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Desde mi Habana, con el infinito amor de Katiuska Blanco

Astrid Barnet, 06 de noviembre de 2019

Una gran dosis de profundo amor al lugar donde se nace, hacia sus habitantes, su familia, sus amigos y colegas de estudio y trabajo, hacia su entorno en general y, en especial, al magnífico pensamiento de cubanidad, de lealtad a la patria, y solidaridad hacia otras causas y pueblos, es el indiscutible mérito que caracteriza y trasciende en el libro de crónicas Desde mi Habana, de la periodista y escritora Katiuska Blanco Castiñeira.

En sus 26 crónicas, la autora logra enfatizar en su escritura la alta sensibilidad que la llevan y conmueven a trasladar y brindar conocimiento al lector sobre eventos, hechos y personas importantes muy recurrentes a lo largo de su vida personal y profesional. En su avidez por realizar dicho objetivo, recurre a los más mínimos detalles para analizarlos «con sencillez, lirismo», y hasta con cierta sensibilidad romántica que recuerda a los más prominentes Románticos de la Literatura cubana.

(…) Osvaldo Guayasamín viene sin cansancio por las vereditas de la Cordillera al Archipiélago, viene de un viaje profundo, desde los tiempos antiguos, los volcanes y el viento; es ala multicolor en lienzos de llanto, ira y ternura, voz de quenas angustiadas, arcilla cocida con los hombres de su tierra en el fuego de la historia, del drama de la conquista y colonización y la certeza de los mestizajes. (Fragmento de crónica «El ave blanca que surca el cielo», dedicada al pintor ecuatoriano Osvaldo Guayasamín).

(…) Seguramente la banderola del pez sigue flameando en Isla Negra, en su casa de la playa o en el alma de todo Chile, el remoto lluvioso de los sures interminables o la pampa seca y palpitante de sal o el abundante cordillerano o el que extiende la arena a las aguas pacíficas. He conocido a Neruda por su voz en versos y por Valentín, el entrañable Vol, hermano de siempre, que ha escrito sobre él y visitado los recónditos espacios de su sensibilidad, expresión poética, vida física, vientos y presencia hoy, llegado por su propio y poético —nerudiano al fin— camino, decidido a quedarse para izar su pabellón cada mañana: Sucede que voy a vivirme. (Fragmento de «Sucede que voy a  vivirme», crónica dedicada al poeta chileno Pablo Neruda).

(…) Con todo el colorido de sus jeroglíficos y la maravilla de los enigmas, la civilización egipcia ha entrado en casa. Las niñas, que ahora inician el grado séptimo, buscan afanosamente en los libros y las enciclopedias sobre los mitos y leyendas de los faraones, de acuerdo con las dinastías, y así, por el camino del aprendizaje, entran en un subyugante mundo de historias encantadas, monumentales realizaciones, cosmogonías, vidas indescifrables, obras de arte, escrituras antiguas y prodigiosos conocimientos científicos (…) ¡Tan lejos del tiempo como está de los egipcios nuestra vida y qué coincidencia la que sentiemos con esa historia de que estar en la memoria es una forma de habitar el mundo, persistir, permanecer! (Fragmento de  la crónica «Fascinación eterna», dedicada a la antigua Civilización egipcia)

Sin temor a equivocarnos —o querer exaltar en demasía o sin proponérnoslo la calidad de esta obra—, sí estamos ante la presencia de un título que mucho dará de qué hablar y escribir por sus infinitos valores humanos y por esa capacidad y sapiencia profesional con vista a saber entender y lograr fusionar periodismo, literatura y arte a través de un sinnúmero de manifestaciones y aspiraciones personales, colectivas, siempre atraídas por un exquisito sentimiento de amor. Sentimiento, acerca del cual nuestro José Martí afirmó:  «(…) El amor palpita en cuanto vive: rebosa el ser de amor cuando contempla lo existente».1

Notas:

1. José Martí. O.C. Revista Universal, 31 de julio de 1875. T. 6, p. 287.