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Encuentros con Alejo

Ciro Bianchi Ross, 26 de diciembre de 2018

Entonces las ferias del libro no se convocaban todos los años, como ahora, y tenían como escenario el céntrico Pabellón Cuba, en la mítica Rampa habanera. Había adquirido un ejemplar de la segunda edición, correspondiente a 1965, de El siglo de las luces y al ganar la calle me topé cara a cara con Alejo Carpentier. Carpentier en persona. Atreviéndome más de lo que me atrevía entonces le pedí que me firmara su libro. Lo hizo y puso la fecha: junio de 1966.

Ese mismo año volvería a ver a nuestro gran novelista cuando en noviembre la Biblioteca Nacional, con una exposición deslumbrante de sus libros, manuscritos, fotos y otros documentos, le rindió homenaje con motivo de sus 45 años de trabajo intelectual. Conservo de esa exposición el catálogo que, a estas alturas, debe ser una rareza bibliográfica.

Por aquella época Carpentier se asomaba de cuando en cuando a la prensa cubana, y en el periódico El Mundo, siempre en primera plana, aparecían sus artículos. Fue un periodista de toda la vida y, por muchas que fueran sus ocupaciones encontró tiempo para transitar ese puente de información y entendimiento que es el periodismo. En su bibliografía, una parte muy dilatada la ocupa su labor en ese campo. El narrador publicó su artículo inicial el 23 de noviembre de 1922. Escribiría el último el 24 de abril de 1980, el mismo día de su muerte. Nunca renegó de su quehacer para la prensa; dijo siempre que benefició su carrera de escritor, aunque jamás fue remiso a reconocer que en determinados momentos lo hizo porque se lo pagaban.

Fue muy dilatada su colaboración con la revista habanera Carteles. Sin embargo, lo más extenso y sistemático de la labor de Carpentier en el periodismo está en el diario El Nacional, de Caracas. Entre 1946 y 1959, bajo el rubro de Letra y Solfa, debe haber publicado allí unas 2 000 crónicas. Miguel Otero Silva, que fue director de ese diario, me contó cómo escribía Alejo su columna. Llegaba al periódico al filo del mediodía y se sentaba ante la primera tipiadora que encontrara desocupada. Sin consultar un libro ni un apunte largaba de un tirón la Letra y Solfa correspondiente. No le demoraba más de quince minutos. Entregaba sus cuartillas, compartía un vermut con Otero y se iba para su casa.

En enero-febrero de 1974 Carpentier vino a Cuba por seis semanas, luego de más de dos años de ausencia. Se desempeñaba entonces como ministro consejero de la embajada de Cuba en París, y la revista Cuba me encomendó que lo entrevistara por sus 70 cumpleaños, que celebraría en diciembre siguiente. Accedió de inmediato al reportaje, lo que hacía ya pocas veces, pero concretar la cita no fue fácil. En una carrera de resistencia que perdía el primero que se cansara estuve llamándolo dos o tres veces a la semana durante cinco semanas consecutivas, y, al fin, en vísperas de su regreso a Francia, accedió a recibirme en el Hotel Nacional, donde se hospedaba.

El día de la cita, habló Carpentier de sopetón, arrastrando todas las erres: «Estoy en espera de que me traduzcan un documento veneciano muy raro que acabo de encontrarme para poner punto final a mi novela Concierto barroco. No quiero decirte nada sobre ella. Aún me faltan unas 300 páginas para terminar mi novela La consagración de la primavera. No te diré nada sobre ella. Desconozco si apareció en París la traducción que hice de unos poemas de Picasso. No quiero comentar nada sobre eso. Todavía ignoro si podré llevar a la práctica mis ideas para un ballet con Alicia Alonso. Tampoco diré nada…».

Hasta ese momento el escritor había hablado sin mirarme. Hizo entonces un gesto de cansancio y aburrimiento y, clavándome los ojos, agregó: «Viejo, como ves, no tengo nada que decirte. Mejor es que te vayas».

No me fui. Tuve una buena entrevista.

Volvimos a vernos durante las sesiones del Parlamento cubano. Él era diputado y yo, como periodista, «cubría» aquellas reuniones. Intenté otra entrevista, pero no la conseguí. Después murió. Sus restos se velaron en la base del monumento a José Martí, en la Plaza de la Revolución. Una multitud silenciosa y anónima lo acompañó a pie, tras el coche fúnebre, en su último viaje. A lo largo del trayecto del cortejo, miles de personas se agolpaban en la calle, portales, ventanas y balcones para, de esa manera, decir también adiós al gran novelista.

 

Foto tomada de Trabajadores