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Julia Calzadilla: El poder de la palabra

Antonio López Sánchez, 12 de agosto de 2019

El ensayo, la poesía, la ficción, la investigación (dentro de ella la egiptología y la piramidología), el magisterio y, por supuesto, la traducción, no son campos ajenos a la labor de mi entrevistada. Además, dentro de la creación en la literatura infantil y juvenil su obra ha sido recompensada con Premios Casa de las Américas, en 1976 y 1984. Ostenta la Distinción por la Cultura Nacional Cubana (1996) y recibió el Premio Astrid Lindgren (2014), que otorga la Federación Internacional de Traductores.

Al resolver este cuestionario, igual aflora en sus respuestas otro de los secretos enigmas del lenguaje. La traducción también revela la magia escondida detrás de las palabras, sus poderes ancestrales, y hasta algunas pifias, de proporción cuasi épica, que se han inmortalizado. Todo un apasionante paseo por uno de los cauces vitales de la cultura universal emerge en este diálogo con Julia Calzadilla.

¿Qué se necesita, además del obvio y sólido conocimiento de un idioma extranjero y del propio, para ser un buen traductor literario? ¿Qué cualidad resulta imprescindible?

Tener una cultura general sólida, para lo cual es imprescindible estar actualizado sobre lo que ocurre en el mundo y leer mucha literatura. Claro está, la buena literatura de todos los tiempos, desde la Antigüedad hasta el presente y abarcando un horizonte internacional lo más amplio posible. En este sentido, hay obras y autores que un traductor literario debe conocer especialmente, como es el caso de Homero, Cervantes, Shakespeare, Boccaccio, Dante, Dickens, sin olvidar a Platón, Tolstoi, Sienkiewicz, Lord Byron, entre otros, y textos religiosos como la sagrada Biblia, El Corán y anónimos como Las Mil y una Noches, ejemplos –entre cientos de títulos que podrían citarse– de gran valor en la formación del traductor literario.  

¿Cuál sería su método de trabajo y las herramientas fundamentales para llevarlo a término?

Como método de trabajo, ya ante una obra determinada cuya traducción debo realizar, estudio el país de que se trata y, sobre todo, al propio autor: su vida, su labor, títulos publicados, etcétera. Asimismo, el conocer los elementos paragramaticales del lenguaje –materia de Estilística que tuve la dicha de aprender con el Dr. Roberto Fernández Retamar en mi carrera de Letras en la Universidad de La Habana (1975)– ha sido una herramienta de gran ayuda al traducir literatura. Así sucede con el verso de César Vallejo, el traje que vestí mañana… ¡porque era el único traje que tenía! Gramaticalmente, sería un disparate utilizar un verbo en pasado con sentido de futuro. Poéticamente, es una imagen hermosa y lograda. Y así hay muchas situaciones en que es muy necesario conocer esos elementos paragramaticales que, como su nombre indica, están regidos, no por la gramática pura, sino por elementos subjetivos del habla, la emoción entre ellos. En tales casos, de no existir un equivalente en la lengua de llegada, debe añadirse una nota al pie.

¿Dónde están los límites, objetivos y subjetivos, de llevar una obra literaria a otro idioma? ¿El traductor literario debe respetar rígidamente el original o versionar desde su criterio?

Lo que acabo de mencionar con respecto a los elementos paragramaticales pudiera ser un límite objetivo y subjetivo al llevar una obra literaria a otro idioma. Objetivo porque el desconocerlos impediría la equivalencia correcta y subjetivo porque los idiomas tienen alma… sí, alma y no es igual el alma de la lengua rusa, digamos, que el alma de la lengua inglesa, china, francesa, italiana, castellana… Enfrentar ese reto es de veras difícil y, a la vez, apasionante. El respeto a la fidelidad de la obra es una condición sine qua non pero… (¡y aquí los peros sí valen!) sin permitir que ese “respeto rígido” lleve a la literalidad. Ese, en mi opinión, es un riesgo de dos vías que se corre al versionar: una vía puede conducir a una traducción en parte o totalmente literal y otra a una traducción parcial o totalmente de estilo libre, cuando en realidad lo importante es ser leal, fiel al original con los recursos que nos brinda la lengua de partida y, sobre todo, la lengua meta o de llegada. Y aquí recuerdo lo dicho por José Martí en su carta a María Mantilla en abril de 1895: “(…) La traducción ha de ser natural, para que parezca como si el libro hubiese sido escrito en la lengua a que lo traduces, que en eso se conocen las buenas traducciones. (,,,)”.

¿Hasta dónde sería justa o no la consabida sentencia que acusa de traidor al traductor? ¿Algún ejemplo que confirme o desmienta esta sentencia?

Se ha dicho que la traducción perfecta no existe. Y es por ello que debe haber surgido la frase de traduttore, traditore, precisamente en una lengua romance como el italiano, tan emparentada con las demás de ese grupo: español, francés, portugués, rumano, donde abundan los falsos cognados o falsos amigos. Ahora bien, para confirmar esa sentencia sería necesario citar las “traiciones” cometidas en las traducciones realizadas a nivel planetario a lo largo del tiempo. Y, para desmentirla, lo mismo ocurriría con las traducciones buenas, fieles, realizadas a nivel planetario a lo largo del tiempo. Se requerirían miles de ejemplos para ello, ya que, de igual modo, podría decirse traduttore NON traditore. Sin embargo, los disparates literarios de traducción abundan en obras conocidas, y sobre ello he publicado varios artículos en diversos sitios de Internet. Uno de ellos trata sobre la errónea traducción del ave fénix por ave y no por la semilla de una palma, señalada por Miguel de Unamuno en Soliloquios y conversaciones, a pesar de que en culturas antiguas como la china y la egipcia esta ave ha sido un símbolo de resurrección, de renacimiento.

Lo mismo sucedió con el descuido del traductor que en la Francia de siglos pasados en lugar de leer pantoufles de vair, leyó pantoufles de verre y, con el vocablo glass, inmortalizó en el mundo anglosajón y en muchos otros países esas "zapatillas de cristal o vidrio" de la fregona Cenicienta que, en honor a la verdad, eran de fina y suave piel de marta, ¡idóneas para bailar! Y no por último menos importante está el título de la famosa novela de Oscar Wilde, The importance of Being Earnest, traducida al castellano como La importancia de llamarse Ernesto. La lista sería extensa…

¿Hay algún traductor literario, ocasional o habitual, de hoy o de siempre, que considere un ejemplo a seguir?

Como egiptóloga, comienzo por citar a los traductores de la Piedra de Rosetta, texto multilingüe (jeroglífico egipcio, demótico y griego) que sirvió a Jean-François Champollion para descifrar numerosos elementos de la escritura jeroglífica egipcia. Por otro lado, permitiendo los saltos en el tiempo, menciono a San Jerónimo y a su traducción de la Biblia, la Vulgata, en el siglo IV y a la Escuela de Traductores de Toledo, cuya extraordinaria labor se extiende desde el siglo XII hasta hoy. En Cuba, siento orgullo de haber conocido y trabajado con compañeros sumamente valiosos en varios idiomas, algunos ya fallecidos, otros aún activos, y si bien no tuve un contacto traductológico directo con Desiderio Navarro, recientemente fallecido, puedo citarlo como un ejemplo a seguir en cuanto a laboriosidad, seriedad, inteligencia, aplicados disciplinadamente a su excepcional don lingüístico.

¿Es bien reconocida la labor del traductor literario en los predios cubanos?

No lo es, pues a pesar de la larga trayectoria de los traductores literarios cubanos aquí no existe aún el Premio Nacional de Traducción, al igual que los hay de Literatura, de Edición, de Diseño, de Artes Plásticas… Tampoco la remuneración y los largos plazos de pago se corresponden con el esfuerzo y la responsabilidad que dicha labor implica.

¿Hay alguna anécdota de su labor o algún consejo que quisiera compartir?

Además de lo ya dicho en las respuestas anteriores, quiero añadir este consejo: No realizar, en general, lecturas lineales, o sea, no limitarse al significado literal de lo que se está leyendo, no solo al traducir, sino al leer por placer, por investigar, por aprender… Hay que ir más allá, estudiar y profundizar en la simbología, en los símbolos de diverso tipo porque ello puede conducirnos a una lectura más clara, a una lectura correcta. Y cito brevemente lo ocurrido en la tumba de Tutankhamon en 1922; la lectura inexacta de dos inscripciones: La muerte alcanzará a quienes perturben el descanso del Faraón, situada a la entrada de la tumba y ojalá que mis enemigos sean derribados y despedazados, en el amuleto hallado sobre el almohadón, fueron interpretadas como “amenazas mortales” para el equipo de arqueólogos e investigadores que trabajó en su tumba –exceptuando a su figura más importante, Howard Carter— hasta el punto de calificarlas de espeluznante “maldición de la momia”, que tanto han generalizado y explotado los medios sensacionalistas. Por supuesto, silenciando una importante causa física y real de las muertes provocadas por hongos en una tumba cerrada hacía miles de años.

En resumen, que debe tenerse presente el poder de la palabra, conocido desde tiempos antiguos en diversos sitios del planeta: en el Génesis bíblico, donde la palabra divina es la autora de la Creación, versículo 3 (5, 6 hasta el 26), “Y Dios dijo: Hágase la luz y la luz se hizo”; en el Nuevo Testamento, Evangelio de San Juan, el Logos, versículos 1-4, “En principio era el Verbo”. Desde entonces, las palabras fueron consideradas como portadoras de poder mágico. Ahí están como ejemplo las sentencias: “Dar la palabra” (compromiso ineludible); “Bendecir o maldecir” (actos con consecuencias —benéficas o maléficas por acción de la palabra); y las portadoras de poder vibratorio: el Amén (Así sea), derivado del OM sánscrito (vibración cósmica que no debe pronunciarse en vano), los mantras, el Abracadabra hebreo, etcétera. De nuevo, la lista sería extensa.

De ahí la enorme responsabilidad que, como hablantes y escritores, tenemos al utilizar las palabras propias. Y de ahí la doblemente enorme responsabilidad que, como traductores literarios, tenemos al volcar en otra lengua, sin alterar su mensaje ni su alma, lo dicho por otra persona en un texto original de prosa o de poesía. El poder de las palabras, su incalculable valor, Dulce María Loynaz supo plasmarlo en un verso: Dime solo una palabra buena, una sola palabra…

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