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Que nunca mueran los escarlatas

Enrique Pérez Díaz, 30 de julio de 2019

Los finales del siglo XX significaron para la literatura mundial una vuelta al mundo de la fantasía. Desde la publicación en 1997 del primer tomo de la saga Harry Potter, con su bien ganada fama y aceptación popular, las editoriales más importantes descubrieron un filón de publicaciones que se hicieron más frecuentes cada vez, asociadas sobre todo a la maquinaria cinematográfica, puesta en función de promover la lectura de esos textos.

Fue ese el momento en que, mientras se esperaba la aparición de otro nuevo tomo de Potter tras el éxito inesperado de Harry Potter y la piedra filosofal, fueron rescatados libros mucho más antiguos como El Señor de los anillos, de Tolkien o la saga de El país de Narnia, de C. S. Lewis y luego surgirían una serie de seguidores que todavía andan dando que hablar en el firmamento editorial.

Cuba tampoco ha estado ajena a este tipo de literatura en sus más diversas definiciones y cada día nos salen al paso, no solo libros que abordan realidades cercanas y los otrora temas tabú, sino obras de fantasía en sus más diversas gradaciones, que también deleitan a los lectores. En muchos casos, se aprecia a veces cierto mimetismo en la copia al carbón de otras realidades, pero afortunadamente hay también autores con su propio imaginario y que refrescan nuestro panorama con libros originales, bien escritos y sobre todo, muy bien pensados.

Reflexiono sobre esto tras la lectura de un libro singular, preciosamente ilustrado por Yancarlos Perugorría Díaz y que ganó el Premio Abril 2017 en la modalidad de narrativa infantil: La guardiana del último escarlata, de María Elena Quintana Freire, que acaba de publicar la Editora Abril.

Como todo libro de este tipo, su argumento nos cuenta una típica historia de héroes y heroínas en la cual una niña llamada Alexa, quien es hija de una pintora y un escritor, emprende una riesgosa misión en un mundo desconocido, en pos de un legado que debe cumplir.

Siguiendo el esquema del cuento tradicional del ruso Vladimir Propp, Quintana Freire, nos entreteje una entretenida historia de viajes y crecimiento constante, en la cual la protagonista va conociendo una serie de personajes muy diversos, siempre interesantes y bien trazados, que denotan hasta desdoblamientos de su propia persona y de sus sueños.

Alexa estará llamada a ser la madre del último dragón escarlata, una mítica especie que se cree en extinción y que solo una elegida como ella podría traer al mundo, para que se cumpla un ciclo natural entre seres de diversas dimensiones temporales y geográficas y la vida vuelva a su curso normal.

Como en todas las historias de este corte, aludiendo a un vasto caudal de mitología del mundo, en la cual, árboles, constelaciones, signos misteriosos y objetos mágicos se descontextualizan para adquirir sus nuevas dimensiones en el plano donde podrían resultar anacrónicos, la autora da rienda suelta a su imaginación y regala a sus lectores con las aventuras de Alexa y su alter ego (y homóloga de la otra parte) la pequeña Naia de Iggdra, quien la guía en un prodigioso recorrido por parajes colmados de misterio y difíciles pruebas que la visitante deberá sortear.

Hay objetos mágicos a la orden, seres enigmáticos que se transmutan o metamorfosean en otros que lo son más aún, y muy pronto Alexa comprenderá que la vida no es tal como la imaginamos sino mucho más compleja y que todos estamos relacionados entre nosotros, incluso en un abisal orden cronológico que a veces escapa a nuestra propia comprensión, pero que se sepulta en nuestros ancestros más lejanos y sus recuerdos primigenios.

Algo que sobresale en la narración es que su autora no traza arquetipos engañosos sino que delinea seres muy complejos, llenos de contradicciones, tanto de bondades como defectos, pero cuya “humanidad” se va demostrando, a la vez que somos capaces de descubrir tanto sus aciertos o flaquezas.

Todo esto le permitirá a la protagonista —quien sin dejar de ser ella, tampoco es la misma que un día partió misteriosamente de su casa—, ir profundizando en un conocimiento que le permite el feliz término de su arriesgada y portentosa misión.

Pasando de reino en reino, por parajes naturales llenos de encanto y seducción y donde flora, fauna y el entorno mismo interactúan con las viajeras, el lector va descubriendo las claves de una historia que le atrapa y seduce haciéndole proseguir la lectura hasta las últimas páginas del volumen.

El modo hábil en que la autora hilvana su fantasía con nuestra realidad más ancestral, es decir, los míticos y apenas conocidos guanajatabeyes, aporta al libro otro elemento interesante que viene a respaldar la cosmogonía muy particular de María Elena Quintana Freire. Apoyándose en mitos como el de Iggdrasil, el árbol de la vida o del universo en la mitología nórdica o en el ave Rukh de los persas o en Myd, que alude a uno de los nueve mundos creados por Odín y sus hermanos, se entrelaza con sus propios parajes para llegar hasta la Cuba de hoy que se mira en sus predios de antaño.

Vale destacar, casi a punto de cerrar estas notas, que esta autora nacida en La Habana en 1968 ha ganado diversos premios literarios, tanto por sus haiku, o el Farraluque de cuento y el accésit del Félix Pita Rodríguez de literatura infantil y que aparece incluida en diversas antologías y antes ya había publicado para estos públicos Carmicuentos de Maruka (Ediciones Montecallado, 2016).

Saludemos pues el advenimiento de este dragón rosado y de su guardiana al mundo de los libros cubanos para niños, sobre todo por su concepto de defender una identidad desde el abordaje a los clásicos, por tratar de ser salvaguarda de la fantasía en tiempos de total descreimiento y por ser ejemplo de un buen ejercicio literario sencillo, directo, inspirado y de gran veracidad.

Más que nunca los dragones llegan para avisarnos de que un mundo sin ellos, que son sabios guardianes y míticos guerreros, está carente de algo muy esencial: una pizca de imaginación que nos redima de la pesadilla de tanta vulgaridad y mal gusto como a veces, cual niebla venenosa, inunda el universo de la infancia en nuestro país o cualquier otro lugar del mundo.

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