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La alegría de traducir
Leonardo Depestre Catony , 29 de mayo de 2009

Que traducir tiene de técnica y arte, de paciencia y gozo, es una experiencia que bien conocen quienes ejercen el oficio. Sobre los traductores ha pesado durante siglos el estigma de una frase célebre y anónima que, pese a todas las vueltas y buena voluntad que se le quiera dar, proclama en su esencia que la traducción traiciona el espíritu de todo original.

La lectura de La alegría de traducir, de Carmen Suárez León, con el sello de la Editorial Ciencias Sociales (2007), nos revela cuánto de cierto o falso hay en el milenario proverbio. Y lo hace de la manera más convincente: mediante una colección de ensayos amenos e ilustrativos, escritos con prosa atrayente, que invitan a meditar en el disfrute que representa acercar al lector a una obra que de otro modo no nutriría su acervo —algo por sí solo suficiente para agradecer al traductor.

La autora de este libro es Doctora en Ciencias Filológicas por la Universidad de La Habana y acumula una fecunda carrera como profesora, traductora de francés, editora e investigadora. Con varios libros publicados, entre ellos algunos poemarios, nadie mejor que ella para opinar sobre el tema de la traducción, su importancia y complejidades profesionales.

Si la función del ensayo es provocar la reflexión, mover el pensamiento, retar al lector y abrirle ventanas al conocimiento, el libro de Carmen Suárez León lo consigue. Desde el comienzo mismo nos sacude con esta aseveración, más que probada a lo largo de las páginas de su libro:

En el caso de la cultura escrita e impresa de Cuba, la traducción ha vivido su aventura única en la conformación de la literatura cubana —y también en la conformación de nuestra ciencia, tema al que no alcanzo yo—, fenómeno especialísimo en el que han reparado y se han detenido alguna vez otros estudiosos, tanto en el universo del idioma y la cultura francesa como en el caso del inglés, el alemán, entre otras lenguas traducidas con mayor o menor intensidad por cubanos.1

Traducir —quien escribe lo hizo del inglés al español por más de dos décadas— es uno de los trabajos intelectuales que más responsabilidad exige, que mayor tiempo toma y que más expuesto queda al examen crítico de quien se convierte en usuario de una traducción. Un error de traducción puede acarrear consecuencias incalculables si de un texto científico se trata, y no menos serias si es un trabajo literario, porque pone en entredicho el prestigio del traductor y el del autor traducido.

En Cuba, al igual que en el mundo, diversas personalidades de la cultura han marcado su impronta en el ámbito de la traducción. Y, sépase bien, casos hay —no pocos— en que la calidad literaria de la traducción supera con creces la del documento original.
Piénsese al respecto que entre los traductores, siquiera ocasionales, de los que los cubanos podemos enorgullecernos aparecen los nombres de José María Heredia, José de la Luz y Caballero, Gertrudis Gómez de Avellaneda, Domingo Del Monte, José Jacinto Milanes, Rafael María de Mendive, los hermanos Francisco y Antonio Sellén, Julián del Casal y, por supuesto, en quien seguramente está usted pensando: José Martí.

También el siglo XX nos depara excelentes ejemplos: José Zacarías Tallet, Ángel Augier, José Lezama Lima, Virgilio Piñera, Eliseo Diego, José Rodríguez Feo, Cintio Vitier, Nancy Morejón…

¿Acaso no es la voz de Eliseo Diego, renombrado poeta, idónea para traducir a un versificador? ¡Cuánta maestría no revela la traducción de Rodríguez Feo cuando vierte al español a los autores de habla inglesa? ¿Quién mejor que Martí para aconsejar cómo traducir sin dejar “rastros” de la lengua de origen? ¿Puede esperarse traducción más fiel que la de Zacarías Tallet, maestro de nuestro idioma? Los ejemplos pueden ser muchos más y confirman la fina tradición que el oficio de traductor cuenta entre nosotros.

Sin tecnicismos, como quien desea compartir La alegría de traducir, Carmen Suárez León nos descubre la satisfacción que embarga al profesional de la traducción cuando asume un trabajo que viabiliza la comunicación entre las personas y las sociedades más disímiles, hace posible el intercambio fluido de la información y deviene un medio eficaz para la actualización del conocimiento.

1 Carmen Suárez león: La alegría de traducir. Editorial Ciencias Sociales, La Habana, 2007, pp.4-5.

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