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La casa andaluza

José Antonio Michelena, 12 de agosto de 2019

La llamada Reconquista de España nos ha sido contada en Occidente desde el punto de vista de los vencedores; pocas veces hemos tenido la oportunidad de tener un enfoque de los derrotados. Ahora, las editoriales cubanas Arte y Literatura y Cubaliteraria han publicado en español La casa andaluza, novela del escritor argelino Waciny Laredj, que justamente ofrece la visión de los vencidos.

Desde los ya lejanos años sesenta, cuando leímos a Albert Camus, vimos La batalla de Argel, de Gillo Pontecorvo, y Argelia era noticia constante en los diarios; ese peculiar país africano se nos fue difuminando. Paradójicamente, son muchos los eventos históricos que tenemos en común, que nos acercan.

En el año 1492, el mismo en que las naves de Cristóbal Colón llegaran a la Isla, las tropas de los reyes católicos lograron la victoria defintiva en la reconquista de los territorios de la península ibérica ocupados por el Islam desde la segunda década del siglo VIII. Luego, el inicio de la conquista y colonización de América por la corona española coincide con la expulsión morisca de Al Andaluz, intensificada en 1502 y concluida en 1609. El destino principal de esa enorme masa de población mudéjar, desplazada de forma bárbara, sería Marruecos y Argelia.

En Tlemcen, una región argelina marcada por la cultura andaluza, nació en 1954 Waciny Laredj. Su itinerario vital no es muy diferente al que han experimentado muchos otros intelectuales africanos, asiáticos, o latinoamericanos –con las características propias de cada nación–: estudió Literatura árabe en la Universidad de Argel; realizó la maestría y el doctorado en Siria; y de vuelta a su país natal, enseñó Literatura moderna hasta 1994, en que emigró, primero a Túnez, y más tarde a Francia, donde estableció su residencia en París e impartió clases de Literatura. Waciny Laredj es autor de 13 novelas, entre las que destaca La casa andaluza, publicada originalmente en árabe en 2010.

Historia de una batalla contra el desarraigo

En la época en que los pacíficos taínos del archipiélago cubano eran exterminados por los colonizadores, Argelia recibía a miles de refugiados moriscos nacidos en España; personas que arribaban a un país que desconocían absolutamente, pero que estaban llamadas a labrar una huella profunda en su tejido social, cultural y económico. Justo en ese período en que la intolerancia religiosa seguía llevando a las torturas y a las hogueras a miles de personas, arranca la historia de La casa andaluza, una novela que atraviesa el tiempo hasta llegar a nuestros días y que narra la lucha de varias generaciones –representadas por una familia– por tratar de conservar el alma de una cultura, el legado de sus raíces.

El personaje central de La casa andaluza es Cid Ahmed Ben Khalil, alias Galileo el Rojo, quien cuenta el calvario de la expulsión morisca, el exilio forzado, la deportación salvaje que sufrieron esos hombres y mujeres echados de la tierra donde nacieron. Se inicia su narración con descripciones escalofriantes sobre los instrumentos y métodos de tortura que practicaban los inquisidores católicos. Ese segmento narrativo es la imagen más aterradora que haya leído nunca sobre tales hechos. Aunque guarda semejanza con los círculos del infiernos descritos por Dante, el descenso a esas penumbras es más horrendo en su crudeza expositiva.

Galileo El Rojo, quien escapa por puro milagro de los inquisidores, se embarca con una legión de parias que son arrojados hacia un destino incierto, en Orán y Argel, la ciudad marinera donde transcurre el resto de su vida. Sus avatares son contados en diez cuadernos que entrelazan una gran cantidad de hechos y personalidades históricas. Lo más relevante es su relación con Miguel de Cervantes. La figura del autor de El Quijote recorre todo el relato y está inscripto en la estructura profunda de la obra.

Cid Ahmed Ben Khalil, nacido en Granada, descendiente de musulmanes, pero iniciado –por precaución salvadora– en el cristianismo, guerrero defensor de Al Andaluz, poeta, hombre de cultura, arrojado de su tierra, se afana en edificar un nuevo destino en Argelia, se empeña en construir, sobre las ruinas de una mansión muy antigua, una casa que contenga, no solo el aspecto y presencia de las construcciones andaluzas, sino también el espíritu de su ciudad, una casa hecha a imagen y semejanza de la que tuvo en Granada y donde esperará a su amada, porque para ella, Lalla Soltana, es esa casa.

Los descendientes de Galileo el Rojo se esforzaron por mantener en pie ese símbolo, la casa andaluza, y batallaron duramente contra los poderes que se fueron sucediendo en el tiempo: corsarios, colonialistas, narcotraficantes, mafiosos, políticos corruptos, delincuentes internacionales, y criminales de todas las categorías. Contra viento y marea defienden la casa y la existencia de un manuscrito de importancia capital en la tesis argumental y el entramado de la novela.

La casa andaluza, debe advertirse, es una obra polifónica, por tanto las voces de otros personajes tendrán roles narrativos que iluminarán la trama: Mourad Basta, Massika, Marina, Celina, quienes igualmente protagonizan y escriben la historia de la mansión y del manuscrito.

No solo narra masacres, crímenes, exilios, expulsiones, también alberga historias de amor como la de Galileo y Lalla Soltana, o Cervantes y Zerida. La propia novela es un relato de amor en su sentido más amplio. La obra trasciende su significación inicial como símbolo de una cultura, como ancla contra el desarraigo, para representar un espacio que sufre la erosión violenta de la mediocridad, la maldad, los totalitarismos, y la deshumanización galopante y militante de los nuevos tiempos.

Si Galileo el Rojo quizo que la casa fuera refugio y raíz de él y Lalla Soltana, más tarde, el espacio creció y fue llamado el cementerio de Andalucía, un lugar donde, según los deseos de Galileo, se prohibía toda discriminación y tendrían sitio las gentes de todas las religiones, el hogar final de los exiliados; posteriormente, su yerno levantó un muro blanco, alto y deslumbrante como la luz de la libertad.

Como texto narrativo, La casa andaluza posee el encanto de la literatura árabe, su dulce poética, ese arrullo musical que parece brotar desde una fuente donde cae una agua cristalina en un patio en el que florecen las rosas, el galán de noche y los jazmines. Todavía en Cuba quedan algunos patios así, frutos de la herencia andaluza. Aquí también los descendientes de moriscos plantaron su casa. Este libro nos lo recuerda.

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