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Amores difíciles: Heredia y su Jacoba

Leonardo Depestre Catony, 09 de julio de 2019

Aun careciendo de estadísticas que lo avalen, nos atrevemos a afirmar que para nuestros congéneres nacidos en los inicios del siglo XIX, vivir más de 40 años era un reto solo ejecutable con un poco de suerte. Las epidemias eran constantes en el Trópico, la vacunación antivariólica —introducida por el sabio Tomás Romay— apenas comenzaba a aplicarse, las enfermedades infecciosas, las pulmonares y las contagiosas azotaban a la población sin distingos sociales, las normas higiénicas no pasaban de ser muy elementales y las condiciones de insalubridad, inimaginables para el cubano de hoy. En Europa las epidemias de influenza y cólera tampoco daban respiro, amén del frío, que sí castigaba con más dureza a los pobres.

Sorprende enterarnos de que Lord Byron, John Keats, Gustavo Adolfo Bécquer, José Espronceda, las tres hermanas Bronte y muchos otros ilustres autores, no alcanzaron las cuatro décadas de existencia. Tampoco nuestro José María Heredia, el santiaguero a quien se llamó el primer poeta de la libertad de Cuba y cantor de Niágara. Los retratos que de él quedan nos muestran a un hombre de figura enjuta, estatura pequeña, constitución frágil. Pero se trató de un gran hombre y un gran poeta. Orgullo de su patria.

De inteligencia precoz, lecturas abundantes y temperamento romántico, la poesía de Heredia recoge ejemplos tempranos de sus pasiones amorosas y enamoramientos juveniles, donde la mujer es una presencia reiterada. El joven José María es un enamorado impenitente.

“La juventud y el amor coronábanle de rosas, mas ¡cuantas veces entre rosas lo acechaba el áspid! Lesbia hoy, Flérida mañana, junto con otras figuras de mujer (…) En el amor, su temperamento impresionable y vibrante había de encontrar siempre una vena inagotable de inquietud y sufrimiento. De los arrebatos de la pasión se liberaba solo para entregarse a la melancolía o al desencanto”.1

Desde niño viajó, de la mano familiar, por Pensacola, Santo Domingo y La Florida, pues la profesión del padre como funcionario judicial les movía continuamente. El crítico y poeta Rafael Esténger da nombre y apellidos a la primera novia del joven lírico: Isabel Rueda y Ponce de León, “amor tempestuoso y efímero de un poeta de quince años”, en opinión de este autor.  A ella la llama Belisa y luego Lesbia, ambos, anagramas del nombre de la amada.

Después es Flérida quien toma posesión de su corazón, a quien dedica el soneto del cual reproducimos un fragmento:

…si es dulce al inocente pecho mío
atisbar de las aves los amores,
cuando tiernas modulan sus ardores
en la plácida paz del bosque umbrío;

si es dulce ver cual cobran estos prados
fresco verdor en la estación florida,
y al cielo y mar profundo serenados,

más dulce en verte Flérida querida,
darme en tus negros ojos desmayados
muerte de amor más grata que la vida.

Desconocemos quién es —viene a continuación— la dama “culpable” de “La desconfianza”, de Heredia, un soneto cuyas seis últimos líneas de verso  revelan el estado sentimental del autor:

Sigue a las tempestades la bonanza;
siguen al gozo el tedio y la tristeza…
Perdóname si tengo desconfianza
de que dure tu amor y tu terneza:
cuando hay en todo el mundo tal mudanza,
¿solo en tu corazón habrá firmeza?

A los 20 años el joven Heredia es denunciado por conspirar contra la dominación española y se practican numerosos arrestos. Conocedor del auto de prisión que contra él se ha dictado, consigue refugiarse en la casa quinta conocida por “Los molinos de la Marquesa”, de don José Arango y Castillo. Ello lo logra gracias a la intercesión ante su padre de la señorita Josefa Pepilla Arango y Manzano, emparentada con el economista e ilustre cubano Francisco de Arango y Parreño. Desde esa vivienda y disfrazado de marinero pudo embarcar clandestinamente por la bahía de Matanzas hacia Boston, en noviembre de 1823.

Ya en Norteamérica escribe en 1824 su famosa composición “A Emilia”, epístola en verso. Emilia no es otra que la señorita Pepilla, a quien Heredia guardó eterna gratitud, acaso tal vez amor y a quien recordó con frecuencia en sus cartas. Se afirma que de no haberse hallado en circunstancias tan dramáticas, José Maria “le hubiera ofrecido su mano y su corazón”. Pepilla al final, y paradójicamente, se casó con el ayudante del despótico capitán general Miguel Tacón. 

Desde el suelo fatal de mi destierro,
tu triste amigo, Emilia deliciosa,
te dirige su voz: su voz que un día
en los campos de Cuba florecientes,
virtud, amor y plácida esperanza
cantó felice…

La vida de José María Heredia fue un torbellino de hechos significativos, para su biografía personal y para el panorama de las letras hispanoamericanas. Fechada en 1824 está su oda Al Niágara; su vibrante "Himno del desterrado" es de 1825, la oda "A Bolívar" data de 1827. ¡El poeta no ha cumplido 25 años!

Su gran amor, la patria, lo impele a escribir y anhelar para Cuba la independencia que otros pueblos del continente ya exhiben. Trabaja como profesor de español en una escuela de Nueva York, pero el invierno hace estragos en sus pulmones. Después —en 1825— se traslada a México, donde ocupa cargos importantes y desarrolla una vida social, cultural y hasta política, a su pesar muy intensa; el presidente llega a profesarle amistad. Pero la nación azteca es una joven república, con inestabilidades, pugnas y enredos políticos que entristecen la sensibilidad de Heredia. Su carrera allí es vertiginosa: primero es empleado de la administración pública y, en sucesión rápida, juez, fiscal, ministro de la Audiencia, catedrático de literatura y de historia, rector del Instituto Mexicano…

Destaca por su oratoria y por su poesía, funda órganos de prensa, ejerce la carrera de Leyes, colabora en publicaciones. El talento y la laboriosidad lo distinguen y abren puertas. Si la existencia de Heredia es impetuosa, no menor temperamento revela su obra. Si la poesía herediana es romántica, en igual medida lo es su espíritu.

En México establece hogar con Jacoba Yáñez, hija de un magistrado de la audiencia, Isidro Yáñez, amigo de don José Francisco, padre del poeta Heredia. Jacoba, con quien se casa el 15 de septiembre de 1827, además de darle varios hijos, será la elección mejor que podía hacer, porque lo acompañó en sus tristezas y amarguras. En 1832 Heredia publicó en Toluca la segunda edición de sus poesías, que ofrendó a su esposa.

Cuando en mis venas férvidas ardía
la fiera juventud, en mis canciones
el tormentoso afán de mis pasiones
con doloras lágrimas vertía.

Hoy a ti las dedico, esposa mía,
cuando el amor más libre de ilusiones,
inflama nuestros puros corazones,
y sereno y de paz me luce el día.

Así perdido en turbulentos mares
mísero navegante al cielo implora,
cuando le aqueja la tormenta grave;

y del naufragio libre, en los altares
consagra fiel a la deidad que adora
las húmedas reliquias de su nave.

El 1ro de abril de 1836 Heredia ya no resiste más la nostalgia y escribe al capitán general de la Isla una carta solicitándole autorización para regresar y visitar a la madre, también se retracta en ella de sus ideas revolucionarias. Muchas lágrimas seguramente arrancó la redacción de esta carta al poeta y al patriota; por ella fue criticado duramente por los antiguos amigos y compañeros de ideales separatistas. Entre el 4 de noviembre de 1836 y el 15 de enero de 1837, período de su breve estancia en Cuba, sufre hasta humillaciones de quienes habían sido sus compañeros, que no le perdonan haber abjurado de sus convicciones independentistas. El crítico Max Henríquez Ureña da en la diana cuando afirma que más que renegar de su credo,  el comportamiento de Heredia es el resultado de un profundo desencanto vital. Jacoba Yáñez, musa y compañera, es quien lo sostiene en tales momentos. Juntos viven amores felices y difíciles.  

Después, embarca de nuevo hacia México. No es buena la salud del poeta y muere en México a los 35 años, el 7 de mayo de 1839. José Martí lo denomina “el primer poeta de América”.

 

Notas

1Max Henríquez Ureña, Panorama Histórico de la Literatura Cubana, tomo I, Edición Revolucionaria, 1967, p. 104-105.

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