Apariencias |
  en  
Hoy es miércoles, 23 de octubre de 2019; 5:50 PM | Actualizado: 23 de octubre de 2019
Búsqueda de artículos
título
autor
Artículos en esta sección: 238 | ver otros artículos en esta sección »
Página

La inmutabilidad
 

Elaine Vilar Madruga, 23 de diciembre de 2018

                                       I

El mundo es infinito. El juego es infinito. Solo cambian los actantes. Existe un hogar que no es casa sino jaula. Una particular jaula para animales —¿superiores?— que pretenden responderse una pregunta. Pero la pregunta es decisión: Libertad o Deseo. El mundo es circular. El juego es circular. No hay salida. En ciertos experimentos neurológicos, las ratas son colocadas dentro un laberinto. Aprenderán, en algún momento, tras la repetición, a encontrar la ruta y la salida. Las ratas juegan. Los personajes de este cuento son ratas. El mundo es una jaula. Es juego es una jaula.

                                     II

Este es, prácticamente, un relato donde importa más el cuestionamiento que la respuesta a la pregunta. Se inquiere. Se intercambian roles. En el espacio impoluto donde sucede la acción —el laberinto de las ratas— existe la metáfora. Los escarabajos que son la ficha indispensable del juego simbolizan a estos seres humanos que, devenidos insectos, forman también parte —quizás— de otro partido que, en unas celdas distintas, otros seres juegan. ¿Posibilidad? ¿Agonía? Posibilidad y agonía. Probabilidad.

                                     III

Existe un desplazamiento de los roles. No hay un escarabajo que destaque, como tampoco una rata o una de esta criaturas reducidas —¿seres humanos?, ¿animales de laboratorio? Una y otra vez, aparecen y desaparecen los actantes. Se suceden nombres. Se suceden deseos. Se sucede la decisión en el tablero. Y el dado-escarabajo se arroja, y una nueva criatura ocupa el lugar de la anterior. En este aspecto cíclico se condensa la esencia del relato que, pese a la crudeza impoluta del escenario en que se desarrolla la acción, conserva poesía y belleza, tanto en las imágenes que el cuento muestra como en la sucesiva disposición (y reconstrucción) del fin y los comienzos.


                                    IV

¿Ser o no ser? ¿Juego o experimento? El tiempo corre, los personajes enfrentan sus ínfimas rebeliones interiores. Evolucionan lentamente. ¿Evolucionan? El escarabajo lo intenta. La rata quiere escapar del laberinto. Y queda luego la incógnita, el final abierto que parece indicar el paso a otra realidad, a una mutación breve, a la posibilidad del cambio. ¿Ser o no ser? ¿Causa o campamento? ¿Rata o escarabajo? Este es un cuento epidérmico. Estremece. Mece. Su acción apuesta por el detalle y no lo trepidante. Su acción se concentra en demostrar la inmutabilidad y la repetición. El juego de los escarabajos no es solo metáfora o símbolo (aunque contiene ambas dimensiones) sino también la significación del enclaustramiento.

                                     V

Fuera de las paredes, más allá de la imposibilidad de morir o de resultar dañados —¿por qué, por qué, por qué?— existe algo más. Ese algo más aparece bajo la imagen de un paisaje de invierno. Ese algo más se entronca en la sucesión de criaturas que desaparecen y criaturas que aparecen. Una vez más, destaco, en este constreñimiento, en este espacio laberíntico en el cual han sido colocados los personajes, existe una forma retorcida de la poesía. Retorcida e impoluta. Un campo de concentración luego del fin del mundo.
Y también, lector, la posibilidad.
¿De qué?
Del nuevo comienzo, por supuesto, de la reiteración.
Pero también la posibilidad de un punto y aparte, de un nuevo renglón que haga eclosionar el capullo narrativo.

    

                                                               

Juan Antonio Oliva Ostos (Sevilla, 1976). Radicado en Cataluña, escribe lo que le gustaría leer y se considera un soñador despierto. Durante toda su vida como escritor ha sido autodidacta. No obstante, desde el año 2010, realiza cursos en la Escuela de Escritura del Ateneo Barcelonés. Motivado por el aprendizaje, decidió probar suerte en diversos concursos literarios obteniendo algunas menciones. A destacar: Finalista en la antología solidaria Relatos del Paraíso organizada por el blog Paraíso de los Libros Perdidos [2016]. Ganador del I Premios Interius organizado por Triskel Ediciones [2017]. Ganador del II Concurso Donbuk de relatos de terror organizado por Donbuk Editorial [2017]. Ganador, en la edición de febrero, de Relatos Recitados organizado por EC.O Ediciones Cívicas [2017]. Finalista en la categoría Adulto en Catalán del VII Certamen INSPIRACIENCIA [2017]. Seleccionado en la antología Microcuentos 451 de Kelonia Editorial [2017]. Subcampeón en la categoría Relato Breve Adulto Cataluña en el IV Concurso de Relatos Breves de Ciencia Ficción, Olesa de Montserrat [2017]. Seleccionado en la antología solidaria 40 Relatos de Fantasía y Ciencia Ficción organizada por el Grupo LLEC [2017]. Seleccionado como uno de los Ganadores en el certamen literario “Cuando Vienen del Otro Lado” organizado por Cooljapan.es y Ediciones Babylon [2018]. Además, en este mismo año 2018, ha publicado su relato: "Las Guerras Infinitas", en la línea Pulp Stories (bolsilibros) de Cazador de Ratas Editorial. Verá la luz en 2019 su primera novela, Durmientes, por Dilatando Mentes Editorial, 

 

 

El Juego de los Escarabajos

Los dados de marfil danzan sobre el tablero de juego… Sin dejar de morderse las uñas, incrédulo, Alexander los observa. «Doble uno. Imposible». Siete lanzamientos, los últimos cuatro seguidos; en cada tirada, los dos puntitos negros se han mofado de él. «¿Cuántas probabilidades existen?». El desconcierto inicial ha dejado paso a un inquietante ardor en la boca del estómago.
 Un escarabajo lo descentra. Empeñado en huir de la casilla en la que cayera en la jugada anterior Alexander, indulgente, lo amonesta paternal:
 —Quieto, Cinco. ¿Tienes prisa?
 Reubica al insecto y lo presiona contra el tablero con uno de sus dedos corazón, con suavidad. El escarabajo no vuelve a moverse.
 Alexander se lleva una mano al mentón. Se acaricia la incipiente barba. «Debería mover». Con el ceño fruncido, estudia los dados. Cálculos y posibilidades cruzan por su cabeza en forma de pensamientos volátiles. Alexander, de repente, dirige su portentosa voz hacia el hueco de la pared —de veinte centímetros por veinte—, que le queda a su derecha:
 —¡Ojos de serpiente!
 En la distancia, el eco de la frase se aleja.
 Para amenizar la espera, Alexander toma una cucharilla y comienza a romper la cáscara de los huevos escalfados que le han servido desde la trampilla. Decide darle un sorbo al té. «Tibio. Qué mierda…». Absorto en la partida, se ha olvidado por completo.
 Apenas prueba el primer bocado, las palabras de Leire, con claridad, le llegan a través del hueco.
 —¿Otra vez ojos de serpiente? ¿Cuatro veces seguidas?
 Al desviar su atención hacia el orificio infinito que interconecta las celdas, una media sonrisa acompaña a los divertidos ojos de Alexander.
 —Alex, ¿has reparado en la jugada?
 —Aún no —miente, travieso.
 Alexander fija la mirada en su Juego de los Escarabajos. «Ya iba siendo hora». No sin pocos apuros, es él quien toma ventaja.
 —¡Bravo! —Le llega, de nuevo, la animada voz de Leire—. Te comes dos insectos y saltas a la casilla del escarabajo pelotero, con lo que van tres bichos. Si aciertas la pregunta llegas a la meta. ¿Estás preparado?
 —¡Por supuesto! —«¿Lo estoy?». El orgullo es el orgullo y Alexander presume de su momento—: Además, Leire, mi racha es impecable.
 —Entonces, veamos si por fin están tus conocimientos a la altura —lo desafía ella—. La pregunta es de… ¡Historia, Alex!
 Arruga la nariz, no es su fuerte. Una risa lejana, juvenil, le llega por el hueco. Leire ha copiado los movimientos que, con tranquilidad, ha realizado él en su tablero. La muchacha acaba de averiguar que si su contrincante falla, le hará retroceder, por enésima vez, hasta la mitad del juego. «Un juego infinito…». A Alexander, como de costumbre, no le hace la menor gracia. Y, pese al nulo porcentaje de aciertos con la pregunta final, le es imposible aborrecer el Juego de los Escarabajos. Hay algo hipnótico en el tablero con relieves y en los dados cuando caen sobre él. El juego está ahí, lo llama; Alexander acude día tras día. Una excusa para escuchar la voz de Leire.
 Toma tres de los seis escarabajos de la rival y, con cuidado, deposita a los insectos en la respectiva cajita. Los deja a su aire. Luego, aparta la pregunta, boca abajo, para cuando Leire mueva fichas por si él no responde correctamente. La imagina con los labios apretados de pura malicia, con el único deseo de que él cometa otro error. Unos labios gruesos, sensuales… «Si pudiera verla y tocarla». O pequeños y picudos. O uno de cada. Le da igual si su boca es grande o pequeña, si los dientes son o no perfectos, la imagina recorriendo su entrepierna en compañía de una lengua pícara. No piensa en otra cosa desde que Leire, siendo una niña, apareciese en la celda contigua y sustituyese al viejo Raúl. El tiempo se ha sucedido indefinido, sin embargo. Alexander ha envejecido y Leire se ha hecho mujer. En ese sobrevenir de interminables horas, un anhelo ha crecido cada vez que Alexander mira el hueco. Un espacio sin fin en cuyo extremo se encuentra Leire. En ocasiones, ha intentado ver el otro extremo, aún con la certeza de que solo encontrará el eterno y lejano punto de luz. Frustrado, Alexander ha adquirido el hábito de masturbarse con frenesí mientras conversa con Leire. En consecuencia, una húmeda codicia ha comenzado a llenar su vida. De una época a esta parte, Alexander se imagina fornicando con una mujer distinta; todas poseen la voz de Leire.
 —La pregunta, Leire —la insta él mientras hace malabares con los muslos para controlar otra erección. 
 —Me gusta hacerte sufrir —«No lo sabes bien»—. Quizás no te guste. Tal vez debería cambiarla.
 —No puedes. Sabes lo que pasará.
 Que las celdas castigan a los tramposos si se incumplen las normas del juego.
 Al fin, ella la formula:
 —¿Cuánto hace que el Mundo Exterior murió?
 La cuestión transforma la dicha de Alexander en un gesto grave. Una pregunta trampa. «¿¡Qué mierda es esa!?».
 —Ya podía haberme tocado un tema distinto —se queja.
 Vencido antes de hora.
 —Es lo que ha salido, Alex. Lo prometo.
 —Te creo —gruñe. No tiene por qué dudar.
 —Lo siento, pero el relojito de arena ha comenzado a contar. ¡Tienes dos minutos! ¿Te la repito?
 —No será necesario, dame unos segundos.
 «En realidad, ¿conozco la respuesta?». Se evade hacia el pasado. Cuando apareció en el habitáculo, Alexander no era más que un niño; anterior a eso, los recuerdos eran brumas en la memoria. A pesar de todo, la celda —su hogar—, permanece igual. La recorre con ojos tristes. Los huecos, a la izquierda y a la derecha, o así lo cree Alexander, y el del techo. El mismo camastro. La máquina para correr clavada a la pared frente al catre. El ordenado escritorio sobre el cual hay un teléfono rojo que nunca suena ni tiene línea al descolgarlo. El mueble posee un cajón. En él descubrió Alexander el Juego de los Escarabajos y, curiosamente, que sus preguntas eran distintas en cada célula de aislamiento; cambiaban con los nuevos inquilinos. La ducha, el retrete y el lavabo en la esquina de siempre. Con el escrutinio, piensa en el único aspecto sobre el cual no ha dudado desde que ocupa la celda: de manera invariable, si la memoria no le falla, hace una temperatura agradable. «Para no haberme dado nunca ropa, no es una nimiedad», se consuela. Otro misterio sin resolver. Ya de por sí, su encierro siempre ha sido cuestionable y anómalo. La estantería —en cuyas baldas solo hay literatura fantástica y de ciencia ficción—, sigue junto al escritorio. En el centro de la estancia, la silla sobre la que se sienta pegada a la mesa con el tablero desplegado. Después, tres palancas, tres bombillas, dos monitores y un contador: el maldito panel de control. La habitación, gris y marrón. El panel, color cobre. Y la trampilla de comida, donde Alexander supone que es delante por el ingenuo hecho de que es donde aparece la bandeja.
 —¡Un minuto! —le presiona Leire.
 «Se termina el tiempo», el pensamiento lo trae de vuelta. Echa otro rápido vistazo al panel. Dos palancas subidas: la uno y la dos. La tres, bajada. «Dos luces verdes, una roja. Perfecto». Las pantallas, en blanco y negro, enfocan indiferentes un núcleo en constante fusión que, aumenta o disminuye, en función del juego de luces, y a una puerta cuyo candado ha hecho volar la imaginación de Alexander durante años. La voz de Leire lo había sustituido. Entre las pantallas y los controles está el contador analógico. Marca: 99. Una agria mueca se dibuja en sus facciones. El día que Alexander apareció en su confinamiento, aterrado y hecho un mar de lágrimas, el número que le mostraba el panel era el cero. De ningún modo, nadie había respondido a sus gritos desesperados, lastimeros lamentos, preguntas histéricas o juegos mentales. Tampoco, jamás, se mostraron los carceleros. Y los Sustitutos, como Alexander denomina a los compañeros que se alternan en los calabozos contiguos, más que resolver dudas crean interrogantes inagotables. Por otra parte, haga lo que haga, al despertar encuentra la celda igual y en condiciones óptimas. Incluso, sus heridas, de habérselas producido, son sanadas. No le permiten morir, aunque lo intente. Simplemente envejecer. En cambio, Alexander ha aprendido a ser un autómata. No tardó en comprender que si no movía las palancas de forma correcta, como un chimpancé amaestrado, la habitación le enviaba un latigazo de electricidad desgarradora.
 —Alex, estás espeso. Me aburro. Si pudiéramos jugar a otros juegos…
 «Cómo me encantaría», suspira él.
 No puede seguir así, imaginando algo que no va a suceder.
 Alexander cree tener una solución a la pregunta de Leire y reflexiona. Primero procura recordar cierta información de uno de los muchos libros que, cada diez ciclos completos de sueño, llegan con la comida. De historia, de filosofía, de arte, de religión, de ética, de cálculo, de ciencias naturales… El último, de sexo. Libros sustituibles; no se quedan en la celda más allá de esos ciclos, aunque se empeñe en esconderlos.
 —Mi respuesta es…
 Suena un pitido agudo.
 «¡Será inoportuno!». Alexander se vuelve hacia el panel. Dos luces rojas titilan, la otra es verde. El contador comienza a cambiar. Con las prisas, Alexander arroja la silla hacia un lado. Un tropiezo. Una mano apoyada en lugar indebido. El Juego de los Escarabajos se disemina. «¡Ya lo arreglaré más tarde!».
 —¡Dame un minuto, Leire!
 Ella no contesta. Con total seguridad, su panel se habrá activado.
 Alexander ve cómo decrece el núcleo a la vez que desciende las dos primeras palancas y sube la número tres. Las luces pasan a ser dos verdes, una roja. El contador marca 100. Alexander, angustiado, espera. Si ha cometido una falta y el núcleo sigue menguando recibirá una descarga y el número retrocederá. Se prepara para el dolor. Cuenta hasta sesenta. «Nada. ¿Eso es bueno?». En contraste, sí oye un alarido proveniente del hueco de Leire seguido de varias maldiciones. Y gritos de rabia del hueco de la izquierda donde Samuel, a priori, también ha errado la combinación.
 «¡Un segundo! Esto no…». En una de las pantallas se ha producido un cambio. Un movimiento casi imperceptible. Alexander centra la mirada. «No puede ser…». El candado se ha desprendido. La puerta se abre con lentitud. Al otro lado, un paisaje desolado, triste, gris. Puede verse una tempestad de nieve. Unas letras sobreimpresas en aquella pantalla, de improviso, que parpadean:
 ¿Libertad o Deseo?
 —¿Qué demonios? ¿¡Es otro maldito juego!? —protesta a la nada.
 —¿Qué pasa, Alex? —le llega la preocupación de Leire con tono angustiado.
 Sin opciones para que Alexander piense, una cuenta atrás aparece tras la enigmática pregunta. Diez, nueve, ocho… Alexander se aleja del panel. Apenas es un murmullo; sus labios ni llegan a moverse.
 —Una noche con ella, con Leire.
 Alexander, atónito, ve cerrarse la puerta que le muestra la pantalla. «¡No!». En el otro monitor, el núcleo crece un poco. Al instante, los colores de las bombillas vuelven a cambiar. Dos rojas, una verde. La trampilla por la que aparece la comida, tras un zumbido de descompresión, se transforma en un arco. Al otro lado, Alexander, sorprendido, ve un pasillo iluminado en extremo, pulcro y blanco. Un asiento en forma de huevo levita. «Me aguarda», decide sin plantearse nada en absoluto. Su mente es un torbellino irrefrenable. Instintos. Se pasa la punta de la lengua por el labio superior. Naturaleza. Nervioso, arde en deseos que destrozan su pene en cada pulsación. Cruza el arco. Primario. Se marcha e ignora el Juego de los Escarabajos y la pregunta que, de haber dado la respuesta adecuada, le habría otorgado su única victoria.
 Confuso, Alexander se aproxima con cautela hasta el asiento; lo toca para cerciorarse de que existe. Nunca verá el contador reiniciarse desde cero al cerrarse tras de sí el arco. Ni cómo, al sentarse en el huevo, su camastro es sustituido en el suelo por otro con una niña dormida. Tampoco presenciará, al salir disparado por el interminable pasillo, a la horrorizada cría despertar sin comprender dónde se halla.
 Alexander no escuchará su patético gemido.
 —Mamá…


«Alexander». Una noche con él; Leire lo recordaría hasta el fin de sus días. Fue el primero. Alex la había hecho sangrar. Dolor y placer unidos. Y pese a todo, al verter su esencia, murió sobre ella. A la mañana siguiente, si es que las mañanas, tardes o noches no eran una recreación de la celda, el cadáver había desaparecido. Leire vería crecer su vientre mientras la criatura que llevaba jugaba en su interior. Entretanto, la misma rutina.
 Hasta la llegada del día del 100.
 Leire no deja de mirar el monitor con la puerta y el candado. Con el tiempo, ha arrinconado a los hombres que la desearon menos a uno en la zona más oscura de su universo mental, para dejar espacio en su corazón a las criaturas que jamás conoció. En ese instante también se ha olvidado de Marcela. La niña que ocupa la celda de Alex; el único inquilino al que Leire se ha esforzado por enseñarle cuánto sabe. Y, aunque a Marcela nunca le ha entusiasmado el Juego de los Escarabajos —le repugnan los bichos—, disponen de horas para leer y comentar los libros cuyas copias poseen en cada estancia. Por fortuna, con Javier, el joven del habitáculo contiguo, sí pudo realizar su pasatiempo. No obstante los ciclos, ciertamente, transcurrieron. Leire maduró y Marcela se convirtió en mujer. Lo supo cuando su compañera le relató, con emociones encontradas, el bis a bis con su primer amante, Samuel se llamaba. Leire decidió revelarle lo que vendría a continuación para que no lo sufriera en soledad. Soportó los llantos de la muchacha, un precio pequeño en comparación con volverse loca. De haber perdido la cabeza, hubieran sustituido a Marcela. No fue así, era como ella: fuerte y luchadora. Y rebelde, no la domarían con facilidad. ¿Sobre Javier? Terminó por acudir a Leire; desapareció tras su placentera muerte.
 En una inspiración, los pensamientos de Leire se evaporan.
 —¿Libertad o Deseo? —repite tras asimilar la oferta que le muestra el monitor junto al contador analógico.
 Traga saliva sin apartar los ojos de la cuenta atrás. Más allá, la sempiterna puerta del candado le deja ver un paisaje nevado.
 —Conocer a mis bebés… —susurra Leire. Las manos, inconscientes  y sudorosas, acarician su vientre con estrías.
 A su espalda, una intensa luz le indica el camino. En el panel de control dos luces rojas, hacia arriba las respectivas palancas. Una verde, hacia abajo. La puerta, en la pantalla pertinente, se cierra con su candado. Y el núcleo en fusión crece un poquito. Leire comprende.
 —Mi deseo —se alegra.
 Al darse la vuelta, ve un asiento-huevo. «Me espera».
 Leire se permite un momento para tomar los dados de marfil, rotarlos en su mano derecha, soplarlos y arrojarlos sobre el tablero. Es su turno en la partida contra Peter, un nuevo contrincante para el Juego de los Escarabajos. Al detenerse la danza de los dados, Leire suelta una tremenda carcajada. «Ojos de serpiente, qué cosas». Al fin está en posición de ganar una de aquellas partidas eternas. Sea cual sea la pregunta final, no le importa. Ni siquiera siente la tentación de mover el escarabajo hasta el último recuadro. Cuanto necesita saber es que ha llegado a la meta.
 Leire se abraza a un sueño insuperable: «Mis niños», murmura. Junto con su deseo, abandona la celda.


El vaso de agua se estampa contra el panel. Saltan chispas.
 —¡Os odio!
 Grita Marcela con los puños apretados y su cuerpo en tensión. Se ha quedado sola. Leire ha desaparecido y en su lugar hay un niño lloroso.
 —¡Desgraciados! ¡Malnacidos! ¡Engendros!
 La electricidad recorre toda la estancia por respuesta y tumba a Marcela.
 Sin certeza del tiempo, recobra la conciencia. Aturdida, observa el infinito techo marrón. Se cansa tras un rato y desvía la atención hacia el panel de mandos.
 —Esos cabrones lo han arreglado —oye su voz, pero no la reconoce. Tiene las cuerdas vocales resecas.
 El olfato de Marcela se activa y ruge, indignado, su estómago. Que se torture ella si quiere, pero a él que lo alimenten. La vista se va hacia la trampilla. «Come», se alienta Marcela. Pero su cuerpo reacciona con violencia. Decidida y cabreada, salta del lecho con la mandíbula apretada. En dos zancadas toma la bandeja y arroja el contenido contra un rincón. Rabiosa, Marcela golpea a la desesperada la bandeja hasta mellarla contra la mesa. Sin dudar se fragmenta la piel de las muñecas con sus cantos vivos y atraviesa la frontera de las venas. Para cuando llega la descarga, ella se halla en el centro de la celda; su sangre dibuja paisajes en el suelo.
 Marcela abre los ojos, despacio. Permanece en el lecho. Alza los brazos con esfuerzo. Sabe lo que va a encontrar. «Cabrones». Contempla sus muñecas sin cicatrices. En aquel preciso instante, salta la alarma que anuncia el baile de luces del panel. Marcela la repudia. Latigazo eléctrico. Desmayo. Sueños turbios.
 Ciclos después, y sus respectivos correctivos, Marcela abandona la pasividad. Se sienta al borde del lecho. Con ojo crítico estudia su hogar. Ha estado pensando; lo único que posee. Se pone en pie y se asea. Una vez limpia, va en busca de la nueva bandeja de comida y del Juego de los Escarabajos. Los prepara en la mesa, dócil. A continuación, entre bocado y bocado, alza la cabeza hacia el hueco que queda en el techo y vocea:
 —Ken, ¿estás ahí? —su feng shui la calmará, lo necesita—. ¿Quieres jugar?
 Silencio dilatado. Es posible que no le apetezca. «O que esté meditando», con lo cual Ken se lo hará saber tras su introspección. Marcela piensa en probar con el crío de la otra celda. Si le transmite paz, podría intentar introducirlo en el juego. Aunque, si presta atención, no oye al chaval. ¿Cuántos ciclos habrían pasado desde la marcha de Leire? Mira el contador. Marca 33. El mismo número que el día que estalló. «Si manipulo erróneamente las palancas no cambiará». Tiene que ser mejor, más inteligente. Prueba a una vez más con Ken.
 —Me llamo Helga, ¿quién es Ken? ¿Y quién eres tú?
 «Otro que se ha ido», se lamenta Marcela. Unos vienen y otros van. «Y la vida sigue igual», recita. Pero cae en la cuenta de que Helga ha hablado desde el hueco de la izquierda. Ken estará abstraído, determina.
 —¿Dónde están mis padres?
 Marcela no tiene respuestas ni argumentos para una batería de preguntas. Opta por presentarse. Y logra que el tiempo se pasee entre ella y Helga en cortas explicaciones.
 —Entonces, ¿no podré salir, Marcela?
 Una niña avispada.
 —No, pequeña.
 Durante un rato, no hubo más conversación.
 —En los otros agujeros hay unos señores. Se llaman Zeus y Pol. Son muy agradables. Dicen que les gusta mi voz.
 «A ellos siempre les gustan nuestras voces».
 Tras el pensamiento, se crea un puente entre las neuronas de Marcela para iluminar una idea. Sus ojos se abren de la mano de una amplia sonrisa. El tablero está dispuesto ante ella. Sabe cómo va a jugar esa partida.
 —Helga, ¿quieres que te enseñe un juego?
 —¿Nos divertiremos?
 «No sabes cuánto».
 —Por supuesto, pequeña —responde Marcela—. Cuando seas algo mayor, te explicaré un par de cosas para que compitas contra Zeus y Pol.
 «Y sus sucesores».
 Mientras espera la decisión de Helga, Marcela graba a fuego una palabra en su mente: Libertad. Su deseo.
 —¿Cuál es el juego, Marcela?
 La curiosidad de Helga se convierte en un poderoso aliado.
 —Ve a tu escritorio, encontrarás una caja. Cuando la tengas, házmelo saber.
 Helga no tarda.
 —Lo tengo —anuncia.
 Marcela imagina su rostro al descubrir a los bichos. Ella aparcará su repugnancia y se tomará el juego en serio. Le indica a Helga cómo desplegar el tablero y le ahorra leerse las instrucciones, simples por otra parte.
 —¿Empezamos? —Helga se muestra impaciente y algo acelerada por los nervios.
 —Como es tu primera vez, lanza los dados.
 La información de los números y movimientos llega en breve. Marcela, con la libertad en mente, se fija una meta. Susurra:
 —Que comience el Juego de los Escarabajos.
 Los dados de marfil danzan sobre el tablero de juego.
 

Elaine Vilar Madruga, 2019-10-22
Elaine Vilar Madruga, 2019-10-08
Elaine Vilar Madruga, 2019-09-23
K-milo 100fuegos criollo como las palmas
Francisco Blanco Hernández y Francisco Blanco Ávila
Casa de cuentos para niños
Inés Casañas
Enlaces relacionados
Reforma constitucional
Decreto No. 349
Editorial Letras Cubanas
Editoriales nacionales
Editorial Capitán San Luis