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El centenario de María Luisa Milanés

Leonardo Depestre Catony, 09 de octubre de 2019

Si con alguien ha sido injusta la memoria es con esta poetisa nacida tierra adentro en el Oriente cubano y fallecida hace justamente un siglo, el 12 de octubre de 1919, por su propia mano, al cabo de tres días de agonía. Y si desdichada y breve fue su vida, más pesada ha sido la desmemoria, porque la revisión de la obra que de María Luisa Milanés nos queda, la revela como una personalidad con intereses más allá de los meramente literarios, lo cual hace aún más atractivo su rescate y más incomprensible el olvido.

Aunque más adelante volveremos sobre la producción poética de la Milanés, ofrecemos a los lectores un adelanto en este conmovedor poema titulado “Cuando las mariposas”, que curiosamente trata sobre la memoria y el olvido:

Cuando las mariposas doradas del recuerdo
traigan a tu memoria tu cobarde vileza,
mi pesar silencioso y mi enorme tristeza;
 
cuando las mariposas de fuego de la gloria
hayan rozado alegres mi cabeza precita,
iluminando un nombre y aclarando una historia;
 
cuando las mariposas azules de añoranza
te vuelvan del pasado la oscura lontananza,
trayendo a tus oídos con una crueldad loca
los conceptos vertidos por tu infamante boca;
 
cuando las mariposas de un cruel remordimiento,
negras y silenciosas vayan a ti, indecisas,
yo pasaré serena, olvidando tu infamia,
alumbraré tus pasos con mis tristes sonrisas!


María Luisa no pasó inadvertida en su tiempo… lo cual no quiere decir en vida. Reciente aun su muerte, José Antonio Fernández de Castro y Félix Lizaso le abren espacio en la antología La poesía moderna en Cuba, de 1926; la muy prolija antología La poesía lírica en Cuba, recopilación preparada por José Manuel Carbonell, de 1928, también la incluye en su tomo 5; e igual sucede con el volumen Cincuenta años de poesía cubana, a cargo de Cintio Vitier, publicado en 1952. A su muerte, el suceso fue reseñado por la prensa, y la revista Orto, de Manzanillo, dedicó un número especial a María Luisa, sin contar más de un artículo también centrado en su obra. Pero salvando el tan justo libro de la investigadora María del Carmen Muzio, María Luisa Milanés, el suicidio de una época (Editorial Extramuros, 2005), casi todos estos homenajes póstumos se remontan bastante en el tiempo. Ni siquiera el eminente crítico Max Henríquez Ureña menciona a la Milanés en su Panorama histórico de la literatura cubana. ¿Qué ha sucedido de entonces acá para que el polvo del olvido se haya vuelto tan denso?

Nacida el 15 de julio de 1893 en una finca de Cauto Cristo, Jiguaní, e hija del general mambí Luis Milanés Tamayo, la familia se trasladó poco después hacia Bayamo y con posterioridad se estableció en Manzanillo. En esta última ciudad, en Santiago y después en La Habana, la preparación escolar, incluida la religiosa, de la joven se ajusta a la de su época para una damita de familia acomodada: muchas lecturas, idiomas, música, pintura, artes manuales; de entre todo, emergió una fuerte vocación literaria, por la poesía especialmente, a fin de cuentas el “perfil” más adecuado para las féminas de entonces y que en María Luisa, portadora de gran sensibilidad e inteligencia, despertó un talento inusitado que no llegó a explotar a plenitud porque la pasión y la infelicidad la van conduciendo hacia un destino trágico que no consigue domeñar. Con el seudónimo Liana de Lux –pues no es “apropiado” que una mujer joven de provincias firme con su nombre– comienza a publicar en la revista manzanillera Orto, dirigida por Juan Francisco Sariol, al par que realiza traducciones del francés y del inglés.

Luisa María se casó muy joven para escapar del rígido control paterno, pero tampoco consiguió con el matrimonio la felicidad ni la calma para sus ansiedades de mujer indagadora e inconforme. Ella misma comentaría acerca de “desventuras conyugales” y “circunstancias desgraciadas” no precisadas aunque seguramente influyentes en la condición síquica de la poetisa. “Via Cruces” se titula este poema que cualquier ilustre bardo firmaría gustoso:

Tus dulces ojos de llorar cansados;
tu boca, que ha olvidado la sonrisa;
tu corazón, que lleva la divisa
del que murió en Salem crucificado;
tu cabeza, que el golpe de la pena
trocó, de ala de cuervo, en nieve pura;
tus manos blancas; tu mirada oscura;
tu voz de llantos, de sollozos llena,
todo me dice a una
que andar no puedes más. Ven, llegaremos;
apóyate en mis hombros, que aún altivas
verán nuestras siluetas por la Vía;
nos falta poco ya, descansaremos
a la sombra del Roble, madre mía!


La libertad, siquiera espiritual, deviene búsqueda incesante en María Luisa. Escribe sometida a un estado de angustia y desesperación. La vida provinciana es cerrada, no deja espacio para la evasión, y se refugia en la escritura. Escribe abundantemente, pero después lo destruye. Aun cuando se la recuerda como poetisa, su producción en prosa le dio para completar varios volúmenes que entregó al fuego. Se la considera autora del primer manifiesto feminista conocido en Cuba, que se revela en audaces consideraciones como esta, de su “Autobiografía”:

La vida de la mujer latina es un ferroprusiato. Todo está previsto, marcado, arreglado, medido y, hasta duplicado por si se pierde, se confunde o se olvida el “proyecto de vida”. No tiene el derecho de sus emociones, de sus inclinaciones, de sus aficiones, de sus aspiraciones, de su talento, sino el deber de lo que “está bien” y la prohibición de lo que “está mal”. Es decir, que está sometida a un código fantástico, envilecido y anormal, que prescribe “lo que está bien” y prohíbe “lo que está mal”, le prescribe la hipocresía y le prohíbe ser honrada.

De su autobiografía, plena de recuerdos de la estancia en la casa paterna y el convento, se salvaron también estos apuntes: «(…) mi alma sangraba de pesar y se estremecía de miedo al porvenir». Además del dramatismo del mensaje, la prosa de la Milanés nos confirma la presencia de una autora no solo abrumada, sino profundamente elegante.

María Luisa Milanés vivió 26 años. Al disparar contra sí misma pretendía poner fin a un proceso de autodestrucción que comprendía por igual su vida y su obra. Desde Bayamo se la trasladó a Santiago de Cuba, pero no se consiguió salvarla. Se la enterró en el Cementerio de Santa Ifigenia. No dejaba publicado libro alguno; en Orto dieron cabida a sus poemas.

La que es tenida como la más divulgada de sus composiciones lleva por título “Jam noli tardare”, soneto vuelto de revés porque se inicia por los tercetos finales y se completa con los cuartetos, lo cual invita a emprender su lectura en sentido inverso, según se prefiera:

Ven hacia mí, no tardes, dulce dueña
de la región bendita con que sueña
el cansancio profundo que me abruma.
 
Fuerzas no tengo ya para llamarte.
Ven hacia mí; cansada de esperarte,
¡Oye la voz de mi impaciencia suma!

¿Qué esperas ya? Me impulsas a buscarte
en el silencio eterno que te envidio
y a cada rato vienen a anunciarte
las mariposas negras del suicidio!

No tardes más, no venga un nuevo ensueño
a turbar nuestro amor y nuestra unión,
quiero que duerma su tranquilo sueño,
sin despertar, el pobre corazón…


Si de personalidades conmovedoras en la literatura cubana y realizadora de una obra que merece estudiarse tratamos, nada mejor que retomar la poesía de María Luisa Milanés, la talentosa joven que se despidió de la vida terrena hace ahora un siglo.

Foto tomada de La Demajagua

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