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Cuando el monstruo se viste de muchacha

Elaine Vilar Madruga, 07 de enero de 2019

¿Qué eliges, muchacha: el camino más corto o el camino más largo? ¿La caperuza roja y la cesta llena de flores, o el bosque oscuro donde el depredador acecha con el sexo erecto, oloroso a todo lo que Él significa? En este caso, el rostro del lobo es hermoso, un tejido de belleza erótica que sacrifica la noche —ese espacio simbólico para la condenación y el desenfreno, metafórica visión donde deambulan los locos, los asesinos seriales y las niñas no tan inocentes— en virtud de la historia. La vida real y el sitio virtual donde ocurren las fantasías sexuales —¿es o no onírico?, es otra de las preguntas que la muchacha del cuento parece hacerse— se superponen: la primera es común, una de las tantas existencias mediocres donde la historia de los amigos, del padre ausente, de la madre incólume y las clases siempre repetidas se enfrentan a un segundo plano; ese espacio donde Él existe no como un fantasma al acecho, hombre o demonio, hombre y demonio que ha elegido al Bosque como coto de caza, y a la muchacha como víctima (dispuesta).

Es evidente que subyace, debajo del iceberg superficial de una historia que, por otro lado, bien basta por sí misma, el concepto —despojado de la moralidad medieval— de los cuentos en sus esencias primordiales. Ya se ha dicho, en "Helena y el camino más corto" —desde el título se advierte la advocación— se hallan Caperucita y el Lobo, y también sutiles referencias a Barba Azul, ese rapaz monstruo que decapitaba a sus esposas; y una Bella (erotizada) y una Bestia (objeto y sujeto del erotismo) que, ambos en batalla, han elegido el Bosque (metáfora del inconsciente) como el espacio de las disposiciones y las apariciones.

Es este un cuento donde importa más la pregunta y lo no dicho que lo expresado, lo narrado, lo que florece sobre la tierra simbólica del texto. El cuestionamiento de la realidad no aparece aquí como la simple historia de fantasmas donde un serial killer o violador en masa retorna desde el Más Allá para encontrar a su próxima y dispuesta víctima. Eso es solo el telón de fondo. En la pregunta de qué es la realidad, de dónde comienza el mundo onírico y dónde el hecho de lo cotidiano, en ese cuestionamiento que Helena se plantea pero que, al final, descubre no es necesario saber, yace el verdadero mérito del cuento.

Relato que, por otro lado, es aún iniciático. Con esto quiero decir que no es una obra perfecta y sin costuras, pues ciertos motivos, situaciones dramáticas y anagnórisis se producen de manera artificial, o al menos no sustentadas en una verosimilitud a modo de muro sin ralladuras. Se nota, sí, la argamasa y la arcilla, los huecos de sentido, pero estos no obnubilan del todo la historia y sí se siente la progresión, todavía en ciernes, de una voz que erotiza aunque apueste por el lugar común en ocasiones, aunque no sea capaz de llevar, hasta las últimas consecuencias textuales, un hecho insinuado desde el espasmo de las referencias.

Dicho esto, es preciso advertir que, pese a la argamasa y la arcilla, este es un texto disfrutable y perfectible, que arroja preguntas —más interesantes que las respuestas, notable eso—, y que enuncia una lista de mundos paralelos en la tradición literaria cuyas líneas de fuga apuntalan al texto en sus no escasos fallos. No obstante, que no sean estos fallos iniciáticos motivo para no leer entre líneas, sin intención de orfebre sino de mero espectador, voyeur erótico que levanta las cortinas del mundo y huele esas margaritas convertidas en objeto del recuerdo porque, ¿dónde empieza el crimen?, ¿en qué realidad, en qué tiempo ha ocurrido?, ¿en qué palacio de las configuraciones la joven del vestido rojo, ya no caperuza, ha escogido el camino corto, ese que lleva al averno de los placeres, por encima de la larga y recta senda?

En esa decisión, en ese vistazo a través de la cortina de la realidad, es que Helena, junto a su autora, penetran la hechura del Bosque: ya dentro de él se convierten en carniceras y víctimas sobre el ara, en Bestia y Bella a la par, en el monstruo y en esa niña sonriente que porta, dentro de una cesta ficcional, el dulce de la redención o la condena.

 

Yosdalys Moreno Portales.  (Ciego de Ávila, 1987).  Escritora y narradora oral. Graduada de Bachiller en Humanidades, en la especialidad de Teatro.  Ha sido jurado en varios eventos municipales y provinciales de Teatro. Ha sido premiada diversos géneros literarios. Egresada  del curso 2017-2018 de Técnicas Narrativas del  Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso, de La Habana.


 


 

 

 

 

 

Helena  y el camino más corto

Estábamos  en la esquina del cine, terminamos de ver  una película y debatíamos el tema como siempre. Mientras, Pedro compraba refrescos y perros calientes para todos. Él  es el que tiene más dinero en el grupo. Y no le molesta pagar, yo diría que lo disfruta. La verdad es que venían de maravillas porque yo no había comido nada. Nos sentamos en la acera a comer, Tito como siempre tirándose el chiste —¡qué tetas más ricas tenía Helena, esos pezones rosados y paraítos!—, se saboreó como si se le hubiera chorreado un Peter de chocolate en la boca. Claro que todos rieron y yo me puse colorada como un tomate. Pedro, como siempre tan despistado, no se dio cuenta y siguió dándole cuerdas a Tito: La verdad  es que esa tipa está dura, ¿te fijaste en las nalgas? Dios, ahí no había ni una gota de silicona, eso es puro hierro. Esta vez nadie se rio, y yo me sentía muy incomoda, quería irme. Nelly, mi mejor amiga, salió en mi defensa  y cambió el tema:
—Chicos, yo me voy que mañana tengo Literatura a primera hora y ya saben cómo es el profe. ¿Helena, te vas también?
Después de los besos y abrazos de despedida, aproveché la cobertura y también me despedí. Pedro se brindó para llevarme hasta la casa, pero no lo creí necesario. 

Ya eran como las 11:30 pm. Frente a mí se levantaba majestuoso el Bosque por el que debía atravesar para llegar más pronto a mi casa. De día era todo un paseo romántico atravesarlo, pero de noche es como una peli de ciencia ficción. Podía  llegar a la casa cruzando la avenida iluminada pero me tardaría 30 minutos más que si cogía por el Bosque y aquella noche yo estaba más apurada que de costumbre.
De niña le tuve miedo a la oscuridad, siempre dormí con la lámpara del baño encendida para que no se sintiera tanto la ausencia de luz. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo, cerré fuerte los ojos con la esperanza de que al abrirlos nuevamente se iluminara el sendero a mi paso como en los cuentos de hadas. Tardé un segundo y me pareció una eternidad, al abrir los ojos todo estaba exactamente igual. Recordé una escena de una película en la que el antagonista dice: el motor impulsor del universo no es el amor ni el odio, es el miedo. Si lo vences, ya nadie podrá detenerte. Sentí que podía enfrentarme a mi gran fobia. Avancé con temor de pisar las hojas secas y despertar alguna fiera. 
Mi mente tomó el control de la situación y empezó a dictar  lo que deseaba o temía, ahora no estoy segura;  las imágenes se proyectaron frente a mí  como una gran pantalla: una chica parada frente a un Bosque y al otro extremo un hombre la esperaba. Ella respiró hondo y avanzó, una vez cerca del hombre, él la mira y se aproxima dejando solo el aire entre ellos, la huele, de lejos podría decirse que es un animal olfateando a su presa. Ella cierra los ojos y lo deja hacer. El hombre no habla, solo  siente el perfume de la hembra y se excita.  A ella le gusta y se entrega sin hacer resistencia, no hay indicios de violencia; los dos lo desean. Él se aleja un par de metros de ella, y queda de espaldas al tronco de un árbol, en una posición cómoda para iniciar el ritual: quedan al descubierto su miembro despierto y sus testículos recogidos. Él comienza a deslizar su mano de arriba abajo y viceversa,  sin dejar de mirarla. Ella danza frente a él y se acaricia los labios… los senos…el vientre, sus genitales… El calor la impulsa a deshacerse del vestido, pero Él se lo impide con un gesto… Ella se queda gritando por dentro de placer. Ver aquel hombre masturbándose a unos metros de ella, todo caliente, y que no desee tocarla,  la excita más. La luna brilla de un modo especial esa noche, la luz se filtra entre las hojas de los árboles y dibuja un bello espectáculo sensual. Ella reinicia su ritual de masturbación tumbada sobre el césped, quedándose desnuda, desde el ángulo del hombre se podía ver cada centímetro de su vulva y de sus dedos jugando, alternando de rápido-suave-fuerte-lento,  con su clítoris.
Ambos están muy animados, calientes, feroces. Ninguno pronuncia palabra alguna, eran dos en medio de la noche, la luna como farol y único testigo.  Llegan al clímax de ese modo, sin tocarse.  Los dos derraman sus ganas sobre la tierra, y quedan satisfechos. Una vez terminan su ritual se alejaron en sentidos contrarios. Sin pronunciar palabra, dejan de verse hasta que la luna también dejó de brillar.


El maldito teléfono es inalterable, suena cada día a las 6:00 am. Al principio me gustaba el sonido pero de un tiempo a la fecha ya no lo soporto. Me levanto, lo apago y sigo acurrucada debajo de las sábanas. Cierro fuerte los ojos y recuerdo: ¿fue un sueño?, ¿por qué lo sentí tan real como una quemada con aceite caliente? Abro nuevamente los ojos y echo un vistazo panorámico por mi habitación, todo está igual. Pero dentro de mí algo cambió.  Aún llevo puesta la ropa de anoche, estaba tan cansada que apenas me quité los zapatos. Me toco, estoy húmeda y percibo que no llevo ropa interior, ¡qué raro! No recuerdo que me quitara el blúmer, nunca lo hago para dormir. Vienen a mi mente imágenes imprecisas y me siento excitada. 
El agua y la espuma corren por todo mi cuerpo adueñándose de cada centímetro. Disfruto el baño más que nunca, abro la boca y dejo entrar el agua, trago un poco y el resto lo dejo salir. Con ayuda de la esponja recorro todo mi cuerpo y disfruto el recorrido sin pausa. Cuando llego a mis genitales paro de golpe, regresan las imágenes y una sensación de placer rara. Cierro la ducha y salgo del baño. Mientras me peino la cabeza me quiere explotar. ¿Qué me está pasando? ¿Por qué tengo esta emoción?
—Helena —grita mi mamá desde la cocina—. Ven a desayunar, que se enfría la leche.
—Voy —respondo casi por  inercia, es el  mismo diálogo desde que tengo uso de razón.


Mi mamá siempre fue una fanática del protocolo, la hora de sentarse a la mesa era sagrada. De niña pensaba que era una maga encubierta, porque nunca fuimos ricos y ella hace que la hora del desayuno sea el momento más feliz del día. Desayunamos en silencio, yo evito su mirada por miedo a que sea de verdad una maga encubierta y pueda leer mis pensamientos. No lo puedo evitar, cada cosa que hago me hace experimentar un montón de emociones que no recuerdo haber vivido nunca. Tomar la leche y comer el pan me parecen un ritual erótico. Debe ser esa película que vimos anoche, seguro que dejó un circuito conectado en mi cerebro, no puedo dejar de pensar en el sexo… y en él.
—Me voy que llego tarde a la clase de Literatura.
—Helena, no llegues tarde hoy, recuerda que tu papá nos va a llamar a las 11 —dice con un tono melancólico y dulce. 
Asiento con la cabeza y regreso para besar su mejilla, ella me abraza. De pronto me siento protegida y soy una niña otra vez. Mi mamá es la  mujer más extraordinaria que conozco. No tengo evidencia de que haya vivido más que para mí y mi papá, es una mujer chapada a la antigua, su gran empresa siempre fuimos nosotros. Cuando todas las madres de mis amigas son ejecutivas de  compañías con mando extranjero con un salario ideal, la mía es ama de casa y una mamá maravillosa.
Detrás de mí, la puerta cerrada, a la derecha la gran avenida, el bullicio, gentes y autos en ambas direcciones, unos van y otros vienen, no sé de dónde o hacia dónde pero parecen apurados. A la izquierda, al doblar la próxima esquina está el Bosque, a esta hora debe  transitar mucha gente por ahí, los más apurados se aproximan al sendero para llegar en tiempo. Yo doblo la esquina como si alguien me estuviera esperando. Y no precisamente la clase de Literatura. Cuando  me adentro en el Bosque siento un espasmo excitante, veo un árbol peculiar a un costado del sendero. Cuando miro al suelo algo se enreda con mis zapatos, cuando bajo la vista me sorprendo porque debajo de mis pies está mi blúmer, el mismo que llevaba anoche y que no tenía puesto cuando me desperté. Ni siquiera miré a mí alrededor para verificar si alguien me veía. Me agaché,  guardé  la prenda en mi bolso y salí casi corriendo del Bosque.


Lo habitual de cada mañana, la cola en la parada de la guagua, la gente  amontonada en el pasillo, y alguien que se queja del transporte, y de que seguro el Ministro tiene carro y no le importa lo que pasamos todos los días, y blablá. Un niño que llora sin motivo aparente y la madre que no tiene paciencia, y… ¿él? No puede ser, aún estoy soñando, nada de esto es real. Yo estoy al lado del chofer y él está en la puerta trasera de la guagua. Aprieto el bolso hacia mí y recuerdo el blúmer, siento que me pongo colorada y la sangre empieza  a hervir, no sé si de vergüenza o placer, en la primera parada logro avanzar hacia él, quiero llegar para confirmar la sensación que tengo y se coloca frente a mí un hombre alto y gordo que obstruye el paso y la vista, por casi 10 minutos lo pierdo. Estoy ansiosa, temo que la gente note mi ansiedad, respiro hondo y miro el paisaje por la ventanilla. Al fin se mueve el hombre-muralla y lo veo de nuevo, ya estoy más cerca de él, nunca antes lo había visto, bueno… antes de… él me reconoce y me sonríe.  Vuelvo a ruborizarme, lo miro y apenas si dibujo una sonrisa mal hecha en mis labios, estoy nerviosa. Un calor sube por mi cuerpo y quema mi boca, lo deseo. ¡Tengo que estar loca! ¿Qué pasa contigo, Helena? La gente sigue moviéndose y cuando me doy cuenta ya su mano está cerca de la mía, puedo olerlo, no me toca pero siento su proximidad. Cuando voy a mirarlo se abre la puerta y él sale disparado, lo pierdo entre la gente. Lo busco y no lo vuelvo a ver. Imagino que todos pueden notar mi frustración. En la próxima parada me bajo. Ahí está la Universidad, enseguida encuentro a los muchachos, sonrío y me acerco para saludarlos. Están eufóricos, me abrazan con tremenda alegría y me cantan felicidades. Yo disfruto el momento sin entender por qué, Nelly aparece con un pastel pequeño pero muy colorido. Es hermoso, acabo de recordar que un día como hoy los conocí en este mismo lugar, y desde entonces celebramos nuestra amistad.  Ellos son lo máximo, los frikis más geniales que he conocido.  Los muchachos son unos locos despistados pero Nelly es más inteligente, me mira y siento que me pongo otra vez colorada.
—Vamos, acuérdate que la profe se pone en fase —me abraza y salimos rumbo al aula. 
—Sí, es bastante complicada.


Sigo huyendo de mis pensamientos. Imagino que todos los que me rodean pueden leer mi mente y entro en pánico. Si no fuera porque Nelly está sentada a mi lado, el buenazo de Roger enfrente y la profe de Literatura está en medio del análisis de Don Quijote, podría asegurar que me encuentro encerrada en una especie de película perversa. La sonrisa de aquel hombre no sale de mi mente. Durante todo el día me siento inquieta, casi no hablo por temor a decir algo que me delate. Cada vez que abro el bolso me encuentro con el blúmer y vuelvo a encenderme. La frustración me desespera, a las 5:00 pm, cuando suena el timbre, salgo corriendo del aula, entro al baño de mujeres y cuando estoy en el sanitario saco el blúmer del bolso y el primer instinto es olerlo, cierro los ojos y de nuevo la sonrisa del hombre en la guagua me abraza. ¡Estoy loca! Es lo único que justifica todo esto.  
—Helena, ¿estás ahí? ¿Te sucede algo? —Nelly no me pierde ni pies ni pisada.
—Sí, un momento. No. No es nada. Lo de siempre —le digo ya saliendo del baño—, es la maldita menstruación. Ya sabes que me pongo de mal humor.
—¡Ah! Es que has estado rara todo el día. ¿Tienes algún problema?
—No. Ya sabes, el período. Es idea tuya, estoy como todos los días. —Pero yo sé que no es cierto, todos los días no  vivo una experiencia similar.


En toda una semana no regreso a casa por el camino más corto. Prefiero el trayecto de la avenida. Mamá está un poco triste porque papi hace rato que no llama. Ella se preocupa porque desde que papi se fue de misión es la primera vez que no llama cada semana. Sé que se siente sola pero no sé cómo animarla, a ella no le gusta ir al cine si no está papi para llevarla del brazo y comer rositas de maíz. Me jode que papi no llame, a mami le hace tanto bien saber que él le diga que está bien, aunque le mienta descaradamente. Ojalá no sea que se enredó con una venezolana. No creo que mami soporte un golpe así.
En estos días he llegado temprano a casa, aprecio el largo recorrido por la avenida, a la gente que va y viene, no sé por qué lo busco en cada hombre de la calle. Ninguna sonrisa es igual. Esta noche voy al cine con los muchachos, es el estreno de una película española, no recuerdo el título. Me pongo un vestido que me mandó papi el mes pasado. Es rojo, así que me combina con el blúmer… el mismo de la otra noche, ponérmelo aunque ya esté limpio me provoca cierto rubor.
Pedro y  Nelly estaban en la entrada del cine, ya habían comprado las entradas y estaban en la fila para comprar rositas de maíz. Cuando llegué, Pedro casi puso la quijada en el piso. Nelly se echa a reír mientras pone la quijada de Pedro en su sitio. Yo me abochorné porque no estoy acostumbrada a  ser el centro de atención. Luego llegaron Tito y los demás. Siguieron con el bonche de que el vestido me quedaba espectacular y que si yo estaba esperando a alguien y bueno, ya casi estoy acostumbrada a los chistes de Tito y de Pedro.
La película estaba mala, al menos los muchachos salieron muy serios y no se pusieron a debatir. Pedro me invitó a comprar el respectivo perro caliente con refresco, mientras los demás nos esperaban sentados  en el parque. La noche estaba algo densa o era yo que no lograba concentrarme en las conversaciones. Esta vez fui yo la que cambió el tema, dije que mami estaba sola y no se sentía bien. Pedro se brindó para acompañarme, enseguida nos hicieron coros, me puse colorada otra vez y le dije que no hacía falta.


Aquí estoy nuevamente, frente al Bosque, ahora aprieto fuerte los labios y los ojos. No siento el mismo escalofrío de la otra noche. Al final del camino no hay nadie. La luna está llena. Decido avanzar por el sendero, en el fondo espero,  quiero verlo, quiero que no sea un sueño. Esta vez no tengo miedo, abro los ojos bien grandes, miro a ambos lados del sendero esperando una señal de su presencia. Nada. Estoy frente al árbol, me acerco y lo toco, me humedezco. Percibo su olor, de golpe me incorporo para voltearme a ver. No hay nadie. Respiro hondo, abro y cierro los ojos esperando que aparezca nuevamente. Nada. Espero un largo tiempo, no llego a definir si horas. Hasta que me doy por vencida y regreso a casa.
Según Nelly todo lo que uno quiere saber lo busca en Internet. Ahí está todo.  Ya en mi cuarto enciendo la PC, veo la hora y ya es la 1:45 am del día 1 de octubre así que ya deben haber puesto la cuota de 30 horas al mes. Abro el Google y escribo: “Masturbación pública” después de varios artículos sobre el tema, hay uno que llama mi atención; “¿Violador, víctima o victimario?” No podía creer lo que estaba leyendo, debe ser un chiste de muy mal gusto. Eso no es posible, la gente sube cualquier cosa a Internet. El terror invadió todo mi cuerpo cuando busco imágenes del artículo y frente a mí aparecen varias fotografías de un hombre joven, atractivo y con la misma sonrisa de él. Hace varios años ocurrió  en el Bosque una tragedia, un hombre había amanecido muerto, desnudo. En la morgue se dictaminó que tuvo sexo antes de morir aunque era muy singular el hecho de no aparecer evidencia de que otra persona estuviera en el lugar del hecho.  De muerte natural, dijeron y se cerró el caso. Claro, a quién puede interesarle esclarecer la muerte de un sinvergüenza que violaba mujeres a media noche. Aquella noche no pude dormir. La sonrisa de aquel hombre perforó mi cabeza y nunca más salió de allí. En cada hombre lo busqué aún sabiendo que no lo encontraría.


Hoy es mi cumpleaños 21, los muchachos quieren ir a ver una película francesa. Nelly me regaló un libro interesantísimo sobre la evolución en el pensamiento sexual de la mujer. Pedro  me sorprendió, se apareció con un ramo de margaritas blancas (…ese olor, las margaritas, esta vez me quedo mirando la sonrisa de Pedro, por qué no lo vi antes, intento zafarme del momento pero él hace el gesto de besarme el cuello,  no lo hace, en su lugar me olfatea… siento que me pongo roja… no sé que hacer… él se aleja…), dice que se ha perdido lo más importante del romanticismo. Y tiene razón, ya nadie regala flores detrás de la frase: “eso está pasado de moda”. La verdad es que la pasé muy bien, los muchachos se esforzaron por hacerme feliz. Es muy bueno tener  amigos tan fuera de lo común.
Aquí estoy, frente al Bosque. Siento una luz en mi alma, intento aferrarme a ella…cierro los ojos y avanzo… el olor a tierra húmeda me fascina… la luna llena enciende el interior del Bosque. Estoy muy emocionada, él está ahí como la primera vez, es hermoso. Me mira sonriendo, se muerde el labio inferior y mi cuerpo empieza a calentarse. La dosis exacta de fuego y humedad, así se define mi cuerpo. Él es un hombre muy atractivo, se aproxima lento, justo en mi cuello tengo sus labios que no me tocan, olor a margaritas recién cortadas. Cierro los ojos para sentir cada hilo de placer que este hombre me da. Una quimera que se hace realidad, hombre-enigma que me seduce y me hace su mujer. No tengo preguntas, el recuerdo de lo que encontré en internet es secundario, solo quiero gozar del momento, no quiero  perderme nada. Él es mi hombre y yo su mujer, ahora no hay nada más que lo que sentimos.
Desperté desnuda, sonriendo.

 

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