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La saga de un perro pinto

Enrique Pérez Díaz, 15 de agosto de 2019

Leidy González Amador es una joven autora que con media decena de libros ya ha demostrado su potencial creativo en la escritura de obras para la infancia. Desde su despunte como autora evidenció tener un tino especial para atrapar al vuelo historias originales que, sin desprenderse de la realidad, fabulan a placer con admirable oficio. Si se mira su breve paso por las letras cubanas destinadas a las primeras edades. Ya nos ha demostrado su talento en títulos de narrativa o poesía como Con la cabeza en las nubes, Hoy es martes, Brizna, El perro que le tenía miedo a la noche, El acuario de Onfard, Apuntes de un genio y Todas las ovejas van al cielo. El mundo de esta autora va de lo real a lo mágico en argumentos que protagonizan tanto humanos como animales, todos con virtudes o defectos, que los revelan factibles de renovarse, tras cada acontecimiento.

Ahora atrapa mi atención otro breve título suyo que ve la luz en esta Feria Internacional del Libro 2019 por el sello de Ediciones Loynaz de Pinar del Río: ¿A quién le importa un perro pinto?, que resultara ganador del Premio Hermanos Loynaz en el 2017, según el veredicto de Eldys Baratute, Alberto Peraza y Carlos fuentes.

La problematización de la literatura para niños es algo que suele perturbar a muchos mediadores de lectura, sobre todo porque entre los adultos existe la tendencia de ocultar a la infancia las verdades de la vida y evitar así que en los libros para niños se toquen los llamados temas difíciles. En cambio se pretende la escritura de historias fantasiosas que “refresquen” de belleza el universo infantil y los aíslen de las lacras de la realidad. Entiendo que a veces aunque se ha abusado del abordaje de los temas tabú, cuando alguno aflora desde las páginas de una historia humana, que aboga por el entendimiento entre las personas y su lucha por ser mejores, es válido que se escriba desde y sobre la realidad, por dura que resulte.
 

Con ¿A quién le importa un perro pinto? esta autora, nacida en Santa Clara en 1988, nos asombra de nuevo y conmueve con la vida de un niño llamado El Mosca y su remembranza de su perro pinto, Gotzila, quien ya no vive con él, sino en el barrio habanero del Callejón de la Guinea.

Tras la aparente ingenuidad del argumento, Leidy González Amador nos da un fresco del mundo de la infancia en un medio sumamente hostil. El Mosca no puede convivir con sus padres, quienes están en la capital tratando de ganar dinero para mejorar las condiciones de su casa y darle un futuro mejor. En cambio comparte sus días con su abuela Santa, una achacosa anciana que le consiente en todo sin entender todavía el fanatismo de ese nieto suyo que añora siempre los juegos de computadora de su amigo Yandi, un niño que evidentemente ocupa otra posición social y cuya madre considera al Mosca un marginal.

Pero es evidente que para El Mosca su mundo diario es vacío, carente de afectos y la dedicación de Santa para nada consigue llenar sus espacios vitales, con oscuras sombras de pena, deseos insatisfechos y carencias materiales o sentimentales, manifiestas en sus evasivos silencios o el desenfreno por un juego de evasión.

Es aquí cuando, de repente, comienza la aventura de este niño inquieto que un día decide recorrer el largo camino hacia la capital, no solo en pos de sus padres, sino en busca de su perro Gotzila, que allá quedara cuando él fue enviado con la abuela. El recorrido nocturno a bordo de un camión con un chofer medio ebrio, hace evocar al Mosca su mundo familiar, que se desmorona de carencias, personas ausentes, falta de cultura, mal gusto y peor modo de vida.

Podría parecer hasta ahora que este es un libro que nos deja sin aliento por su poca esperanza pero, justamente, a medida que los personajes desnudan sus sentimientos, vamos comprendiendo que la extraña amistad establecida entre el niño y el camionero Caneca dará un giro diametral al argumento. Como su padre, el propio Caneca, ese hombre sudoroso y triste, también ama escuchar las trágicas canciones de Marco Antonio Solís que solo anuncian abandonos, tristezas y evocan los amores que le han traicionado.

El Mosca es testigo de una manera muy particular de ver las penurias de la vida y enfrentarlas con cierto regodeo morboso en el propio dolor, algo por demás tan consustancial a la cultura latina del machismo.

Pero hay algo más, también Caneca ha tenido un perro Pinto que se llamaba Decano, al que igualmente evoca con amor y decepción, profunda melancolía. Le acompañaba en sus largos y agotadores viajes por las carreteras de la Isla y, al verle casi caer dormido, afectuoso lamía su cara para prevenirle del peligro. Era su amigo, su colega, su guardián, su paño de lágrimas, su paliativo contra la soledad, la tristeza y el abandono en que viven quienes, para mitigar su existencia, no encuentran otro asidero o compañía que una botella de licor. Pero un día, Decano ya no estuvo más…

Pese a lo breve del cuaderno, Leidy González Amador consigue calar hondamente en la psicología de sus personajes. Lo que diferencia al chofer borracho del niño inconforme es justamente aquello que más los une: para uno el perro pinto es algo irremisiblemente perdido y asociado a perturbadores recuerdos y para el otro significa la esperanza de un futuro mejor.

Con su maestría bien ganada en libros anteriores, la autora nos sorprende, sin embargo, con un final inesperado, casi al sesgo de un corte cinematográfico en tiempo y espacio: El Mosca despierta un día entre el calor, su deseo de desayunar algo más que una mísera tajada de pan y el sonsonete de su abuela Santa que trata de despertarle.

¿Dónde están sus padres? ¿Por qué aun no vive con ellos? ¿Cómo estará su hermano pequeño Ronaldo? Pero, sobre todo, ¿qué ha sido de Gotzila, su perro Pinto?

Con cierre tan sugerente como magistral Leidy González Amador reafirma la fuerza del personaje que se refugia en el anhelo todavía insatisfecho ante la torva realidad de la que nadie en su familia consigue escapar.

Mosca vive lleno de esperanzas que le rediman de esa vida que ha tenido. Espera crecer y, aunque no estudie mucho, convertirse en mecánico, que su hermano sea su ayudante y que juntos puedan comprarle a la abuela un café Cubita para que se dé un buen gusto.

Su tránsito de una dura infancia hacia una predecible adultez, se matiza justamente cuando consigue mantener vivo el recuerdo de Gotzila. Porque para aliviar todo en su vida, en la última línea del relato, la autora nos da esta conmovedora imagen de un Mosca que se aferra a su mayor anhelo para creer que: “Hay un perro pinto que en algún momento regresará a él, pero que ahora viaja por las carreteras de Cuba. Un perro pinto que come huesos de pollo todas las tardes, y aúlla, melancólico, al compás de Marco Antonio Solís”.

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