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Felipe Poey: naturalista sabio y escritor ameno
Leonardo Depestre Catony , 01 de febrero de 2010

Felipe Poey y Aloy ganó en vida fama y respeto, dentro y fuera de Cuba. Mas el hombre que mereció el título de sabio se preció de uno en particular: haber sido discípulo del presbítero Félix Varela en el Seminario de San Carlos.

Sépase que don Felipe fue miembro fundador de la Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales, y presidente de la Sociedad de Antropología, ambas en La Habana, socio de mérito de la Sociedad Económica de Amigos del País y corresponsal en la capital cubana de asociaciones científicas radicadas en Madrid, Barcelona y Berlín.

Se le nombró además, miembro de la Sociedad Zoológica de Londres y de la Academia de Ciencias Naturales de Filadelfia, Boston y Buffalo. Por si fuera poco, mantuvo relaciones de amistad e intercambio investigativo con los más renombrados naturalistas de Europa, Georges Cuvier y Aquiles Valenciennes, entre ellos.

Poey pisó la tierra de su padre, Francia, con apenas cinco años, pero en Cuba cursó la mayoría de los grados escolares y se tituló de Bachiller en Derecho. La investidura de abogado como tal la recibió en Madrid, adonde llegó para ocupar una cátedra en la Academia Nacional de Jurisprudencia, y se le auguraba una carrera brillante si no fuera porque, perseguido por participar de las juntas patrióticas de ese país, debió hacer el equipaje de regreso para Cuba en 1823, cuando pese a su nombradía contaba sólo veinticuatro años.

En adelante se dedicó a la investigación de las ciencias naturales y a manera de pasatiempo, a escribir poesía, prosa y hacer estudios humanísticos, como los de latín, que muy útiles le resultaron para la denominación de las especies animales por él descubiertas y clasificadas.

El interés de Felipe Poey por las humanidades se manifiesta en este hecho: en su casa celebraba concurridas tertulias científicas y literarias, y a ellas asistían las más encumbradas personalidades cubanas. Hoy lo hubiéramos denominado un comunicador, porque en varios de sus trabajos existe la preocupación de la divulgación científica y era un excelente conversador. La literatura la asumía como entretenimiento las más de las veces, y en ocasiones, descuella su sentido humorístico. En 1888 publicó el libro Obras literarias, con poesía, ensayos de crítica, apuntes y trabajos científicos.

Un texto suyo, reproducido unas cuantas veces, resulta sumamente simpático y conocido. Lleva por título El gato pensador y nos deja entrever al hombre de buen humor que fue Poey. He aquí un fragmento que permite valorar su prosa: «Érase un espejo accidentalmente puesto en el suelo, inclinado sobre la pared. Érase un gato travieso y juguetón, que al recorrer la casa, como lo tenía de costumbre, vio su imagen en dicho espejo. Ver y acudir a reconocer, fue todo uno. El gato no quería solamente mirar, sino tocar…»
 
Poey figura ente los fundadores —el más joven— en 1832, de la Sociedad Entomológica de Francia. Otra vez en Cuba, fundó —siete años más tarde— el Museo de Historia Natural. Sin poseer otro título que el de abogado, ocupó la cátedra de Zoología y Anatomía Comparada y la vicerrectoría de la Universidad habanera, en tanto creaba la biblioteca de temas ictiológicos y ciencias naturales con buena parte de sus colecciones personales.

No hubo campo ni institución de las ciencias que no contara con la estimulación de sus conocimientos multifacéticos. Escribió el Compendio de Geografía de la Isla de Cuba, con una primera edición en 1836 y otras varias en años subsiguientes; redactó las Memorias sobre la Historia Natural de la Isla de Cuba, en dos volúmenes, aparecidos a mediados del XIX y el Curso Elemental de Mineralogía, en 1872. Aunque su obra, verdaderamente universal, vigente aún, lo fue Ictiología Cubana, la más completa de su tipo, resultado de cincuenta años de hallazgos en el mundo de los peces, que requirió «para llevarse a cabo todo el vigor de clasificación de un severo filósofo, y toda la bondad que atesora el alma de un sabio», en palabras de José Martí.

Poey, el sabio y el escritor, vivió más de noventa años (26 de mayo de1799 – 28 de enero de 1891), una cifra que pocos podían vaticinar en un chico con parálisis del lado derecho, que le aquejó de por vida y afectó un tanto su locomoción, pero en absoluto lo privó de desarrollar su gran amor por el estudio de la naturaleza.

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