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Amores difíciles: Juan Cristóbal y la Rufina

Leonardo Depestre Catony, 10 de junio de 2019

“Un artista auténtico”. Como tal consideró Jesús Orta Ruiz a Juan Cristóbal Nápoles Fajardo, El Cucalambé. Quien lea sus Obras Completas encontrará sobradas razones para que en tal condición se le tenga y recuerde. Delicadeza, amor y deseo en paciente espera, guardan estos versos dedicados a su amada:

Objeto de mis amores,
ven al verde caimital,
ven a escuchar del zorzal
los trinos embriagadores.
Verás a los ruiseñores
saltar en el zaragüey,
ven, hija del Camagüey
de mis ojos embeleso,
ven a concederme un beso
“allí donde habrá un jagüey”.
(“A Rufina. Invitación primera”)

Nacido en la ciudad de Las Tunas el 1ro de julio de 1829, y educado por su abuelo materno, quien lo puso en contacto con los autores clásicos españoles y con varios de los cubanos de entonces, Juan Cristóbal Nápoles Fajardo, El Cucalambé, fue el más popular de los poetas decimistas de su tiempo, aun cuando —aclaremos— no solo escribiera décimas, también sonetos, letrillas, epigramas y romances. Y ahora lo que nos ocupa: tuvo Juan Cristóbal de musa, de esposa y madre de sus hijos a  la joven Rufina, más exactamente Isabel Rufina Rodríguez Acosta.

No abundan los datos biográficos sobre la Rufina, cuyo nombre se inserta en la literatura cubana por medio del Cucalambé y a quien se la cita con frecuencia, pero de quien apenas se conservan otras memorias.

De noche cuando me acuesto
me embeleso  y ¡ay de mí!
Me pongo a pensar en ti
de mi cansancio repuesto.
(“A Rufina. Desde un ingenio”)

No es suceso extraordinario que un autor escriba poemas a su amada, pero los de Nápoles Fajardo a su Rufina son numerosos y denotan una pasión siempre encendida, que, no obstante, no transgrede los límites del buen gusto y la elegancia de una composición estrófica en ocasiones discriminada o subvalorada por ciertas concepciones elitistas y por algunos críticos igualmente prejuiciados. Es la décima o espinela la más popular de las estrofas de los campos de Cuba, y no es ese escaso mérito.

Cualquier dama se sentiría muy halagada con algunas de las imágenes que Juan Cristóbal crea para su compañera: “te coronaré de flores de nuestras bellas sabanas”, “tu pulidísimo talle sin rival te lucirá”, “tu amor, que es mi consuelo, es tan puro como el cielo, tan inmenso como el mar”, “mi dulce cubana, bella de rostro trigueño”, “yo seré tu colibrí y tú mi amor de granado”. Décimas y más décimas tienen en Rufina fuente de inspiración, salvándola del olvido y convirtiéndola en protagonista dentro de la poesía llena de musicalidad, sencillez y fácil memorización de Juan Cristóbal Nápoles Fajardo.

Y bueno, dirá el lector, si se trata de amores tan felices, si Juan Cristóbal y la Rufina se complementaron como dos perfectas medias naranjas, ¿dónde están aquí los “amores difíciles”?

Los amores difíciles están por venir para él y para ella. El Cucalambé profesó sentimientos independentistas, participó con proclamas en las frustradas conspiraciones separatistas de 1851 y su actividad clandestina prosiguió en los años subsiguientes.

Después se trasladó con la esposa e hijos a Santiago de Cuba, para en el nuevo hogar continuar su quehacer literario, en pugna constante con la precariedad económica y la presión lógica de la supervivencia familiar. Aceptó como medio de supervivencia el cargo de pagador de Obras Públicas, que le ofreció el gobierno colonial, decisión que quienes sabían de sus ideas separatistas le censuraron.

Tengo, Rufina, en mi estancia,
paridas matas de anones,
cuyos frutos ya pintones
esparcen dulce fragancia:
hay piñas en abundancia
dulces así como tú;
hay guayabas del Perú
y mameyes colorados,
que comeremos sentados
bajo el alto sabicú.
(“A Rufina. Invitación segunda”)

Como representante por excelencia del movimiento siboneísta de mediados del siglo XIX, el renombre de El Cucalambé creció y esto se acompañó de una tenue bonanza económica. Nadie podía, pues, imaginar que desapareciera un día de 1862 a los 32 años, y menos que sus restos no se encontraran jamás.

Empezaron así las innumerables conjeturas que en estos casos se forjan. Una de las más divulgadas es la del suicidio por deudas de juego. Quien escribe estos apuntes se resiste a aceptar tal hipótesis en un padre de familia con recursos intelectuales suficientes para encontrar otra salida ante la presión (y quizá la extorsión) de sus acreedores. Otra conjetura, la del asesinato, tal vez se justifique mejor por sí sola, tanto por motivos espurios (¿celos, envidias, malquerencias…?), como políticos. Tampoco se descarta que se marchara repentinamente del país, lo cual no nos parece muy atendible por cuanto dejaría atrás afectos familiares que en Nápoles Fajardo eran primordiales para el complemento de su existencia.

Cualquiera haya sido la causa de su desaparición, para Rufina tuvo que representar este un vuelco total en su vida, un trastorno amargo del cual dudamos que se recuperara mujer alguna en tiempos de tanta limitación para el desempeño de las potencialidades femeninas. Hoy Rufina, siempre junto a Juan Cristóbal, es también parte de la leyenda que envuelve la existencia de El Cucalambé.

¿Se atrevería nuestro laureado novelista policial mayor, Leonardo Padura, a desenredar madeja tan revuelta? Ojalá así lo considerara para que estos amores que un día se hicieron difíciles volvieran a ser tan felices como en los inicios.

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