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Las alas agujereadas del miedo

Elaine Vilar Madruga, 23 de febrero de 2019

"El Ndoke", narración breve que proponemos, parte del principio de la recreación ficcional del miedo y juega con los límites de la literatura fantástica dentro de las convenciones del género dedicado a los más pequeños. Este Ndoke, brujo despojado de piel que acecha las camas de los niños —a mitad de camino entre un vampiro y una aparición vengativa— bebe del caudal de los monstruos de siempre, los archiconocidos provocadores de escalofríos: el autor los hibrida para recrear una historia donde el protagonista enfrenta y desnuda sus temores y culmina —particular recurso— venciendo al horror interior, más que exterior, a través de la amistad.

Sencilla, y llena de correctos recursos de narración, la historia provoca el deseo de un final más creativo, quizás sorpresa (aunque no de manera necesaria), donde la interacción y la eclosión del mundo fantástico tuvieran un punto de repercusión en el universo de lo real. Quizás, deseable sería también el hecho de que el niño, al encontrarse con este Ndoke supuestamente antagonista, viviera no solo la transformación del héroe —visibilizada, sí, dentro del cuento— sino que también pudiera influir en la metamorfosis positiva del contexto que lo rodea.

La elección del tema no deja de resultar interesante puesto que dialoga con el mundo del niño, ese universo de terrores nocturnos, de pesadillas y agoreros refranes de los adultos, donde la imaginación se convierte por momentos en un beneficio y también, por qué no, en plaga que estremece las noches infantiles. El tema, aunque replicado muchas veces en la literatura, no ha agotado su remanso, y esas aguas —tranquilas y no turbulentas, aunque salpicadas por momentos de gotas de genuino ingenio narrativo— aparecen en este cuento.

El narrador personaje se agradece, y mucho, pues nos permite conocer desde un ángulo en primera persona —en primera fila de percepción dentro del teatro del mundo que hemos elegido—, los acontecimientos de la narración. Este recurso, matizado hacia la focalización de otros personajes —por ejemplo, Lázara, la niña que trae o invoca al Ndoke con sus palabras— es motivo de variación y no estancamiento: contrapunteo de la visualidad.

Sigo creyendo, de alguna manera, que el final carece de la llamada escena necesaria y que, si bien se construye sobre la base de una síntesis que quita más de lo que aporta, resulta adecuado dentro del contexto infantil. Adviértase: solo adecuado, no es el final de los aplausos. Pienso que el autor pudo despejar la síntesis o enriquecer la textualidad con la evocación del Ndoke. No obstante, sí se agradece —y mucho—, la vuelta de tuerca donde el monstruo que habita bajo las camas, bajo la niebla de la mente o los recuerdos, bajo las alfombras de leyenda de las evocaciones, se transforme en una especie de guarda protectora del sueño de los niños.

Esta es una narración que, opino, pueda dar tela y aguja para una estructuración más compleja en cuanto a cantidad de páginas. Pienso en la novela. Pienso que, quizás, estos personajes, acompañados por el Ndoke, podrían revelarse en otras textualidades, en otras realidades y pesadillas que, exorcizadas o conjugadas por la fuerza del verbo, mostrarían la belleza del monstruo y las alas agujereadas del miedo.

Roberto Félix Carbonell Moliner. Miembro de la AHS, egresado del Centro de Formación Literaria “Onelio Jorge Cardoso”,  Licenciado en Estudios Socioculturales e instructor de Artes Plásticas. Ha obtenido premios en concursos municipales como primer lugar en el Concurso "El Persistente Escriba" (2004), primer lugar en el Concurso de Literatura “José Lezama Lima” (2006) y premios en los Encuentros Debates tanto a nivel municipal como provincial. Mención en el Concurso Nacional de Poesía “Rafaela Chacón Nardi” in memoriam 2006 y 2007, y Mención Especial, 2008. Mención en Poesía en los Novenos Juegos Florales, Centro de Promoción Literaria “José Jacinto Milanés” (2010). Tiene publicaciones en revistas nacionales como El Caimán Barbudo, poemas y cuentos suyos aparecen en antologías fuera y dentro del país.

 

El Ndoke

Lázara empinaba la nariz y con las manos en la cintura, firme de sus palabras, decía que en toda casa hay espíritus y que los muertos se ven cuando miras al espejo y que los 24 de agosto San Bartolomé, a las doce de la noche, suelta al Diablo para hacer trastadas y que la primera lluvia de mayo cura a los enfermos.
Aquel día, en el aula, asustó a todos. Nos contó sobre el Ndoke. Sabíamos que, a veces, a Lázara le gustaba inventar: aumentaba la boca de los monstruos con más de cien hileras de dientes, o traía una bola donde ves la historia de tu vida; pero, esta vez, era imposible saber si decía la verdad o mentía. El Ndoke, según le había contado su abuela, era un enorme brujo que, despojado de la piel, andaba de cuarto en cuarto chupándoles la sangre a los niños.
Todos salimos temerosos de la escuela a pesar de negarlo. Aquella noche revisé debajo de la cama y en el escaparate. Cerré bien la puerta y las ventanas. Me aseguré que todo estuviera en su lugar, para que nada me asustara. Apagué la luz y pronto decidí prenderla; no es que crea en Ndokes, pero niño precavido…
En la siguiente noche volví a revisar todos los rincones, incluso los libros. Terminaba de poner los soldaditos de plomo alrededor de la cama, cuando vi una sombra cruzar la puerta:
—¡Mi madre, el Brujo! —estuve a punto de gritar, pero los hombres no le tienen miedo a nada y me mordí la lengua. Me cubrí de pies a cabeza y apreté los ojos hasta dormirme. Al despertar comprobé desde el colchón que todo estuviera tal y como lo había dejado la noche anterior. ¿¡Qué le pasó a los soldaditos de plomo!? Algunos tenían el fusil doblado, otros habían caído en batalla y muchos desaparecieron.
— ¡El Ndoke! —me dije.
En la escuela me dijeron mentiroso, incluso la misma Lázara se burló de mí. Entonces, guiado por la furia, le dije mañana mismo te lo traigo. Luego no hubo más remedio. Esa noche, con miedo o no, tenía que atraparlo.
En el piso puse, otra vez defendiendo mi cama, las bolas y los soldados de plomo que quedaron. Dejando la puerta entreabierta para socorrerme en la posible huida al cuarto de mis padres, me acosté con una linterna en la mano. Esperaba. Él podía venir transformado en cualquier cosa: murciélago, ratón, ciempiés, escarabajo. De tanto esperar me quedé dormido.
La presencia del Ndoke me despertó. Dos círculos amarillos y blancos, asomados en las alas de una mariposa bruja que aleteaba en el techo, avisaron su llegada.
En mi huida resbalé con las bolas y los soldaditos. Grité mi primer ¡AUXILIO! Mis padres me detuvieron en el pasillo:
—El en…en…en…
—¿El qué? —gritó mamá.
—El en…en… ¡El Ndoke, mima, el brujo!
— ¿El Ndoke? Pero eso no existe —rio mi papá.
—Que sí, que yo lo vi —insistí, halándole la bata a mi mamá—. Vayan al cuarto y miren.
Mis padres entraron y encendieron la luz. Solo vieron los libros regados, las bolas y los soldaditos de plomo por todas partes, la linterna rota, la almohada encima del escaparate y la colcha sobre el buró.
—¿Y esto qué es? ¡Ahora mismo te subes a esa cama y no quiero oírte más! ¡Los hombres no tienen miedo, chico! —papá viró su espalda y se fue. Eso mismo pensaba yo tres días antes, que los hombres no son miedosos.
Mamá permanecía parada en el umbral. Ella sí me entendía. Me tapó de pies a cabeza y sentándose en el borde de la cama me dijo que el Ndoke era cosa de la imaginación. Antes de irse me dio un beso y apagó la luz.
No podía dormir. ¿Qué iba a decir mañana, qué huí con mamá y papá a la primera señal, qué ni siquiera logré verlo? De repente, cerca del librero una sombra comenzó a crecer, los dos círculos blancos y amarillos regresaron, se abrieron y lo vi: le colgaban trozos de piel en el rostro y muchos trapos, las manos engarrotadas y flacas querían atraparme. Avanzó hacia mí, intente levantarme, pero resbalé al suelo. Los pies del Ndoke, de uñas ganchudas como las de un tigre, aplastaban a mis guerreros. Sudaba, sentía su aliento sobre mí, veía sus dientes puntiagudos acercarse…
—Pedro, ¿déjame echar un sueñecito? —pidió el Ndoke con cara de lástima ¿Sabía mi nombre? El brujo sabía mi nombre y, además, estaba parado frente a mí rogando dormir en mi cama. No podía creerlo.
—¿Ven acá, chico? —dije mientras me paraba del suelo. El Ndoke era más grande que yo—. ¿Tú no me ibas a comer?
—¿Comerte yooo? Solo quiero echar un sueñecito.
—¿Pero tú no eres malo? ¿Tú eres un Ndoke? ¿No deberías chuparme la sangre?
—¿Sangre? No, que va. Prefiero comer dulce de coco, pudín, boniatillo, malarrabia, casquitos de guayaba, dulce de leche…
La verdad es que no entendía. Un Ndoke bueno era lo único que no me hubiese pasado por la cabeza.
—¿Y por qué sales de noche?
—A cuidar el sueño de los niños. Con ellos vuelo por la ciudad. Voy de cuarto en cuarto, vigilo que estén dormidos y, de vez en cuando, hecho un sueñecito en sus camas, ¿me dejarías? —puso cara de lástima.
Esa noche, el Ndoke se acostó a mi lado. Antes de dormirnos, me contó de las cosas que ve cuando vuela: sobre planetas, duendes, piratas, estrellas, niños que duermen con el dedo en la boca, sobre ratones bailadores, gatos que hablan y caminan en dos patas, lunas, princesas, naves, ballenas y dragones. Cuando desperté por la mañana se había marchado.
En el aula esperaban ansiosos. Lázara deseaba saber que había pasado, si capturé o traía al Ndoke. Entre orgulloso y todos me miraban en silencio, mientras ponía la mochila en el pupitre. Me senté. Poco a poco quedé rodeado, obligado a decir que había pasado. Les conté la historia, pero nadie quiso creerme. No importa; el Ndoke ya no me asusta, ahora es mi amigo.