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Lamia o sirena: las escamas de un personaje

Elaine Vilar Madruga, 12 de agosto de 2019

Una mujer puede convertirse en sirena, en lamia y en el solitario pez que lame las orillas del planeta. Una mujer puede querer picarse los muslos y soñar con el corte hasta el punto de perder todo contacto con otra realidad que no sea el delirio. Una mujer puede fantasear con la figura del padre y tener síndrome de Casandra, y venderse —o ser vendida— a la orilla del mar o en el cubículo sórdido de un reclamo. Una mujer puede llamarse Mabei y ser un personaje, como en este relato, como en cualquier otro rincón de la verdad que atraviese los sentidos de la ficción.

Es por eso que Mabei deja de ser hermosa —o lo sueña— mientras desnuda onomatopeyas y renuncia a ser criatura real. Se difumina un poco, se hace ambigua —sobrevive en ella la idea del corte, de la mutilación que es casi genital, casi simbólica. Del personaje solo escuchamos el reflejo, el eco de una voz que penetra, a la par, la mente de Mabei y la del lector con una orden —repetitiva, homofónica, monódica— que indica cuál es la mejor manera para el corte. Entretanto, Mabei acude a las sacudidas del flashback, al espejo de la memoria, a lo sensorial, para recordar aquello que fue o pudo haber sido —como lectores ya no diferenciamos realidad de delirio, hemos sido atrapados por Mabei en su nube o en su niebla.

El personaje de la mujer torturada, al borde de la locura y la soledad, es leitmotiv que escapa, por muy poco, del lugar común. Será que la persistencia de la idea del pez y su metamorfosis —Kafka remasterizado— conduce a otros hilos de pensamiento, a otras búsquedas y transformaciones que enriquecen no solo a Mabei sino también al mundo que la rodea, al mundo que gira en torno a su centro gravitatorio de acción.

La autora del relato, en breves cuartillas, acude a otros lugares comunes como la idea del cuerpo vendido, del delirio definitivo, de la psicosis, de los golpes a las puertas de la locura y del asesinato —al menos así se asume, como un colofón quizás en exceso dramático del progreso narrativo que su personaje hasta entonces había llevado de la mano. No obstante, la obra se extiende de manera coherente frente a los ojos del espectador o lector y, hasta cierto punto, se puede obviar lo previsible de la resolución del cuento. Eso sí, ha de señalarse como triunfo el hecho de que la autora utilice la metáfora de manera precisa y repetitiva —que conste mi elogio hacia esa idea de la repetición que, si bien no aporta demasiado nuevo, sí construye un estado de cosas, un estado mental que impone un (re)conocimiento de la situación a la que se enfrenta el personaje, del círculo en el cual se encuentra ahorcado.

De ahí que Mabei pueda ser vista como una de esas criaturas de la tradición mitológica, un ser perdido en el espacio y el tiempo, que deambula en torno al hilo de una historia sin saber bien cuál es o será su destino. En su mano queda solo el cuchillo y es un objeto también metafórico —aunque obvio— que augura no solo la automutilación sino también la extinción de aquellas otras especies que rodean a la lamia, a la sirena, al pez-mujer.

Es la nata del apocalipsis, sin dudas, reducida de evento macro a evento solitario.

Adviértase, en el uso del lenguaje, cierta necesidad del uso de la onomatopeya. A mi entender, esto resulta una reiteración que, en este momento, he de decir no es tan agradecida como otras. El discurso, interrumpido o permeado por lo onomatopéyico, no cambia, no es modificado ni enriquecido, sino que se aprecia como un recurso más, no de sobrada eficiencia, sino de una búsqueda de sonoridades que en realidad no son necesarias.

A pesar del giro final —esperado, hasta cierto punto—, la autora recobra las riendas de su relato con la imagen final. Una imagen que otorga valor y que cierra el círculo abierto con Mabei y su primera cuchillada. El delirio se ha convertido en realidad o, por lo contrario, el lector ha caído finalmente en la red y se ha transformado, como la criatura del relato, en una presa más. Una presa que elude el concepto y que sueña con el agua, el agua misteriosa de la resurrección y el resurgimiento.


Elizabeth Villamán. Escritora y guionista. Ingeniera Industrial de profesión hasta el 2016 cuando viajó a España por un sueño: escribir. Nació en Santo Domingo, República Dominicana, en 1992. Se graduó en la VIII promoción del máster de narrativa de la Escuela de Escritores, Madrid, España, entre otros cursos y talleres. Ha ganado diversos reconocimientos y publicado en diversas antologías nacionales e internacionales: Seis Tonos de Negro (Ediciones PG, 2019), Belleza Fatal y otros cuentos (Funglode, 2017), René y otros cuentos (Casa de Teatro, 2016), El Síndrome de Heinz y otros cuentos (Funglode, 2015); entre otros. Recientemente ganó la beca de Residencia Literaria en Coruña, a través de la Fundación René del Risco Bermúdez. Acaba de finalizar su primer libro de relatos.
 

MABEI

Mabei se miró las piernas mientras el agua caía a chorros pequeños en la bañera. De los ojos le brotaban lágrimas envueltas en rímel que le recorrían toda la cara. Mabei volvió a mirarse las piernas y el corazón se le aceleró de pronto. Un solo corte sería más que suficiente, un solo corte, esperar, contar, quizás; los ojos sobre la piel, la piel abriéndose, hinchándose, Mabei, un solo corte, un corte lento, profundo, un solo corte. Ella intentó respirar despacio, siempre le habían causado fascinación los cuchillos. Su padre era pescador; y por las mañanas, con el sol reflejado en su rostro, dándole tintes anaranjados a la piel, él empezó a llamarla Mabei mientras ella cortaba las cabezas de los pescados que se iban acumulando en una cubeta.
El agua llenó la bañera y empezó a deslizarse por el piso. Mabei no se preocupó en cerrarla, seguía mirándose la piel y rozando la punta del cuchillo en sus rodillas, por momentos ya no le parecía anaranjada, sino una piel cubierta de escamas y deformaciones, e imaginaba que el muslo era la cabeza del pez y que los pies eran la cola. Un pez enorme, el más enorme que quizás Mabei había visto en su vida. Quitar, quitar, quitar las escamas, desprender, raspar con un cuchillo la piel, de cola hacia cabeza, recuerda Mabei, cola, uno; cabeza, dos; todo en sentido contrario de las escamas, un solo corte.
Mabei recostó el rostro sobre los azulejos y dejó de rozar el cuchillo cuando escuchó una voz ronca al fondo de la habitación. Cerró despacio la llave, pero el piso ya estaba lleno de agua. La voz cada vez se hacía más fuerte. Antes de responder, Mabei entró en la bañera, hundió la cabeza y el cuchillo sobre las rodillas y se consumió en el agua. La voz, en el fondo, se transformaba y se diluía mientras Mabei seguía aferrándose las rodillas. Cabeza hundiéndose, apretar, apretar, el filo del cuchillo, un solo corte, limpiar la piel bajo agua fría, elimina, eliminar piel muerta, revisa, revisa, cola, cabeza, cola, uno; cabeza, dos; enjuagar y corta aletas, un solo corte, espera... Una mano gruesa y arrugada la sacó a jalones, Mabei ni se inmutó y salió despacio y tambaleante como si saliera de un sueño largo, profundo, endemoniado, con una voz dentro que le raspaba la garganta y los oídos. Mabei vio los ojos llenos de ojeras y sin pestañas de Ceci, pero por alguna razón ya no tenía miedo, quien sabe cuándo había dejado de tenerlo.
—¡Mabei, muchacha´ der´ diablo! —le gritó.
Los muslos de Mabei estaban manchados en sangre, tenía un corte largo por encima de las rodillas.
—¡Coño! Mira eso —decía Ceci señalando los muslos—. ¿Tú cree´ que eso´ le pue´ guta´ a alguien?
Mabei vio como la sangre se corría, pero también vio las escamas. Se mantuvo en silencio mientras Ceci echaba sus maldiciones y la arrastraba por la habitación como si su cuerpo, engullido, fuese una red enorme de peces, peces acabaditos de salir del mar con toda la sal y la mierda mezclada e incrustada, abrazada a los tejidos.
—No pue´ se, no pue´ se, Mabei. ¡Carajo!
Ceci seguía gritando y Mabei concentrada en las rodillas. Un solo corte, sangre de pez, sangre de pez, muchachita mía. Quita las vísceras y lava, clava el cuchillo, agujero anal, clava el cuchillo, un corte, corta debajo de la cabeza. Lo de cortarse no era algo nuevo, Mabei desde siempre quiso hacerlo. Sentía una pulsación en el pecho porque no tenía con quien jugar, o se aburría, o ya no había cabezas de peces por cortar, y años después porque solo quería controlar algo por un momento, su cuerpo, mi cuerpo, su cuerpo, a veces frío, a veces tibio, el cuchillo, hundir un poco, o raspar, raspa, Mabei. Con el tiempo logró hundirlo más sin que doliera, pero el placer era el dolor, eso, ver la piel abriéndose como enormes capas que jamás iban a terminarse, el corazón dando tumbos como chasquidos y los dedos sin temblar, también le corrían cosquillas por la entrepierna y después era todo risa, una risa intensa que burbujeaba, que era el alimento y la sangre corriendo sin más, y así se moría por esas heridas que para ella nunca cicatrizaban. Era perfecto, endemoniadamente perfecto, y todo empezó el día que su padre encontró los pescados sin cortes pudriéndose en el patio, y a Mabei, hincada con el cuchillo en las manos, casi abriéndose los muslos. Él la miro como se mira a los peces que no sirven para nada y no le habló más. A los tres días él murió, algunos dicen que de pena, otros que por el hechizo de Mabei, y así fue sacada del pueblo y llegó a Barahona en manos de Ceci.



Ceci le curaba los muslos a Mabei. Ella estaba empapada y desnuda en la cama, las heridas no eran profundas, pero Ceci le vio las cicatrices en la entrepierna y en los sobacos.
—Si sigue´ haciendo esa vaina, no va´ verr quien te quiera cogerr´ y ahí por mi madre que yo mimita´ te mato a pedrradas, o te mando pa´ tu maldito pueblo. No pue´ se´, no pue´ se´.
Mabei se mantuvo en silencio, lo que dijera Ceci ya no importaba. Mabei abrió más las piernas para que Ceci pudiese curarla como se cura a un pez. Agua mineral, fría, fría, cuarentena, un solo corte, muchachita mía; uno solito, antibióticos, ph del agua, Mabei. Ceci lo hacía primero con delicadeza, pero por momentos volvía a enojarse y le apretaba las piernas, las miraba y las movía, eran bonitas, eran unas piernas muy bonitas, pero llenas de cicatrices y así no servían.
—Decansa´, ma´ te vale ta´ bien pa´ mañana —dijo y después salió de la habitación.
Mabei seguía tumbada en la cama, feliz de que por una noche no tendría que hacerse la borracha en el bar para atraer hombres. Por esa noche podría quedarse allí, contemplar  heridas, un solo corte, escamas de peces, sabor del pescado frito, frito, frito...  Ese que a veces se comía con su padre en Boca Chica, los dos bajo una palma vieja, con las hojas tristes, como le decía su padre a las hojas que estaban a punto de caerse. Y allí, tumbados, viendo las olas romper cerca de la orilla, y alzando la nariz para drogarse con los olores, a veces de mierda y agua estancada, pero a veces también el olor del pescado frito; y poder sentir las pestañas cubiertas de los restos de sal que dejaba el mar Caribe. Sal en las pestañas, muchachita mía, lágrimas saladas.



Ceci ya le había dejado la ropa sobre la cama, Mabei miraba el vestido de brillos y lentejuelas, la cicatrices de la entrepierna y los sobacos ya ni se veían, el maquillaje lo cubría todo, pero nunca las del alma. Un solo corte, un solo corte, aletas pectorales, movimiento ondulatorio, cola, aleta caudal, sangre. Mabei se colocó el vestido, que envolvía la perfecta figura y escondió el cuchillo pequeño en el bolsillo de brillos. 
—¿Ta´ lita´? —dijo Ceci—. Así me guta´ y ya no ma´ cortes, ¿ok? ¡¿Me entendite´?!
Mabei asintió y caminó detrás de ella por los pasillos oscuros y malolientes, los pasillos olían peor que los pescados, peor que el olor que traía el mar de vez en cuando.
Al moverse, las lentejuelas hacían un crujido casi imperceptible, pero junto al sonido de los tacones retumbaban como un glup, glup, glup glup glup, glup. En el fondo había un hombre esperando a Mabei con los ojos colorados y llenos de lagañas, las uñas, y la barba, sucias.
Ceci se detuvo frente al hombre.
—Aquí ta´ tal como úte la quería —dijo Ceci mientras hacía girar a Mabei.
—Hola, mamasota —dijo el hombre.
El vestido y las lentejuelas, glup, glup, un solo corte, sabes a mar, muchachita mía. Un solo corte, presión intensa, glup, glup, cortes, cortes, antebrazos, abdomen, muslos, ojos de pez. 
—Ella no e´ de la´ que habla mucho, pero de segurito hará bien su trabajo, siempre lo ha hecho —dijo Ceci.
—Callaita como me gutan´ la degracia´.
—Toa´ suya —dijo Ceci y empujó a Mabei hacia el hombre.
Ella y él se fueron caminando por el largo pasillo, con el olor del queso frito dañado, de los perfumes baratos, y el sonido de los gemidos que salían de las demás puertas, gemidos que consumían el glup, glup, que ya era casi imperceptible. Entraron a la habitación y el hombre empezó a desvestirse con impaciencia, las capas de grasa le caían y dejó ver el pecho enrolado de pelos oscuros y gruesos. Él arrastró el rostro de Mabei sobre el pecho, y ella lo sintió como algas, las algas asquerosas que atravesaban los peces, glup, glup.
—Vamo´ muchacha, pagué mucho cuarto por ti. ¡Resuelve!
El hombre le arrancó la blusa, y el glup glup, al caer todas las lentejuelas y canutillos fue demencial, Mabei se tapó los oídos y se tiró al suelo. Se tumbó abrazándose el cuerpo con ganas de cortar, cortar y cortar.
—¡Vamo´! Resuelve, ¡resuelve, buena mierda!
El hombre, cada vez más impaciente, y los gritos que se extendían por todo el pasillo. Él la tumbó en la cama y se quedó contemplando el cuerpo de Mabei, besándola, arrastrando la lengua por su piel. Mabei se quedó quieta y cuando él se acercó a sus senos, apretando los dientes contra sus pezones, le hundió las uñas en los ojos, presionado y pateando su barriga. El hombre gritaba, Mabei sacó el cuchillo y le hizo cortes por los brazos, las piernas, cerca del cuello, glup, glup, un solo corte, es un pez grande, muchachita mía; tu cara es de color arena, corta, corta. 
Se escuchaban gritos y después el retumbar de la puerta cuando entró Ceci. Mabei escondió el cuchillo, el hombre seguía gritando y retorciéndose en la cama.
—¡Mabei! ¡Degraciá! ¡Mardita, muchacha! ¡Te mato! ¡Te mato! —le gritó Ceci.
Se lanzó contra ella, Mabei  la cortó tan rápido que ni supo dónde. Ceci gritaba, también el hombre. Gritos y gritos.
Mabei salió corriendo, sin vestido, sin glup glup, tambaleando por los pasillos asquerosos, cortando todo lo que se atravesara en su camino, sin parar, sin mirar. Corta, muchachita mía, un solo corte. Mabei se detuvo ya muy lejos, por fin ya muy lejos, con el corazón casi en la boca y los pies llenos de arena. Mabei se recostó muy cerca del mar donde la rozaban las olas, aleteando, sintiendo cómo su piel se cubría de escamas, le salían aletas y ojos sin parpados, glup, glup. 

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