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Áurea Matilde Fernández Muñiz, pedagoga e investigadora consagrada

Juana Caridad Fernández Pérez y Doreya Veliz Real, 08 de diciembre de 2009

Laureada con el Premio Nacional de Ciencias Sociales y Humanísticas en el año 2008, enérgica, con una agenda cargada y rodeada del ir y venir de los estudiantes universitarios que examinan el fin de curso, se impone a sus ochenta años de intensa vida Áurea Matilde Fernández Muñiz. Gustosa nos concede unos minutos de su tiempo, con el entusiasmo que le impregna a todo su quehacer esta paradigmática profesora.

Nací en Villavaler, Pravia, Asturias, el 11 de marzo de 1929. Mi padre, José Fernández Rodríguez, nació en Besullo, un pueblo de la localidad de Cangas del Narcea; maestro y afiliado al Partido de Izquierda Republicana, presidido por Manuel Hazaña. Mi madre, Consuelo Muñiz, nació en Jove, Gijón, maestra. Perteneció al Círculo Republicano Español de La Habana y colaboró en la organización de mítines realizados en la ciudad con el fin de recaudar fondos para enviar ayuda a las fuerzas republicanas en España.

Mis abuelos emigraron a Cuba a principios de siglo, porque él tuvo problemas de trabajo en España, vinieron con sus cuatro hijos, uno de ellos, Consuelo, mi madre; se radicaron en Bolondrón, Matanzas. Abuela enfermó y él regresó con su familia a Asturias para que su suegra y cuñada le ayudasen con la mujer enferma; mi abuela muere y abuelo regresa a Cuba como emigrante creando aquí una nueva familia. Mantiene una estrecha relación con sus hijos en la península, especialmente con Consuelo, la mayor.

 

Mis padres se conocen en Oviedo, en la Escuela Normal de Maestros. Decidieron casarse cuando mi padre terminara los estudios, lo hacen a principios de 1925. Nace en Oviedo la primogénita, María Dolores Secundina (Tinita), en 1926. Alli mi padre se presentó a oposiciones para obtener una plaza fija de maestro. Lo ubicaron en el pueblito montañoso de Villavaler, perteneciente al Consejo de Pravia. El pueblo de Villavaler fue una bendición para mis padres.

En Villavaler nacemos sus hijos: Jose Luis en 1927, yo en 1929 y Berta en 1931. Mi madre hace oposiciones, trabaja posteriormente de maestra en la escuela de niñas del pueblo. Califica su vida en Villavaler como muy feliz. También sus tías y tíos fueron maestros.

Estando en Oviedo, estalla la Guerra Civil el 18 de julio de 1936. Allí, en Asturias, el 19. Mi padre es apresado el 5 de agosto. El 12 diciembre de ese mismo año, mi madre conoce que había sido trasladado para  otra cárcel en la retaguardia, ella no se amedrentó y  comenzó  a averiguar su paradero. Visitó el cuartel de la Guardia Civil para indagar, lo que le acarreó que se incrementara el acoso que venía sufriendo desde antes. Su vida, al igual que la de su esposo, corría peligro, pues a los maestros se les acusaba de haber sido los inoculadores del “virus republicano”. En contra de su voluntad, ante el peligro de muerte que la acechaba y con el temor de dejar a sus hijos huérfanos de madre, decidió salir de España hacia Cuba. Nunca más tuvimos noticias de mi padre.

En su libro Jose y Consuelo: Amor, guerra y exilio en mi memoria, usted explica detalladamente cómo fue la partida de su país, y se refiere de manera especial a la ciudad de La Coruña.¿ Por qué?

Nuestro propósito era salir de España por Galicia y después pasar a Portugal, y cuando llegamos a esa bellísima ciudad de La Coruña, limpia, tranquila, donde se podía caminar por las calles sin que sonaran bombas ni cañonazos, para nosotros fue como un sueño aquella ciudad sin guerra. Fuimos a Lisboa por tren, otra ciudad preciosa, sin guerra, hasta que partimos hacia América, pero esa primera impresión la sentimos en La Coruña. Me quedé con deseos de visitarla algún día.

En 1999, estuve en Galicia en un congreso, pero no estuve en La Coruña porque el grupo con el que fui es la Sociedad de Historiadores Latinoamericanos y del Caribe, y este congreso se efectuó en Pontevedra. La única salida que pudimos hacer fue a Santiago de Compostela, lógicamente, se imponía, es imposible salir de Galicia sin visitar la Catedral de Santiago, pero no tuve oportunidad de ir a La Coruña, o sea, estuve en Galicia sólo esa vez, y no se cumplieron mis deseos, me gustaría mucho volverla a ver.
 
¿Podemos aseverar que su vocación por el Magisterio es tradición familiar?

Puede que mi vocación por el Magisterio sea por tradición familiar, porque mis padres, por su condición de maestros, lógicamente, nos inculcaban la forma de actuar, de hacer, pero no quiere esto decir que el hecho de que hayamos sido maestros, todos en la familia tengan que serlo. Yo tengo hijos maestros y otros que no lo son, pero mis hermanos y yo sí sentíamos una vocación muy fuerte del Magisterio, y por eso los cuatro terminamos siendo maestros.

Cuando mi madre arribó a La Habana, tenía treinta y cuatro años de edad, trabajaba en la embajada de España, impartía clases, participaba en las actividades de colaboración con la República Española, pero además, estudiaba Pedagogía los sábados por la mañana en la Colina Universitaria, porque esa era la única manera que tenían los maestros para estudiar Pedagogía, tenían que trabajar toda la semana. Ella matriculó Pedagogía porque tenía esas ansias de superación que no se le quitaban nunca, y en medio de esa actividad atendía con celo la educación y recreación de sus hijos. Aprobó tres cursos hasta que enfermó y no pudo terminar porque murió a los cuarenta y tres años de tuberculosis.

¿Esa forma de asumir la vida cotidiana de su madre influyó en su propio quehacer?

Yo creo que el ejemplo de los padres siempre es válido, y a nosotros nos influyó ese espíritu de superación, de aprender, de ser útiles, de mi madre. En cuanto a mí, considero que su intenso quehacer marcó mi propio modo de afrontar la vida. Me casé en 1948 con Ramón Martín, descendiente de asturianos y canarios; yo tenía diecinueve años, y tuvimos cinco hijos que nacieron entre 1949 y 1958, tres varones y dos hembras. Durante su crianza, por las mañanas estudiaba en la Universidad, regresaba corriendo a la casa, porque los niños no tenían seminternado y almorzaban en la casa; los mayores estudiaban en la Secundaria donde yo trabajaba, y la más pequeña quedaba con la abuela, y estudiaba de noche las asignaturas de la carrera.

Fue una etapa muy intensa. En 1960 me gradué de bachiller, en 1961 fui maestra de Historia en una Secundaria Básica y en 1962, siendo profesora de Historia del Preuniversitario de La Víbora, matriculé la Licenciatura en Historia en la Universidad de la Habana. En 1964 comencé como instructora a impartir clases en la Facultad de Historia de la Universidad de la Habana ,y al mismo tiempo, era inspectora del Ministerio de Educación en la provincia La Habana.

La crianza y educación de sus hijos transcurrió coincidiendo con uno de los períodos más difíciles de la Revolución. Háblenos de esa etapa.

Corrían los primeros años de la Revolución, fueron años muy difíciles, pero fueron muy, muy alentadores, muy entusiastas, y eso activaba más los deseos de participar. O sea, yo participé en todas las actividades, en las movilizaciones, hasta me acuerdo para recibir a Camilo cuando pasó por la calle Lacret, que fui con mis cuatro hijos y dejé una niña de tres meses en la casa, pero era para recibirlo, había un entusiasmo revolucionario que a mí me llegaba de alguna manera, pensando que eso era lo que hubieran querido mis padres para España, lo que se estaba haciendo en Cuba, y me involucré en todo y en lugar de constituir un freno, fue al contrario, un aliento a hacer más cosas, porque había que ser más útil a la Revolución, además a mi familia, a mis hijos y a todo el gusto que yo sentía por el estudio y por el trabajo, o sea, fue una época de mucho entusiasmo, de mucho, mucho trabajo, sí, pero con mucho aliento, con mucha ilusión por hacer una patria mejor.

El pasado año 2008 recibió el Premio Nacional  de Ciencias Sociales y Humanísticas.¿ Lo esperaba?
 
Cuando una trabaja durante muchos años nunca es por un premio, sino que se trabaja por el gusto de hacerlo, porque yo disfruto mucho trabajar y disfruto con los estudiantes y cuando me publican un libro y les gusta... Cuando me llamó el presidente del jurado a la casa para decirme que tenía el premio, primero fue una sorpresa y luego una gran alegría, un reconocimiento que de verdad, de verdad, yo no me esperaba, no es por que yo quiera hacer falsa modestia, no, pero es que hay tantos buenos intelectuales en Cuba y el hecho de que me lo dieran lo agradezco, al jurado y a todas las personas que me decían que les había alegrado mucho, entonces fue una gran alegría, esa es la verdad y mis hijos y nietos lo disfrutaron mucho, fue una gran satisfacción para mis ochenta años.

¿Pudiera sintetizarnos la esencia de su trayectoria profesional?

Yo creo que mi trayectoria profesional tiene como línea central la docencia, dar clases y ser maestra es lo que me ha llevado después a investigar, porque para ser un buen maestro y profesor universitario hay que investigar, pero teniendo como centro de mi interés personal el dar clases. La relación con los estudiantes es para mí lo más importante de mi trabajo profesional, la relación con ellos, la educación no sólo académica sino también general, una relación que por suerte he mantenido con muchos alumnos que todavía me recuerdan y los recuerdo, ya que a ellos les debo, a los estudiantes, muchas cosas de las que yo he podido lograr desde el punto de vista académico.

Es sabido que además del magisterio tuvo otras vocaciones, la música y la pintura…

Hubo una época de mi adolescencia en que me sentí atraída por la música, pero como un complemento, no para dedicarme a ella; necesitaba escucharla y me hubiera gustado aprenderla. Estuve estudiando piano en el plantel asturiano Jovellanos, pero no por que fuera mi vocación ser músico. Además, estudié pintura en la Escuela de San Alejandro, me gustaba muchísimo, y tuve que dejar de asistir a clases, pero continué practicando la pintura. Mi vocación más temprana y bien definida fue la de maestra.

Don Fernando de los Ríos*, ese gran pedagogo español muy admirado por su familia,  dijo: «La educación la llevan dentro de sí los corazones grandes…», teniendo en cuenta su larga y fructífera trayectoria profesional, consideramos que usted es una de esos profesionales. ¿ Qué considera al respecto?

Yo no puedo calificarme a mí misma, pero han sido personas muy valiosas, tanto el propio De los Ríos, como una pléyade de intelectuales republicanos que tuvieron que dejar su patria para ir al exilio siguieron siendo grandes el tiempo que estuvieron fuera del país.

* Fernández Muñiz, Áurea Matilde. José y Consuelo: Amor, guerra y exilio en mi memoria. Pág. La Habana, 2007.

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