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Efraín Riverón: desde la Patria y el exilio

Reyna Esperanza Cruz, 01 de agosto de 2019

La poesía de Efraín Riverón es un noble intercambio entre el mundo interior y el mundo exterior: cada verso es una vivencia, y cada vivencia una evocación que se transforma en imagen nítida, urgida de llegar a los otros con su mensaje de humana belleza. La familia, su isla natal, la muerte, el paisaje, el amor, la celebración de la mujer, son sus temas recurrentes. Cultiva con igual calidad el verso libre y las estrofas clásicas — el soneto y la décima, preferentemente, estrofa esta última en la que exhibe gran maestría. Algo distingue a este poeta en el enorme coro de la poesía cubana: en sus textos conviven la metáfora más fina o chispeante junto a las frases propias de la oralidad, pues paralelamente ha incursionado, desde muy joven, en la poesía escrita y en la oral, joya esta última de nuestra cultura popular que cuenta con excelentes cultores. 

Quienes se acercan a la poesía sin prejuicio o sectarismo estético, con la amplitud de miras que, por ser expresión personalísima, este arte requiere, disfrutarán la lectura de estas páginas como se disfruta una corriente de agua fresca. Porque siempre que se escribe desde la honestidad, y con respeto al idioma, y se plasma en la página la irrepetible marca del espíritu propio, se está añadiendo al caudal de la herencia espiritual. Tal como a un amigo que llega a comunicarnos sus confidencias: así han de recibirse los versos de Efraín Riverón, claros, con esa transparencia que imprimen la sinceridad y el buen decir, testimonio del espíritu de quien no se cansa de evocar la patria que lleva a cuestas, escrito desde la distancia, para borrar todas las distancias con el poder indiscutible de la palabra.

                                                    REYNA ESPERANZA CRUZ


NEW YORK
(Fragmentos)


INVIERNO

Es duro este invierno. Es
tan afilado y salobre
que hay más angustia en el pobre
y tristeza en el burgués.
De un irrevocable estrés
los espíritus se dañan.
¡Ay, los comercios se empañan!
Rondan fantasmas y nieves,
y las uñas de este jueves
me abren, me entran, me arañan...
 

RÍO HUDSON

He ahí el Hudson, cristal
ancho, largo, majestuoso,
ciertas veces misterioso,
melancólico de sal.
Lo quiero por lo habitual
de las tardes neoyorkinas
y en mis horas con espinas
sin que se sienta o se borre
lo miro a fondo, y me corre
el Cauto por las retinas.

UMPIRE STATE

Alto hacia el azul, tan alto
como un águila de piedra.
Arriba en las nubes medra,
abajo medra en asfalto.
Es hermoso como un salto
de atleta sobre el vacío,
y aunque zarzales de frío
dejaran mi carne mustia,
lo cambiaría mi angustia
por el portal de un bohío.


TU RISA

Como la luna
viajera.
Espera
de nueve a una.
Se mancomuna
tu risa
aprisa
al agua en flor...
Temblor
de carmín en mi camisa.


CIERTA MUJER

I

Fue una atracción
irrenunciable.
(Dejen que hable
mi corazón).
Brindis: el ron
creció en la mesa,
y en la sorpresa
que abrió el momento,
un fuego lento
se hizo promesa.

II

Rocé su blusa
(música al vuelo).
Movió su pelo
como una excusa.
Quedó inconclusa
cierta prudencia
y su demencia
tendió un temblor,
como de flor
ebria de esencia.

III

Hurgué en sus ojos
vidrios dementes
y entre sus dientes
diablillos rojos.
Fundí en arrojos
mi furia herida,
y enmudecida
la voz del broche,
viví en su noche
siglos de vida.


EPÍLOGO

La Ciudad
se apaga lejos,
en los espejos
sin edad.
Realidad
de sueño inerte.
Cojeando suerte
—polvo y escombro—,
el hombro
cargando muerte.



DESDE QUE TÚ NOS FALTAS

                              A mi padre (1917-1975)

                              Hay golpes en la vida, tan fuertes... Yo no sé.
                                            César Vallejo

Desde que faltas, llovizna
la tristeza en el hogar
y es nuestra paz familiar
mucho menos que una brizna.
La angustia nos muerde y tizna
de luto cada rincón,
y hasta tu viejo sillón
de tardes y de saludos,
tiene los balances mudos
por tanta desolación.

La mesa ya no es igual
(roto el mantel —dura huella—),
hasta el azúcar en ella
es un prólogo de sal.
No hay en casa un comensal
que no almuerce en el dolor,
y en un silencio interior
parecido a tu retrato
lloran la sopa y el plato,
mi madre y el comedor.

Tus zapatillas se enfrían
sin tu apacible calor.
Ya no tienen el color
azul-blanco que tenían.
Si en tus pies resplandecían
por ser parte de tus cosas,
hoy vacías, silenciosas,
en su lugar, bajo el lecho,
se aburren en un estrecho
camino de cuatro losas.

Tu reloj, despertador
de tus boreales mejillas,
marca con sus manecillas
un estático dolor.
Crispa su esfera un temblor
de muerte en un duro parto,
y su tic tac en tu cuarto
ni se siente ni se espera,
como si se nos hubiera
detenido en un infarto.

Tu radio está triste, quieto.
(Es un silencio cuadrado).
¡Ninguna mano ha tocado
sus botones por respeto!
Se halla en su sitio, sujeto
a polvos provisionales,
y en sus formas temporales
conserva, leves y puras,
las últimas rozaduras
de tus huellas digitales.

Tus espejuelos están
cruzados, como de hinojos.
Desde que faltan tus ojos
están tristes, ¿qué verán?
Las horas vienen y van
por su transparencia oscura,
y hay no sé qué en su armadura
hablando de largos fríos,
desde que tus ojos-míos
están en la sepultura.

Mi madre, tu guajirita
analfabeta, tu esposa,
cambió su rostro de rosa
por una Zoila marchita.
Su frente opaca y contrita
se avinagra en un lamento,
y desde tu adiós violento
(gris el verso, herido el canto),
se le han perdido en el llanto
los ojos y el pensamiento.

¡Tus hijos, ay, qué dolor
nos martilla los sentidos,
como pétalos caídos
de la muerte de tu flor!
Sin tu paternal amor
somos el todo sin nada,
y ante tu carne apagada
sobre la última luna
cinco huérfanos en una
lágrima desesperada.

Tus nietos, los pequeñitos
botones de tu ilusión,
ignoran que el corazón
se te detuvo en tres gritos.
Cuando un poco seriecitos
me miran con desconsuelo,
y me preguntan: ¿Y abuelo?
(qué pedrada en lo más hondo),
les digo y después me escondo
a solas con mi pañuelo.

Enero 1975


TEMA PARA UNA ELEGÍA

Para Alexis Díaz

Regreso, madre, a la vieja
cuartería de los dos,
donde un retrato sin dios
nos acentuaba la queja.
Aún el óxido y la reja
se golpean entre sí,
y descubro desde mí,
bajo arañazos izquierdos,
que hay un bulto de recuerdos
viejos y nuevos por ti.

En las paredes persiste
(¿es extraño o no me extraña?)
como una araña —¿una araña?—
nuestro pasado tan triste.
Sobre la humedad insiste
el moho que culebrea,
y con el tiempo pelea
por imponer su organismo
el polvo del patio, el mismo
que te ensució la batea.

La cerca por donde a veces
mirabas llegar el hambre,
mueve sus nudos de alambre
como herrumbrosas nueces.
Las sombras figuran peces
en el tejado mugriento,
y en el veteado cemento
como una rítmica clave
gotea la antigua llave
su continuo descontento.

La sobrecama de flores,
de nailon y arisco vuelo,
un milagro que el abuelo
descubrió entre vendedores,
la de los vivos colores
transformándose la estancia,
y que me alteró la infancia
con pronta melancolía,
porque pensé que traía
un presagio de abundancia.

(Me ladra un perro detrás
de su doméstico hocico.
La ceiba perdió su rico
follaje. No alumbra más.
Desconocen los demás
mi presencia, voy y vengo
y ante algunos me detengo,
aunque ignoran todavía
que sobre la sangre mía
de muchas épocas tengo.

Se cae una nube leve
sobre el ajado jardín
y habla la lengua del zinc
con una palabra breve.
Resalta en fino relieve
su escándalo el aguacero,
y mientras que del alero
se cuelga como una avispa,
en la sangre se me crispa
un olor a zapatero).

El chal de la abuela, el chal
que usaba descolorido,
triste como su apellido,
su miseria y su final.
De su corte señorial
queda el adiós del color,
y un largo y fijo temblor
junto a su muerte de abeja,
que en la memoria me deja
un uñazo de dolor.

El viejo Peraza, flaco,
rayano en la transparencia,
con su siempre vehemencia
entre la tos y el tabaco.
Su gusto por el ajiaco
que casi nunca comía,
y en taciturna agonía
gris, semiborrado, loco,
fugándose poco a poco
de tanta disentería.

El excusado, qué ganas
de venirse abajo tiene,
por las décadas que viene
anocheciendo mañanas.
Si pudiera tener canas
sería un viejo de madera,
y sigue, como si fuera
un largo arrepentimiento,
soportando a sol y viento
el tiempo que lo agujera.

La bicicleta. La herida
en tu pierna. Aquel dolor
tan agudo y el temor
a la verdad presentida.
El silencio sin medida
que a mi niñez le impusiste.
Tú aterrada, yo tan triste
en la tarde mentidora...
¿Pero di, qué digo ahora
que él no está y que tú te fuiste?

¡Todo es del carajo, vieja,
tu no estar, la carne fría,
lo gris de la cuartería,
lo que te duele y me aqueja!
¡La punzada de la abeja
entre los ojos del gato,
y en nostálgico arrebato
lo que nos queda a los dos,
para sufrir sin el dios
que se apagó en el retrato!

Güines, primavera de 1989



SI MAL NO HE VIVIDO

                  Para Zoila Argüelles, mi madre

I

Entonces eran
las tristes mañanas, los rezos,
el inhóspito desayuno al pie
de los quejidos de tu santa y vieja madre.
Inviernos y arrugas
bajo sábanas rotas, camastros y chinches.

Eran también
las pulgas habitando en el país de mis perros,
el cotidiano olor a muerte de la ceiba mustia
entrando a hurtadillas por los agujeros
inundándonos de selva y tigres.

¡Oh y aquel cielo alto, bien alto,
más azul y más alto,
lleno de vidrio y de carajos siempre!

II

Luego fueron el temor y la nostalgia
vaciándose a cubos
sobre nuestras ilustres nucas,
el acoso y el misterio a gatas por las uñas,
las ropas y la sangre.

En los gestos
el sigilo y la vigilia ocultos,
cuerdos manotazos en el rostro del aire,
en las suaves nalguitas de insignes transeúntes.

Fueron además
las tardes y los salmos, los egregios
espejuelos de Don Nicolás,
su adorable y transparente Carmen,
dulce y esclerótica,
amontonándolo todo donde nunca debía.

III

Más tarde descubrimos la luz,
la aguja del horror en el cerebro,
la peripecia del alpiste en el ojo del canario,
la visita del fusil en pleno tórax,
la causa y el brinco en el estómago.

Con razón
metimos la lengua en otros dientes
sacando estrellas verdes de los charcos
y averiguando el equilibrio de las nubes,
estremecida la puta miseria
en el bolso del hambre.

Fue que encontramos
la vida en la tímida violencia del ahorcado,
en la muerte del primer pájaro,
en la exacta y tremenda ruptura
de la carne y la dócil inocencia.

IV

Después vino la lejanía,
la soledad haciendo polvo la cáscara de los sueños,
los sueños mismos
pudriéndose en manos de otros dioses,
los almuerzos a medias,
las horas de melancólicos pasos
cojeando por la humedad de mi cuerpo.

El cristal de la angustia,
la fuga de tu insustituible regaño,
bostezos y noches, días y perezas,
bajo idénticos besos y las mismas lluvias.
Solo, sin tus ruegos, tus creencias,
tus absurdas tragedias y tus benditos muertos.

¿Dónde la paz hasta la paz?
¿Dónde un hueco para esta bola de nervios
suspendiéndome en la línea de mis números nones?

V

Ahora ahí, pinchándome
la flor y la amargura, kilómetros azules y espumantes,
gaviotas en círculos tristes,
dormir con el presentimiento (¿el miedo?)
de que no seas mañana.

Que mis hermanos se traguen la irremediable
y única verdad,
que maldigan sin voz hasta no oírme,
que disimulen tu último nombre tras la nieve,
quedándose sordos,
de repente sin teléfono, sin dirección,
sin espacio para mis oídos, mis culpas y mis cartas.

Tan sólo queda
que no digan que tu espejo se quedó sin cosméticos
o arguyan nada más
que tus vestidos se mueven o andan solos
allá, en ese punto vivo
donde te imagino acurrucada pensando
en un verso, un grito y una tumba.



EL POETA CONMINA A SU MUERTE A HACER EL AMOR

Para Julio Suárez

Acércate,
noctívaga, irreverente,
ilustrísima virgen de níveo pubis.

Vente
con todos los besos de tus lágrimas
y todas las citas de tu polvo.
(Nada de santas prohibiciones,
ni equívocos roces).

Acolchóname
en tu común alcoba de peculiar misterio,
agujereándome
con tus senos de ceniza y mármol.

Listo estoy de pronta entrega útil,
limpio
desde el tronco de las uñas
hasta los últimos racimos del deseo.

Vámonos
(con el peligro de todos los amores),
milenaria y enérgica,
a concebir el único hijo de todas las edades.

Miami, 15-1-1999


 PATRIA Y EXILIO

Para Reinaldo Gil

Isla de mi sangre, parto
de tu paisaje desecho.
¡Ay, la nostalgia en el pecho
me rumia como un infarto!
Cómo extrañaré mi cuarto,
mi espejo de luna ignota.
El color de la pelota
que guardé para mi nieto
y el ala con que sujeto
alguna esperanza rota.

El fogón con las hornillas
negruzcas como la pena,
que tiznaron la azucena
infantil de mis mejillas.
Las adultas y amarillas
tablas del patio. El cantero
con las rosas de febrero
que eran pocas, casi nada,
y la sonrisa agotada
de Patricio el jornalero.

La ceiba, con su ritual
de rayo, espada y donaire,
articulando en el aire
su misterio tropical.
Su sosiego vegetal
(lana, sombra, verde puerto),
antiguo milagro abierto
a súplicas y congojas,
simulando entre sus hojas
la leyenda de algún muerto.

El parque de luz incierta
(mucho más sombra que luz)
bajo la doliente cruz
del Cristo que no despierta.
El óxido de la puerta
en la iglesia clausurada.
La yerba recién podada
al pie de los bancos viejos
y los últimos consejos
del bastón de la barriada.

La boca donde sembré
los dulces granos que tuve.
La calle por donde anduve
con el corazón a pie.
El ala-olor del café
que despertó la cocina.
La gris y añosa vitrina
—alta línea divisoria—
donde espumea la historia
de mi abuela campesina.

¡Cómo me van a doler
mis hijos! En mi amargura
con qué dientes la locura
me irá la carne a morder?
En un tramo de su ayer
se quedará mi partida,
y me golpeará la vida
hasta la raíz de todo,
porque no habrá venda y yodo
que cierren tan larga herida.


EFRAÍN RIVERÓN ARGÜELLES (Güines, 1942). Repentista y escritor. Ha publicado los siguientes libros de poesía: El rumbo de mi sangre (1979), La exacta memoria (1994), Nube y espuma (1999), Un punto en el tiempo (2002), Los ojos en la Isla (2006), De la Isla, la familia y otros recuerdos (2007), Los días de otro almanaque (2008), Después de la ceniza (2010), De la palabra y el espejo (2011), De la luz su fondo (2012) y Hombre que mira (2013), La palabra en el espejo (2014). Reside actualmente en Estados Unidos.

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