Apariencias |
  en  
Hoy es domingo, 15 de septiembre de 2019; 8:54 AM | Actualizado: 13 de septiembre de 2019
Búsqueda de artículos
título
autor
Artículos en esta sección: 235 | ver otros artículos en esta sección »
Página

El juego de ajedrez de la narrativa

Elaine Vilar Madruga, 18 de julio de 2019

Se ha dispuesto la mesa. Se ha organizado el tablero. Pronto comenzará el combate. La fragilidad de las piezas de vidrio es cuestionable. Ellas se rehacen. Esta es la metáfora del cuento: comienzo y fin no importan, todo se recicla, todo es material para la reinvención, la historia está condenada a repetirse. Desde el principio de la circularidad, enunciado por la estructura interna del relato —y no por la externa— es que conocemos a P7, un peón hembra, una ficha del tablero que se ha cansado de vivir una y otra vez la misma historia. A través del dibujo —de la creación— esta ficha se imagina y se reinventa, es incapaz de verse a sí misma pero, no obstante, crea otra realidad a través de la pintura. Pintura que es, una y otra vez, coaccionada por la figura patriarcal del poder: el ficha del Rey, se hace evidente.

No hay posibilidad para la libertad, ni siquiera cuando las fichas se rebelan y el juego es anulado. No hay posibilidad de un comienzo distinto, nos cuenta Melody Freeland, lo enuncia desde las primeras líneas del relato, quizás excesivamente, quizás revelando las tangentes y los puntos culminantes de su obra con honestidad, reiteración y algo de inexperiencia: esto ha de admitirse. El lenguaje del cuento es, por momentos, hermoso, ya que el relato en sí es una gran metáfora visual y de contenido simbólico. Pero el signo no es suficiente o es excesivo cuando la autora reitera —una y otra vez— el mensaje que ya el contenido de la historia, por sí sola, muestra. Esta reiteración, y la oscuridad de ciertas acciones de la obra, hacen que el relato luzca, por momentos, demasiado prolijo. Nada en contra del mensaje en sí —la lucha del ente solitario conta el poder, la lucha del individuo mujer contra lo patriarcal— aunque reconozco que, para mi gusto lector, habría sido importante la mesura en pos de mayor claridad del relato.

En literatura, opino, se dice más cuando se enuncia menos. Es una máxima que, como es evidente, no puede ser aplicada a todo contexto ni a todo autor, pero pienso que la estética de Freeland ganaría más con la referencia y la metáfora —ya presentes y desarrolladas en el relato per se— que con la reiteración innecesaria de motivos.

Otro punto a tener en cuenta es la oscuridad relativa de la narración. Quizás se deba a la cantidad de espacios que, en tan breve tiempo literario, se abordan. La escena del banquete real despliega una parafernalia narrativa donde los acontecimientos aparecen no solo constreñidos, sino también en exceso agitados. El banquete —lo que parece una fiesta y no el típico combate decisor del ajedrez— se transforma súbitamente en escenario de represión y, más adelante, en escenario de liberación: todo en tan breve instante que las transiciones apenas son perceptibles. La costura narrativa se reciente, sobre todo, en el momento en que la figura del Rey es destruida —destronada— sin que, con anterioridad, se preparara una instancia del relato para ello. La agitación ocupa todo el espacio de la narración y deteriora la imagen. Pese a ello, el relato conserva cierta cualidad hermosa e inocente, cuyo mayor eco es el momento en que P7 descubre que no hay escapatoria.

Todo lo demás que se agrega como coda —la reflexión reiterativa del final que ya no es necesaria, puesto que ha sido dicha una y otra vez a lo largo del cuento— sobra, al menos para mí. Esto no significa que el relato no pueda disfrutarse y que, incluso, sea entrevisto a través del cristal de sus propias piezas, de manera delicada pero, a la vez, con bordes, escarificaciones y filos. Una historia iniciática donde no se llegó al jaque mate pero que augura el nacimiento de una voz que se interesa por las relaciones de poder, que bebe sotto voce de la tradición legada por Margaret Atwood —observen el guiño cuando P7 se coloca entre los peones y le es imposible hablarles o mirarles, ¿no les recuerda esto, acaso, a El cuento de la criada?— y que cuestiona el papel de la mujer en el tablero de ajedrez del mundo.





Melody Freeland es estudiante de postgrado en el programa de Maestría en Español de la Universidad Estatal de Bowling Green, Ohio, USA. Especializada en América Latina y el Caribe, sus investigaciones tienen un enfoque en estudios literarios y cinemáticos, con énfasis en la representación de la mujer a través del análisis de cuestiones de género y sexualidad. Su ensayo “La mujer silenciada dentro de la máquina patriarcal” ha sido publicado recientemente en la Revista Argus-a (Argentina–USA; marzo 2019) y además, su poesía en la Revista Cronopio (Colombia–USA; mayo 2019). Se le ha otorgado además una beca de investigación para continuar su trabajo educativo con organizaciones sin fines de lucro para abordar cuestiones de justicia social y la enseñanza de las matemáticas a estudiantes de herencia.
 




 

Ajedrez
   

Mi mirada encuentra el espejo y una ola de desesperación me inunda. Continúo frotándome los ojos para ver algo que no está allí. Me doy cuenta de que estoy atrapada como un pájaro en su jaula; un pájaro que no existe. Soy un espectro de vidrio.

•••
   

En mi cuarto, deslizo mis manos sobre las cuatro paredes. Cojo un lápiz tan corto que mis dedos tocan el borrador y empiezo a dibujar, lentamente, una nueva cara que acompaña a los miles de otros rostros que ya he dibujado. Las líneas se distorsionan a través de mis manos y me distraigo viendo sus movimientos. La luz de la ventana ilumina mi cuerpo, proyectando innumerables sombras que bailan sobre la pared y mis dibujos. Me río de ellas porque ahora las caras parecen estar cubiertas de pecas oscuras. De pronto, entra el Rey empujando la puerta con fuerza y, como un resorte, me pongo de pie. Espero a que me dirija la palabra mientras una pregunta me quema entre los labios. Respiro despacio, agradecida de que mi rostro no se sonroje. El Rey examina las paredes con una mirada llena de disgusto.
    —¿Cuántas veces tengo que decírtelo, Peón? ¡Deja de hacer esos tontos dibujos!
    —¿Qué existe fuera del Tablero? —le pregunto con un destello de rebeldía en mis ojos, que imagino oscuros.
    —Millones de Tableros como este. No hay nada diferente. No te preocupes por eso. No preguntes tonterías. Sigue con tu trabajo —me miente con un tono de desdén.
    Pero enseguida, el Rey me agarra la muñeca fuertemente y mi último lápiz se resbala de mis dedos. Lo veo en el piso. En silencio, aprieto la mandíbula mientras observo cómo lo aplasta con su talón, como si fuera un cigarrillo.
Ojalá pudiera contemplar mi propia cara. No sé si soy una mujer bella ni cuál es el color de mis ojos. Imagino que son negros, llenos de pasión y rebelión, y que su oscuridad esconde mis deseos más profundos de libertad. Quiero pensar que son el componente más fuerte de mi cuerpo de vidrio. Me gusta contemplar cómo brillo debajo del sol y, aunque odio las pequeñas marcas dentadas y rasguños en mi cuerpo, me encanta que refracten la luz y sentir esa energía dentro de mí que intenta liberarse de su jaula de vidrio. Pero estoy orgullosa de mis defectos. Cada uno viene con una historia dolorosa y reprimida, y quiero que la gente los vea y que tenga que esconderse de mi luz dolorida. Odio mi vida monótona. Por eso dibujo. Aunque mis movimientos son limitados y mi único propósito es ser una hermosa estatua para el Rey, puedo dibujar lo que me da la gana, sin fronteras ni limitaciones.
    Salgo de mi cuarto, como lo hago todos los días, y me alineo con los otros peones en la sala. Son bellos nuestros cuerpos vítreos, sin pigmento. Mi tatuaje en la muñeca izquierda es el único detalle que me distingue del resto. Dice “p7”. Me ubico en el lugar que me ha sido asignado, entre p6 y p8, pero no converso con ellos porque no está permitido durante las horas de trabajo. Después de unos momentos, Alfil-1 abre las puertas ornamentadas y puedo ver a los custodios del Rey. Él está sentado en una gran mesa, presidiéndola. A su derecha está la Reina, callada y cubierta de pies a cabeza. Alrededor de la mesa están los invitados de honor: los dos caballos, los dos alfiles y las dos torres. Todos beben vino y cuentan las mismas historias de siempre. Ha llegado el momento de empezar la misma procesión y después será el baile. La coreografía me aburre.
    Hace diez años me habría sentido orgullosa de desfilar para ser admirada. Pero ahora no. Ahora siento mucha ira y repulsión por esta farsa repetitiva. Me siento nauseabunda sabiendo que millones de ojos se festejan en mi cara de cristal. Solía mantener la cabeza baja, como los demás, pero poco a poco la he levantado. Hoy, en particular, en que me siento inusualmente rebelde, me aseguro de mirar a cada pieza directamente a sus ojos vacíos para obligarlas a ver su propia ruinosa existencia. Después de que todos se han posicionado en sus respectivos lugares, camino lentamente hacia el mío, que está justo enfrente de la mesa del Rey. Indignada por lo que me hizo, lo miro fijamente mientras froto mis dedos contra las astillas rotas de mi último lápiz. Observo cómo sus ojos se deslizan por mi cuerpo hasta que encuentran mi mano izquierda agarrando los restos. Se ríe entre dientes con desprecio y, con un tenedor, golpea la mesa tres veces, como si quisiera decirme que tire el lápiz.
    Estoy petrificada. Trastornado por mi inmovilidad, el Rey golpea la mesa más fuerte que antes, tres veces más. La Reina levanta la mirada por la conmoción que rompe las conversaciones de los invitados. Continúo sin moverme.  En una erupción de furia, el Rey vuelca su silla, se lanza contra mí y me arrancha el lápiz, tirándolo en la mesa. Pierdo el equilibrio y caigo sobre ella. “¡Los peones no dibujan!”, me grita. Instintivamente, tomo el tenedor y me lo clavo en la mano. “¡No dibujaré más!, les respondo con lágrimas en los ojos.
    Mi mano, ahora, destella bajo la luz del atardecer y, por primera vez, veo mi propio reflejo en las piezas rotas, en mi espejo de vidrio. Me doy cuenta de que, aún atrapada y silenciada, soy hermosa. En un instante, vuelvo a ser consciente de la realidad. El Rey alza una silla por encima de su cabeza y está a punto de pegarme con ella. Cierro los ojos esperando el golpe, pero en vez de recibirlo, escucho que alguien grita “¡Fuego!” Una vela se ha caído del candelabro y el mantel arde en llamas. De súbito, la Reina saca una pequeña daga de debajo de su larga toga y corta el cuello al Rey.
            —¡Mi Reina, vamos a escapar! —la apremio con una sonrisa que ella no me devuelve.
             —Ya no sirves para nada —me responde—. Yo tampoco —agrega.
    La miro mientras se quema en el calor de sus propios sueños y mis lágrimas se acumulan sobre mi mano cercenada que refleja mi linda cara de vidrio. Camino sobre las esquirlas del Rey que cortan mis pies, pero no me duelen. Mientras las demás piezas vagabundean sin propósito porque les falta el Rey, sentada sobre el tablero me contemplo en el fragmento de mi mano y lloro de emoción porque mis ojos son negros, como siempre los había soñado. “p7”, susurro al espejo.
    Sé que pronto esta historia se repetirá. Así es el juego de ajedrez. Movimiento tras movimiento, alguien gana y alguien pierde, y todas mis muertes me persiguen cada vez que los peones son usados y reemplazados. Soy usada y reemplazada. Somos usadas y reemplazadas.


 

Elaine Vilar Madruga, 2019-09-12
Elaine Vilar Madruga, 2019-08-27
Elaine Vilar Madruga, 2019-08-12
Elaine Vilar Madruga, 2019-07-08
Elaine Vilar Madruga, 2019-05-19
Elaine Vilar Madruga, 2019-04-23
Un joven llamado Fidel Alejandro
María Luisa García Moreno
La paloma de vuelo popular
Nicolás Guillén
Enlaces relacionados
Reforma constitucional
Decreto No. 349
Editorial Letras Cubanas
Editoriales nacionales
Editorial Capitán San Luis