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Centenario de Dora Alonso.
La narrativa para niños y jóvenes (I)

Enrique Pérez Díaz, 25 de enero de 2010

«Una obra transparente como el riachuelo, fértil como la tierra, resplandeciente como el lucero. Una obra que llega al corazón porque nace del corazón».
(Fernando Rodríguez Sosa)

Hacer un bojeo en torno a la narrativa para niños de Dora Alonso, se me antoja, desde un primer momento, tarea tan placentera como difícil y riesgosa.

No se trata, desde luego, de la magnitud numérica de obras publicadas, que en realidad no resulta muy amplia, sino del hecho que, hurgando en la creación de la autora, uno encuentra incuestionables resonancias de un libro a otro que la hacen una trama, cierta urdimbre, un corpus indivisible, con independencia del público al que se supone esta creación haya estado dirigida en sus diversos períodos.

En tal bojeo —riesgoso, además, por la subjetividad de quien deberá montarse en la nave que dé la vuelta a los interminables contornos de obra tan variada y a la vez tan única en sí misma— se corre el inevitable peligro de, quizás, abandonar alguna pieza clave con el mero e infundado pretexto del destinatario para el que, en hipótesis, Dora concibió su obra literaria.

Antes de entrar propiamente en el tema, permítaseme aclarar que si la creación de Dora Alonso me parece única, indivisible y coherente, un todo a partir de muchos géneros cultivados con el mismo acierto, esto es así en definitiva porque ella, como todo autor establecido, acusa en sus letras una personalidad muy marcada y definitoria.

Eso que llaman estilo, en esta matancera (nacida el 22 de diciembre de 1910 y fallecida en La Habana el 21 de marzo del 2001), genuina hija de campesinos, se hace más que evidente y, sobre todo, sin la búsqueda ex profeso de estilo alguno, sin la suscripción —implícita o explícita— a corriente literaria alguna, a géneros, edades, épocas o geografía determinados.

En primer lugar, Dora fue del tipo de narradores de los llamados “naturales”. Su formación, en gran parte autodidacta, la preservó admirablemente de vicios, contaminaciones estilísticas o modas a la usanza.

Dora era una fina artista de la palabra, exquisita orfebre con un mundo de imágenes muy propio, que siempre escribió como pensaba, como hablaba y, sobre todo, como sentía.

Al rehuir todo el tiempo la búsqueda de un estilo, al mantenerse fiel a su forma de ver el mundo y cuanto de él le pudiera preocupar, la autora entregó de continuo una prosa genuinamente suya, irrepetible, inimitable, una prosa en la cual no se ven costuras, ni tampoco los —aparentemente sencillos y en verdad únicos— andamios estructurales sobre los cuales esta depurada prosa se sustenta.

Tal fue entonces su gran naturalidad y verosimilitud cuando escribía, fuera cual fuera el tema que tratara y el público al cual se dirigiera.
Ajena a todo rebuscamiento formal o temático, la suya deviene una prosa, en primer término, muy cubana, de honda raigambre popular, con lejanas resonancias del folclore y la tradición, vestida de un gracejo muy particular a la hora de expresar las imágenes, casi al modo en que lo hacen los guajiros de monte adentro o aquellos cujeados pescadores quienes, al calor de las costas y mares cubanos, se refieren a cada acontecimiento novedoso, infausto o feliz de sus existencias cotidianas.

Como bien dijera Excilia Saldaña en su ensayo Cubanía y Universalidad en Dora Alonso, esta autora es

Heredera de dos culturas —España, en el idioma y la lengua. África, en el misterio y la leyenda—. Dora lleva de ambas esa sabiduría en el contar que sólo posee el pueblo. Y al pueblo, a su patria, a este archipiélago mulato, le devuelve lo que aprendió de su espacio antillano: el crecimiento de la luz, la altura aérea, sutil, la hipérbole humorística, la prisa que se convierte en síntesis, en metáfora exacta.

Hecha esta salvedad inicial, vale recordar también el amplio registro expresivo que abarcó la creación de una intelectual tan completa como Dora Alonso.

Partiendo del periodismo, que ejerció en medios muy diversos y épocas bastante diferentes); transitando por las novelas radiales y televisivas, en las cuales también sentó cátedra; tomando como bastión de su lucha por la infancia el teatro infantil; empleando como documento histórico el libro de memorias; reivindicando las crónicas, bordando los relatos, enriqueciendo las prosas poéticas, poniéndole un sello a la poesía en sí misma, paseándose airosa por la novela y el cuento, la autora nunca vaciló en abordar tema alguno por difícil que pareciera.

Aunque desde luego, los temas tratados en su obra siempre están íntimamente ubicados en su entorno más genuino. Ella resulta un ejemplo de cómo la ansiada universalidad se puede alcanzar escribiendo con la mayor fidelidad posible, desde lo más hondo del sentimiento y la experiencia de uno mismo.

Escribir, como bien dijera en el exergo de una de sus célebres obras, con el lema de que “Cuando el hombre llega a las estrellas es también la hora de las raíces”.

Clasificar su creación sería riesgo todavía mayor pues, a través de los diversos géneros en que Dora escribió, a partir de las diferentes edades para las cuales lo hizo, sin desprenderse de su jerga muy particular, de su cosmovisión, de sus inquietudes —fundamentalmente de índole humana y ética—, se fue moviendo en diversas escuelas y resultaría totalmente inadmisible intentar encasillarla dentro de alguna de ellas.

Jamás será igual la Dora de una novela con lacerante naturalismo, como Tierra inerme, que quien en un testimonio veraz nos cuenta la epopeya de Girón en El año 61; tampoco la sugerente narradora de Once caballos se parece a la entrañable cronista de Agua pasada o Ponolani, dos de sus obras más queridas y cercanas a su mundo interior.

Del mismo modo, y ya adentrándonos en nuestro tema, nunca será igual la Dora Alonso de El libro de Camilín a esa que se nos revela en obras como El cochero azul, o su más última entrega: Juan ligero y el gallo encantado.

Por eso vale decir, para concluir de algún modo este preámbulo, que la riqueza temática y formal que se aprecia en la obra narrativa de Dora Alonso —con evidentes resonancias en su teatro para niños y su poesía— nos pone ante el dilema de una creadora que siempre, usando las armas estilísticas a su alcance, pugnó por revelar su esencia profundamente humana, cubana, revolucionaria y popular en cada nuevo libro.

Cuando de obras para niños se trata, Dora patentiza las anteriores variables con una expresa intención didáctica (que no didactista) con tal de reafirmar de alguna manera, entre la grey infantil, el credo que dio sentido a su existencia y a su obra literaria.

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