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Conocimiento y humildad

Antonio López Sánchez, 02 de octubre de 2019

Mi entrevistada es una de esas mujeres cubanas de sólido carácter y opiniones firmes. Tales rasgos, asentados además en vasta experiencia y cultivado saber, se filtran a través de sus palabras y le otorgan a estas cierta directa cercanía. Tal humano modo derrota, de alguna manera, las frías aunque eficientes distancias del correo electrónico que nos trae las respuestas.

Además de como traductora, Aida Bahr ha medido también sus armas creativas en la narrativa y el ensayo. Sus títulos publicados, el Premio Alejo Carpentier de Cuento por su libro Ofelias, más el criterio de no pocos lectores y especialistas, dan fe de la calidad de sus textos.

En esta ocasión, con esa misma humildad que proclama necesaria para la labor de traducir, y también con el conocimiento, nos revela interesantes caminos, detalles y hasta retos. De hecho, aunque no se considere una experta en el tema, hay dos o tres útiles y directas lecciones que nadan en estas ideas, al alcance la mano de quien sepa aprovecharlas.

¿Qué se necesita, además del obvio y sólido conocimiento de un idioma extranjero y del propio, para ser un buen traductor literario? ¿Qué cualidad resulta imprescindible?

—Se necesita un amplio bagaje cultural, porque traducir no es meramente encontrar los términos equivalentes en ambas lenguas. Hay frases idiomáticas, hay alusiones, hay un contexto histórico y social que condiciona y transforma el lenguaje. Y ya que estoy diciendo obviedades, voy a continuar apuntando que por esa razón los traductores se especializan en determinadas áreas, pero cuando uno comienza la labor de traducción, e incluso cuando ya se tiene experiencia, por otras razones, muchas veces hay que traducir textos referidos a temáticas, disciplinas, épocas, etcétera, que le son desconocidas. Esos son los retos, cuando la traducción obliga a investigar, a leer mucho, a informarse, a ampliar ese bagaje cultural imprescindible. Por tanto, podría decirse que las cualidades indispensables serían un interés (más que eso, una curiosidad permanente) por el lenguaje como expresión de la espiritualidad y el intelecto —cada idioma tiene su espíritu, su lógica, hay que saber captarlos— y un afán insaciable de aprender. A reserva de que no todo lo que uno traduce le aporta mucho realmente, en el sentido de que no siempre se elige lo que se quiere traducir, pienso que el traductor está constantemente descubriendo cosas.

¿Cuál sería su método de trabajo y las herramientas fundamentales para llevarlo a término?

No creo que pueda hablar de “un método”. Hago lo que está a mi alcance y se trata de procedimientos elementales y comienzan con una primera lectura para conocer la obra. Lo ideal sería conocerla bien antes de traducirla, quiero decir: en contadas ocasiones he podido proponer traducir un texto que me gusta y he leído varias veces.

»Cuando dirigía la Editorial Oriente, y en fechas recientes, tuve la oportunidad de evaluar obras de autores extranjeros para valorar su publicación, y luego asumí la tarea de traducirlas; pero me ha tocado no pocas veces el tener que trabajar un texto en plazos tan breves que esa aproximación preliminar ha sido muy deficiente. De cualquier modo, esa primera lectura es muy importante para evaluar el grado de dificultad; en dependencia del tiempo que disponga, trataría de leer textos afines que me facilitaran un contexto general (en caso de que no sea un ámbito ya conocido); suelo trabajar en un borrador inicial en el cual dejo resaltadas mis dudas (palabras o frases que no logro descifrar, diversas variantes de traducir algunas, nombres de personas o lugares, o referencias a acontecimientos que no tengo claros, entre otros). Idealmente espero a terminar ese borrador antes de investigar para solucionar esas dudas, pero casi siempre la presión de la fecha de entrega obliga a ir despejándolas a diario. Por fortuna ahora se dispone de Internet, pero hay casos en que se requiere de consultas personales; yo tengo la extraordinaria suerte de contar con amistades a las que puedo recurrir, de modo que esas son mis herramientas, aunque también utilizo mucho los libros. A veces hay términos que no aparecen en diccionarios o enciclopedias digitales y sí en los antiguos impresos, porque se trata de arcaísmos o vocablos de poco uso; pero, además, a veces hay que buscar referencias que se hacen a otras obras y que es importante tener total claridad sobre su naturaleza o la forma en que han sido traducidas previamente, así que los libros son igualmente un instrumento muy valioso para mí. Si tengo posibilidad de contacto con el autor de la obra suelo enviarle un mensaje inicial proponiéndole criterios generales para tener su aprobación, y luego divido las consultas en dos o tres mensajes según el número y la urgencia. Luego viene la tarea de elaborar una segunda versión del texto, que puede ser la definitiva si se está obligado a trabajar contra reloj, pero lo ideal es dejar descansar ese segundo borrador y, después de haber tomado distancia de él, pulirlo hasta contar con una obra acabada. He tenido pocas ocasiones de hacer esto último, pero no hay dudas de que es lo mejor. Una vez terminada la traducción, si el autor está vivo, se la entrego para que la revise, incluso en los casos en que no hablan español, pues casi siempre pueden darla a leer a alguien.

¿Dónde están los límites, objetivos y subjetivos, de llevar una obra literaria a otro idioma? ¿El traductor literario debe respetar rígidamente el original o versionar desde su criterio?

—Para mí es esencial el respeto al original, pero quiero especificar que cuando se dice “respetar rígidamente”, casi siempre se quiere implicar la traducción literal, lo cual no es cierto. Hay ocasiones en que traducir literalmente significa distorsionar el texto original.

»Ahora bien, es importante distinguir entre la traducción de una obra literaria de la de un texto académico o técnico. Hay casos en que la precisión es lo más importante, pero incluso en ellos hay expresiones que no pueden ser traducidas literalmente porque existen otras maneras de denominar eso mismo en la segunda lengua. Cuando se trata de transmitir información, la exactitud, la claridad de los conceptos es lo que debe prevalecer. El traductor no es el emisor del discurso, sino el canal de transmisión de un código a otro.

»Cuando se trata de una obra literaria, sobre todo si es poesía, pero igualmente en los demás géneros, lo más importante es reproducir el efecto que el autor busca lograr en su texto original. Hay escritores que tienen un estilo diáfano y si, además, son contemporáneos, eso facilita las cosas, pero cuando el escritor busca recrear una época, maneja recursos de estilo, reproduce variantes locales o utiliza la jerga, en fin, cuando se trata de alguien que juega con su idioma para incidir en el lector, es fundamental que el traductor alcance un resultado similar, de modo tal que su lector perciba las características del estilo del autor. Esto es lo más difícil y, por tanto, lo más estimulante de la traducción.

»Hay quien traduce el lenguaje grosero de obras que se desenvuelven en culturas y épocas distantes de la nuestra, con los términos al uso en nuestra lengua; a veces eso es posible, pero casi siempre es una solución desafortunada; también es frecuente que se pasen por alto las peculiaridades de la sintaxis de cada idioma; por ejemplo, en inglés el adjetivo precede al sustantivo, mientras en español sucede lo contrario; si un autor tiene un estilo muy florido y elaborado, lo más probable es que también tenga muy en cuenta la sonoridad y ritmo de su lengua, por lo que, al trasladarla a la otra, se debe procurar no solo mostrar la inclinación a la retórica (en el buen sentido), sino que es un texto con fluidez y belleza en su articulación y eso solo se demuestra con esa misma fluidez y belleza en la traducción.

»Uno de los mayores retos se presenta cuando hay juegos lingüísticos en el original. Aquí entra a jugar lo que yo llamaría el respeto consciente y no el rígido. Hay que intentar reproducir ese mismo juego, lo que, en ocasiones, obliga a cambiar algunas palabras, sin alterar el sentido del discurso. Cuando no se puede hay que recurrir a la nota aclaratoria, pero es muy deseable, y vale la pena esforzarse por ello, hacer ver al lector la comicidad, o la ironía, o la esencia filosófica, o lo que sea que sustenta el juego en el original.

»Para mí los límites están en la asunción consciente del papel del traductor: se necesita re-crear. Lo peor que puede pasarle a alguien en esta profesión es no ser capaz de apreciar en todo su alcance los efectos literarios logrados por el autor que va a traducir, pues irremediablemente será incapaz de reproducirlos. Hay ejemplos clásicos de traductores que mejoraron en su idioma la obra original. Eso es fantástico, pero desgraciadamente no ocurre con frecuencia.

¿Hasta dónde sería justa o no la consabida sentencia que acusa de traidor al traductor? ¿Algún ejemplo que confirme o desmienta esta sentencia?

—Ya dije que la traducción necesita de mucho conocimiento, y ahora agrego que también necesita de mucha humildad. Traiciona generalmente el traductor que trabaja a la ligera y no se percata de sus fallas, el que no se cuestiona, no duda, no consulta con otros, el que por soberbia cree que está preparado para entregar un texto igual o superior al original. Incluso cuando se está consciente de las limitaciones, de la necesidad de indagar, de confrontar, pueden suceder errores, pero son eso: errores, no traiciones.

¿Hay algún traductor literario, ocasional o habitual, de hoy o de siempre, que considere un ejemplo a seguir?


—Cuba tiene una fantástica tradición de traductores excelentes, y en la actualidad son muchos los que están demostrando su calidad, pues creo que ha habido una cierta reanimación en la publicación de autores de otras lenguas, pero prefiero no mencionar nombres.

¿Es bien reconocida la labor del traductor literario en los predios cubanos?

Creo que no, y la principal razón radica, precisamente, en que no se les utiliza mucho. Además, al igual que el editor, su labor no es promovida para propiciar el reconocimiento del público. Incluso después de establecer un premio como el José Rodríguez Feo, no se divulgan mucho sus resultados, mucha gente ni se entera que se convocó, o a quien se premió. La mejor prueba de que no se (re)conoce mucho la labor del traductor literario es que se encargan traducciones a personas que son hablantes del idioma, pero no tienen entrenamiento en la disciplina específica de la traducción literaria, o se pretende, como ya dije, que cumplan con plazos ridículos. Si no hay verdadera comprensión de lo que es la traducción literaria, no puede haber adecuado reconocimiento.

¿Hay alguna anécdota de su labor o algún consejo que quisiera compartir?

—Consejos no, porque no me considero una experta en el tema ni mucho menos. Puedo contar una anécdota que pienso ilustra la relación entre el autor y el traductor.

»En junio de 2011 tuve la oportunidad de participar en uno de los talleres del Programa de Traducción Literaria del Centro para el Desarrollo de las Artes de Banff, Canadá. Participé como autora, gracias a que mi libro de cuentos Ofelias estaba siendo traducido al inglés para su publicación en Estados Unidos. El programa está diseñado para autores o traductores de países de Norteamérica, vale decir: México, Canadá y Estados Unidos.

»En el taller se produjo un debate espléndido en torno a una novela en francés que estaba siendo traducida al inglés para publicarla en Canadá. Había un momento en que el autor desarrollaba un largo párrafo jugando con la palabra llave, que en francés es clef originalmente, pero que ha devenido clé en la pronunciación coloquial. Creo que el autor era de Quebec y es muy usual que su literatura se traduzca rápidamente al inglés por lo que el escritor intercalaba un comentario jocoso acerca de las dificultades que un traductor enfrentaría con ese fragmento y autorizaba a versionarlo con absoluta libertad.

»La cuestión es que la traductora se las arregló para traducirlo con casi total fidelidad, pero perdiendo algo de la comicidad que entrañaba y, sobre todo, del alarde de conocimientos lingüísticos que representaba en el original; pero, estimulada por el permiso explícito del autor, había preparado un texto alternativo en el que jugaba con el nombre de un ave y donde sí lograba reproducir por completo la riqueza y efectividad del juego con el discurso. Ella les propuso a los editores consultar con el autor cuál de las dos variantes prefería y estos se negaron rotundamente porque utilizar la segunda variante era apartarse del texto original. Cuando se realizó el taller, ella estaba luchando porque le permitieran incluir esa propuesta de traducción como una nota a pie de página. La conclusión de los participantes en el debate, en el que hubo casi tantas intervenciones a favor como en contra, fue que no era procedente hacer eso tampoco, pues simplemente resultaría en una mayor apreciación de los méritos de la traductora, y de lo que se trataba era de los méritos de la obra que se estaba publicando. Todos la alentaron, sin embargo, a tratar de incluirlo en algún artículo o texto sobre las dificultades de la traducción, o a utilizarlo en cursos y talleres sobre el tema.

»Creo que en Cuba los editores habríamos sido mucho más flexibles al respecto, teniendo en cuenta que el autor estaba ahí para dar su aprobación o no, pero ese debate fue para mí una verdadera lección en cuanto a la profesionalidad del traductor literario.

Foto tomada de Editorial Oriente

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