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Dora Alonso, como un mapa de Cuba

Fernando Rodríguez Sosa, 07 de marzo de 2019

“Todas las mañanas se empieza a vivir de nuevo”, me confiesa Dora Alonso. Y para comprender el alcance de tales palabras hay que conocer primero, por dentro, en su raíz más profunda, a esta septuagenaria mujer. Porque solo aquel que sepa de quién es, por derecho propio, una de las más lúcidas y activas escritoras cubanas contemporáneas, sabrá de su irrenunciable y entusiasta optimismo cotidiano.

Nacida en las verdes campiñas de un apartado pueblito matancero, su infancia y adolescencia transcurrieron en íntima relación con la naturaleza. Su ser, por eso, quedó marcado para siempre por un raigal amor a lo cubano, a ese singular olor a monte y azucena, a ese transparente canto de los sinsontes, a ese inquieto murmullo de las olas al llegar a la playa.

Mas ese propio contacto con las hormigas y los curujeyes, con las bibijaguas y las palmas, con los potros y las rosas, la llevaron a conocer, a llorar y a vivir junto a quienes, con sus manos y su corazón, hacen la propia historia. Y de ahí nació, también, su otro gran amor. Su amor hacia aquellos que han sido, igualmente, inspiración y estímulo a lo largo de su obra, hacia los hombres y mujeres de su tierra.

Porque toda la literatura de Dora Alonso, desde sus poemas hasta sus cuentos, desde sus obras para niños y jóvenes hasta su periodismo, desde sus novelas radiales hasta sus piezas de teatro, están sustentadas en la dimensión mágica de la Isla: en la naturaleza y en el pueblo cubano. De no existir ambos, su producción literaria sería vacía, no tendría esa savia nutriente que la hace, como esas añosas ceibas, reverdecer siempre con nuevos e inesperados bríos.

Sin conocer de ese amor, no sería posible entender los muchos libros que esta autora, de formación autodidacta, ha entregado durante todos estos años. No sería posible, por ejemplo, conocer el drama del campo cubano narrado en ese fresco del pasado que es Tierra inerme. Ni viajar en el sueño y la fantasía a través de El cochero azul. Ni llegar a esa propia intimidad de la escritora en sus memorias de Agua pasada

Por todo eso, y por muchas otras cosas que Dora Alonso me cuenta esta tarde de verano, cómodamente instalada en su acogedor estudio, desde donde se pueden casi tocar las copas de los árboles y oír los trinos de los pájaros, entre queridos recuerdos tan disímiles como un mustio guajirito de ojos apagados y una caja de balas enemigas que le entregaron como trofeo de guerra en Playa Girón, es que ella, frente a un gran espejo que, como la traviesa Alicia, la ha ayudado a emprender viajes maravillosos, no se cansará de repetir que empieza a vivir cada mañana.

¿No cree que es demasiado optimista eso de empezar a vivir cada mañana?

No. Cada lágrima que uno ha llorado ha sido provechosa. Los trabajos que he pasado se los agradezco a la vida, como también le agradezco los modestos triunfos alcanzados mediante mi divisa: trabajo y principio. A través de ambos he logrado muchísimo, más de lo que pensé.

Si empezara a vivir de nuevo, ¿recorrería entonces el mismo camino?

Exactamente el mismo. Si uno tiene la dicha de poder realizar su vocación, aunque sea a tropezones, como en mi caso, eso es una gran cosa.

Hablando de vocación, ¿de niña no pensó en otra cosa que en escribir?

Desde niña pensé que podía, que quería, que iba a ser escritora. Era muy precoz y sumamente receptiva, inventaba mil imaginerías, soñaba por horas y horas, escondida bajo la sombra de un árbol, envuelta en una naturaleza casi virginal, cuyos ruidos conforman mi gusto y mi pensamiento. Por eso, fui escritora antes de saber escribir.

¿Y qué pensaba su familia de todo eso?

¡Ni qué decirte! Recuerdo, incluso, que un día se me ocurrió enseñarle a mis hermanos uno de mis trabajos y ellos hasta me acusaron de haber copiado el texto. Desde ese momento, escribía mis poemas y los firmaba con nombres inventados, con lo cual, extraña paradoja, mis hermanos los elogiaban y hasta los copiaban.

Pero, sin embargo, se ha dicho que sus padres influyeron mucho en la formación de su personalidad intelectual

Más que en mi personalidad intelectual en mi propia formación como ser humano. Mi padre, español, criador de ganado, de gran reciedumbre, maestro en la rienda y la apostura. Mi madre, campesina de origen, gustaba cultivar rosas y criar pájaros, de gran sensibilidad, delicada y firme de carácter.

¿Fue con ellos que llegó a amar definitivamente al campo cubano?

No. Fue en el sitio de mi tío abuelo Chano, todo un patriarca. Allí, en su finca Tres Ceibas, con ocho o nueve años, recorría sola su ceja de monte, para mirar las hormigas y las bibijaguas y oír cantar los pájaros. De ahí también mi contacto total con el pueblo, con los negros viejos que habían sido esclavos, con los campesinos que trabajaban con mi abuelo. El carácter y la confianza francas, sencillotas, sin dobleces, que conocí entonces, las bebí y asimilé para siempre. A tal punto, que hoy, donde único encuentro mi paz, mi centro vital, mi yo, es en pleno campo. La ciudad es una necesidad que nunca he asimilado, porque yo soy, hablando en términos guajiros, un curujey en el centro de La Habana.

En su obra, además de un gran amor por la naturaleza, está presente también el mar, ¿cómo le nace esta afición?

Desde los tres o cuatro años, hasta los veinte, iba con mis padres, tres meses al año, a las playas del norte. Conocí, desde niña, el mar y me fascinó. Del mismo modo que los yerberos y monteros de mi casa me llevaban a los potreros para ayudarlos a curar los terneros, a picar los cogollos para los caballos, a preparar el pienso, ya con seis años aprendí a pescar y a nadar.

Puede decirse que usted no fue una niña común…

En lo absoluto. En mi ambiente, yo era un bicho raro. Mi madre, en forma muy cómica, le decía a mi padre: “Alonso, tú vas a ver, esta nos va a salir comunista”.

Y no se equivocó.

Fue como una premonición. Aunque, claro, yo apuntaba ya a eso. Primero, en 1935, ingresé en Joven Cuba, con Antonio Guiteras; después, me incorporé a Unión Revolucionaria Comunista, que era un organismo del Partido Comunista, y fui nominada como delegada a su Asamblea Nacional. Para esa época, mi madre estaba totalmente convencida de que era comunista, para ella el diablo, pero siendo su hija, ya el diablo no era tan rojo,  era un poco sonrosado.

Es por esos años que comienza a escribir periodismo militante…

Exactamente. En el periódico Prensa Libre, de Cárdenas, empecé a escribir periodismo de barricada para Joven Cuba, por lo cual, incluso se me persiguió y hasta estuve presa en dos ocasiones.

¿No sintió miedo entonces?

No. Tenía la plena convicción de que me tendrían que liberar.

Y cuando fue a Playa Girón, como corresponsal de guerra de la revista Bohemia, durante el ataque mercenario de 1961, ¿tampoco sintió miedo?

Si supieras, allí sentí muchísimo miedo y me costó trabajo decidirme a ir. Estaba en Santiago de Cuba, con el fotógrafo Gilberto Ante, y al salir aún no sabía dónde se había producido el desembarco. Vengo decidida para La Habana, pues tenía aquí a mi madre, muy viejita, y a Fausto, mi compañero. Por el camino, voy viendo el desfile del pueblo armado que iba al frente y me empezó una fuerte lucha interna. En Santa Clara, me encontré con una mujer, vestida de negro, que venía de Jagüey Grande, y me contó cómo le habían salvado a sus hijas y los horrores que estaban cometiendo los mercenarios. Dentro de mí se produjo un choque brusco y tomé la determinación, a pesar de mi miedo, de ir. Me acordé de mi juventud, de Guiteras, de un amor de muchacha que murió en la lucha por la España Republicana…Y me dije: “si soy cubana, si soy periodista, no puedo esconderme de mí misma”. Y fui a Girón.

Volviendo al periodismo, usted ha escrito en casi todos los géneros y de casi todas las temáticas, incluso hasta se le considera la primera cronista deportiva cubana.

Eso han dicho. He escrito sobre luchas sindicales, deportes, memorias… He utilizado diversos géneros, pero en el reportaje es donde mejor me siento. Mis grandes reportajes casi todos son tierra adentro; por ejemplo, recuerdo uno en que denunciaba los abusos de los terratenientes contra los cafetaleros. En Carteles no querían publicarlo si no arreglaba ciertas cosas, a lo cual me negué y, al final, lo publicaron tal cual lo escribí.

Si al periodismo llega por una necesidad política, ¿por qué llega al cuento?

Por una necesidad anímica. Por la misma que de niña me hacía escribir y llorar a solas mis inventos. Incluso, a los ocho años, en cuarto grado, gané mi primer premio provincial de narrativa, con un cuento sobre un viaje en tren a un pueblito vecino.

Pero ese no es su primer premio literario en serio…

No, ese lo obtengo en 1936, en un concurso de la revista Bohemia, con mi cuento “Humildad”, sobre el tema esclavista, una historia que me contó mi abuela negra Namuní, quien aún nonagenaria lloraba porque siendo una niña le vendieron a su madre, a quien quise mucho y quien me llevó a luchar contra el racismo y la discriminación.

¿Por qué en su larga carrera como narradora ha publicado más cuentos que novelas?

No he podido explicármelo. En el fondo debe ser porque soy más cuentista que novelista. Al escribir me gusta mucho lo breve. Mi cuento más largo no tiene más de once cuartillas.

Sin embargo, a través de la radio, durante casi cuarenta años, se han trasmitido decenas de sus novelas.

Pero es distinto. La radio tiene su lenguaje propio. A ese medio llegué por dos razones: una, la necesidad económica, y la otra, para luchar por los campesinos. Porque, cuando empecé a escribir para la radio, era un horror lo que se trasmitía: el guajiro siempre era un ser casi irracional, de burla. Parece que mis novelas gustaron, pues el rating subía cada vez  más y obras como Sol de batey, con una gran denuncia social, fueron radiadas dos y tres veces sin quitarles ni una coma. Incluso, como mi propósito era presentar la verdad del campo cubano, después del triunfo de la Revolución, todas mis novelas fueron trasmitidas de nuevo sin ningún arreglo.

¿Sol de batey es una de sus mejores novelas?

No sé si de las mejores, pero sí de las que más ha gustado. Es una novela seria, que para escribirla estuve más de un año leyendo literatura del siglo XIX. Pero hay una realidad: una cosa es la creada por el escritor y otra la realizada al final. No obstante, la masiva acogida a esta obra, fundamentalmente en sus dos últimas trasmisiones por TV, me reafirma que el pueblo recibe lo que uno ha escrito con amor.

También ha escrito poesía, ¿es ésta una válvula de escape para sus más íntimos sentimientos?

No sé. Es quizás una forma distinta de dar los sentimientos, que si se siente también obliga. Hice poesía de joven, muy mala; después, no volví a ella hasta que me decidí a escribir para niños. Porque siempre tuve pudor de enfrentarme a la poesía, pues el sentimiento íntimo se trasluce más en ella que en la narrativa.

¿Cómo pudo, por cierto, llegar a crear una literatura infantil tan cercana a los gustos e intereses de los pequeños?

Acordándome de la niña que fui: inteligente y precoz, pero físicamente desgraciada y muy enfermiza. Eso me dio la medida de que en la literatura infantil hay que tener un enorme cuidado para no herir al niño. Por eso, mi propósito es darle una vía de liberación, de ascenso, de seguridad y de coraje. O sea, recordándome a mí misma, con una sola fórmula: el amor, he encontrado el camino de los niños. 

¿Qué la impulsó a dedicar una buena parte de su obra a los niños?

En 1956, había escrito mi primera obra de teatro, para títeres, dedicada a los niños: Pelusín del Monte. Pero, en realidad, lo que me decidió totalmente por la literatura infantil fue cuando escribí, junto a Renée Potts y Adelaida Clemente, los primeros libros de lectura realizados por la Revolución. En un recorrido por las bibliotecas, me di cuenta que el niño cubano no tenía literatura propia, raigal, y fue cuando arranqué a escribir para los pequeños hasta hoy. 

De entre toda su obra, debe tener determinadas preferencias.

Desde el punto de vista de la ternura, donde me veo más realizada es en Agua pasada, dedicada “a mi madre, a quien lloré con este libro”, que son mis primeros recuerdos, mis memorias de infancia, escritos en forma poemática. Ahora, donde me siento más complacida, en cuanto a su realización, es en Once caballos, quizás por la temática o por la forma en que me brota el cuento. Por tratarse de mi primera noveleta infantil, también le tengo mucho cariño a El Cochero Azul.

Los críticos han escrito que El valle de la Pájara Pinta es su mejor libro para niños, ¿qué cree usted?

Creo que tienen razón. Es mi libro más completo, pues técnicamente es el mejor realizado.

Se dice, también, que Isabela, la niña protagonista de esa noveleta, es usted misma.

Sí y no. Isabela soy yo desde el punto de vista de la niña vivaz, aventurera, valiente, imaginativa. Pero ella es algo más, es un símbolo, es la niña cubana después del triunfo revolucionario.

¿Por qué si nació en Matanzas siente esa inclinación tan especial por Viñales?

Cuando conocí Viñales estaba pasando una gran crisis, y su naturaleza maravillosa me sacó de ese marasmo y me puso otra vez a vivir. Para mí, Viñales, con ser Matanzas tan hermosa y quererla tanto, representa algo más profundo, en el sentido de que mi identidad espiritual con los paisajes de esa región es absoluta, digamos que yo soy parte de ellos. Mi paz, mi mayor bienestar, late en el privilegio de su naturaleza. Incluso, después que escribí El valle de la Pájara Pinta, que se desarrolla allí, cada vez que voy a esa zona estoy esperando ver a Isabela, a la abuela Cirilina, a Garralén. Es mi única obra donde mis personajes me rodean y me llevan de la mano.

¿Para usted escribir es un trabajo o un placer?

Es un trabajo muy serio y es un placer que no se cambia por nada en el mundo.

En la literatura, ¿de quién recibió influencias?

Dentro de mis limitaciones, por la época en que me formé, no pude espigar mucho, pero sí bebí en la fuente de la mejor literatura española. Puedo decir, por eso, que bajo su influencia se afirmó mi inclinación literaria. Pero, sin lugar a dudas, la vida ha sido mi mejor maestra.

¿Se siente, entonces, en deuda con la vida?

No. Aunque la vida sí me debe un hijo, que no tuve. Pero estamos en paz, porque he criado un montón. Y, además, porque ha sido generosa conmigo en otro sentido, pues he visto mis libros, he sentido el amor de la gente, he recibido homenajes…

Dentro de todos esos homenajes, ¿cuál recuerda con más cariño?

Dos, de muy distinto carácter. El primero, la medalla conmemorativa por las acciones de Playa Girón, que nunca esperé, pues me parecía demasiado medirme con quienes pelearon con el fusil en la mano. El segundo, que no he olvidado a pesar de los años, fue por la década del cincuenta. Caminando por las lomas pinareñas, llego a un bohío y le pido a un campesino (fumaba un tabaco sentado en un taburete) que me diera un poco de agua.  Mientras él se levanta, un poco extrañado de ver a una mujer sola por aquellos andurriales, veo un radio de pilas en la sala. Cuando regresa, por curiosidad, le pregunto: “viejo, ¿qué programa escucha usted?” Él me dice: “es una novela que escribe una mujer que se llama Dora Alonso”. Yo, como una pavita, le respondo: “pues mire, yo soy Dora Alonso”. Entonces él se quita el tabaco, me mira, se rasca la cabeza y me contesta: “bueno, hija, perdóneme, pero no se lo creo”. “¿Por qué no me cree?”, le pregunto. “Porque Dora Alonso es una mujer distinta a las demás”. Con lo cual me sentí, al mismo tiempo, regocijada y apabullada.

¿Y cómo es, realmente, Dora Alonso?

¡Y yo qué sé! Tal vez, como un mapa de Cuba.
 

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