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Julia Pérez Montes de Oca, poetisa de la sencillez

Leonardo Depestre Catony, 10 de abril de 2019

Este 11 de abril se cumplen 180 años del natalicio en 1839 y en un punto perdido del oriente nombrado Melgarejo (Sierra Maestra), de Julia Pérez Montes de Oca, una de las poetisas más talentosas y de verso más delicado de las letras cubanas.

A Julia Pérez Montes de Oca algunos solo la recuerdan como la hermana menor de Luisa, conocida por los apellidos Pérez de Zambrana, este último tomado del esposo. Pero Julia es mucho más que eso. Su poesía, si bien no abundante, tiene perfiles propios y distinguibles de los de Luisa, además de un lirismo que ya los críticos le han reconocido en justo afán por buscarle el lugar que le corresponde dentro de las escritoras cubanas del siglo XIX.

No tuvo Julia una vida feliz y ello se refleja en su tono poético, que suele ser melancólico, sencillo, como el carácter de la autora, poco dada al bullicio cosmopolita. Su primer libro, Poesías, se publicó póstumamente, y ya sea para bien o para mal llevó Julia, invariablemente, el peso de ser hermana de la celebrada Luisa, cuyo renombre quizá la asfixiara un tanto, aunque las relaciones literarias y humanas entre una y otra estuvieran marcadas por los más profundos afectos y la admiración recíproca.

La naturaleza —compañera de su niñez en la Sierra— en sus numerosísimos detalles fascina y asume protagonismo en la lírica de Julia, disfruta ella de la belleza que la rodea y apasiona. Explícitos y reveladores de una sensibilidad auténtica, son sus versos, aquí en un fragmento del poema titulado “El Islote”, que dedica a Luisa:

Mientras mundano estruendo
crece y se eleva en la ciudad brillante,
y la dama arrogante
y el mancebo gallardo, recorriendo
van las abiertas calles
que ávida multitud invade ufana,
vengo olvidando su altivez liviana,
a la verde extensión del bosque umbrío,
do encuentra dulce paz el pecho mío.
Aquí, do el Islote,
que surge de las aguas cristalinas
como nieve de jaspe y esmeralda,
miro las peregrinas
conchas de nieve que cuajó de llanto
el alba candorosa;
el caracol que hurtó para su seno
pétalo suave de púrpura rosa,
y entre el oro cernido
el alga jugueteando cariñosa;
y contemplo el indómito océano
tornarse en mar serena,
que ciñe franja de menuda arena
y riza perlas en el borde cano.

De monte adentro, como se acostumbra decir, la familia Pérez Montes de Oca mudó a Santiago de Cuba tras el fallecimiento del padre, y ya en la urbe oriental el ámbito cultural se amplió para las dos muchachas, ciertamente bonitas como atestiguan los retratos que nos quedan. Después del casamiento de Luisa con el doctor Ramón Zambrana y su establecimiento en La Habana -donde don Ramón era una personalidad de la sociedad- Luisa invitó a Julia a acompañarlos y así tuvo esta la oportunidad de darse a conocer en algunas de las publicaciones de la época, no muchas porque Julia gustaba de conservar la intimidad de sus versos y poco a poco se fue retirando de las tertulias para refugiarse en su melancolía creativa y su tristeza existencial. Se ha especulado acerca de si la embargó el sufrimiento por causa de algún amor frustrado, pero nada de esto pasa de ser mera imaginación. Su condición espiritual, invadida por el desencanto, nadie lo explica mejor que la propia Julia:
 
Cuando llega la tarde,
hora de meditar entre la sombra,
con alma triste y corazón herido
miro una nube nívea, otra bordada
de coral encendido,
otra cual vela de oro
en nave silenciosa,
que lenta se sumerge en occidente…

Aquejada de tuberculosis se retiró al campo, en los alrededores de Artemisa, donde expiró el 25 de septiembre de 1875, a los 36 años.

Aun cuando tantos años han pasado de su nacimiento, la lectura de los versos de Julia Pérez Montes de Oca deviene un ejercicio estético que no muchos autores pueden ofrecernos. Un fino lirismo, una sensibilidad genuina, y hasta un frescor natural emanan de sus versos, más allá de las tristezas que embargaban a la autora.

Julia, la hermana de Luisa, no es segunda de nadie, es sencillamente diferente. No escribió mucho, murió joven, permanece bastante olvidada, algunos textos la pasan por alto. La desmemoria, como dice una sabia compatriota, no es buena consejera.

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