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Lo que fuere, sonará

Jesús Dueñas Becerra, 05 de diciembre de 2018

Lo que fuere, sonará, del escritor, actor, dramaturgo e investigador, Carlos Padrón, es el sugestivo título del libro, publicado por Ediciones UNIÓN, y presentado por el doctor Francisco López Sacha, en la sala Martínez Villena de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC).

Dicho volumen, en dos tomos, ofrece los hallazgos de un trabajo exhaustivo sobre el origen, las principales etapas, las manifestaciones, los autores y las obras significativas que permitieron el desarrollo del teatro en el archipiélago cubano, desde el siglo XVI hasta el XIX.

Esa obra es el resultado de una exhaustiva investigación que no es —en modo alguno— académica, sino de las pasiones acariciadas por el prolífico intelectual cubano durante toda una vida, ya que Padrón exploró en lugares donde apenas nadie había incursionado; en consecuencia, ha logrado influir de manera muy positiva a los teatristas insulares; repercusión que se encuentra a la altura del intenso trabajo y el dilatado lapso que invirtiera en llevarlo a feliz término.

“La labor de hormiguita”, al jocoso decir del doctor Manuel Moreno Fraginals (1920-2001), realizada por el expresidente de la Asociación de Artes Escénicas de la UNEAC estuvo encaminada —en lo fundamental— a buscar en toda la documentación posible (desde los procesos que inician la conquista y la colonización de América), para encontrar la verdadera génesis del teatro insular.

Por otra parte, ese texto derriba ideas preconcebidas que no se corresponden en lo absoluto con la realidad, como es el caso —por ejemplo— de la que señala el inicio de la tradición teatral cubana en 1775, cuando se inaugura el Coliseo, primer teatro europeo en La Habana. Sin embargo, los hallazgos de la pesquisa llevada a cabo por Padrón demuestran que el proceso de creación surge desde mucho antes, o sea, desde 1570 cuando la mezcla étnico-cultural de la sociedad de entonces, en la mayor isla de las Antillas, fue transformando el Corpus.

El desarrollo de la escena mediante sencillas danzas, comedias u otras manifestaciones artísticas que, en su andar y desandar, interaccionan con las expresiones del Día de Reyes y las que procedían del Cuerno Africano, junto al Carnaval, van de la mano de ese proceso de transculturación que, según el sabio, don Fernando Ortiz (1881-1969), va gestándose en el país, con características psicosociales propias.

Padrón cita al Tercer Descubridor de Cuba para lograr entender esa amalgama de sabores, ritmos y escenas que transmutaron el Corpus Christi, de su inicial contenido religioso, para que fuera derivando en un espectáculo lúdico que tiene un origen mestizo: una unión de tradiciones europeas y afrocubanas.

En el siglo XVII teníamos un teatro fusionado con los factores de la parranda y las celebraciones populares, lo cual funda el espíritu del sentimiento criollo (cuando aún no se definía y mucho menos se reconocía como tal).

Otro valor importante del libro deviene la forma en que documenta cómo se iba al teatro en aquel entonces; detalles que hacían experimentar la sensación de asistir a la tradición europea de una representación teatral. No obstante, ni siquiera allí la cultura dominante lo tenía todo bajo control, ya que existía una lectura oculta que era la crítica a la dominación española, y el proceso de transculturación le otorgó al surgimiento del teatro tropical una identidad que no es igual a la hispana, sino una propia: la cubana.

Como se señala al final del libro Lo que fuere, sonará, la indagación y las conclusiones pertinentes son divertimento y cultura, liturgia y estímulo para el trabajo, magia y realidad; labor que le reserva a Carlos Padrón un espacio reservado en la investigación teatral, en la Perla del Caribe.

Foto: UNEAC