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El filón de la desgarradura

Elaine Vilar Madruga, 08 de julio de 2019

La soledad y la locura comparten el mismo patio, son vecinas de casas colindantes que regalan el café de la tarde y alguna fruta madura que ha sobrado del jardín ajeno. La soledad y la locura son, también, leitmotivs del edificio que es esta historia. Una sobria arquitectura acompaña a un relato que, en su relativa linealidad, no renuncia a ofrecer imágenes donde lo onírico, el delirio y la realidad se funden en una amalgama de hilo con hilo, persona contra personaje, ficción dentro de vida.

Quienes conozcan la obra de María Elena Llana, la autora de este relato que hoy les presento, sabrán de antemano que uno de los epicentros —la palabra no es empleada al azar, obedece a lo telúrico— de la narrativa de Llana se concentra en el develado paulatino de la figura del doble. Un doble persecutorio, muchas veces. Otras, un doble colaborativo, como en este relato, que por momento nos recuerda —gemelar disposición— a Nosotras, uno de los cuentos más aclamados de la narradora a lo largo de los años. "Ventolera" dispone, otra vez, el terreno ficcional donde se desarrolla la relación de una mujer solitaria y una sirvienta amable y escurridiza —Nadia, advocación, quizás, del Nadie homérico. Con sus luces y sombras, este vínculo atraviesa las costuras del relato y se convierte no solo en su centro temático, sino también en cuestionamiento de la realidad —en cruce— y en cuestionamiento de la racionalidad de la protagonista —¿o deberíamos decir solamente de su cordura?

Por momentos, los límites entre realidad y fantasía parecen cruzarse —o romperse— en la primera parte del relato. Encrucijada vital y cuestionadora que tan bien sabe Llana emplear en su narrativa: otras obras así lo prueban. Sin embargo, esta vez ha decidido aclarar la variante, abrir el quiebre y ofrecer la explicación cuando los otros —llamaremos así a aquellas personas que sí están del lado correcto de la cordura— penetran y quiebran por breves instantes la vida delirante de la protagonista. Inmersión en las aguas negras. Develado de la fotografía de manera instantánea. Así lo ha querido la narradora: de esta manera esquiva el final sorpresa que, de cualquier forma, ya venía develándose.

A mi criterio es esta la acertada decisión de alguien que conoce las herramientas ficcionales y tiene el rigor del oficio: ¿para qué optar por la sorpresa del final si esta ha venido mostrándose a través de ligeras pistas y, más aún, a través de la trayectoria narrativa de su autora? Por eso pienso que Llana eligió la mejor de las rutas para su relato, aunque esto signifique una renuncia parcial a ciertos elementos narrativos espectaculares; elementos, dicho sea de paso, que un narrador probado ya no necesita. Esas acrobacias textuales, Llana las sustituye por el equilibrio y la mesura, y por un diseño de personajes centrado en características puntuales a inmejorables… no poca cosa si hablamos de un relato de brevísimas páginas. Este ejercicio de síntesis y de selección de material es triunfo de la metafórica balanza que todo relato posee: demasiado peso derribará la arquitectura del cuento; poco, lo convertirá en un globo de helio sin posibilidades de cierre. Justo en el medio se coloca —con buen tino— la mirada de Llana.

El relato culmina con una coda que algunos lectores, quizás, puedan entender como prescindible: hablo del diálogo final entre Nadie, la identidad doble, y la mujer, esa piel donde la identidad habita. A través del diálogo y de puntuales acotaciones se despejan todas las dudas sobre líneas de fuga posibles que la autora, es evidente, no tiene intención de contemplar. A diferencia de otros de sus relatos —por ejemplo, Nosotras— Llana no deja espacio para un final alternativo, poseedor de divergentes niveles de realidad o de conciencia de sus personajes; decisión que no ha de ser demeritada en la misma medida en que esto otorga cierta distancia con otros cuentos que anteceden a este, y del cual "Ventolera" es, en alguna medida, deudor.

La bifurcación de la identidad y el peso de la tragedia están presentes aquí. Una vez más, Llana mide, pesa y equilibra —cuestiona, también— los conceptos de cordura y locura, aquellos a los cuales nos atamos como única manera de conocer al mundo. Desde ese farallón, desde ese jardín que la soledad puebla, sus personajes no tienen otra alternativa que ser testigos directos de la tragedia —o evocar la tragedia ya pasada— como única forma de aceptar al doble, al fantasma, a la identidad que se rompe, a la personalidad múltiple como un producto de la suma y de la resta de una realidad que, pese a todo, se niega a ser completamente rasgada.

María Elena Llanas nos permite tener ese filón mínimo de la desgarradura. El lector veloz podrá asomarse y otear a través de la tela, ese paraíso y ese infierno que existen más allá de lo real.


María Elena Llana. Narradora, periodista, guionista de radio y TV, profesora de periodismo y de técnicas radiofónicas. Considerada una de las más importantes cuentistas cubanas contemporáneas. Su segundo libro Casas del Vedado recibió el Premio Nacional de la Crítica en 1984. Su obra ha sido recogida en antologías dentro y fuera de Cuba, y traducida a varios idiomas. Algunos de sus libros son: La reja (Ed. R., 1965); Casas del Vedado (Ed. Letras Cubanas, 1983); Castillos de naipes (Ed. Unión, 1998); Ronda en el malecón (Ed. Unión, 2005); Apenas murmullos (Ed, Letras Cubanas, 2005); En el Limbo (Ed. Letras Cubanas, 2009); Sueños, sustos y sorpresas (Ed. Gente Nueva, 2010); Desde Marte hasta el parque (Ed. Gente Nueva, 2012); Tras la quinta puerta (Ed. Unión, 2014); El cristal con que se mira (E. La Luz, 2016), entre otros.

 


VENTOLERA

 

Se despierta y se despereza. 
  Por los cristales de la ventana le da la bienvenida un día tan luminoso que siente deseos de ir directamente al balcón, a disfrutarlo entre sus tiestos florecidos.
  ¡Pero no! Para sentirse bien debe ponerlo todo en orden y se decide a emprender el ritual cotidiano: vaciar la bacinica y enjuagarla, asearse, quitarse la bata de dormir, ponerla a orear, colocarse la prótesis y vestirse; es decir, echarse por encima su túnico de diario comodito aunque de buen ver. 
  Tal vez debía hacer alguna otra cosa, siempre tenía esa impresión, pero era algo indefinido y ya no perdía el tiempo en forzar la memoria para averiguarlo.
Cuando llega al comedor, encuentra el desayuno servido. Una pequeña bandeja rectangular con el café con leche ya preparado, dos rebanadas de pan en una cestita y el pozuelo de la miel.
   Pese a tanto esmero, apenas lo prueba hace un gesto de desagrado.  
  Al terminar, lo lleva todo para la cocina y va a su dormitorio a realizar la otra fastidiosa rutina de doblar la sábana y la manta, acomodar las almohadas, colocar la sobrecama y dejarla bien estirada. 
   Le basta asomarse a la puerta, para sentirse en estado de gracia.
   Ya se le adelantó y todo está impecable.
   Sonríe complacida.
   Detalles como estos la obligan a no quejarse por los alimentos fríos.
   En reciprocidad, se dispone a lavar la loza del desayuno y ahorrarle ese trabajito, pero los golpes en la puerta de la calle la urgen a abrir. 
   Matías, el nuevo mandadero, la mira ceñudo y le dice que lleva media hora tocando, que temía le hubiera ocurrido algo, que por poco va a buscar a la vecina, que…
   Que-que-que, piensa burlona, aunque se limita a mantener la puerta entreabrierta y recibir el pan. Cierra sin despedirse y tras dar unos pasos, se detiene dubitativa: ¿media hora tocando?
  Al llegar a la cocina, ¡no quedan huellas de platos ni tazas!
  Todo está limpio y ordenado en los estantes, y va a marcharse en paz cuando siente gotear la llave del fregadero. Al apretarla, descubre una manchita de sangre ya acuosa bordeando la boca del tragante.
  Sin duda, en el afán de hacerlo todo con rapidez se había lastimado un dedo. ¿Será tonta? Suspira y niega con la cabeza; la conoce bien y tanto celo por cumplir sus obligaciones es su forma de hacerse valer… aunque por supuesto, eso no deja de ser una tontería, se dice indulgente. 
   Mientras riega las macetas del balcón sigue pensando en ella, sometida a un esposo autoritario, una suegra santurrona y dos cuñadas intrigantes solo por mantenerse junto al hijo, siempre humillado por la familia porque no era como debía ser… como si eso pudiera evitarse.
   Cuando el muchacho murió, terminó con todos y vino a vivir a su lado, trocando la posición de señora malquerida por la de sirvienta valorada.
   Recuerda algo y guarda la regadera para ir a sentarse en la butaca del escabel, con los pies en alto, porque es día de limpieza general y no quiere molestarla caminando por aquí y por allá.
 
 

   Para su asombro, a duras penas puede levantar las piernas, presa de un cansancio inusitado, como si acabara de construir una pirámide al sol… ¿al sol?
   Vuelve el rostro hacia los cristales de la ventana y se queda pensativa, preguntándose cómo ha oscurecido tan pronto.
   A su alrededor, la casa reluce y se asombra de haber echado una siestecita tan larga.  
  Como todos los miércoles, ella se ha esmerado.
   Achaca sus dolores a la dureza de la butaca y se dispone a prepararse la comida, pero el sudoroso cuerpo le pide un buen baño.
  Cuando regresa al comedor, refrescada, ya la está esperando la bandeja grande con sus usuales alimentos sanos, vitaminados, servidos con esmero, cada uno en su plato… y todos fríos. 
   Mira la sopa con especial desconsuelo, ¡si humeara un poquito!
   Al terminar, su adolorido cansancio la empuja directamente al dormitorio temiendo no le alcancen las fuerzas para deshacer la obra de la mañana: quitar la estirada sobrecama y doblarla; desdoblar la manta de taparse y estirarla. 
  En el umbral, el alma le vuelve al cuerpo.
  Todo la espera con los brazos abiertos. El lecho está ya preparado para deslizarse en él, el bacín aguarda incólume en el piso. Y sobre la pequeña banqueta, el ropón de dormir parece dispuesto a saltarle encima tan pronto se quite el vestido.
  Otra vez se ablanda por dentro: ¡qué muchacha ésta!  
   

   Previsoramente, redobla la dosis del somnífero y se acuesta con mucho cuidado, tratando de mantenerse bocarriba para no cuquear sus articulaciones ni con el más leve movimiento. 
   Tan incómoda posición no dura mucho porque apenas se adormece, una parsimoniosa mujer de largo cuello la invita a sentarse bajo el palio de su litera, más bien un pequeño trono enjoyado, para observar juntas el trabajo de quienes acarrean las piedras allá, en la tórrida llanura. 
   Acepta y ocupa su legítimo lugar en el sueño, a salvo de esfuerzos y sudores.  
     Pero tan beatífico entorno pronto sucumbe cuando un remolino succiona las arenas y se siente arrancada de sus cojines, estremecida, zarandeada, sacudida…
—¡Vamos, despiértate!  —clama una voz entre autoritaria y suplicante.
—¡Despiértese! ¡Despiértese! —la secunda otra tímidamente mandona.
—¡Al fin! —exclama Matías, cuando abre los ojos y se incorpora.
  Lo mira un tanto aturdida, pero al identificarlo, lo encara: ¿qué haces en mi dormitorio?
—Viene conmigo —lo exculpa la mujer cuyas manos aún le aferran los hombros. 
—¿Y a ti quién te abrió? —pregunta aún contrariada pero menos agresiva.
—Entramos por la puertecita. 
—¿A estas horas de la noche?
—¡Qué noche ni noche! ¡Son las once de la mañana!
 Va a protestar pero los cristales de la ventana, siempre confabulados para desconcertarla, dejan entrar la luz.
 

La mujer le alarga una pequeña taza y entre mimosa y apaciguadora le pregunta desde cuándo no prueba un café tan bueno, tan calientico. 
—Ella me lo prepara todos los días —farfulla sin mirarla.
—¿Quién! –salta Matías.  
—Nadia, ¿quién va a ser? —es la ríspida respuesta, antes del primer sorbo.
  Mira desconcertado a la vecina y ésta le hace el gesto de no insistir. Él espera por la tacita vacía y sale de la habitación, dejándolas en el trajín del levantado.
  En el trayecto hacia la cocina, solo en territorio prohibido, se detiene a husmear un poco, pero su curiosidad lo avergüenza ante la acogedora placidez de la casa, algo difícil de vincular con la dueña.
   Después, obedeciendo a un acuerdo sobrentendido, espera a la vecina y cuando salen, le repite la pregunta: ¿Quién es Nadia?
   Ella lo mira de soslayo: ¿No te lo imaginas?  
   Ante su desamparo en materia de sutilezas, le explica que Nadia es ella misma, haciendo las veces de señora y de sirvienta.
—Pero ella no se llama así —insiste machacón. 
  Como por lo visto eso tampoco se lo imagina, opta por encogerse de hombros. Pero Matías no está dispuesto a dejarse dar gato por liebre y fríe un huevo con los labios. 
—¡Qué va! No puedo verla como sirvienta.   
—Tampoco ella, por eso borra de inmediato los momentos de afanarse con los quehaceres y deja intactos aquellos en los cuales disfruta del servicio. Y por eso —le recalca—, si está ocupada en algo, tarda en abrir la puerta.
—¿Usted está segura?
 —¡Y tanto! Acabo de curarle un dedo seguramente arañado mientras preparaba sus alimentos, alimentos olvidados en la mesa porque tan pronto los sirve se apresura a hacer alguna otra cosa y cuando el esfuerzo es grande atribuye su cansancio a largos sueños agobiantes.  
—Por lo visto usted la conoce bien…y hasta la tutea. 
   Inclina la cabeza hacia un lado, como echándole al tiempo una mirada de soslayo: —Ella y mi madre eran muy amigas y por eso pude convencerla de comunicar los patios cuando se quedó sola.
—¿Qué pasó con la familia? 
—¡Ah, eso fue una desgracia! El hijo se suicidó y al poco tiempo todos los demás perecieron mientras dormían, por…
—¿Y ella? –la interrumpe.
 —Había ido al cementerio desde muy temprano.
   Matías, impresionado, se apresura a asegurar que fue el hijo quien la salvó, pero la otra descarta todo esoterismo con un ¡bah! y termina la historia en dos palabras:
—Mandó reparar la casa y se encerró a vivir sola.
 —Con Nadia —quisiera rectificarla, pero prefiere ahorrarse otro desplante y cuando se despiden se aleja meditabundo, sin lograr desprenderse del asunto.


  Ella, en cambio, ya ha eliminado la desagradable intromisión en su cuarto, en su intimidad, en su vida, y solo mantiene en los labios el sabor de un cafecito caliente como Dios manda.
   Se recuesta en el respaldo del sillón y mira hacia los cristales. Sonríe al verlos desbordantes de luz. Por lo visto, este día tendrá una duración normal y podrá transitarlo con el sosiego logrado desde… ¿desde cuándo? 
  ¿Desde cuándo?, repite en voz baja, con los ojos entornados.
   Siempre solícita, Nadia acude a refrescarle la memoria:
   Desde la noche de mucho viento en que cerraron toda la casa para proteger las velitas de los santos.
   Frunce el ceño como quien se esfuerza en recordar y, al poco, sonríe.
  Como no podías dormir con tanto sofoco, fuiste a prepararte una taza de tilo y encendiste la hornilla de gas al tun-tun, en la penumbra, para no molestar, pero el agua de la infusión se vertió y apagó la llamita y sentiste que todo te salía mal y entonces…
  Asiente y mueve la mano indicándole que ya está bien pero la otra continúa:
  …una de ellas te gritó desde el cuarto que no hicieras más ruido y ahí mismo decidiste salir para respirar y para no oír ni una orden más y…
   —¡Sí, sí! —la ataja sin miramientos, pero no tarda en retomar su habitual condescendencia y le pregunta cómo se las arregla para acudir siempre en su ayuda.
  La respuesta suena inapropiada por lo grave: Mi agradecimiento es eterno.
  —¡Qué bobería! —insiste en tono jovial, mas la otra se mantiene entre solemne y lastimera:
   Aceptaste que saliera de la casa contigo.
  —¿Por qué no iba a hacerlo? —se encoge ligeramente de hombros.
    Por haber sido tan sumisa… y por lo que dijiste al salir, justo al cerrar la puerta.
   Entorna los ojos para sentir en el rostro la maravillosa ventolera de aquella noche y, volviéndose hacia ella, le pregunta, entre divertida y traviesa, qué dijo al salir.
   Contagiada con su alborozo, Nadia la complace otra vez:
   Más vale estar sola…
  —¡Que mal acompañada! —se apresura a completar el refrán y sus voces se alzan al mismo tiempo, en el mismo tono, con la misma convicción.
 

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