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Aniceto Valdivia, el Conde Kostia de la literatura cubana
Leonardo Depestre Catony , 20 de abril de 2009

Algunas de las figuras que en un tiempo dieron mucho que hablar en el panorama de la literatura cubana, son hoy prácticamente desconocidas. Y las razones para que ello ocurra pueden ser muy diversas, también muy lógicas y no siempre injustas. El tiempo, una crítica más sedimentada, el devenir mismo de la sociedad, el agotamiento de los estilos y la total obsolescencia de algunos, van acumulando polvo sobre estas personalidades.

Pero hay algo importante, que no puede olvidarse: son ellas parte de la historia de la literatura cubana, de su tronco grande y fecundo, y es necesario volver sobre ellas, al menos con apuntes capaces de desvelarnos lo más inmanente de su quehacer.

Aniceto Valdivia y Sisay de Andrade fue un niño de inteligencia despierta, memoria abarcadora y ambiciosa, de lecturas abundantes y presumiblemente desorganizadas, capaz de impresionar como el curso de un río violento y desconcertar con la fuerza de un huracán caprichoso.
Nacido el 20 de abril de 1857 en el antiguo ingenio Mapo, de Sancti Spíritus, y proveniente de una familia acomodada, los estudios de bachiller los hizo en la ciudad de Santiago de Cuba, adonde la familia mudó.

En la adolescencia se trasladó con su madre a España y allá, además de cursar los estudios universitarios de Licenciatura en Leyes, se dio a conocer entre el ámbito literario de la ciudad de Madrid, donde acogieron al joven de poco más de 25 años, y varias publicaciones le abrieron sus páginas para la entrega de colaboraciones, entre ellas El Globo, El Pabellón Nacional, Madrid Cómico... Pero sucedió también algo más: dio a leer su obra dramática y se estrenaron allí, en 1882, sus piezas La ley suprema y La muralla de hielo.
 
Si un rasgo del carácter nos revela a Aniceto Valdivia desde su juventud es el de la polémica en torno a su obra. Unos la alaban y otros la trituran. El escritor tuvo excelentes e importantes amigos que fueron además colegas. La copiosidad de su estilo, la adjetivación desmedida y a veces contradictoria, la escasa claridad en la exposición del concepto, son detalles que lo caracterizan y suelen constituir un tema de objeción, al menos a la luz de nuestros tiempos.

“Raras veces puso Valdivia empeño en ajustar su estilo dentro de límites lógicos, evitando las metáforas excesivas y de mal gusto y el retorcimiento de la palabra hueca”, escribe de él el profesor Max Henríquez Ureña.

Recordado particularmente como crítico y periodista, Valdivia fue también poeta, sonetista inspirado y, como siempre, de abundante verbosidad. Téngase aquí una muestra:

La Venus de Milo

Un milagro del Genio le dio a Milo
en el candor del mármol transparente
bajo el dosel de un cielo refulgente,
y por azul alfombra, un mar tranquilo.
Ante esa virgen sollozaba Esquilo
confundido, cegado, reverente,
mudo de admiración ante el potente
cerebro en que esa imagen halló asilo.
Todas las religiones la proclaman;
paganos y católicos la aman
como expresión de la belleza pura,
hija del cielo, imán de los deseos,
único culto eterno, sin ateos,
en donde Zeus esplende y Dios fulgura.

A su regreso a Cuba, Valdivia desempeñó una muy activa vida literaria. Del círculo de sus amistades descuellan los nombres de la familia Borrero, los hermanos Carlos Pío y Federico Uhrbach, Julián de Casal... Conoció y trabó amistad con Rubén Darío al paso de este por Cuba.

Y en el ámbito periodístico, su huella se expresó a través de la fundación de periódicos —en Cuba y el exterior— a lo largo de muchos años. Como colaborador, puede leérsele en lo más distinguido de su época: El Fígaro, La Lucha, La Habana Elegante, El Triunfo, Revista Cubana, El Hogar...

Vinculado al acontecer político de su tiempo (fue arrestado por sus artículos separatistas), miembro del cuerpo diplomático en la República, conferencista, traductor,  académico  de número de la Sección de Literatura de la Academia Nacional de Artes y Letras, y figura de la cultura y la literatura cubana de las primeras décadas del siglo XX, Aniceto Valdivia, el Conde Kostia —seudónimo tomado del título de una novela de Víctor Cherbuliez— , es una personalidad singular y, por qué no, interesante.

Murió el 28 de enero de 1927. Rendirle un muy sencillo homenaje no requiere, en el caso del Conde Kostia, pretexto alguno.

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