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Lezama lector de Plácido (II Parte)
Enrique Sainz , 17 de diciembre de 2009

Con esta frase: «Y ahora vamos a procurar desfacer otro entuerto, que es la educación deficiente de Plácido, que Plácido era un ignorante».  Trae entonces el conferenciante los datos conocidos de los maestros del poeta, los cursos de primaria por los que pasó, la influencia que probablemente hayan ejercido aquellos maestros, Pedro del Sol y Francisco Bandarán, director de una escuela “para niños pobres de color”, en la educación del pequeño, quien a los doce años “lee y escribe correctamente”, afirmación que contradice lo que leemos en la biografía que, acerca del poeta, nos dejó Pedro José Guiteras, quien dice al respecto:

Según unos apuntes que tenemos a la vista, tuvo la fortuna de caer en manos del maestro don Pedro del Sol, uno de los mejores que entonces poseía La Habana, pero debió permanecer muy corto tiempo bajo su dirección cuando no llegó a concluir el estudio de la gramática, en cuyo arte elemental fueron tan escasos sus conocimientos que, durante su vida, necesitó del auxilio de sus amigos para la corrección ortográfica de sus obras. 

Después que Lezama sostiene que el bailarín español Vicente Escudero dejaba ver “la influencia del pitagorismo en España”, y recordando otras derivaciones fabulosas en los ensayos del autor de “Muerte de Narciso”, prefiero acogerme a lo que asevera Guiteras. Me inclino más a la opinión de Lezama cuando se detiene a analizar la formación de Plácido ya con más edad, en especial sus lecturas de poetas y su aprendizaje en el taller del retratista Escobar, lecciones de las que el joven creador extrajo enseñanzas de mayor trascendencia. Guiteras se refiere en estos términos al aprendizaje del Plácido adulto, en consonancia con lo que podríamos imaginar de un hombre de su origen y de tan escasos estudios académicos:

Aprendió el dibujo [apunta el biógrafo matancero] con el célebre retratista Escobar, y tuvo de la lengua francesa las nociones necesarias para entenderla con dificultad. Sus medios de ilustración fueron las obras que le venían a las manos, lectura inconexa y más apta a estragar el gusto que a formarlo en los primeros pasos de la juventud por el sendero de la literatura, y de esta falta de preparación y buena dirección se resienten los más de sus escritos.

La presencia de Plácido como aprendiz en el taller de Escobar y en la imprenta de Boloña va más allá, para Lezama, que la pura y simple adquisición de un oficio, que luego habrá de desempeñarse con mayor o menor calidad. Su verdadero valor y trascendencia está en el refinamiento que esos maestros del arte comunican al joven, en la delicadeza de ambos oficios, un aprendizaje en verdad invaluable y que se observa en los mejores poemas que nos dejó, elaborados con un cuidado y un buen gusto, nada ajenos a las ganancias espirituales de aquella etapa formativa del artista que fue Plácido. Allí, en ambos talleres, pudo conocer el poeta a hombres de una formación nada insignificante, hombres de letras como Vélez Herrera, Bachiller y Morales y los hermanos González del Valle, de cuyo trato ha de haber extraído también virtudes que luego apreciamos en su obra y en su vida, toda una atmósfera que comunicó al escritor un estilo, una manera de conducirse y de sentir que se traduce luego en palabras, en una escritura que denota una sensibilidad poco común. ¿Hasta dónde podía Plácido adentrarse en los textos de la literatura francesa? Según Lezama, leía a Racine, a Corneille y a Molière. Quizá llegó a un conocimiento de la literatura francesa, ya fuese por la lectura de sólo esos autores o ya fuese por la de otros, igual de relevantes, lo suficientemente rico como para incorporar percepciones y miradas que más tarde encontraríamos en sus propios escritos. Su lectura de los neoclásicos españoles y de los autores cubanos más destacados de su momento, cuyas obras ha de haberle facilitado su amigo Sebastián Alfredo de Morales, fue altamente beneficiosa para nuestro poeta. Se refiere también Lezama a las relaciones profesionales de Plácido con otro maestro de la artesanía de entonces, Nicolás Bota, célebre peinetero con quien se traslada a Matanzas, y de quien aprende el oficio, nueva ganancia que viene a enriquecer su sensibilidad, si bien ya para esa época era poseedor de unas habilidades que lo distinguían, poco después incrementadas con el ejercicio propiamente dicho de la fabricación de peinetas. Los caminos emprendidos por el poeta, impedido como estaba de recibir estudios universitarios por su pobreza y su condición social, le dan una formación que Lezama considera mucho mejor que la que habría adquirido en las aulas del alto centro docente, al cual califica de “centro de educación muy mediocre”. Añade a continuación: «Es decir, que el otro lado cultural por donde no iba Plácido era mucho más deficiente que el camino en el cual él se desenvolvía». Creo que tiene toda la razón el conferenciante. No pudo Plácido aprender latín ni francés profundamente, pero su genio poético superó esas deficiencias y le permitió alcanzar una estatura poética que se constituyó, en el terreno de la poesía, en uno de los pilares de la cultura cubana de su momento, junto a José María Heredia y Gertrudis Gómez de Avellaneda. Algo similar ocurrió con un poeta como Rilke, ajeno por completo a la vida universitaria europea, pero muy cercano de un gran maestro como Rodin, en quien aprendió lecciones fundamentales de las cuales su extraordinario genio habría de extraer las más perdurables y sustanciosas consecuencias para su creación lírica, una de las más vigorosas de cualquier época y latitud.

Después de continuar comentando datos biográficos del poeta y de dar su valoración a propósito de las acusaciones de servilismo que ha sufrido su memoria, a las que enfrenta hechos que no demuestran que no fuese servil, pero que el comentarista considera suficientes para convencernos de su rebeldía, arriba Lezama a algunos juicios acerca de su poesía. Pero antes ha continuado la fabulación para entregarnos una imagen de Plácido totalmente creada por su apasionamiento, como se deja ver en la descripción que hace del poeta para explicar su genuina autenticidad, dentro de la cual no cabe concebir, parece inferir Lezama, bajezas de ninguna especie. Vemos que se esmera el autor de Paradiso en darnos un hombre tocado por la modestia, la llaneza de espíritu, la veracidad, la aristocracia de un refinamiento que le viene de la familia y de los oficios y el aprendizaje de la poesía, cualidades todas que impiden, supone el comentarista, que pueda expresarse mediante conductas viles, como el sometimiento mezquino a los de más rango o la venta de su poesía, proceder que no está vedado necesariamente por las cualidades que le atribuye Lezama.

El primer juicio propiamente literario que emite su autor en esta conferencia es acerca de la décima que termina con el verso "la campanilla de qué", pie forzado que le dan al improvisador para que muestre su talento. No vacila Lezama en calificar el texto del modo más exaltado. Nos dice entonces: «Señores, para hacer esta improvisación hay que ser un hombre genial, esto no lo puede hacer cualquiera, ni poeta culto, ni poeta espontáneo». Creo que sí, que ha valorado el crítico ese poema con entera justicia. Oigamos sus calidades, en verdad espléndidas:

Un cáliz y una patena
y una campanilla quiero 
y espero señor platero
ha de ser cosa muy buena.
Por la paga no os dé pena
que yo la satisfaré.
Las primeras que nombré 
han de ser de oro muy fino
y ahora no determino
la campanilla de qué.

Impecable, de límpida sonoridad, graciosa, dentro de la mejor tradición del idioma, juego aéreo con las formas y las materias, es ciertamente una pieza memorable, incluso si hubiese sido compuesta en los siglos de oro españoles, en aquella gran época de la palabra castellana. Nos recuerda a Lope, con arraigo tan popular y esa sabiduría que acompañaba a su inacabable locuacidad para el verso. Apunta entonces Lezama algo maravilloso, al cuestionarse si en verdad esa décima fue improvisada: cree que Plácido tenía en el inconsciente esa estructura por haber leído, con toda probabilidad, otra décima publicada en la Colección de un aficionado a las musas, impresa por Boloña, tomo en el cual figuran también textos de nuestro autor. En aquella que Lezama supone que Plácido leyó, hay algunas semejanzas que pueden hacernos pensar en una influencia que facilitó más tarde la improvisación. Continúa luego con otras consideraciones en las que vuelve sobre la presencia del medio, de su circunstancia, en la integración del individuo, y se detiene en los paseos que realiza este repentista magnífico con su gran amigo, Sebastián Alfredo de Morales, eminente botánico y hombre de incuestionable sensibilidad y de notable influencia en el joven, como ya nos ha dicho Lezama en más de una ocasión. Esos paseos, y en general su cercanía con el hombre de ciencias y de una nada desdeñable formación humanística, han de haber tenido una enorme importancia en este creador, sin duda, por lo que seguramente le aportaron en cuanto a recomendaciones de lecturas y quizá a préstamos de obras para el enriquecimiento de su cultura. Los diálogos entre esos dos amigos contribuyeron a conformar en nosotros una bellísima imagen de ambos, creo incluso que esas conversaciones fueron más fructíferas para el poeta que todos los oficios y que la herencia familiar, si es que de ella pudo derivarse, directa o indirectamente, alguna ganancia atendible. No podía Lezama, desde luego, y con mucha razón de su parte, desentenderse de la terrible fatalidad que pesaba sobre Plácido, esa arrasadora ananké que se ensañó con él hasta la muerte, desgracia que no es otra que la de la sociedad sencillamente horrenda en que lo tocó vivir y a la que perteneció en calidad de hombre menospreciado por su raza y su pobreza, a pesar de la estimación que muchos parecían profesarle por su talento y su bondad. Plácido era, como somos todos, una suma de hechos y problemáticas, anhelos y logros, fracasos y conductas más o menos explicables. No creo que haya tenido muchas posibilidades de escapar de una sociedad como la de Cuba en las décadas de 1820 a 1850. Participante o no en la llamada Conspiración de la Escalera, por su origen ya estaba, de hecho, condenado por las autoridades colonialistas; fuese capaz o no de actuar en consonancia con los versos de su poema “El juramento”, este poeta era, por definición, sospechoso ante las autoridades que lo llevaron a la muerte. No podía irse de Cuba, salida que hubiese quizá impedido que las fuerzas destructivas de la Historia le quitaran la vida; su arraigo en su paisaje y una quizá indoblegable fidelidad a sí mismo le impedían tomar el camino de otras tierras, donde habría de ganarse la vida con su palabra poética, improvisando unos versos que le pagarían como a quien exhibe otras capacidades o vende su fuerza de trabajo. La formación académica y las relaciones de Heredia le permitían encontrar fuera de Cuba medios de vida menos indecorosos, pero Plácido no tenía esos respaldos, su vida no tenía más que el camino de las calles habaneras, matanceras o villaclareñas, el paisaje de nuestros valles, pueblos y ciudades. No era más ni menos cubano que Heredia, la Avellaneda, Martí y tantos y tantas que se fueron al exilio, pero no podía hacer otra cosa que permanecer en la isla, aunque supiera que iba a sufrir trágicamente las consecuencias de su situación social. Es pues la suya una ananké de la Historia.

Se detiene finalmente Lezama en algunas composiciones placidianas, sobre las que emite un juicio que considero altamente estimable, no sólo por venir de quien viene, sino porque se trata de páginas ciertamente admirables. Califica de espléndido el soneto “La primavera”, y del soneto como forma métrica y su tratamiento por el poeta nos dice que “tiene verdaderos hallazgos”. Transcribe “Recuerdos”, una página magnífica, digna de la gran época de la lírica castellana, de Lope o Quevedo, y en la transcripción misma hay, de hecho, un juicio de valor. Veamos ese texto memorable:

Cual suele aparecer en noche umbría
meteoro de luz resplandeciente,
que brilla, parte, vuela y de repente
queda disuelto en la región vacía,

así por mi turbada fantasía
cruzaron cual relámpago luciente
los años de mi infancia velozmente,
y con ellos mi plácida alegría.

Ya el corazón a los placeres muerto
parécese a un volcán, cuya abrasada
lava tornó los cuerpos en desierto;

mas el tiempo le holló con planta airada,
dejando sólo entre su cráter yerto
negros escombros y ceniza helada.

Pudo citar con igual justicia otros de paradigmática belleza y acabado, de elegancia y finura semejantes, como el titulado “Súplica”, al que se añade un dato: “escrita en la prisión”, o “Muerte de César”, “A la muerte de Jesucristo” o “A la fuente de la India Habana”, que leo ahora a ustedes para que apreciemos, juntos, su impecable hechura:

Mirad la Habana allí color de nieve,
gentil indiana de estructura fina,
dominando una fuente cristalina,
sentada en trono de alabastro breve;

jamás murmura de su suerte aleve,
ni se lamenta al sol que la fascina,
ni la cruda intemperie la extermina,
ni la furiosa tempestad la mueve.

¡Oh beldad! es mayor tu sufrimiento
que ese tenaz y dilatado muro
que circunda tu hermoso pavimento;

empero tú eres toda mármol puro,
sin alma, sin calor, sin sentimiento,
hecha a los golpes con el hierro duro.

Pasa luego Lezama a elogiar el romance “Jicotencal”, al que considera “Otro de sus grandes aciertos”, y de inmediato entra a considerar el elogio que le hace Menéndez y Pelayo al poema, para señalar que en ese juicio crítico el erudito «(...)parte de un error de perspectiva literaria que él siempre tuvo», digresión que no acabo de comprender, ya que nada aclara acerca de la opinión expresada por el autor español cuando dice que ese romance de Plácido «Góngora lo hubiese firmado sin desdén». Añade entonces Lezama: «Esa frase realmente me parece carente de sentido, porque si Menéndez y Pelayo todavía hubiera dicho que Lope de Vega lo hubiera firmado sin desdén, me parecería más correcta».  De ahí infiere que Menéndez y Pelayo establece una separación en la obra de Góngora entre los poemas oscuros (Polifemo, Soledades) y los populares (letrillas y romances), con lo que comete un error de su época, nos dice Lezama, que ya hoy ha sido superado por la crítica, verdad total esta última, pero que nada tiene que ver con el criterio de que Góngora firmaría gustoso “Jicotencal”. Finalmente, después de esa digresión, para mí injustificada, observa el estudioso cubano lo siguiente: «Este poema revela algo en lo cual Plácido fue un innegable maestro de nuestra poesía, que es en la parataxis de que hablan los filólogos contemporáneos, es decir, la sucesión de palabras de igual nivelación». Si la parataxis es eso, una “sucesión de palabras de igual nivelación”, no la veo en “Jicotencal”. Yo estaba en el público del salón de actos del Instituto de Literatura y Lingüística, aquellas noches de 1966, oyendo las conferencias de Lezama, después lo traté con cierta frecuencia, y ni en esa conferencia ni después, le pedí explicación acerca de la presencia de la tal parataxis en “Jicotencal”; ahora no llego a saber dónde está esa figura retórica en esos versos. Siempre creí que, como dice el diccionario de la RAE, parataxis era una simple “Coordinación o yuxtaposición oracionales”, y nada más. Sin embargo, algo nos aclara cuando dice que, desde el inicio hasta el final, cuando repite el verso las tropas de Moctezuma, “toda la sucesión verbal tiene una altura de iguales tonos de diamante”. No sé si a ese rasgo se le llama realmente parataxis, pero no hacía falta el término, creo, para arribar a esa conclusión, mucho más poéticamente iluminadora. Cierra su breve comentario de manera aún más elocuente: «Este romance, como sabemos todos los cubanos, desde el principio hasta el fin es una obra maestra, llevada con un pulso, con una seguridad, con una pesadumbre, con una gravitación verbal realmente espléndida». Comparto plenamente ese criterio que emerge de una lectura desapasionada, sin visiones historicistas de la cultura cubana, sin hacer depender las calidades de una obra de las fatalidades o tragedias de la vida del autor, sino al revés, yendo a ver cómo vivió la persona que fue capaz de escribir textos de tanta belleza y riqueza espiritual como esos que nos dejó Plácido.

Finalmente, comenta Lezama la célebre “Plegaria a Dios”, en la que ve lugares comunes “que están salvados por el acento”, al igual, nos dice, que lo que sucede nada menos que con la “Coplas a la muerte de su padre”, de Manrique, a las que ve también lastradas por la que considera “una sucesión espantosa de lugares comunes”, el mismo defecto que, según él, tiene la plegaria de Plácido, la cual queda salvada “por el acento, es decir, el acento actuando en la unidad de visión”. Manrique logra, asimismo, que su maravilloso poema perdure por “el acento estoico, el lanzaso estoico que lleva arriba cada palabra”. ¿Se salvan ambos textos, en verdad, por lo que dice Lezama, es ese un juicio certero y agudo? No estoy muy convencido, pero creo que sin duda estamos ante dos piezas magistrales, cada una a su manera, que pueden ser leídas una y otra vez con auténtico placer. María Zambrano ha dedicado páginas extraordinarias al gran poema español en su libro Pensamiento y poesía en la vida española, de 1939, seguramente leído por Lezama poco después de esa fecha. Es muy probable que, a partir de la tesis de Zambrano, haya elaborado el conferenciante esos juicios acerca de las coplas de Manrique, aunque la filósofa no alude en su análisis, que yo recuerde, a valores formales. Desde luego, el estoicismo manriqueño es muy visible en la composición, pero en aquella etapa de su formación la impronta de Zambrano en el pensamiento del cubano fue de mucha importancia. Comparar ambas obras es un acierto y al mismo tiempo un gran elogio, muy merecido, para Plácido, de nuevo parangonable con la gran tradición sin que sintamos que cometemos un exceso o que estamos intentando engrandecer, infundadamente, nuestra tradición. Creo que este cubano mulato del siglo XIX está a la altura de su ilustre antecesor, si bien dentro de cierto rango puede haber diferencias, pero estas no son capitales. Quiero ahora citar in extenso los momentos finales de la conferencia de Lezama, donde encontramos a un crítico de la más refinada estirpe, aproximación semejante a otras muchas que hallamos en sus fabulosos ensayos, dignas todas ellas de sus mejores maestros franceses. Leemos allí:

Yo, en mi Antología, al hablar de Plácido he hablado de poesía plateresca, y esto conviene dilucidarlo. Como el estilo plateresco o manuelino es el estilo que se asemeja al trabajo de joyas y camafeos, un estilo plateresco quiere decir un estilo muy refinado, como una joya. Y en ese sentido no me refería yo a que a veces Plácido tiene algo plateresco y mucho menos porque Plácido trabajase en una platería. Es un poeta plateresco en el sentido de cómo trabaja, cómo airea, cómo decide su espacio poético. Los juegos de los cuatro elementos de la naturaleza, es decir, cómo frente al espacio, el fuego, el aire, la tierra, el agua, con qué refinamiento, con qué cestillo, con qué personajes —los vemos como personajes— van siendo elaborados y trabajados. Y cómo Plácido va convirtiendo la ductilidad de su palabra en algo así como la platabanda de México, es decir, la plata suave, la plata que permite ser trabajada con más facilidad.

En realidad, Plácido no depende de la literatura para crear ni para ser valorado, es el puer ludens, el niño jugador. Pero el ruiseñor –decía Jean Cocteau– canta mal, le rossignol chante mal, pero ese cantar mal es lo que asegura que sigamos oyendo al ruiseñor. Además, nosotros decimos que el ruiseñor canta, en realidad no hay la palabra para decir qué es lo que modula, qué es lo que incorpora al aire. Si cantase bien, el ruiseñor sería insoportable. No canta saltando el papel pautado de las escalas del sonido, sino en el aire y para el aire. Y ese aire fresco, juglaresco, de Plácido todavía sigue acariciando las mejillas del cubano, con un canto de encanto peculiar. 

Lezama leyó nuestra poesía desde una extraordinaria altura espiritual. De ese diálogo surgió una crítica del más alto linaje, no obstante la prosa descuidada de algunos pasajes de sus ensayos valorativos y de sus caracterizaciones de poetas. Tenía la singular capacidad, infrecuente, de saber hallar en la escritura los grandes momentos de creación. Su mirada penetraba hacia un centro que se nos revelaba entonces en sus posibilidades fecundantes, virtud mayor del crítico. Siempre vemos en sus trabajos más detenidos y profundos cómo va asociando la obra de un autor con una tradición que lo integra y lo define. Sus acercamientos a Martí, aunque no escribió nunca un ensayo para llegar a las profundidades de su inmensa obra, nos muestran las reales dimensiones de la figura en términos de una universalidad que rebasa todo contexto y su pertenencia a una historia espiritual que lo nutrió y lo hizo trascender. Las páginas que dedicó a Plácido nos iluminan su legado desde la propia poesía y entregan la imagen de un poeta de su tiempo y de siempre, de su época y de la nuestra, un poeta que perdura más allá de su momento y que se nos hace más pleno y disfrutable cuando percibimos, en las reflexiones lezamianas, sus secretas relaciones con una secularidad y un estilo frente a la muerte.

Gracias a Lezama y a Plácido.

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