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Arístides Fernández, letras y pinceles en el recuerdo

Leonardo Depestre Catony, 20 de julio de 2019

De la obra de Arístides Fernández escribió José Lezama Lima:

Su arte, no nacido del lento ejercicio de trampas críticas, no tendía a una síntesis. Lo que capta lo adquiere por el centro de su visión intuicional. Su arte no es de una espontaneidad tortuosa, como acostumbraba decir Henry James, con sus regustos calmosos, sino el de una súbita visión que busca más la sustancia, que ofrece una síntesis.

Los cuadros de Arístides Fernández podemos apreciarlos en las galerías nacionales, aunque hay un lugar que de modo muy especial recomendamos visitar: la casa donde vivió y murió el escritor Lezama Lima, en la calle Trocadero, no. 162, del municipio de Centro Habana.

Allí, en las paredes de la vivienda del autor de Paradiso, junto a los Portocarrero, los Carreño, los Arche, los Mariano, los Víctor Manuel, los Milián y otras piezas de incalculable valor patrimonial obsequiadas al célebre escritor, están también los Arístides, en formato mediano, para disfrute del visitante.

Sus contemporáneos se nombraron Amelia Peláez, Fidelio Ponce de León, Víctor Manuel, Carlos Enríquez, Wifredo Lam, Marcelo Pogolotti, Antonio Gattorno, y otros ligeramente más jóvenes: René Portocarrero, Mariano Rodríguez, Mario Carreño, Rita Longa...

Las fotografías que de Arístides Fernández se conservan lo muestran con el cabello lacio, ¿tal vez claro?, mirada penetrante, bigote recortado. Más o menos así se vio él en un Autorretrato al óleo, bastante conocido, al igual que los retratos de su madre, varios, que dan cuenta del dibujante que fue.

Es el de Arístides Fernández uno de esos casos singulares de la cultura cubana en que converge la dualidad pintor-escritor. También es uno de esos casos —elegido de los dioses, se acostumbra decir— en que la muerte prematura interrumpe, a los 30 años, una carrera talentosa cuya obra se viene a conocer casi en su totalidad póstumamente.

Nacido en Güines, el 20 de julio de 1904, cursó los estudios de pintura en la Academia de San Alejandro, un recinto que pronto comprueba que le resulta estrecho para sus apetencias artísticas. La formación literaria es aún más —digamos mejor, totalmente— autodidáctica. Es pues, un artista formado a partir de cuanto ve, escucha y lleva dentro de sí, un joven intelectual de sentidos aguzados al servicio de la creación.

Como tampoco viajó y tuvo escaso tiempo vital para el hacer, es este otro hándicap que lo convierte en todo un misterio de potencialidades que no alcanzaron pleno desarrollo. Aún así, lo que de él quedó, permite una valoración de su obra pictórica y literaria que cada día cobra mayor relevancia.

Cuando Arístides contaba diez años, en 1914, la familia se trasladó a La Habana. No era una época fácil, se comprueba esto porque al tomar el pincel para recrear escenas familiares el cuadro es ciertamente desolador. El pintor y caricaturista Juan David apuntará al respecto:

Se percibe un hálito irónico, humorístico, sutil y poético, en el aire de sus cuadros. Esto agrega una humanidad específica y una convivencia feliz a la familia inventada por Arístides Fernández, que le permite un mensaje social sin separarse de los más puros ingredientes plásticos.

Es hacia 1930 que comienza a escribir. Los suyos son cuentos sorprendentes, mayormente narrados en primera persona, a la búsqueda de intimidad con el lector.

El eminente crítico Max Henríquez Ureña apunta: “(...) Tenía cualidades sobresalientes como cuentista imaginativo, pero apenas si dejó escasas muestras de su capacidad como escritor, dispersas en las revistas de su tiempo”.

Tales relatos —al menos algunos de ellos— han sido publicados en más de una antología de la cuentística cubana del siglo XX y aparecieron póstumamente en revistas importantes como Espuela de Plata y Orígenes, lo cual es revelador de la fuerza narrativa que los recorre y del talento literario de un artista básicamente recordado como pintor y que fue cuentista solo a ratos. Uno de sus relatos más conocidos, “La cotorra”, incluido en la antología Cuentos de horror y misterio (1967) es de un dramatismo intenso y memorable:

El animal comenzó un canto guerrero y de satisfacción, y sobre sus cortas patas se acercó al hombre.

El hombre quiso aplastarla con los pies, pero el pajarraco con un revuelo evitó el peligro, y, triunfante, se posó sobre el pecho del que en el suelo se debatía impotente.

El hombre quiso rodar por el suelo. La cotorra, volando, se posó en la cabeza y afianzándose con las garras en las negras greñas, hundió su férreo pico en los ojos del hombre, por dos veces repitió la operación; y cuando saltó al centro de la habitación, dos agujeros horribles sangraban en la cara del hombre.

Luego comenzó una danza triunfal, chillando agudamente entre los gritos de dolor del hombre.

El único libro (compilación de relatos) de Arístides Fernández se publicó muchos años después de su muerte.

En 1934, pero igualmente después de su fallecimiento (ocurrido el 21 de agosto de aquel año), sus amigos organizaron una exposición, la primera, de sus cuadros, en el Lyceum vedadense de la calle Calzada. Para muchos se trató aquella muestra de un “descubrimiento”, o sea, el descubrimiento algo tardío de Arístides Fernández.

“La justeza en el color de sus óleos, firmes y terrenales, en gracia y finura opuestos al delgado aire, alado, que traspasa sus maravillosas acuarelas, harán siempre de Arístides Fernández un valor permanente en nuestra historia de la pintura”, opinó el autor de tantas y tantas floras, no otro que el maestro René Portocarrero.

Enmarcado en el decenio del 20 al 30 del siglo XX, Arístides Fernández vivió un trozo rico de la historia de Cuba, en el cual descuellan la fundación de la Federación de Estudiantes Universitarios (FEU), obra de Julio Antonio Mella; la Protesta de los Trece, liderada por Rubén Martínez Villena; la estructuración del primer partido comunista cubano, donde nuevamente destaca la impronta del joven Mella, y el esplendor de Revista de Avance, órgano del Grupo Minorista.

Es también la época del gobierno de Alfredo Zayas y, a partir de 1925, de Gerardo Machado, quien pronto devendrá uno de los dictadores latinoamericanos de más triste recordación, arrojado del poder mediante levantamiento popular en 1933.

Arístides Fernández es testigo de aquella Cuba que genera una juventud singularmente madura y aguerrida, con importante quehacer en la arena revolucionaria y también en el contexto cultural de la nación, donde encaja la figura de nuestro artista.

Los 115 años del natalicio de Arístides Fernández nos colocan ante el buen momento de revisar su obra escrita, de recrearnos ante sus lienzos y descubrir (o  redescubrir, si lo prefiere) al artista que sigue siendo este hoy muy olvidado intelectual.

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