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René López, una vida incomprendida y una muerte de película

Leonardo Depestre Catony, 12 de mayo de 2019

Hace muchos años encontré en el periódico El Mundo una croniquilla escrita para la sección “La vieja Habana” por ese gran periodista olvidado que fue Félix Soloni. Se titulaba ”El poeta suicida” y su protagonista era “el malogrado” —término para estos casos utilizado entonces— René López, un poeta muerto a los 27 años, el 12 de mayo de 1909, es decir, 110 años atrás.

Según contaba Soloni, René López se había suicidado de la manera más teatral que pueda concebirse: comió espléndidamente en el Salón H, restaurante situado en los bajos de la antigua Manzana de Gómez, frente al Parque Central habanero, y cerró el menú mezclando un trago de coñac con veneno (tal vez cianuro). Pero he aquí lo mejor: cuando el camarero se le acercó para cobrarle le dijo más o menos así: “Dígale al dueño que esta comida la vaya a cobrar al infierno”.

El maestro de periodistas Luis Sexto es de la opinión de que “el suicido de René López, marcado por el frenesí y el sarcasmo, posiblemente haya ocurrido en un rapto de locura, porque el carácter del poeta, según sus amigos, era débil y tolerante…”. Es bastante probable que así haya sido.

En cuanto a la anécdota anterior, donde se entroncan la realidad y la ficción, es algo que este redactor no puede determinar, aunque en su esencia, debe ser cierta. El joven René López — “nariz gascona de afilada punta, / rubia, sedosa, medieval melena”; así se describe en su autorretrato poético—  llevó desde joven una vida bohemia, pero además triste y solitaria, y se afirma que era adicto a la morfina, droga “chic”, de la elegancia, aunque aborrecible como todas y terriblemente afín con la muerte.

La poesía de René López tiene un toque espiritual, también es temperamental e ilustrada, ajena a la vulgaridad y cuidadosa de la corrección. Sus versos no solo revelan talento, son también ejemplo de la labor del artesano que los bruñe y se deleita en la armonía de su sonido. Nada común es René López, ni en cuanto a su personalidad ni en sus composiciones.

No es este, titulado “Crespón”, uno de sus poemas más conocidos, pero nos revela una sensibilidad y lirismo que dentro de las exigencias del verso rimado, ilustra acerca de la clase de poeta que fue René López:

¿Te acuerdas? La japonesa,
la de la boca de fresa,
ya mis sueños no importuna.
¿Te acuerdas?, la japonesa,
la de la boca de fresa,
pálida como la luna;
aquella que parecía
por su rostro lastimero
haber robado a Durero
su cuadro "Melancolía".

Habanero, nacido el 2 de octubre de 1881 y de familia pudiente, René Fernández López fue su nombre completo. Hizo estudios en Cuba y España, en esta última de Comercio, dado el propósito del padre de convertirlo en heredero de su negocio de habanos.

Regresó a Cuba en 1900 y publicó entonces los primeros poemas, comparte entre amigos de intereses comunes y precisa el rumbo de su vocación literaria, que nada tiene que ver con las pretensiones del padre. Pero ocurre algo que lo afectará para siempre y que incapaz de superar lo llevará por el camino del vicio: la muerte en tierras extranjeras de la madre, en 1902, suceso que devendrá obsesión para el poeta. Un año después escribe “Barcos que pasan”, la más conocida y antologada de sus composiciones, publicada en El Fígaro:

…pienso en la nave que albergó en su seno
el cuerpo inerte de mi pobre madre.
¡Oh barcos que pasáis en la alta noche
por la azul epidermis de los mares!


En el afán de recuperar la salud interior, el padre —con quien nunca logró armonizar— lo envió al extranjero, a un sanatorio de Nueva York, donde, según entonces se creyó, sanó, para volver al hogar familiar, que pronto abandonó para llevar una vida displicente que aceleró el deterioro de su salud, en tanto continuaba escribiendo y sus versos —los mismos que ahora permanecen olvidados—merecían comentarios elogiosos de críticos y amigos:

Hermanos yo no tengo, ni escudo ni nobleza;
yo soy un sacerdote de la diosa Belleza
que ha soñado tus versos y tu melancolía.


A René se le han atribuido influencias de poetas como Lord Byron, Julián del Casal, Salvador Rueda. Pero este aspecto crítico literario de su obra no nos ocupa tanto como resaltar que se trató de un espíritu atormentado que halló en la poesía un motivo por donde dar curso a su hastío existencial, atenazada su voluntad por la adicción a la droga, asunto este en el cual parecen todos concordar. Salvando las distancias, en cierta medida nos recuerda el aliento incontrolable de Edgar Allan Poe.

También escribió libretos para sainetes del teatro Alhambra; en vida se le reconocía su talento, pues se hallará una muestra en su inclusión en la antología Arpas Cubanas, de 1904. Tampoco el Instituto Cubano del Libro, que publicó años atrás una selección de su obra poética, lo ha olvidado.

Puede “sonar” a moraleja —y no pretendemos que así sea— pero en estos tiempos, mas que nunca, es necesario recordar el lamentable desenlace que tuvo la vida de René López y las causas que lo motivaron. Aunque sea solo por eso, vale la pena recordarlo a 110 años de su muerte absurda.

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