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Rosario Novoa, profesora de varias generaciones

Leonardo Depestre Catony, 11 de diciembre de 2009

Maestra de maestros. Tal fue la condición creada especialmente por la Universidad de La Habana para rendir homenaje en vida, a la profesora Rosario Novoa, quien durante sesenta y ocho años ejerció la docencia en esa alta casa de estudios, y entre cuyos alumnos se cuentan varias generaciones de profesionales cubanos de las letras. La Novoa —así solía llamársele— inició su primer curso de docencia universitaria en 1934 y solo la muerte, en diciembre de 2002, interrumpió este fructuoso quehacer.

Quienes la conocieron han dado testimonio de cuán activa fue esta mujer menuda, de ojos azules y cabello corto, además de cuán útil y llena de realizaciones, su vida. Disfrutó del prestigio cultivado día a día, del conocimiento profundo y la disposición para afrontar las dificultades, sin detenerse jamás. También gozó de una envidiable salud.

Bien pudieran servir de ejemplo acerca de lo mucho que puede hacerse en la tercera edad, el modo en que la afrontó y cuanto de ella aprendió,

María del Rosario Novoa Luis, primogénita del matrimonio de Ricardo y Emerencia, nació el 11 de diciembre de 1905, en Mariel. A los dos años la familia se mudó hacia La Habana, al barrio de Jesús María, donde el padre instaló una bodega que bautizó como "La Rosarito". La niñez transcurrió feliz, con estudios regulares satisfactorios y pequeñas diversiones familiares. Esta infancia corrió paralela con la República, instaurada solo tres años antes de ella nacer. Además de ser testigo de cuanto ocurrió en el plano político y económico de la nación, lo fue del surgimiento de La Habana moderna, con sus tranvías, baños de mar reservados en el malecón, la aparición del automóvil, la radio y otros avances de la técnica.

En 1914 la familia se trasladó para la calle Galiano, donde transcurrieron los veinte años siguientes de Rosario. Hizo el bachillerato cuando el Instituto todavía se localizaba en su vieja edificación de Obispo y Oficios, terminándolo en 1924, para matricular en la Universidad de La Habana —una osadía entonces para una mujer—, donde cursó la carrera de Filosofía y Letras, la cual concluyó con varios premios en 1927. Entre tanto, proseguía estudios de Historia del Arte, materia que se convirtió en su destino profesional y a la que se dedicaría con amor y sabiduría.

Al crearse en 1934 la Cátedra de Historia del Arte de la Universidad de La Habana, entró como profesora, entregándosele la asignatura de Pintura Renacentista. Desde allí, o más exactamente, desde los años de estudiante —ella, sespíritu abierto al debate y la justicia— se vinculó al sector feminista que abogaba por la igualdad laboral de la mujer y por otras conquistas sociales.

Participó, si bien por modestia su nombre no aparece, en la redacción de los textos de filosofía que se imparten en Historia del Arte, y trabajó intensamente por acrecentar los niveles de apreciación de las artes entre el público, más allá del recinto universitario.

Participó en la inauguración (octubre de 1952), del nuevo edificio para la Facultad de Artes y Letras —fuera del ámbito de la Colina Universitariasitaria— (Zapata y G), con su flamante Departamento de Historia del Arte. Fue testigo y partícipe de los cambios universitarios a partir del triunfo de la Revolución, del trabajo social y hasta de la irrupción de la computación, sin quedarse para nada atrás, siempre actualizándose, pues lo consideró la mejor manera de sentirse joven.

Viajó desde el decenio del 40, por América Latina, Europa, Estados Unidos. Siguió cursos en la Universidad de Columbia, también los impartió, al igual que conferencias. Desde 1959 su periplo se amplió hacia la Unión Soviética, Checoslovaquia, Hungría, Alemania Oriental, Bulgaria, Jamaica, España...

Su amiga, la escritora Mirta Yánez, asegura que la profesora Novoa poseía una "memoria de elefante", lo cual nos da la medida del privilegio que disfrutaron quienes fueron sus alumnos.

Heroína Nacional del Trabajo y Profesora de Mérito de la Universidad de La Habana, recibió, entre otras, la Medalla Alejo Carpentier y la Orden Lázaro Peña.

Al preguntársele, al filo de los noventa y cinco años, lo que para ella había significado la vida, respondió:

Algo que vale la pena. Pueden aparecer muchas dificultades, pero vale vivirla. Lo que hay que asumirla tal como es, con sus contrastes, porque de lo contrario no sería vida. Los contrastes la hacen más interesante. Porque las épocas malas nos hacen valorar mejor las buenas. De esos momentos se sale. Pero tenemos que agarrarnos bien de ese granito de optimismo. (1)

También expresó:

Soy una persona divertida. Ya no bailo tanto, no me invitan. Además, soy insaciable con la lectura. Estoy casi siempre hasta la una de la madrugada leyendo. Cuando termino de leer las cosas de mi trabajo, sigo con novelas, revistas...

He ahí la imagen viva de la profesora Rosario Novoa, la que por siempre perdurará en la Universidad de La Habana: su casa.

Nota:
(1) En “Una maestra que nació con el siglo”, por Mario Jorge Muñoz, Granma del 1ro de enero de 2000, p. 4.

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