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Traducir es crear

Antonio López Sánchez, 09 de septiembre de 2019

La vasta obra de mi entrevistado, como lingüista y como traductor, hace inútil cualquier adjetivo o elogio de introducción a la hora de escribir trabajos como este. Las páginas hechas de Rodolfo Alpízar Castillo le anteceden y presentan en su justa estatura. Además, como para combatir torpes maledicencias, de las que mi entrevistado también hace mención, su obra no se limita a la traducción o al ensayo. Como autor de narrativa, también ha encarado las cuartillas desde sus novelas.

Ahora comparte con nosotros algo de su experiencia y saber en ese reino capaz de trasmutar, de una lengua a otra, las escondidas alquimias tras el significado de las palabras. De temas sublimes, espirituales, y de temas bien humanos, de carne y diario, se habla en estas líneas.

¿Qué se necesita, además del obvio y sólido conocimiento de un idioma extranjero y del propio, para ser un buen traductor literario? ¿Qué cualidad resulta imprescindible?

Lo cierto es que huyo de expresiones del tipo «esto es lo que se necesita» y similares, porque tengo siempre presente aquello de «cada maestro tiene su librito». Cada cual tiene su propia manera de realizar y pensar su traducción: Siempre que le funcione (esto es, que el resultado sea bueno), esa es su mejor fórmula, aunque para otro no lo sea. En consecuencia, solo hablo de «mi librito», el que sigo y me funciona. Está claro que, dentro de tal relatividad, existen elementos universales, que forman parte, salvo raras excepciones, del librito de todos. A esos me referiré.

Además del sólido conocimiento del idioma extranjero del cual se traduce y del absoluto dominio de la lengua a la cual se traduce (obsérvese la gradación), para ser un buen traductor es importante disfrutar de la labor que se realiza, sentir gusto por el hecho en sí mismo de traducir. No se trata de «amar la traducción por encima de todo», aunque ello sería perfecto, sino de encontrar placer en traducir. Se trata de disfrutar, de gozar la traducción, de sumergirse en el proceso creativo que significa traducir literatura y hallar recompensa en el hecho mismo de esa inmersión. Quien ama traducir es capaz de hacerlo incluso sin remuneración, por el deleite de hacerlo. Es raro el buen traductor que no haya traducido alguna vez una obra para sí, solo por recrearla en su idioma. Para mí, este aspecto es imprescindible para ser un buen traductor: Pensar que le pagan por hacer lo que le gusta. Si «se sufre» traduciendo, mejor no traducir.

Se podría pensar que ser creador literario es indispensable para una buena traducción literaria, pero ello no es cierto; desde luego, ser traductor literario y además literato resulta muy conveniente. Un traductor poeta se siente a sus anchas traduciendo poesía, y el narrador traduciendo cuento o novela. Pero ser narrador o poeta no es condición para ser traductor literario, y mucho menos garantía de buen resultado. En sentido inverso, hay excelentes traductores, sobre todo en la prosa, que no son creadores literarios.

No obstante, traducir es crear; toda traducción literaria es creación en sí misma, no simple traslado a una lengua de lo creado en otra. En consecuencia, hay  que tener cuando menos un mínimo de creatividad para realizar una traducción literaria que no resulte en verdadera traición a la obra original, a su autor y al lector. El traductor literario es un creador, la traducción es arte. «El arte de las decisiones», como afirmó Francisco Díaz Solar en entrevista que le hice hace algún tiempo (Cubaliteraria, 23 de febrero de 2012). Y para realizar las buenas decisiones que exige la traducción hay que ser creativo.

¿Cuál sería su método de trabajo y las herramientas fundamentales para llevarlo a término?

Mi método no es nada particular, es lo que más o menos sigue cualquiera con alguna experiencia. Mi primer paso es conocer la obra, no solo para encontrarle las dificultades de traducción más generales, sino, sobre todo, para familiarizarme con el «tono», con la «respiración» del autor. Algunas veces me encargan una obra ya leída por mí, o de un autor que he leído o traducido. Eso me resulta muy conveniente, pues marcho sobre terreno conocido. Cuando no es así, me impongo averiguar lo más posible sobre el autor, busco opiniones sobre él y su obra en general, y en particular sobre la que he de trabajar.

Si el autor de la obra está vivo, hago todo lo posible por contactarlo, me identifico con él, le presento mi currículo, y solicito su disposición a colaborar. Aunque me han aparecido autores poco o nada cooperativos, lo cierto es que la mayoría se siente halagada y colabora con entusiasmo en la solución de dificultades de traducción, e incluso en satisfacer mi curiosidad por este o aquel elemento de la obra ajenos a la traducción. Ha ocurrido que he encontrado errores de edición y las he comentado con el autor. Ello contribuye a un ambiente de trabajo muy positivo que redunda en un mejor resultado.

En mi forma de traducir ocupa un espacio importante la investigación. No se trata de que realice investigaciones académicas, sino, simplemente, de que mantengo una constante curiosidad sobre mucho de lo que aparece en la obra: lugares, hechos, costumbres, anécdotas…, y siempre que el tiempo me lo permite procuro información sobre todo ello, aunque no sea imprescindible para el resultado.

Por último, aplico sobre mi trabajo la duda metódica: Doy por sentado que no hay obra perfecta, por tanto la mía no lo es, y que con seguridad se me han escapado innumerables errores; en consecuencia, reviso cuantas veces los plazos editoriales me permitan, para reducir el margen de equivocaciones.

»Una consecuencia de esa convicción es que no me eximo de mi responsabilidad con la obra una vez que la entrego a la editorial. Exijo de los editores comunicación, que me informen de cuanto cambio se realice en mi texto, lo mismo si es una coma, que si es una palabra o una oración. Sin mi consentimiento la obra no sigue hacia la imprenta. Por ello siempre pregunto quién es el editor y me pongo en contacto con él de inmediato, para advertirle, si no nos conocemos, que soy «el dueño» de mis errores y aciertos, y debe mostrarme cuanta modificación le parezca necesario introducir.

Tengo como mi obligación actuar así, pero hacerlo también es mi derecho, el derecho moral de todo autor sobre su obra, la cual, según la ley, no puede ser modificada sin su consentimiento.

Lamentablemente, somos pocos los que reclamamos ese derecho ante los editores.

¿Dónde están los límites, objetivos y subjetivos, de llevar una obra literaria a otro idioma? ¿El traductor literario debe respetar rígidamente el original o versionar desde su criterio?

Esos son temas sobre los que se ha escrito mucho, desde variadas posiciones. En cuanto a la primera parte de la pregunta, soy afirmativo en términos generales: No veo límites. Cierto es que hay casos en que uno está tentado de afirmar, «es imposible”» pero para demostrar lo contrario está la mejor de las pruebas, los incontables textos traducidos a lo largo de milenios sobre los más disímiles temas y las más diversas áreas del conocimiento, en los más variados géneros literarios. Lo que sucede a veces es que nos gana la pereza, o trabajamos con plazos demasiado estrechos, y por ello no encontramos la solución.

En todas partes crece una planta maligna llamada detractores de la traducción, personas que siempre tienen a mano algún autor o alguna obra supuestamente intraducibles, para ponerlos de ejemplo de que traducir es imposible. Pero unos pocos especímenes no sustituyen una población, los números que muestran lo contrario no admiten comparación. Y continúan incrementándose todos los días. Como si no bastara, cada cierto tiempo nos enteramos de que a una obra «imposible de traducir», ¡le surgió un traductor!

En cuanto a la segunda parte de la pregunta, la respuesta tanto puede ser «sí» como «no», en dependencia del objetivo de la traducción, o de los intereses de las casas editoriales. En términos generales, un traductor debe ser lo más fiel posible al original, tanto en contenido como en forma, sin añadir nada de su propia cosecha y sin quitar nada de lo que en ella está (de hecho, añadir o suprimir, sin consentimiento del autor, constituye una violación de sus derechos morales, y puede ser objeto de reclamación legal). Para mí, si el traductor considera que debe añadir alguna aclaración al texto, ha de hacerlo en forma de comentario al pie de la página correspondiente, de prólogo, o de cualquier otra manera que no altere el texto original. En cuanto a suprimir, no veo justificación alguna para ello, bajo ninguna circunstancia.

La versión es otro menester, y se puede realizar tanto al traducir una obra como en la propia lengua en que se escribió originalmente. Se versiona para obtener determinado resultado, como dar una idea general de la obra sin reproducirla al pie de la letra, presentarla de forma reducida (por ejemplo, en una revista de entretenimiento), o adaptarla al entendimiento de los niños. En tales casos, es obligatorio dejar sentado que no se trata del texto tal cual fue escrito originalmente. Hacer una versión y no declararlo, cuando el lector supone que le presentan la obra original (traducida o no) es, en rigor, una estafa.

¿Hasta dónde sería justa o no la consabida sentencia que acusa de traidor al traductor? ¿Algún ejemplo que confirme o desmienta esta sentencia?

Tal expresión siempre es injusta; en realidad, «injusta» es un calificativo suave. Porque la frase nace de la ignorancia, la mala fe o la estupidez. Según el mito de Babel, los humanos quedaron condenados a no entenderse entre ellos, ¿constituye traición liberar a nuestra especie de tal condena?

Con esa afirmación sucede más o menos lo mismo que con la negación de la posibilidad de traducir: Se hace un inventario de malas traducciones y a partir de ahí se generaliza, pasando por alto la abrumadora mayoría de excelentes traducciones en todos los ámbitos del quehacer humano. ¿Es posible imaginar en qué estadio de desarrollo estaría la humanidad si no hubieran existido, en todos los tiempos y todas las sociedades, los traductores? ¿Existiríamos siquiera como especie si todos hubieran sido «traidores»?

¿Hay algún traductor literario, ocasional o habitual, de hoy o de siempre, que considere un ejemplo a seguir?

Hay muchos, por esta razón o la otra; por ello mejor no señalo ninguno. No obstante, en Cuba, para mí, Julia Calzadilla es estrella de brillo inigualable. Entre los varones del patio, Francisco Díaz Solar.

¿Es bien reconocida la labor del traductor literario en los predios cubanos?

En teoría sí, en la práctica demasiadas veces no. La ley de derecho de autor, por ejemplo, reconoce al traductor su carácter de autor sobre la obra derivada, con todas las implicaciones patrimoniales y morales contenidas en esa definición. Ello es un punto muy positivo en la teoría. En la práctica diaria lo que vemos es lo opuesto. Con independencia de que siempre es agónico el tema del pago (la resolución 10/2008 establece una injusta distinción entre traductores miembros de la Uneac y traductores que no lo son), no pocos de los colegas escritores (y hablo con conocimiento de causa, pues soy traductor y soy narrador) nos consideran algo así como frustrados incapaces de escribir obra propia, que nos realizamos recreando lo que verdaderos creadores hicieron antes. Otros están convencidos de que la traducción es tarea fácil que cualquiera realiza una vez que sabe algún idioma extranjero. Conozco colegas encumbrados que no se dispensan de deslizar chistes de mal gusto o comentarios humillantes acerca de nuestra profesión siempre que se les presenta la ocasión.

Para darse cuenta de que la labor del traductor (literario o no) no goza de reconocimiento en el país solo hay que observar que, en todos o casi todos los géneros del periodismo, de la radio y la televisión, de los espectáculos, de la literatura, del cine, del teatro, del arte en general, e incluso en otras actividades profesionales (abogados, historiadores, economistas…), cada año se otorgan premios a personas que han dedicado toda la vida a la actividad de que se trate. En cambio, a pesar de que los traductores hemos perdido la cuenta de los años que llevamos reclamando el premio a la labor de toda la vida para la traducción, ese premio no existe. ¿Hacen falta más ejemplos de que no somos reconocidos?

A riesgo de ofender a más de uno, estoy convencido de que para demasiadas personas los traductores somos como las naranjas: Se les extrae el jugo y se lanzan a la basura.

¿Hay alguna anécdota de su labor o algún consejo que quisiera compartir?

Anécdotas, ahora no me vienen a la mente, pero he tenido muchas satisfacciones. Preferiría no dar consejos, pero en cambio me gustaría exhortar a mis colegas a que no se rindan, a que sigan amando la profesión, y a que se sientan orgullosos de haberla elegido. Los traductores no solo hacemos la literatura universal, como afirmó Saramago, sino también la ciencia universal, el progreso universal. Somos puente al desarrollo, al entendimiento humano y a la paz. Pocas profesiones hay que contribuyan tanto al bien de la humanidad como la nuestra.

Foto tomada de Radio enciclopedia

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