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El tema de la traducción en el policial académico: Pablo De Santis y la novela La Traducción

Lourdes Beatriz Arencibia Rodriguez, 26 de agosto de 2019

 “Uno no es por lo que escribe, sino por lo que ha leído”.

Jorge Luis Borges
 

Gracias a los estudios tan abarcadores realizados por mi colega el profesor Bernardino Martínez Hernando1, de la Facultad de Periodismo de la Universidad Complutense de Madrid, —el prestigioso alto centro de estudios español donde ambos hemos ejercido la docencia—, abordo hoy con particular interés gremial este tema que juzgo —tal vez— inédito en Cuba sobre la novela La traducción del conocido autor argentino Pablo De Santis (Buenos Aires, 27 de febrero 1963/ -). Con muy pocas e innecesarias pinceladas introductorias, huelga reiterar que De Santis es Académico de número en la Academia de la Lengua de su país y periodista, guionista y prolífico escritor de historietas y novelas. 

Señalado ya como escritor promisorio desde 1997 cuando resultó finalista del Premio Planeta Argentina con la novela policiaca que aquí nos ocupa titulada La Traducción, —reconocimiento importante para su carrera— un lauro que finalmente alcanzó como primer galardonado en 2007 en el citado concurso (Planeta-Casa de América) con su novela El enigma de Paris, De Santis no ha dejado de cosechar lauros hasta convertirse en una celebridad que trasciende las fronteras de nuestra América. Inspirado por Ray Badbury por propia confesión, De Santis es un continuador de las huellas que dejaron en el género policiaco de la literatura argentina Bioy Casares y Jorge Luis Borges. Justamente este último introduce la novela La Traducción2 con un significativo párrafo de su autoría que ilustra perfectamente  la rivalidad que mantendrán a todo lo largo de la novela, dos de sus personajes principales: el traductor profesional  de textos científicos, neurótico y aburrido de la vida,  Miguel de Blast, y Naum, lingüista célebre, conocidos de antaño, y rivales ambos en el conocimiento del lenguaje y en el amor de una misma mujer. La cita borgeana reza como sigue: 

 Al recorrer con entusiasmo y credulidad la versión inglesa de cierto filósofo chino, di con este memorable pasaje: A un condenado a muerte no le importa bordear un precipicio, porque ha renunciado a la vida. En este punto el traductor colocó un asterisco y me advirtió que su interpretación era preferible a la de otro sinólogo rival que traducía de esta manera: Los sirvientes destruyen las obras de arte para no tener que juzgar sus bellezas y sus defectos. Entonces, como Paolo y Francesca, dejé de leer. Un misterioso escepticismo se había deslizado en mi alma.

Blast y Naum están rodeados de un grupo de conocidos de personalidades diferentes; en su mayoría académicos, traductores o personas vinculadas al mundo de las letras, que asisten invitados a un Congreso de Traducción en el hotel del Faro del remoto  Puerto Esfinge en la Patagonia argentina. Algunos de esos participantes: el doctor Blanes 3, Ana, Valner, Agri, Zúñiga se muestran muy  interesados en la traducción de los idiomas perdidos, como la lengua del mundo antes de la torre de Babel;  la llamada Lengua del Aqueronte. Pero, extrañas muertes comienzan a diezmar los asistentes al evento, y por ello en el plano policial, y de manera conjunta a la investigación y al asunto que concierne específicamente a los decesos en el Congreso de Traductores, se genera otro plano narrativo, pues para colmo, una "epidemia" está matando a los lobos marinos del lugar. De suerte que De Santis crea la obra a partir de trozos de un rompecabezas sin el lector saber cuáles son estos, y mucho menos cómo se relacionan. Pero como para mí lo que interesa sobre todo es el tema traducción, voy a pasar de largo por los rasgos puramente literarios y detectivescos de la obra y priorizar un análisis de fondo en el que nadie—que yo sepa—ha profundizado antes y que tiene que ver con los rasgos que subraya de Santis para caracterizar a los traductores y a los eventos científicos que se suelen convocar sobre el tema traducción. Veamos a renglón seguido como aparecen expresados en la novela:

El traductor según De Santis, a través de su caracterización de Miguel de Blast, es un individuo solitario y distante que no cultiva —sino por comodidad o por elección propia— la sociabilidad con otras personas.

... Hacía mucho tiempo que no me cruzaba con ninguno de mis colegas... (…), Mi trabajo no facilitaba, tampoco, la comunicación con mis colegas, porque pasaba por las editoriales solo para retirar los originales. Me cruzaba con secretarias, con directores de colección, nunca con otros traductores. Recibíamos noticias unos de otros, pero eran noticias indirectas y en su mayor parte, de meses atrás. Cuatro años antes dos traductores que trabajaban juntos en una enciclopedia habían intentado reunirnos en una especie de colegio u organización gremial, pero no habían juntado más que a un puñado. Cuando esos pocos se reunieron, una noche, frente a un programa de discusión demasiado amplio, todos se pelearon con todos, y los traductores volvieron a dispersarse (1998:16)

El autor considera que ser traductor no es un oficio, ni una vocación, carrera o realización personal, sino una especie de desvío que se presenta en la vida, que no responde directa ni conscientemente —al menos en la novela— a una elección profesional y/o laboral. Por el siguiente párrafo, cabe concluir o deducir que, al elegir dedicarse a la traducción, de Blast y los otros pudieron verse forzados u obligados a olvidar sus verdaderas metas o sueños: ninguno de nosotros consideraba la traducción como un oficio definitivo, sino más bien como un desvío a partir de otras ocupaciones. Algunos habían querido ser escritores, y habían llegado a la traducción; otros enseñaban en la universidad, y habían llegado a la traducción. Sin darme cuenta, yo también había tomado ese desvío (1998:12–13).

Otro importante punto corresponde a la definición por parte del protagonista sobre lo que es traducir, y su relación estrecha con el olvido. "Traducir es olvidar…" De Santis ha convertido aquí el lenguaje en materia de ficción —dicen sus críticos— y ha escrito una historia de amor, una novela policial donde las palabras se vuelven hechos, por delante o por detrás de la mirada del que lee. Ficcional o real, el traductor practica un oficio, con sus reglas y su ética. En sus manos, la literatura es cuestión de técnica, y la escritura, dominio de la materia del lenguaje; de manera que el traductor, este doble tradicional del escritor, pensado aquí como Homo faber, podría señalar una orientación insospechada de la práctica de la escritura y de la recepción de la traducción y la literatura.

Por último, se considera lógica la actitud que suelen adoptar algunos medios de comunicación con relación a la pertinencia o interés de convocar y celebrar congresos especializados en determinados asuntos de rating acotado.  En situaciones como la que narra la novela, es de esperar que tanto los media como la opinión pública, se acerquen más, cambien la dinámica de sus movilizaciones, y reemplacen una temática de interés bajo que hasta puede llegar a resultar ajena, monótona y aburrida, por otra que juzguen de mayor cercanía, relevancia o importancia; Por ejemplo, parece obvio que la muerte de alguien suscite más audiencia mediática que un Congreso de Traducción. Sin más, y por falta de espacio, prefiero dejar a los lectores y colegas con fragmentos de esta curiosa novela. Me lo agradecerán:

Le estaba contando al colega que una vez se me perdió el original de una novelita de gángsters, Una lagartija en la noche. La dejé olvidada en un banco del hipódromo. ¿Me creerían si les dijera que nunca iba a jugar, sino a mirar a los caballos? —El joven, Islas, sonrió.— Llamo al editor, me dice que no tiene otra copia, y que en dos días necesita la traducción. ¿Qué dibujo lleva la tapa?, pregunto. Un enmascarado le clava un puñal a una pelirroja. La empuñadura tiene forma de lagartija. ¿Dice la contratapa dónde transcurre la acción? En Nueva York. Pasé toda la noche traduciendo el original perdido. No estuvo mal la lagartija; tuvo tres ediciones.Contó varias anécdotas más —trabajos para editoriales clandestinas, estafas en compra de derechos de escritores extranjeros, erratas del traductor consideradas luego como genialidades del autor— pero yo, si bien asentía y sonreía de vez en cuando, no podía prestarle atención. Cuando uno está pendiente de una mujer, descuida el resto del mundo.

–¿Qué pasa, De Blast, que mirás preocupado? Venimos a descansar, no a sufrir.

–Dolor de cabeza –mentí.

–Es la neurosis del traductor. El noventa por ciento de los traductores sufrimos jaqueca se dirigió al otro. De Blast es traductor de ruso. Y de francés también, pero eso no es ningún mérito: hay traductores de francés a patadas.

–¿Y cómo se le ocurrió aprender ruso? –preguntó Islas.
Vázquez simuló hablarle en secreto.

–Cuando tenía quince años empezó a soñar con páginas de libros escritos en una lengua desconocida. Después descubrió que eran caracteres cirílicos y se puso a estudiar ruso. Pero no pudo saber qué decían, porque dejó de soñar.
Islas sonrió incómodo, sin saber si creer o no.

–De Blast es un traductor serio, vive encerrado en su casa, con la computadora encendida. No es como yo, que traduzco en bares, frente a un Gancia con ingredientes. Antes llevaba la máquina de escribir a un bar que había cerca de mi casa, en el centro, y me instalaba en una mesa por horas. El dueño se quejaba por el ruido, pero no se animaba a echarme, porque ya era una curiosidad local, una especie de número vivo. Un día me di cuenta de que la gente a mi alrededor actuaba de un modo extraño, como extras tratando de robar cámara. El dueño me confesó que les había dicho a sus clientes que yo era un novelista y que escribía todo lo que pasaba a mi alrededor. Y ellos se esforzaban por darme detalles, y por hablar con riqueza de vocabulario, como hablan los personajes de los malos escritores.
(pp. 30-31)

[…]Kuhn abrió el congreso con un agradecimiento a los invitados, al hotel, a la fundación que lo financiaba. Hablaba como si el mundo entero estuviera pendiente del congreso, y mientras uno lo oía, lo creía. Después me tocó a mí. Había elegido como introducción a los problemas específicos de mi trabajo, uno de los primeros escritos de Kabliz, el artículo "El eco de la traducción". Como muchos de sus escritos, había sido censurado en su época y sólo se había dado a conocer cuando se exhumaron sus archivos. En la década del cincuenta Kabliz había recibido como paciente a una especialista en traducción simultánea. Su problema había comenzado cuando, en medio de una conferencia, había perdido completamente el hilo de lo que hablaba un diplomático francés. A partir de ese momento, cada vez que oía una palabra, no podía evitar traducirla. La mujer llamaba "el eco" a esa voz que le impedía pensar en un solo idioma. Aun en sueños, cada palabra iba acompañada de sus equivalentes. Pero a la vez el eco le daba varias posibilidades, no era uniforme, la obligaba a buscar, a decidir, en una nebulosa de sinónimos y paráfrasis. Para buscar una cura, Kabliz consultó a un ingeniero que preparaba en un laboratorio de la universidad de Moscú una máquina para traducir; una especie de primitiva computadora que funcionaba con válvulas y que solo aceptaba mensajes literales, una versión modernizada de las máquinas que se habían usado durante la guerra para cifrar y descifrar mensajes secretos. El cerebro de mi paciente es una máquina de traducir descontrolada —le dijo—, ¿Cómo hacer para que deje de traducir? ¿Cómo detendría usted su máquina, sin desconectarla? El ingeniero pensó el problema durante una semana. Y luego lo llamó. Convencería a mi máquina de que hay un solo lenguaje verdadero, respondió. ¿Y cómo puedo hacer eso?, preguntó Kabliz. El ingeniero respondió: hay que viajar en el tiempo. Hay que volver al sujeto a la época en que las cosas y las palabras coincidían, cuando había un solo modo de decir todo, cuando aún no había sido demolida la torre de Babel. Kabliz creyó entender el consejo del ingeniero; utilizó drogas regresivas y sesiones de hipnosis para devolver a la mujer a la infancia. La traductora recuperó el momento de la palabra única y del lenguaje verdadero. El eco desapareció. Todos los traductores sabíamos, en mayor o menor medida, qué era ese eco; todos temíamos que nuestra obsesión lo despertara y no poder hacerlo callar jamás.Al terminar oí los aplausos entusiastas. No me engañaba: agradecían mi brevedad.(pp. 34-35).

Notas:

1. Véase Martínez Hernando, Bernardino. "Traducción y Periodismo o el doble y misterioso escepticismo". En: Estudios sobre el mensaje Periodístico, Madrid, UCM, Nº 5. 1999, pp. 129-141   
2. Todas las citas de párrafos de la novela figuran en la primera edición de 1998 de la obra. De Santis, Pablo. La Traducción  (Buenos Aires, Planeta, 2011 [1998]).
3. De este doctor Blanes, personaje  ficticio, incluso se llega a citar una obra científica de su supuesta autoría titulada: Neurología y traducción, que es nada menos que un  estudio sobre las consecuencias de las lesiones cerebrales en la capacidad de trabajar con lenguas extranjeras. (1998: 93)  

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