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García Márquez/Pasaje a La Habana*

Ciro Bianchi Ross, 21 de abril de 2019

Gabriel García Márquez es, junto con Ernest Hemingway, el escritor no cubano más difundido en la Isla. Esta crónica devela de cabo a rabo sus vínculos con Cuba desde que en el Caribe colombiano se fascinó con la música cubana —Pérez Prado, el trio Matamoros— y se entusiasmó con las radionovelas de Félix B. Caignet, y sigue el día a día de su estancia habanera, primero en 1959 y luego a partir de 1975 para abordar sus fraternas relaciones con Casa de las Américas y sus desvelos por la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano y la Escuela de Tres Mundos, así como su admiración por Alejo Carpentier, Eliseo Diego, Lezama Lima, Lisandro Otero, Miguel Barnet y el «hermanazo» Fernández Retamar; sus comidas y los boleros mojados en whisky que cantó a dúo con el gran pintor Roberto Fabelo. Su amistad con Fidel Castro ocupa, asimismo, espacio en estas páginas, así como las misiones del narrador como agente secreto del mítico presidente cubano. Un Gabo, en suma, visto desde hoy, en un retrato hablado, por los que lo quisieron y los que no lo quisieron tanto, y que cuenta en la ciudad con la imagen que, más que con bronce, José Villa Soberón esculpió con el cariño y el agradecimiento de sus lectores cubanos.

LA ENTREVISTA POSIBLE

—Cómo jodes —me dijo Gabriel García Márquez, Premio Nobel de Literatura 1982, impaciente ya y visiblemente molesto ante mi asedio constante de aquella noche en que me convertí en su sombra. Esquivo y distante, el autor de Cien años de soledad semejaba un dios ofendido.
—Usted también fue periodista y sabe cómo son estas cosas —le respondí.
—Sí, yo también lo fui, pero si tú revisas los seis volúmenes en que se recogió mi obra periodística no encontrarás una sola entrevista. Nunca entrevisté a nadie: preferí siempre reconstruir ambientes.

No quise entrar a discutir. Sin romperme mucho la cabeza recordaba por lo menos la entrevista que García Márquez hizo al sacerdote que vio caer la bomba atómica en Hiroshima y que está recogida en uno de esos libros a los que aludía. ¿Y qué otra cosa podría ser Relato de un náufrago (1970) sino el fruto de una larga entrevista? ¿Y La aventura de Miguel Littín clandestino en Chile (1986)? Pero nada de esto le dije. Estábamos en La Maison, uno de los lugares emblemáticos de La Habana de noche y me le había acercado en el intermedio de un desfile de modas que él seguía junto a su esposa Mercedes y la gran novelista brasileña, Nélida Piñón. Fue precisamente con el pretexto de saludar a la autora de Sala de armas que me acerqué a su mesa.

—Si yo tuviera que reconstruir el ambiente de hoy, tendría que hablar sobre un hombre que se pasó toda la noche hurgándose con un palillo en la boca —expresé sin meditarlo mucho.
García Márquez, Comendador de la Legión de Honor de Francia, me miró fijo a los ojos y su silencio me hizo pensar que nuestra posible conversación se iría definitivamente al diablo. Por eso apenas pude reprimir mi asombro cuando me invitó a que ocupara el único asiento libre de la mesa.
—Te advierto que yo me comprometí con la cantante a hacer un dúo con ella al final del desfile, pero creo que es mejor que salgamos de esto de una vez… Repíteme lo que tú quieres saber.

Corría el año de 1986. Así comenzó mi entrevista con Gabriel García Márquez. Para llegar a ella recorrí un camino de casi cinco años.

LA HISTORIA DE ESTA HISTORIA

Corría el mes de septiembre de 1981 y el día de la sesión de clausura del I Encuentro de Intelectuales por la Soberanía de los Pueblos de Nuestra América, en el Palacio de las Convenciones de La Habana, le hablé al escritor de la posibilidad de esta entrevista. Vestía un overol que lo hacía parecer un mecánico o un camionero. Sin vacilar ante mi petición ni rehuirla, me dio el nombre y el número de la habitación del hotel en que se alojaba entonces y me pidió que lo llamara sin falta. Fueron inútiles mis esfuerzos por localizarlo.
Casi un año después se repetiría, más o menos, la misma historia, solo que en esta ocasión logré hablarle por teléfono.

—Lo siento —manifestó. En estos momentos hago las maletas pues estoy a punto de partir. Vuelvo a comienzos del año entrante. Búscame entonces sin falta.   
Pocas semanas después los teletipos de todo el mundo repetían que la Academia Sueca concedía a García Márquez el Premio Nobel. Horas antes de conocerse esa noticia, el Gobierno mexicano lo condecoraba con el Águila Azteca, y el Consejo de Estado de la República de Cuba tomaba la decisión de conferirle la Orden Félix Varela, la más alta distinción cultural cubana.

Cuando en enero de 1983 volvió a La Habana recordé sus palabras. García Márquez, como es de suponer, no guardaba de ellas la más remota memoria.

Un día le monté una guardia de horas a la entrada de la Casa de las Américas y, para abordarlo, cuando llegó, tuve que correr detrás de él por el vestíbulo de la institución hasta que al fin pude capturarlo en el interior del ascensor.
—Este es mi teléfono. Llámame uno de estos días.
Lo hice y alguien me informó que el escritor no se encontraba. Hice otro intento y me dijeron que había salido. Volví a hacerlo y se había retirado a descansar. Repetí la llamada, pero estaba atendiendo a una visita. Otro intento más y García Márquez en persona acudió al teléfono.
—Mira, dame tu número y no te muevas de ahí; telefonearé dentro de un rato.
Y no sé por qué recordé la famosa frase de Kierkegaard, aquella que afirma que todo lo que no es enseguida es demoníaco. Y tuve razón porque García Márquez jamás llamó. Cuando volví a telefonearle ya había vuelto a México. Transcurrieron entonces más de dos años de soledad en los que el afamado narrador y periodista retornó a Cuba varias veces.

En noviembre de 1985, durante el II Encuentro de Intelectuales, me lo topé en uno de los pasillos del Palacio de las Convenciones de La Habana, donde sesionaba la importante reunión. Iba solo, pero de prisa porque, dijo, debía reunirse con alguien para el almuerzo. Le recordé mi deseo de entrevistarlo, pareció interesarse, pareció acceder, y, enseguida, muy ceremoniosamente, sacó del bolsillo un papelito arrugado donde estaba escrito un número de teléfono.
—Llámame sin falta —dijo.
De nuevo comenzaba a tejerse la misma historia y yo necesitaba armarme de toda la paciencia del mundo porque en definitiva era a mí, y no a él, a quien le interesaba la entrevista.
—Desde ahora quedo obligado a robarle el menor tiempo posible. Me conformo con dos respuestas…
—De acuerdo, llámame.
No lo llamé esa vez, pero la suerte estuvo de mi lado. La casualidad quiso que me lo encontrara esa misma noche en La Maison.
—¡Ah! El hombre de las dos preguntas —dijo al verme— ¿Cuáles son?
Se las dije y preguntó si tenía la grabadora conmigo. No, no la tenía; nunca la utilizo, y saberlo pareció quitar interés al creador de Macondo. Volví a acercármele cuando concluyó el desfile de modas. Pudo evadirme y no lo hizo. Su último pretexto para desentenderse del asunto fue casi infantil.
—Voy al sanitario y si tiene otra salida no te empatas conmigo otra vez.
Entré con él al cuarto de baño.
—Déjame mear —me dijo.
Lo dejé solo. El mingitorio tenía, por suerte, una sola puerta y yo esperé frente a ella durante unos minutos que me parecieron toda la eternidad.
—Cómo jodes —dijo al volver a verme.

Total, yo solo quería preguntarle sobre sus proyectos e inquirir su opinión sobre su obra publicada. Un periodista no hace siempre la entrevista que quiere. Hace, mejor o peor, la entrevista posible. Y yo haría, en este caso, las que me permitían sus evasivas y su desgano. No imaginaba entonces, no podía imaginar, que treinta y dos años después yo escribiría esta crónica.

 

* Páginas iniciales del libro homónimo que acaba de publicar la editorial de la Universidad del Magdalena, en Santa Marta, y que será presentado en la I Feria del Libro de esa ciudad colombiana.

Foto tomada de Semana

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