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El sabor agridulce del Kairós
 

Elaine Vilar Madruga, 22 de marzo de 2019

Claudia se estrena en las labores de la escritura, en esa maternidad simbólica que es la escritura, con un cuento que tributa, precisamente, al hecho trascendental de dar y quitar la vida —sutil metáfora, por otro lado, de la labor demiúrgica de los escritores. Si leo así su relato, bajo la óptica de interpretaciones singulares, el lugar común se minimiza: no desaparece pero, bajo la lupa de otra mirada, lo obvio puede convertirse en un terreno escarbado mas no de recursos nulos. Aún faltan balas y el blanco está lejano, Claudia lo sabe, la lectora compulsiva lo reconoce, pero hoy quiere contar y lo hace a su manera. El título, epigramático, ofrece ya una ligera panorámica de esta contradicción —ironía trágica— literaria, donde Parca da a luz y ama precisamente a aquello que, en algún momento en el horizonte de sus posibilidades, habrá de sesgar. Es el drama del cortador. Es el drama de aquella que organiza todos los destinos y que ahora, frente al cuerpo de un niño —el suyo, no cualquier otro— descubre que no hay mundo tras el mundo, sino solo el vacío, es decir, Ella misma. Parca. La que destruye. Kálika.

Su caracterización es arquetípica. La autora lo asume así: no se propone otras metas que declarar la típica representación de la Muerte, con su guadaña y sus dolores de parto, donde la capucha negra se ha convertido en el lecho del pauperio. El lugar común no deja de serlo, es evidente, pero en esa igualdad de la mujer como Muerte, y viceversa, en esa dualidad donde la mujer da y quita la vida, puede verse un reborde de interés. Otras exploraciones, más profundas, podrían llevar a cotos de caza singulares y, aunque la historia siga a su propio ritmo, algo de esto se ha impregnado en texto.

Este no es un cuento que pueda verse como la típica moralidad medieval, si bien bebe de la encarnación del arquetipo. Tampoco es un relato moderno que se apropie de las influencias del pasado de forma que —¡oh, intertextualidad!— se geste un palimpsesto literario donde lo nuevo y lo viejo se resemanticen a la par. Su destino es precisamente quedarse en la tierra de nadie, en esa donde un relato es disfrutable precisamente porque no se le piden otras honduras, ni felicidades, ni oscuridades.

La representación de la fatalidad en su condición de madre y matria, el final abierto donde el beso —aquel símbolo en los textos tradicionales que, por lo común, otorga vida y amor— se convierte en una puerta hacia otras realidades no concebidas en el cuerpo de esta creación, son cartas de triunfo. Pequeñas cartas, es indiscutible. O discutible. Al final creo que importa más el cuestionamiento del final del relato. Precisamente, esa ventana que se abre hacia la posibilidad de la vida y hacia el no retorno de la muerte y que culmina con una imagen que es, en lo visual, atractiva: la Muerte duerme… ¿en serio?, ¿y el hijo?, ¿pura intención poética de la autora para suavizar, desde el lenguaje, la realidad?, ¿o será más que metáfora?, ¿entonces a qué otras posibilidades nos llevan? Y en esas preguntas, y en la imposibilidad de que su respuesta y la mía coincidan, se gana más que se pierde a pesar de lo obvio.

Y es que desconocer, en ocasiones, es preferible. Que los vidrios queden en la ventana. Que los vidrios queden en la puerta. Y que sean vidrios turbios aquellos que no nos permitan ver más allá. Porque quedarnos de este lado, con la duda y la deuda, nos ofrece el sabor agridulce del Kairós.

 

 

Claudia Inés Lopez de Villavicencio Hernández (La Habana, 1990). Médico, lectora compulsiva. Comenzó a asistir al taller “Espacio Abierto” en noviembre de 2010. Asistió al curso de Narrativa impartido por Raúl Aguiar en la casa de la cultura de Playa en 2011. Este relato es también su primer cuento publicado.


 

 

 

 

Destino
 

El grito de agonía parece estremecer al mundo. Parca yace desnuda en el suelo de algún oscuro cobijo, sobre su capucha negra. La guadaña que ha tomado tantas vidas está a centímetros de su mano izquierda pero ella ya no tiene fuerzas para alcanzarla. Esta noche ha sido, con certeza, más larga que todos sus milenios de vida.
Gira violentamente la cabeza hacia un lado y mira sin ver su imagen reflejada en un pedazo de espejo. Una palidez anómala se extiende por su rostro de aspecto joven, pero horriblemente contraído, guedejas de cabello dorado se adhieren a su frente bañada en sudor, profundas ojeras se extienden bajo sus ojos almendrados de iris verdosos.
Otro grito de dolor desgarra su garganta. Nunca ha tenido estas sensaciones, pero sabe qué son. Lo ha visto al besar a muchas madres mientras dan a luz, al tomar su último aliento, en ese momento de comunión absoluta en el que, con cada persona que mata, Parca también muere.
“Dolor”, recuerda que se llama.
Hace apenas unas horas tuvo mucho miedo, sensación también nueva y a la vez conocida, pero ahora ya no piensa, solo recuerda... Recuerdos que giran rápidamente como remolino en su mente torturada: un parpadeo, una risa, el baile, esa sensación de vivir, tan extraña a su existencia eterna, que solo una vez tuvo oportunidad de sentir. Recuerda unas manos cálidas que hicieron arder su piel helada.
Recuerda…
El cuerpo de Parca solía ser insensible e inmutable… En toda su vida, nunca había sentido, y su carne jamás había cambiado más allá de sus deseos…
Tenía una misión… y nada más… Hasta que sintió…
Coloca sus manos sobre su vientre hinchado, empujándolo hacia abajo, lejos, deseando con todas sus fuerzas desprenderse de esa horrible sensación. En los últimos tiempos se han dado cambios en su cuerpo, pero ella los ha ignorado, centrándose en su misión… Hasta ahora…
Se estremece nuevamente. El malestar le ha dado un momento de tregua y sus músculos, agradecidos, se relajan.
Un nuevo paroxismo de dolor la sacude. Siente un bulto entre sus piernas y sus músculos se contraen involuntariamente. Algo la desgarra, haciéndola aullar de nuevo, pero entonces… El dolor se detiene bruscamente y Parca descansa, escuchando un llanto que no es el suyo. Ella nunca llora. Aunque ahora, por primera vez en su larga vida, siente lágrimas rodar por sus mejillas.
La voz ajena le da fuerzas, y entonces se arrastra con infinito esfuerzo hacia ese canto de sirena. Y lo ve.
No parece único: es idéntico a esas otras tantas criaturas cuyo aliento ella ha tomado… Pero a la vez es tan diferente… Una sensación brillante y totalmente nueva llena a Parca, estremeciendo su mente con la certeza de que nada se compara a aquella vida.
Una sensación de paz infinita la invade, regresándole el dominio de su cuerpo, y, con un movimiento fluido, une sus labios a los de la criatura, los besa largamente y se derrumba a su lado, cierra los ojos y, por primera vez, duerme…

 

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