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La incubadora
 

Elaine Vilar Madruga, 09 de febrero de 2019

No se puede amar con tanta luz, nos confiesa la protagonista de la historia pero en la posada, la claridad es el grito del testigo, la claridad es el testimonio de algo que se ha filtrado dentro de las oscuridades interiores de estos dos amantes. Ya no son Romeo y Julieta quienes esperan el canto de la alondra, y maldicen a Shakespeare y a la llegada del sol que ponen, necesariamente, pausa y punto final al idilio de una noche de amor. Ahora, Romeo vende sus cintas de VHS —sus clásicos cinematográficos— para pagar el tiempo que compartirá con el hijo anhelado; Romeo se quita la argolla de plata de la oreja, Romeo tiene demasiado sueño, Romeo engaña a los santos, Romeo no tiene fuego ni tiene vela. Romeo es un sátiro, una caricatura shakesperiana. Julieta se activa. Julieta quiere la vela. Julieta añora aún el canto de la alondra y el sacrificio del amado, pero en su lugar solo ve a un hombre verde, color lechuga, advocación de alguna enfermedad, advocación de una identidad que quizás no resulte terrestre, y es que Romeo debe ser apuñalado, necesita ser apuñalado por la historia.

Asel María Aguilar urde esta breve pieza narrativa desde un lenguaje que, por metafórico, no deja de ser comprensible y evocador: el influjo de la poesía, presente en las costuras y en la tela del texto, es un recurso bien empleado en la medida en que no oscurece el discurso sino que aporta en materia simbólica, evocativa. Pues la historia es esto, una memoria distorsionada, el carrete no revelado, esas fotografías que han mimetizado la realidad desde el negativo y que la autora prende, atrapa, rememora: Julieta no teme la burla, Julieta parodia el amor, Julieta se ha convertido en un monstruo desolado que habita y camina por las calles de una pequeña ciudad del mundo.

Desde el recurso de la ironía, desde ese fusilamiento a la imagen idílica de los amantes, desde la revelación de la luz, de lo sucio, de las arrugas, desde la comparación del “nido de amor” con el nido de pollos, desde esa violencia que no se percibe en el lenguaje a simple vista, sino en el repique constante del lenguaje en los sentidos del lector, es que se estructura este relato. Ironía que, en ocasiones, se viste con las galas del humor para resultar menos punzante. Ironía que, en ocasiones, se desnuda a la luz de la vela de Shakespeare para hacer caer el monolito del “felices para siempre”, ese final bucólico y estúpido (demodé) de las historias de amor escritas en el Renacimiento.

Porque Julieta renace, sí, cuando apuñala a Romeo en su sueño, cuando lo deja roncar y gemir por el hijo ausente, cuando se maquilla y se contempla como una puta llena de tinta y con solo una vela como testigo. Julieta ha vencido al gallinero, a la mala observación del amor, al encuentro fortuito. Y es en esta caminata, hasta cierto punto derrota, que Julieta (o Asel) vencen. Ya no existe la vela, se ha consumido, pero cierta luz informe, de una mañana que agoniza en sus comienzos, es también testigo y pabilo. Shakespeare lo habría visto así. O quizás no. A Asel no le importa. Hay muerte en su cuento, hay apuñalamiento, hay sangre (solo que invisible).

 

Asel María Aguilar Sánchez. Nació el 20 de mayo de 1977 en Manzanillo, Granma, Cuba. Geóloga de profesión, egresada en el 2007 del Centro de Formación Literaria “Onelio Jorge Cardoso”. Sus libros Agua pequeña (2016) y Muchacha con frío (2018) han sido publicados por la Colección Sur, en Cuba. Trabaja actualmente en el Instituto Federal Suizo de Tecnología, ETH, Zurich.


 

 

 

 

Idus de Julio

A los diez ya se había roto los tobillos, los codos, la barbilla y una tarde, para sobrepasar los límites de cualquier hijo de vecino, se enganchó de la cerca de alambre de púas del patio y se rasgó los párpados. Pensó que eran de lluvia las gotas calientes que le resbalaban del pecho a las piernas. El susto lo dejó sin habla y temió llorar por si las lágrimas se colaran por la herida y le salaran la sangre. Aún conserva las cicatrices en los parpados y la fobia a la lluvia de junio.
Lo conocí en la Casa de la Trova de Manzanillo, y entre guitarra y poesía me contó su vida de calamidades. Era la suya una manera rara de conquistar a una mujer, cualquier canción romántica sonaba a rumba de carnaval al lado de sus cuitas. Para soltar el nudo de la garganta me invitó a un trago; el ron estaba por acabarse, pero por ser asiduo de la Casa rasparon el fondo del garrafón y le vendieron un líquido turbio que dejaba en el fondo del vaso una boronilla masticable. Después de un trago me largué a casa.
Otro día me lo encontré por casualidad, pero esta vez tenía cara de hombre próspero, iba cargando paquetes, jabones de olor y un pescado que arrastraba la cola por los contenes. Estaba verde. No sé si por el reflejo del pulóver o del mazo de lechuga bajo el brazo, el caso es que el hombre se veía verdecito. Me limpié las gafas de sol, me froté los ojos, acomodé con disimulo los lentes de contacto, pero lo seguía viendo verde, sin remedio.

Él hablaba y yo solo podía prestar atención a su cara que cambiaba de color retoño a verde olivo. No estaba enfermo, no era verde de gripe ni de empacho. Le dije a mi madre que saldría esa noche con un muchacho simpático y verde. No te preocupes, hija, los hombres maduran tarde. La abuela me dijo no te atrevas, que eso es el anuncio de una enfermedad. Él me esperaba en la esquina acordada. Apenado me cuenta que en el camino había perdido su dinero y su cartera, no sabe si por robo o descuido. No te preocupes, hagamos algo que no lleve dinero. Hablamos mucho, caminamos sin tiempo, sacándole rosca a la ciudad. En las esquinas evitaba mirarlo, temía una combinación imposible entre en color de su piel y la luz de las bombillas. Le hablé de mi vida lo que creí preciso contarle a un hombre de ese color. Él estaba en mal momento, el divorcio, sus hijos, la casa de su madre. Su familia de gente sencilla que brindan un buchito de café o un bocadito de comida. En su casa, al dinero lo llaman centavito. El cuerpo se me encogía ante esa manía de minimizarlo todo excepto las carencias. Me contó sus sueños, las pesadillas que lo aterraban de noche y sus ganas de morir. Sentados en el malecón o en un quicio me habló del trabajo mediocre y la sopa sin carne de la cena. Un abrazo y fuimos pajarillo, nido o un mar tibio. Descubrí que la dicha se alcanza de formas misteriosas. Su antigua esposa le canjeaba a su hijo por casetes de video, precio que él debía pagar por jugar con ellos al pie de la escalera. Titanic, Moscú no cree en lágrimas y su colección de clásicos desaparecían del estante viernes tras viernes. Cuando se le acabo la colección de películas siguió cambiando el tiempo con su hijo por camisetas, espejuelos, audífonos o libros que nadie iba a leer. A cambio del equipo de música dispuso de fin de semana completo con su hijo, todo un lujo. La argollita plateada que había usado durante años le dejó la oreja deslucida, pero proporcionó una visita al zoológico de la ciudad. Un ocho de diciembre decidimos acercarnos en un hotel de a cinco pesos el cuarto; la habitación parecía una incubadora de pollos, de techo bajo, con una lámpara justo sobre la cama. Las arrugas se triplicaban bajo los 40 watts. Con la lámpara grabada en la retina salimos a comprar velas; no se podía amar con tanta luz. Los quioscos de venta del pueblo estaban con candado; buscando y buscando fuimos a dar a la sala de su casa donde el altar de los santos era una tentación. Un cabo de vela les recordaba, sin éxito, a los santos, allí se les rendía tributo. Abuela, mi novia hizo una promesa, necesitamos una vela y las tiendas están cerradas; tiene miedo que si incumple la promesa algo pase, tú sabes que los santos no ayudan mucho pero tampoco perdonan. La abuela nos miró con ojos de vaca fajadora, de mala gana arrancó el único cabo de vela que iluminaba del altar y nos lo dio, mientras pedía perdón a los santos.

Volvimos a la habitación con el triunfo en la mano y sin nada con qué encenderlo. Era aquella una posada para no fumadores y allí nadie tenía más fuego que el que llevaban dentro y que podían extinguir por unos pocos pesos. Pero somos gente romántica, había que encender la vela a como diera lugar. Me vino a la mente una amiga de la secundaria que vivía a un par de calles y fuimos a su casa; ella, encantada de verme de nuevo y yo, apenada por aparecerme después de una década, a esas horas de la noche y pidiendo candela. Tres veces encendimos la vela y tres veces se apagó al doblar la esquina, hasta que nos prestaron el encendedor. Al fin todo estaba perfecto: la media luz daba al cuarto una perspectiva incitante. Entré al baño con las luces apagadas cuidando el encanto que tanto había costado fundar. Salí desnuda y lista para impuros rituales. Él dormía en la semipenumbra, entre candilejas, como un cadáver que me tocaba velar. Cadáver exquisito. Tarareé a Fito Páez, tomé un trago de agua y me lancé a la cama, pero no hubo beso que despertara al durmiente. La luz de la vela lo rodeaba como cerco de espinos. Dormido tenía un color más potable, un ligero tinte le verdeaba la punta de la nariz y noté que le faltaba medio diente. La vela enseñaba todos los detalles, tal vez por esa oscilación, ese mareo de luz que pone a plena vista el relieve. Intenté sacudirlo, rascarle los calcañales y pellizcarle la nariz. Yo sabía de su agotamiento y sus angustias, su levantarse temprano de cada día, recorrer media ciudad, negociar con la madre del hijo y pagarle con algún objeto para poderlo   llevar a la escuela. Sin contar el cansancio por haber recorrido otra media ciudad buscando una vela que se apagó tres veces. Esa fue la noche de un día duro. De vez en cuando un aullido se colaba en su respiración y él se revolvía en busca de un sueño un poco más feliz.  Velé toda la noche con rabia y ternura. La  vela se consumía en chorros lentos, al tiempo que mi deseo. Los santos se cobraron la ofensa.

Es mala cosa arrancar el día avergonzado. El hombre estiró las piernas y tardó un momento en darse cuenta dónde estaba y en recordar que no me había tocado ni un pelo en nuestra primera noche. Miró el reloj y saltó de la cama. Se me hace tarde para llevar a mi hijo a la escuela, discúlpame, querida, no puedo fallar. Con mi buen comportamiento, algo de dinero y mi cadena de plata tengo casi conseguido el fin de semana con él; me decía mientras se calzaba un zapato en el pie equivocado, o al revés. Ahorita vuelvo. Duerme un poco más. Cerca de la escuela del niño venden pizzas, yo te traigo el desayuno. Portazo, tropezones en la escalera y después silencio. Me vestí poco a poco para intentar reparar mi dignidad deshilachada. Nada sabe la gente de las cosas que pasan o no pasan en un cuarto de motel. Me maquillé para elevar la autoestima. La calle estaba desierta y nadie se percató de mi cara trasnochada, el vestido de noche y mis zapatos de tacón. Parecía una puta despistada a la que no le funcionó la alarma del despertador.