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Jean Rhys ante el misterio de la lectura

Beatriz M. Goenaga Conde, 10 de junio de 2019

Si existe una constante en los diversos modos de aproximación a la obra de Jean Rhys (1890- 1979), lo es el tratar de encontrarle un espacio, bien sea físico o cultural, un canon literario, o una vertiente de análisis. La Rhys más auténtica hay que buscarla, no obstante, más allá de un lugar geográfico demarcado, o en un patrón cultural estrecho; ella existió para la literatura y fue un libro su credo, su universo y su dios. Desde pequeña, en su Dominica natal, descubrió la fascinación que la lectura ejerce en una mente sensible y creativa. En Una autobiografía inconclusa, Sonría por favor, dedica un capítulo a narrar su encuentro con el mundo deslumbrante de las letras. “Libros”, cuya traducción ofrecemos en este espacio, sirve también de pretexto para mostrar ciertos rasgos del carácter de esta gran escritora, solo manifiestos en su relación con la literatura: perseverancia y fuerza de voluntad. En carta fechada en 1953 a su amigo Oliver Stonorle comentaría: “Realmente creo que hay algo muy misterioso en los libros, ¿usted no lo cree?”. Esa fascinación por descifrar los arcanos ocultos en la página escrita la acompañaría durante toda la vida.

Libros

Antes de que supiera leer, apenas una pequeña, imaginaba que Dios, esa cosa o persona extraña de la que oía hablar, era un libro. A veces era uno grande, erguido y a medio abrir y yo podía ver las letras en su interior, aunque no tenían mucho sentido para mí. En otras ocasiones el libro era más pequeño y adentro había cosas brillantes y afiladas. El pequeño era, estoy segura ahora, el de tejido de mi mamá y los objetos brillantes y afilados eran sus agujetas cuando les daba el sol.

Tan lenta fui para aprender a leer, que mis padres empezaron a preocuparse por mí. Cuando de repente, sin más, pude manejar palabras bastante largas. Poco después pude entender los cuentos de hadas que mi abuelita irlandesa nos mandaba —el rojo, el azul, el verde, el amarillo. Luego ella envió Los héroes, Las aventuras de Ulises, Perseo y Andrómeda. Yo leía todo lo que me caía a manos. Había al final de la sala el acostumbrado librero con cristales, nunca estaba cerrado con llave, estaba perdida, y la única advertencia que teníamos era mantenerlo cerrado, porque los libros debían ser protegidos de los insectos.

Me parece ver todavía los volúmenes de la Enciclopedia Británica que nunca toqué, una gran Biblia, numerosos libros de historia, novelas de contraportadas amarillas y en el anaquel de arriba una rara colección de poetas: Milton, Byron, les seguían Crabbe, Cowper, Mrs. Hemans, también Robinson Crusoe, La isla del tesoro, Los viajes de Gulliver, El progreso del peregrino.

A mi niñera, llamada Meta, yo no le caía muy bien y con un libro ya era demasiado. Un día me encontró agachada en la escalera leyendo una versión expurgada de Las mil y una noches en caracteres muy pequeños.

 Me dijo: “¿Sabes lo que te pasará por leer tanto? Los ojos se te saldrán de las órbitas y te mirarán desde la página del libro”.

“Si se me salieran los ojos no podría ver”. Le respondí yo.

Me dijo: “Se botará todo menos los puntico negros con los que ves”.

En parte le creí e imaginaba mis pupilas como cabezas de alfileres negros y todo lo demás vacío. Pero seguí leyendo.


Jean Rhys

Smile Please. An unfinished Autobiography.

Harper &Row. Publishers, New York, 1979, p 20-21


Books

Before I could READ, almost a baby, I imagined that God, this strange thing or person I Heard about, a book.  Sometimes it was a large book standing upright and half open and I could see the print inside but made no sense to me. Other times the book was smaller and inside were sharp flashing things. The smaller book was, I am sure now, my mother’s needle book, and the sharp flashing things were her needles with the sun on them.

I was so slow learning to read that my parents had become worried about me. Then suddenly, with a leap as it were, I could manage quite long words. Soon I could make sense ot the fairy stories Irish Granny sent —the red, the bee, the green, the yellow. Then she sent The Heroes, The Adventures of Ulysses, Perseus and Andromeda. I read everything I could get hold of. There was the usual glassed-in bookcase at the end of the sitting room, but it was never locked, the key was lost, and the only warning was that we must keep it shut, for the books must be protected against insects.

I can still see the volumes of the Encyclopedia Britannica that I never touched, a large Bible and several history books, yellow-backed novels and on the top shelf a rather odd selection of poets, Milton, Byron, then Crabbe, Cowper, Mrs. Hemans, also Robinson Crusoe, Treasure Island, Gulliver’s Travels, Pilgrim’s Progress.

My nurse, who was called Meta, didn’t like me very much anyway, and complete with a book it was too much. One day she found me crouched on the staircase reading a bowdlerized version of The Arabian Nights in very small print.

She said, ‘If all you read so much, you know what will happen to you? Your eyes will drop out and they will look at you from the page. ’

‘If my eyes dropped out I wouldn’t see,’ I argued.She said, ‘They drop out except the little black points you see with.’

I half believed her and imagined my pupils like heads of black pins and all the rest gone. But I went on reading.

 

Notas.

Francis Windham and Diana Mellyeditores: The Letters of Jean Rhys, Viking Penguin Inc. New York, 1984. p. 103.

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