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La teoría de la nada

Elaine Vilar Madruga, 04 de marzo de 2019

Un aspirante a escritor frente a una editora que “no vende la literatura”, ¿o sí? ¿Qué precio entonces tiene el arte?, ¿qué precio tienen los sueños?, ¿acaso un cuadro de Amelia Peláez alcanza para comprar todo eso?, ¿y cómo lo etiquetamos, cómo definimos a un fenómeno así? Arte de la supervivencia. O supervivencia, así, a lo seco, sin calificaciones, al pecho, a lo Hemingway.

Hay provocación en este relato y mucho de la fotografía de la realidad. Dulce María Sotolongo inunda el cuento con diálogos que, naturales y sobrios, transitan desde el horror vacui de la verdad literaria a la que la editora se enfrenta en el manuscrito al vacío de la vida cotidiana. Una claria. Huevos. Aceite. Todo lo que esta editora necesita para vivir se contrapone a aquel mamotreto que se niega a ser leído o al cuadro que —no se vende, no se compra— es solo la demostración simbólica de la inmovilidad y de la teoría del todo.

O deberíamos, acaso, decir la teoría de la nada. Porque en ella se encuentra inmersa nuestra protagonista, hasta el punto de que el lugar común de aquel manuscrito que critica —el cual digiere a duras penas— se convierte, se transmuta ya no en posibilidad sino en sentido de supervivencia. Cuando el animal se enfrenta al peligro, toma una decisión. Son pocos sus escenarios: enseñar la panza y esperar la clemencia de la salvación o la muerte, huir o atacar. En este caso, el ataque es la clave y la autora lo prepara desde la línea primera, quizás porque no le interesa el final sorpresivo —tan sobrevalorado en la literatura—, quizás porque en esta disposición de las escenas logra un avance, un levantado de terreno que el lector —si lee bien entre líneas— podrá agradecer. Así, desde la posición en apariencia “intelectual” de la editora que lee y corrige, desde su contemplación del cuadro, desde sus deseos de posesión —las ansias— se va gestando una cortina que no es de humo pero sí de un material literario finísimo llamado insinuación. Y es que la fiera, desde entonces, se prepara para atacar, pero es sutil, su movimiento es suave, como todo buen depredador conoce la importancia del olfato y del rastreo antes del zarpazo definitivo.

La historia es breve. Su concisión es de agradecer porque otros detalles, morosos y de una formalidad innecesaria, conducirían a una reiteración de obviedad nada difusa, que poco o nada le agregaría al relato. Sin embargo, en esta concreción ya se han definido los símbolos: un bando estático, un bando presa, al que pertenecen el cuadro y el escritor; y otro, un bando depredador en movimiento que encabeza la mujer que lee, la mujer que lucha la vida, la que planifica, medita y contempla el horror vacui y el vacío de la existencia como algo que podría, cómo no, superar a la ficción… o copiarla.

Dulce María Sotolongo tiene las herramientas literarias necesarias para no vender su historia y también para convertir a esta en un material que se cuestiona en las aguas poco hondas de la costa. No es una posición de comodidad porque en literatura, sí, no todo es océano: hay mucho que ver antes de la sumergida. La escritora lo entiende. Y también la editora de la historia, nuestro personaje. Y seguramente, también, Amelia Peláez y su cuadro. El arte está en el centro. Justo en el centro del desastre y no importa por qué esta posición sacrificial. El arte ya no importa: ni el libro ni el cuadro. Uno piensa como vive, sí, y los personajes de esta historia son consecuentes con esta fotografía de una realidad cruda, que no necesita otras explicaciones ni reseñas. Este no es un cuento sobre la literatura. Ni sobre el escritor, esa figura ya tan arquetípica. Es un cuento sobre la supervivencia. Esa, la prehistórica, la única, la verdadera.

¿Es que acaso existe otra?


 

 

 

Dulce María Sotolongo Carrington. La Habana, Cuba, 1963. Licenciada en Filología. Escritora, editora, y periodista. Miembro de la UNEAC (Unión de Escritores y Artistas de Cuba). Ha publicado más de 20 libros entre ellos. De la letra a la vida; (Ensayo, 2002). Agustín Marquetti, número 40; (Testimonio, 2008); En el balcón aquel (Testimonio, 2008); y las antologías de cuentos Té con limón, en coautoría con Amir Valle (2002) y recientemente Nosotras dos (2012); No me hables del cielo (Novela, Letras Cubanas, 2014); Árboles mambises (Gente Nueva, 2012); Eva contra Eva (Ediciones Cubanas, 2016). Ha recibido varios premios, entre los cuales se encuentran el Benito Pérez Galdós 2011, Premio Abdala 2009, Mención La Edad de oro 2007, 2010.
    

 

 

 

 

 Amelia
 

¡El libro está en candela! Puso cara de bruja. ¿Cuánto me costaría la edición?; dicen que usted es excelente… Lo detalló. Apariencia de no tener una moneda sobre la cual morirse. Sintió lástima ¡Yo no me vendo, te haré la edición gratis, si te haces famoso entonces hablaremos en idioma bancario! Se sorprendió de la metáfora que acababa de escupir. Miró la casa, desorganizada como la de los aspirantes a buenos escritores: estantes de libros en estado de coma, olor a rancio, paredes pintadas de un gris que antes fue blanco, blanco que antes fue gris; un cuadro raro en la pared ¿Lo pintaste? No, es un regalo que Amelia Peláez le hizo a mi difunta madre. Mutis. Imaginó el cuadro aquel adornando una de las paredes de su sala. Pero tú eres millonario y no lo sabes —soltó la frase sin conectar la lengua al cerebro. Qué tipo tan comemierda. ¡Dios mío, y usted llegó cuando no tengo ni café que brindarle! Vende el cuadro, niño. La sensatez le amordazó la boca hasta cierto punto. Ese cuadro debe valer una fortuna, podrías autofinanciarte una decena de libros, comprar premios importantes a los jurados que se venden, hacerte famoso e invitarme a comer en El Floridita; ¡amo tanto a Hemingway! 
El joven se percató por donde caminaba la editora tan excelente. Yo también lo amo, pero no tan cerca. Todos los meses me visita algún perito del Patrimonio Nacional. Lo mide y recontramide,, saca una lupa, se cerciora que no es una copia, hace anotaciones mientras habla que si se pierde, la cárcel está que mete miedo; a buen entendedor… Mucha miseria, terminó de decir la editora tan excelente.
El aspirante a escritor famoso cambió el rumbo. ¿Y por qué está en candela, si apenas leyó la primera página, una del medio y otra del final. Mutis de la editora. Volvió a mirar el cuadro. Es como hacemos el diagnóstico de un libro; ¿o tú crees que los jurados de cualquier concurso se leen treinta o más novelas de principio a fin? Mutis del joven aspirante a escritor. El comienzo no es malo y se ve que tienes madera, pero fíjate aquí. Leyó en voz alta: Las sombras de la noche ocultaban el rostro del asesino, parapetado detrás de una columna. Leida caminaba con prisa por la calle. Al pasar por la columna el asesino le puso la navaja en el cuello… Comienzo bueno, pero pésimamente mal escrito, la evolución de la literatura hace que el narrador sea rápido y concreto, además, porqué me anticipas que hay un asesino, una noche en sombras, una mujer que camina de prisa por la calle. Ve al grano: Noche. Al pasar cerca de la columna Leida sintió la navaja en su cuello.
 Miró el cuadro nuevamente y se vio navaja en mano desprendiendo el lienzo en medio de una noche oscura. No sabe cómo se mantienen en pie las flores en la mesa, el búcaro parece que se inclina, de qué época sería, la línea negra divisoria es muy fina como si aún la pintora no estuviese convencida de su eternidad.
El hombre insiste con el manuscrito, a la editora le parece que ha crecido, a quién se le ocurre llenar 600 páginas de un absurdo asesinato de un escritor que intenta matar a sus personajes desde la primera página, mira que la gente se atraca, piensa, le sonríe con timidez tratando de ocultar el recién partido diente, una espiga le cuesta 20 chavitos, la dentadura entera casi 80 y aquel hombre con un cuadro de Amelia Peláez en la ruinosa sala. 
Hace como que lee, era una maestra en el arte de la simulación, sabía tomar pose intelectual, pasar la vista lentamente por las letras cuando en realidad su mente estaba muy lejos, en los pies de Tony que ya no aguantaban un día más los alpargatados Niké de veinte chavitos solo para seis meses, el congelador estaba más vacío que el polo sur después de una ventisca, ni una claria salvadora asomaba entre los nylon con recortería de pellejos de  pollo que guardaba para los días de crisis cuando no había aceite ni para freír un huevo.
Trató de concentrarse en la página tres, a vuelo de buen cubero los adjetivos danzaban en medio de una escalofriante noche oscura donde entre tenebrosos y sangrientos, era difícil mantener la concentración.
 Me lo llevo, dijo mirando fijamente la pintura, le pareció que las flores se movieron al compás de sus palabras, aquí no puedo concentrarme.
¿Cuánto me cuesta? Nada, la literatura no tiene precio, le dijo sin dejar de mirar el cuadro en la pared.
 Llegó a la casa agotada como cada jornada. Nadie subió sus pies, ni masajeó su espalda, ni tan siquiera besó su mejilla. El descanso fue interrumpido por un tengo hambreee que salió de los cuatro rincones. Le contó al marido del manuscrito, la pintura y el hombre que quería ser escritor como tantos otros. Tony desde la cama mandó a callarla. Tú porque no sabes cuánto vale un cuadro de Amelia Peláeeez.


 No sabía ni por qué leía el horrendo original, era una manera de demostrar su superioridad en algún terreno, tal vez, quería creer en la posibilidad de un regalo decoroso, que adornara la pared de su casa en vez de aquella reproducción barata de la Gitana Tropical de Víctor Manuel, todostenemos, un escritor que desembolsó cinco cucos por más de doscientas hojas de lectura.


 Ver en la cama el adolescente dormir a las doce del día, ya era una imagen habitual, como esperarlo en las frías madrugadas que se repetían a pesar del persistente calor. Rezaba, y rezaba sin saberse el Padre Nuestro, acudía a la imagen de San Lázaro, para pedir el milagro de la vuelta del hijo pródigo, el que iba a ser universitario.
 En el manuscrito había alcanzado la página 300 donde el escritor asesino descubierto en la primera página aún corría tras Leida. Ese día lo vio llegar bien entrada la noche como de costumbre, sigiloso, se asustó con su acostumbrada presencia. El joven guardó la mochila dentro de la lavadora y se acostó a dormir.


 Fuera de la pared ruinosa, la línea negra parecía más gruesa, como en la etapa en la que Amelia alcanzó la madurez. Mutis. Sintió la navaja en su cuello.

 

 


 

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