1863, dirigir algunas de las revistas de la pequeña ciudad y desempeñar su alcaldía, al tiempo que se dedicaba a fomentar el negocio de la construcción de muelles y almacenes.

Hasta aquí su vida no señalaba grandes hitos. Pero su simpatía por la independencia y el hecho mismo de involucrarse en ese propósito determinaron su reclusión en la fortaleza de La Cabaña y su posterior deportación a Fernando Poo, de donde escapó para llegar a Nueva York. Luego enrumbó hacia Colombia, adoptando la ciudadanía de ese país y representándolo diplomáticamente ante Madrid. Entre esa nación y Cuba se movió una y otra vez: regresó a la Isla tras la paz de 1878, volvió a Colombia en 1894 y en 1898 volvió a su patria definitivamente.

Entretanto, Francisco Javier Balmaseda escribió, y escribió bastante. Pueden citarse cuadernos de poemas (Rimas cubanas, 1846, y Poesías, 1887); novelas (Clementina, 1897, y Los ebrios o La familia de Juan Candaya, 1903);  teatro (Eduardo el jugador, 1835); y relatos de historia, como el de sus vicisitudes en prisión, recogidos en Los confinados de Fernando Poo (Nueva York, 1869). Por su trabajo Higiene pública en la isla de Cuba se le nombró Caballero de la Orden del Mérito Agrícola de Francia. Escribió también las comedias La noche buena, Los celos con desdén se curan, Ya no me caso, El enamorado sin dinero… En su currículo tampoco faltaron textos sobre agronomía y economía política. De manera que fue un verdadero publicista ampliamente conocido entre sus contemporáneos dentro y fuera de Cuba. Uno de sus libros, El misceláneo, recoge una abarcadora muestra de su quehacer como articulista, poeta, comediante y escritor dramático.

En opinión del crítico y erudito Max Henríquez Ureña, sus Fábulas morales, de 1860, “de creación propia”, revelan el mejor momento de Balmaseda como autor. José Antonio Ramos le dedicó un ensayo biográfico crítico titulado con su nombre.

Los remedianos, hacia el centro de la Isla, lo recuerdan con frecuencia como una de sus celebridades.