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El centenario de nuestro eterno Juan Emilio Friguls

Leonardo Depestre Catony, 03 de agosto de 2019

No es la primera vez que escribo sobre el periodista Juan Emilio Friguls. Creo que tampoco será la última. Y esta vez la estimo muy necesaria: el habanero Friguls nació el 3 de agosto de 1919. Hace pues, un siglo y es para celebrarlo desde esta siempre alerta Cubaliteraria.

No disfruté de su amistad (créame que lo siento) pero sí me detuve a conversar con él varias veces. Sucedía esto en la Plaza de Armas, donde solía hallársele en la tarde alta, tomando el fresco, dialogando (muchos le estrechaban la mano), o sencillamente viendo la vida pasar, porque Friguls —por entonces ochentón — jamás parecía tener prisa, ni aceleraba el paso que, aclaremos, era un buen paso para sus tantos años. Muy pulcro y elegante, con su guayabera de mangas largas, espejuelos y sempiterno bigote, amén de una delgadez a todas luces “congénita”, y de una simpática seriedad, era una estampa vívida de su tiempo y una muestra de amor eterno al ejercicio del periodismo. Culto y disciplinado en el uso del idioma, a Friguls se le podía tomar como un personaje salido de las páginas del cervantino Quijote, y hasta emparentado con el célebre Alonso Quijano.

Voy a darle ahora algunos datos que puede hallar en cualquier enciclopedia… porque en todas se le encuentra, como para reverenciar su quehacer e ilustre memoria.

Juan Emilio quiso en su niñez ser sacerdote, y estuvo en el camino, pero al conocer de la convocatoria abierta en la Escuela Márquez Sterling, prefirió matricular en esta y allí hacerse un profesional del periodismo, fue uno de los primeros expedientes, se graduó en 1947 y complementó estudios en España y Portugal. En adelante desarrolló su actividad en la prensa en muy estrecha relación con la cobertura del acontecer religioso. Lo hizo primero en el diario Información, trabajó además en el espacio informativo de Unión Radio y en tan temprana fecha como 1946 el papa Pío XII le otorgó la distinción Pro Ecclesia et Pontifice, primer cubano en recibirla. Comienzo nada mal para quien entonces no llegaba a los 30 años.

Sin embargo es su arribo al Diario de la Marina, en junio de 1947, lo que marca un momento decisivo en su desarrollo ulterior: se hace cargo de la sección Catolicismo del periódico más elitista, polémico  y conservador de cuantos (¡y eran muchos!) se publicaban en Cuba. También incursionaba en temas culturales, de la diplomacia y reseñas de libros, todo ello muy en consonancia con la formación y espíritu humanista del aún joven periodista. Probablemente sin percatarse del todo de ello, Juan Emilio se estaba convirtiendo en el laico católico más conocido de la Cuba republicana y en un símbolo del periodismo de asunto católico en la Isla y fuera de ella, porque Diario de la Marina tenía un muy vasto alcance.

Sirvió de corresponsal de la National Catholic Welfare de Washington, tomó un curso en esa ciudad y fue de los pocos, tal vez poquísimos, periodistas que entrevistó a dos papas, Pío XII en 1950, y Pablo VI en 1968; también cubrió la visita del papa Juan Pablo II a La Habana, en 1998. Y es dato poco conocido que integró el grupo de laicos y sacerdotes designado por el cardenal Manuel Arteaga para interceder ante las autoridades oficiales a favor de los sobrevivientes del asalto al Cuartel Moncada en 1953.

Con el cierre del Diario de la Marina en 1961 pasó al periódico El Mundo y cuando este también dejó de publicarse en 1968 concluyó su vida como diarista para formar parte del medio radial, que ya conocía y había trabajado mucho antes, sin abandonar el mundo de la prensa al que había dedicado su vida. Se insertó primero en la emisora Radio Habana para a partir de 1972 iniciar otra etapa importante en su carrera profesional en Radio Reloj, de donde hoy día casi todos los recordamos por su fecunda actividad reporteril, realizada hasta poco antes de morir el 8 de agosto de 2007, solo para dar paso a la leyenda del periodismo cubano en que se ha convertido.

No pretendemos abordar aquí la totalidad de las aristas en que se desenvolvió el quehacer activísimo de Friguls, también docente por un tiempo de la carrera de Periodismo, y autor de varios libros. “Decano de la prensa en Cuba” fue una suerte de título, no oficial, pero sí simbólico, que nadie le disputó y que después de todo se justificaba por la multitud de reconocimientos que recibió, entre ellos el Premio de Periodismo Enrique José Varona en1947; el Premio Nacional de Periodismo José Martí, en 1997; el Premio Nacional de Periodismo Cultural José A. Fernández de Castro, en 2000; el Premio Nacional de Radio, en 2003, y el Micrófono de la Radio Cubana; además de la Distinción por la Cultura Nacional; la Distinción Raúl Gómez García; la Medalla Alejo Carpentier y la Réplica del Machete de Máximo Gómez.

Tal fue el admirable viejecito con quien departí varias tardes, sentados ambos en algún rincón de sombra de la Plaza de Armas. Tal fue Juan Emilio Friguls, un personaje inolvidable del periodismo y la cultura cubana. 

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